19
No cruces esa línea
Océane
No le dirigí la mirada durante todo el almuerzo, incluso me mantuve distante durante las dos horas que practicamos el mismo ejercicio una y otra vez bajo las directrices de mi padre.
Agradecí que fuera parte técnica donde no tuve que entrelazar palabra alguna con Kingsley y en cuanto dimos por terminada la sesión me fui directa a darme una ducha.
Es como si sintiera que al mirarme pudiera descubrir lo que había pasado por mi mente en ese preciso instante. O quizá, porque yo misma me sentía demasiado abochornada por haberle deseado con una intensidad aberrante.
Si. Había querido que me besara. Lo había deseado con un ímpetu tan carnal y primario que ni siquiera era capaz de reconocerlo.
¿Por qué?, ¿Por qué narices me tenía que estar pasando esto justo ahora? Y la ferviente idea de que solo era una respuesta física no suponía un alivio, sino que me hacía sentir aún más culpable, como si estuviera traicionando a Mason y a todos nuestros planes.
—¡Joder!, ¡Joder!, ¡Joder! —gemí mientras el grifo de la ducha estaba abierto y ni siquiera esperé a que saliera el agua caliente, me metí dejando que el frío me devolviera la cordura que parecía haberse esfumado de mi vida.
Estuve hablando con Mason durante media hora o más bien, él me estuvo contando como había ido su día de trabajo mientras yo solo asentía con la mirada perdida a través de la ventana fija en la camioneta, como si pudiera interceptar el momento en el que Kingsley saldría para acudir a su cita.
Conforme pasaba el tiempo y más me decía a mi misma que no me importaba lo que sucediera entre él y Susanne, más insoportables se volvían mis terminaciones nerviosas ante el hecho de que él se saliera siempre con la suya.
Aún iba en ropa interior cuando colgué la llamada, así que cogí una camiseta blanca y una falda vaquera, aunque los cogí pensando que se trababan de unos shorts, pero me dio exactamente igual, salí de mi habitación y me fui hasta el cajón del pequeño mueble donde dejábamos las llaves para buscar la de repuesto.
Siempre estaba allí porque Reef y yo la cogíamos indistintamente, así que estiré del llavero rojo y le grité a mi madre que había hecho planes con Alana, por lo que no me esperase para la hora de cenar.
Si el capullo de Kingsley quería salir, tendría que hacerlo a pie porque iba a quedarse sin coche.
En cuanto escuchó el rugido del motor de la camioneta, él apareció ante mi visión a pesar de que solo eran las ocho y media.
¿Tan puntual se había vuelto o es que era capaz de leer mis intenciones.
Aceleré para incorporarme en la vía y vi como daba un salto a la valla para no tener que bordearla. Cambié la marcha por puro instinto y aceleré antes de que pudiera alcanzar la puerta del copiloto.
La sonrisa de triunfo cuando pude ver por el espejo retrovisor que su imagen se hacía cada vez más pequeña, me devolvió una sensación hasta ahora perdida y que solo la había sentido hacia mi hermano.
Eso me devolvió directamente a mi realidad, al momento que estaba viviendo, a ese instante en el que conducía sin rumbo y sin saber exactamente qué hacer o hacia donde dirigirme.
No tenía planes. Había sido un impulso. Seguí simplemente aquella necesidad de revancha como si hubiera viajado dos años atrás y quisiera gastarle una broma a mi otra mitad.
Terminé pisando el freno apenas cinco kilómetros después a un lado de la carretera porque las lágrimas me empañaban la vista y era incapaz de frenarlas.
Por más que quisiera que él volviera no iba a hacerlo y aceptarlo era demasiado cruel, como también lo era que yo continuara con mi vida, pudiera volver a sentir, reír y subirme de nuevo a una tabla cuando Reef ya no lo haría.
El dolor era real.
La certeza era real.
Y el vacío inmenso que había dejado su ausencia era demasiado real para soportarlo.
No supe cuanto tiempo estuve allí, quizá una hora, tal vez más, pero sí sabía que no pensaba volver a casa, tampoco iría en busca de Alana que estaría trabajando, así que me metí en el único sitio donde pensé que nadie me encontraría.
No me importó la cartelera, vi los horarios y decidí entrar en la que estaba más próxima por comenzar.
La pinta de la foto promocional parecía una peli de de terror, acerqué el teléfono al datáfono y recogí la entrada.
Probablemente llevaba sin pisar un cine al menos cinco años, no es que tuviera demasiado tiempo libre cuando entrenaba para los campeonatos.
Pasaba la mayor parte del día en el agua y el resto estudiando o el gimnasio, así que fue extraño verme con aquel bol enorme de palomitas, una coca-cola zero y la sala completamente vacía.
Quizá era porque a nadie en su sano juicio se le ocurre ir un lunes por la noche al cine y menos aún a ver una peli de terror.
Vi que entró una pareja poco después de mí y se sentaban tres filas más abajo en la parte derecha, poco después se atenuaron las luces e iniciaron los vídeos promocionales de otras películas.
Entró otra persona al iniciar la película, pero también se sentó bastante lejos, así que me relajé y estiré las piernas entre el hueco de los asientos que tenía delante sin poder evitar preguntarme que estaría haciendo Kingsley y si finalmente habría desistido o no de su cita con Susanne.
La idea de imaginar a esos dos juntos me molestaba, pero aún más por el hecho de que ella siempre había intentado acercarse a todo lo que me rodeaba, Reef, mis amigas, incluso Mason en su momento, aunque por suerte alguien como él jamás estaría interesado en una mujer que demostraba tan claramente sus intenciones.
Ni siquiera Reef llegó a hacerlo, aunque probablemente porque me guardaba más lealtad a mí, así que el hecho de que Kingsley tuviera una aventura, flirteo o lo que fuera, me repugnaba.
Por un momento pensé que estar allí era un completo error.
¿Qué demonios estaba haciendo?, ¿Esconderme?
, ¿De él? Me sentí ridícula y tuve la tentación de levantarme y largarme, aunque mis piernas no reaccionaran porque si lo hacía, no tenía un lugar concreto al que ir.
Me había distanciado tanto de mis amigas durante esos dos años que la única que se había mantenido firme a mi lado era Alana.
Si. El resto del grupo se volcó muchísimo conmigo tras la desaparición de Reef, pero ahora me daba cuenta de que conforme pasaba el tiempo me había aislado cada vez más en mí misma porque estar con ellas me recordaba el hecho de que él ya no lo volvería a estar entre nosotros.
Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses.
Cada vez que se juntaban yo tenía otros planes con Mason que nunca rechazaba y ahora, sentía una especie de brecha que no sabía como cerrar, que tampoco sabía si debía hacerlo cuando pretendía alejarme de allí, pero ser consciente de que me había quedado aislada era una realidad que hasta ahora no me había pesado.
Y no me gustaba.
Porque esa sensación de triunfo que había sentido escaso tiempo atrás cuando le había quitado la camioneta en las narices a Kingsley era una parte de mí que había olvidado por completo.
Una Océane que yo misma había transformado y oscurecido hasta desdibujarse con el tiempo y que yo misma prohibí que saliera de nuevo.
Noté que la persona que había entrado por último subía hacia los últimos asientos y se colocaba en la zona izquierda donde me encontraba, no podía verlo para distinguirlo, pero supuse que pretendía alejarse de la parejita que había a la derecha y buscaba una vista más centrada de la pantalla.
Veinte minutos después de iniciar la peli ya tenía las manos cubriéndome la cara en vez de comer palomitas, así que cuando la musica incrementó y yo me encogí en el asiento, casi sufro un infarto cuando vi aquella silueta monstruosa saltando a mi lado.
Grité, pero creo que mi grito se camufló con el sonido de la sala porque nadie vino a socorrerme en ese momento.
El rostro de absoluta complacencia en Kinglsey me hizo querer darle una bofetada con la mala leche que tenía en ese momento, pero estaba tan conmocionada por el susto, que ni siquiera era capaz de soltar el puñetero cubo de palomitas.
¿Cómo demonios me había encontrado?
—Reconozco que no era el plan que tenía en mente para nuestra primera cita, pero tampoco me disgusta —dijo cuando la música disminuyó de la escena de tensión de la peli.
No es que me interesara demasiado la película, además era un drama familiar donde a la mujer se le había muerto su marido y se iba a pasar el duelo a una casa del lago con su familia política.
—¿Se puede saber qué demonios haces aquí? —exclamé sin apartar la mirada de él que parecía relajado en el asiento con las piernas abiertas invadiendo más de la mitad de mi espacio.
No iba a admitir que verle allí en lugar de imaginarlo con Susanne me agradaba porque lo cierto es que no debía hacerlo. No debía agradarme el hecho de que él me hubiera elegido por encima de su cita y, aún así, el burbujeo en mi estómago decía lo contrario.
—Creo que es bastante evidente. Ver una peli de terror —contestó metiendo la mano a bocajarro en el bol de palomitas haciendo que cayeran varias de ellas al suelo.
Ya ni siquiera me sorprendía su falta de educación y modales, aunque empezaba a sospechar que incidía en hacerlo adrede cuando estaba conmigo solo para fastidiarme.
—Hablo en serio, es imposible que supieras donde estaba —refuté sin molestarme en mirar la pantalla o ver que estaba ocurriendo con la peli.
Al fin y al cabo, no tenía ningún interés en la historia, solo me metí allí para que nadie me encontrara y dado que Kingsley estaba a mi lado, mi plan había fracasado estrepitosamente.
¿Pero cómo? Pensé en Alana, siempre compartíamos la ubicación de la otra y era el único modo de que hubiera podido saber donde encontrarme, pero dudaba que mi mejor amiga se la hubiera proporcionado sin avisarme antes.
—Admito que no pensé en la llave de repuesto, creí que te colarías en la caseta mientras me duchaba para robar las llaves, Bien jugado, océano.
Vi como se abalanzaba sobre mí y su pecho chocó contra el mío. Me incliné hacia atrás como si huyera premeditadamente de él y de lo que su contacto generaba en mi cuerpo, cuando se apartó vi que se llevaba la coca-cola a los labios.
—Esta manía vuestra de pedirlo todo light —se quejó como si no le agradara mi elección.
—¿Tú de qué vas? —clamé ya harta de aquel comportamiento chulesco en el que se apropiaba de todo lo que tenía con una confianza plena.
—Te dije que era un juego peligroso, belleza, pero no quisiste escucharme —pasó el brazo izquierdo por encima de la butaca y lo colocó sobre mis hombros mientras que con el derecho volvía a hundir la mano en las palomitas—. Ahora vamos a jugar en serio.
Tuve que parpadear dos veces como si no estuviera comprendiendo su idioma.
Habría tenido más sentido que hubiese cogido la camioneta al encontrarla en el aparcamiento y me dejara completamente colgada a la salida del cine.
Sin embargo, estaba allí, comportándose de un modo que sabía perfectamente que me sacaba de quicio y precisamente esa parecía ser su intención inicial.
Aparté las palomitas para que no pudiera llegar a ellas, ni me molesté en hacer lo mismo con la coca-cola porque directamente no le gustaba y le di un codazo con la intención de que apartara no solo su brazo, sino también sus piernas.
—Si crees que por arruinar tu cita, tú vas a hacer lo mismo con la película, te informo de que no me importa una mierda —dije cruzándome de piernas y brazos.
—Lo sé. Te has metido en la única que estaba disponible. Ha sido demasiado fácil encontrarte.
—¿Y entonces qué demonios haces aquí?
—¿No es evidente? —se giró hacia mi y esbozó una sonrisa—. Si no tengo sexo sin que lo tengas tú, no me dejas muchas opciones.
En ese momento sentí su mano sobre mi pierna y como sus dedos comenzaban a ascender lentamente.
Es un juego. Solo se trata de un juego y quiere saber donde está mi límite.
Lo había hecho desde el principio. Provocando a cada instante hasta el límite de confundirme e indignarme, pero ahora no era indignación o confusión lo que pasaba por mi mente, sino una turbación demasiado real, la misma que había sentido horas atrás cuando él estaba sobre mí y sentí la dureza de su erección provocándome algo totalmente contrario a la repugnancia. Lo mismo que me hacía sentir ahora.
—Aparta tus manos —jadeé con la voz entrecortada.
—Si lo dices un poco más convincente tal vez lo haga —murmuró ladeándose hacia mí y rozando mi oído con sus labios.
El problema estaba en que sí había una parte de mí que deseaba jugar a ese juego, que quería zambullirse de lleno sin límites.
Sus dedos subieron un poco más hasta rozar el filo de la falda que llevaba puesta y de ahí a mi entrepierna quedaban apenas escasos centímetros.
—Que curioso… te comportas como si quisieras imponer las reglas de este juego, en cambio pareces esperar mi permiso para cada paso que das —contesté girándome levemente hacia él como si sintiera plena curiosidad de lo que haría al respecto—. ¿Acaso temes reconocer que soy irresistible para ti?
Sentí como sus dedos se detenían y su mirada se fijaba en la mía, puede que solo tuviera el reflejo de la luz que emitía la gran pantalla, pero era suficiente para saber que a través de ellos brillaba el deseo, ese que era imposible camuflar en una mirada.
Sentía su respiración demasiado cerca, hasta que esbozó una sonrisa y apretó con firmeza sus dedos en mi muslo logrando que se escapara un leve gemido de mis labios.
—Cuando te animes a probar algo diferente del menú, descubrirás que llevabas demasiado tiempo conformándote con algo que ni siquiera te gusta.
Apartó sus dedos de mi pierna y volvió a sentarse cómodamente en su asiento.
—Y también es posible que no me guste probar sabores nuevos —objeté volviendo a coger el bol de palomitas a pesar de que sentía cada músculo de mi cuerpo completamente tenso.
Me crucé de piernas ante la clara certeza del calor que su mano había generado en todo mi cuerpo y de que la sensación de ardor no se iría con un simple refresco.
—Diría más bien que te da pavor la idea de que al probarlos seas incapaz de volver a pedir el mismo plato.
—O más bien es que tengo las ideas muy definidas sobre mis gustos.
—Si así fuera, la tentación por descubrirlos no sería tan plausible, tal vez es porque temes que te hagan olvidar el verdadero motivo por el que siempre acabas pidiendo lo mismo.
Me eché a reír a pesar de que la escena en la gran pantalla era espeluznante. Probablemente era la primera vez que me reía frente a una peli de terror en vez de estar escondiendo la cabeza.
—Eso no va a suceder.
—Sucederá —decretó él—, pero serás tú quien se salga del menú.
Y volvió a hundir la mano en cuenco de palomitas como si entre nosotros nada hubiera cambiado.
Solo que por algún motivo sentía que sí lo había hecho y que muy a mi pesar, él iniciaba a ser consciente de mi propio perverso y repugnante deseo hacia él.