La Teoría de las Olas Cruzadas 18
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Aprender a ignorar tu piel

Max

Sonreí mientras observaba aquellos impresionantes ojos azules en los que era incapaz de no perderme cada vez que miraban fijamente.

—Belleza, estás jugando a un juego peligroso.

Ese ímpetu, esa garra, ese temperamento irascible pero firme y tenaz estaba volviéndome loco y aún no había determinado si era en el buen sentido o en uno por el que debería correr en dirección contraria.

—Te advertí que te marcharas —contestó desde la ventanilla del vehículo—. Así que ahora atente a las consecuencias.

Era una provocación. Clara y firme. Solo que con esa mujer las señales nunca estaban claras.

Me encantaba irritarla y hostigarla para enfurecerla, y, a pesar de que había iniciado como una respuesta propia hacia sus ataques verbales, ahora me resultaba imposible no incitarla a esa dinámica de tira y afloja que se había creado entre nosotros.

Quizá era porque bajo todas esas capas de dureza en las que se camuflaba, había visto su punto débil y, por algún motivo que aún no lograba saber, no me gustaba verla de ese modo.

«Y mucho menos al lado del estúpido ese que tenía por novio»

Solo necesité dos segundos para darme cuenta que era un capullo estirado y posesivo, pero aún me costaba más comprender que hacía una mujer como ella con un tío como él.

—¿Significa eso que vas a acompañarme a todas mis citas? —exclamé complacido mientras subía a la camioneta y sacaba la llave de mi bolsillo.

Observé como se sacaba los pies de las zapatillas sin siquiera desatar los cordones y los colocaba sobre el salpicadero.

Deduje que aquello la hacía sentir cómoda por la naturalidad con la que lo hacía y sonreí de medio lado al pensar que inconscientemente comenzaba a sentirse bien cuando estaba conmigo y dejaba atrás a la chica que conocí el primer día donde parecía estar constantemente en alerta.

Y eso, me gustaba demasiado.

—Eso significa que no tendrás citas si yo no las tengo —contestó provocando que diera una carcajada conforme giraba el volante marcha atrás para salir del parking del gimnasio.

—¿Me vas a poner un rastreador? —exclamé sin mostrar ningún tipo de asombro.

El sexo formaba parte de mi vida, pero si hubiera querido podría haberme tirado a la tal Susanne o a cualquier otra chica en el gimnasio sin necesidad de tener una cita.

Si precisamente había aceptado cenar con ella, era porque quería comprobar si era tan indiferente para esa belleza australiana que estaba sentada a mi lado como intentaba aparentar.

—No —negó con énfasis—, pero a partir de ahora las llaves de la camioneta me las quedaré yo. Si no recuerdo mal, mi padre nos dijo que debíamos ir juntos a todas partes, ¿no? Pues según parece es lo que ocurrirá.

—En ese caso te recomiendo que estés preparada para las nueve, porque pienso salir. Decide si quieres o no venir conmigo —giré el rostro hacia ella y le guiñé un ojo como si no me preocupara en absoluto su opinión o contrariedad.

No contestó, así que supuse que estaría meditando en una estrategia para salir ilesa de aquella situación.

Me distraje con el panorama y las vistas que ofrecía la carretera principal que conducía hacia su casa.

A pesar de que no tenía ninguna expectativa cuando decidí aceptar la propuesta de Patric dadas las circunstancias, lo cierto es que empezaba a asentarme en aquella ciudad y comenzaba a ver su encanto.

Noosa era un pueblo con cultura surfera y tanto las vistas como las playas en las que había surfeado denotaban que aquel ambiente encajaba mucho conmigo.

Realmente no me había creado ninguna expectativa, pero comenzaba a gustarme el hecho de estar allí o, más bien, el reto que esa rubia despampanante suponía.

Pisé el pedal del freno y coloqué la mano derecha de la palanca del freno de mano para estacionar la camioneta frente a la entrada de la casa, en el momento que lo hice, Océane arrancó la llave del contacto para apoderarse de las llaves del coche y estaba a punto de saltar del vehículo cuando conseguí aferrarle una pierna.

Puede que fuera mucho más ágil que yo, pero no me superaba en fuerza, por lo que la arrastré por el asiento del copiloto que era doble hacia mí y me reí ante sus vanos intentos de aferrarse al manillar de la puerta medio abierta.

—¡Suéltame! —gimió sin alzar demasiado la voz y yo comencé a incorporarme de mi asiento para alcanzar sus manos ya que tenía los brazos extendidos sobre su cabeza.

—Si. Definitivamente te gusta jugar con fuego, belleza —murmuré pegando mi cuerpo al suyo y notando cada punto de contacto con demasiada claridad.

—No voy a jugar según tus reglas, Kingsley —contestó alzando el mentón y desafiándome con aquella mirada.

Esa expresión desafiante en su rostro y la seguridad con la que sostenía mi mirada como si se negara a ceder incluso cuando las probabilidades estaban en su contra, me volvían loco.

—Devuélvemelas —murmuré acercándome cada vez más a ella.

—No —negó mientras mi mano iba rozando poco a poco su brazo para alcanzar las suyas. Tenía medio cuerpo sobre el suyo bloqueándola y la imagen de tenerla bajo mi completo dominio como esa misma mañana llegó a mi mente provocando el mismo efecto.

Había tenido que lanzarme al agua esa misma mañana para que no notara mi erección, ahora era impensable que la sintiera conforme rozaba su muslo.

—Sabes perfectamente que voy a recupéralas —jadeé demasiado cerca de su rostro sin dejar de mirarla.

—Puedes intentarlo —insistió porque si algo había deducido de Océane Sinclair es que jamás se daría por vencida y eso era algo que admiraba en una mujer.

En el momento que rocé sus dedos, cambio drásticamente de táctica y bajó el brazo para meterlo bajo su espalda y e imposibilitarme poder quitárselas.

Sonreí burlonamente como si le diera a entender que no pensaba detenerme, así que le agarré su brazo libre con mi mano derecha y fui decidido a rodearle la cintura sin poder evitar acercarme demasiado.

Se arqueó lo suficiente para intentar girarse y que de ese modo no pudiera llegar hasta ella, pero eso provocó que me pegase por completo hasta el punto de bloquearla por completo.

Su mirada se cruzó con la mía cuando atrapé su mano y se alzó contra mí encajando su pelvis con la mía, tuvo que ser plenamente consciente de mi erección y se detuvo confrontando su mirada con la mía, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante y hasta hubiera olvidado porqué estábamos en aquella posición sobre los asientos de la camioneta donde cualquiera de sus padres podría vernos si se acercaba.

Sentí como todo se reducía a ese instante, como todos mis pensamientos se centraban únicamente en aquellos ojos azules que me miraban con intensidad, en sus labios ligeramente entreabiertos, en mi cuerpo que encajaba demasiado bien sobre el suyo, en las malditas ganas que tenía de probar sus labios y descubrir si tenían un sabor especial como parecían prometerme desde el mismo momento en que la había visto.

Percibí el contacto. Sentí el deseo en sus ojos sin ningún atisbo de duda. Estaba ahí, aunque ella no quisiera admitirlo y, cuando hice el amago de acercarme a sus labios no surgió el rechazo, ni siquiera un leve rastro de desdén.

—Ni lo intentes —dijo sin dejar de observarme.

—Acabas de decirme que puedo hacerlo… —Mi tono no tenía la entonación burlesca que habría preferido trasmitir.

Aunque fuera consciente de que se estaba refiriendo al hecho de besarla, conseguí atrapar su mano y, como si supiera que temía que la besara, noté como cedía y me daba las llaves sin necesidad de forzarla.

Me quedé a escasos dos centímetros de su boca.

Quizá menos. Y cuando me incorporé noté como escapaba ágilmente saltando del asiento sin colocarse siquiera las deportivas.

Puede que hubiera recuperado las llaves, pero volvía a sentir esa innegable certeza de haber perdido.

¿Era el deseo innato que ella me provocaba el que veía también en sus ojos?

Sabía que lo más conveniente entre nosotros era mantener las distancias. No solo porque ella tuviera pareja, sino porque siendo compañeros y teniendo la obligación de pasar todo el día juntos, lo último que deseaba aportar a mi vida era una relación fatídica.

Quería el sexo ocasional. Estaba perfectamente cómodo en esa tesitura sin obligaciones y sin expectativas.

Libre para hacer lo que quisiera con quien quisiera y, por mucho que me atrajera esa belleza australiana o que gran parte del día fantaseara con tirármela cada vez que la tocaba, estaba dispuesto a suplir esa necesidad con cualquier otra chica.

Había ido allí con una finalidad y no podía perder de vista cual era el objetivo. Mi prioridad era Harmony y después podría venir el resto.

Que mi agente me hubiera llamado para decirme que si se confirmaba mi nombre asociado al de la excampeona de surf tándem algunas marcas querían volver a colaborar conmigo, solo confirmaba lo que Patric ya sabía cuando me convenció para que cogiera el primer avión rumbo a Australia.

Así que no debía cagarla.

No debía acercarme a ella.

No debía desearla.

Y mucho menos, acostarme con ella.