17
Rompernos también formaba parte
Océane
El agua estaba fría, pero la sensación térmica era en último de mis pensamientos en aquel instante.
Sentía las piernas débiles, el temblor en mis manos era evidente y la respiración agitada solo era meras señales de alerta y, aún así me senté sobre aquella tabla porque prefería mi mente nublada al hecho de pensar en la vibración de mi cuerpo ante la imagen de Kingsley rozando con sus labios mis dedos.
Me coloqué en la parte delantera y noté enseguida su impulso dejándose caer a mi espalda conforme daba brazadas largas para alejarnos de la orilla.
Ni siquiera necesité aferrarme, la experiencia me hacía equilibrar mi cuerpo de forma inconsciente por lo que lo único que hice fue asegurarme de que el aire entrara en mis pulmones y, a diferencia de la vez anterior, la presión en mi pecho era apenas perceptible.
¿Quizá es porque no tendría que tocar el agua?
, ¿O porque tenía muy presente que era Kingley quien estaba tras de mí?
Me mantuve en silencio hasta que alcanzamos una zona tranquila de oleaje en el que no existía demasiada corriente por la protección de las rocas y sentí que él mismo se sentaba a horcajadas.
El sol despuntaba y aún no había salido por completo así que la línea en el horizonte se desdibujaba en tonos suaves.
—¿Estás respirando? —escuché tras de mí, pero apenas me moví.
—Algo así —contesté y acto seguido noté como su manos frías y mojadas se aferraban en mi cintura y me arrastraba hacia él. Por puro instinto me agarré a sus brazos para no caer, pero acto seguido noté la calidez de su pecho en contacto con mi espalda.
—Es mejor que ambos estemos en el centro de la tabla —murmuró—. Relájate. No estás sola y no voy a dejar que caigas —mencionó provocando un nudo en mi garganta.
Apartó sus manos rápidamente de mi cintura, pero se mantuvo firme para que dejara caer mi pecho sobre él como si aquella situación pudiera servir de ayuda, aunque en realidad, solo lo empeoraba, así que me enderecé manteniendo la espalda recta.
—¿Donde estuviste ayer? —pregunté ante la necesidad de engañar a mi mente con un pensamiento alterno.
—En alguna parte —contestó de forma errática e instintivamente me giré de lado hacia él provocando que la tabla se moviera, aunque no lo suficiente para que nos cayéramos.
—Le dijiste a mi padre que tenías planes y tú aquí no conoces a nadie —arrugué la frente.
—¿Sabes una cosa Océano? Hay personas que cuando nacemos adquirimos una condición llamada sociabilidad, desgraciadamente no todos la tienen.
A pesar del matiz sarcástico que empleaba, utilizaba un tono de seriedad.
—¿Deduces que no soy sociable solo porque me he mostrado poco receptiva contigo? ¡Oh!, ¿Tú grandioso ego no permite aceptar que no te encuentro atractivo? —gemí con fingido lamento.
—Realmente ya tenía muy claro el concepto por tu actitud desde que nos conocimos, pero fue evidente anoche, cuando ni te molestaste en despedirte de las que consideras tus amigas.
Aquello me dolió. Y tuve que morderme la lengua.
Yo no era así. De hecho, jamás había dejado colgada a una amiga hasta que lo convertí en una normalidad porque pensé que entenderían la situación, como también habrían entendido que desapareciera sin avisar la noche anterior.
No quería ser la amiga distante. La que no daba explicaciones. La que se alejaba lentamente y deshacía la relación. ¿Y si me marchaba a Brisbane?, ¿Realmente vendría cada semana como tenía pensado?
Conocía la respuesta. Ni siquiera tenía dudas al respecto, pero aun así había una parte de mí que continuaba alentándome a marcharme de allí.
—¿Sabes que es lo peor de todo? Que no parecían sorprenderse, como si ya estuvieran acostumbradas.
—¿Y todo eso lo deduces de una sola noche? —increpé volviendo la cara hacia él.
—Adelante. Puedes gritar, insultarme o enfadarte.
Estamos solos. No te va a escuchar nadie y dudo que regreses nadando a la orilla, pero ya que pareces querer culpabilizarme de todos tus males desde el día que te conocí, al menos no me quedaré callado como hace el resto de personas que te rodean y buscaré verdaderas razones para que me odies —respondió relajado.
—Eres un… —me abalancé contra él, pero agarró con firmeza mis brazos y logró forzarme a mantenerlos hacia atrás y sujetarlos con una sola mano mientras que con el otro brazo me rodeaba la cintura e impedía que pudiera moverme bruscamente sobre la tabla.
—¿Has acabado? —increpó sin reducir mínimamente la fuerza con la que me sujetaba, claramente superior a la mía.
—¡Suéltame! —grité.
—Si te suelto, caeremos y te prometí que conmigo no caerías, ¿Recuerdas? Te soltaré cuando te calmes.
Aquello me frustró aún más y me removí contra él, lo que provocó que mi cuerpo se frotara contra el suyo y aquella sensación de calor abrasador me gustó aún menos.
Yo no quería sentir el más mínimo deseo por Kingsley, aunque solo fuera una reacción natural de mi cuerpo, aunque ni siquiera pudiera ser racional al respecto. Solo debía sentir asco. Repugnancia. Odio.
Lo detestaba.
Y mi cuerpo no parecía estar de acuerdo con mi raciocinio.
—Está bien. Me calmo. Suéltame —solté atropelladamente.
—No tan rápido, belleza. Empiezo a encontrar demasiado agradable tenerte a mi merced.
—¡Cerdo mentiroso! —bufé y escuché su carcajada conforme aflojaba su amarre y me solté rápidamente de una mano para plasmarle una sonora bofetada.
No reaccionó. Incluso podría jurar que habría esperado que lo hiciera.
Y tampoco sentí la satisfacción que pensé que sentiría.
—¡Ni se te ocurra volver a hacerlo! —exclamé como si eso excusara que le hubiera soltado un guantazo en la cara.
Contra todo pronóstico me agarró del cuello y estiró de mí hasta que sus labios rozaron los míos, incluso cerré los ojos pensando que realmente iba a besarme, pero solo podía sentir que los acariciara con los suyos sin que realmente hiciera algún tipo de presión.
No sabía si era mas torturador aquello o el hecho de que me hubiera forzado a besarle.
—Y dime Océano. ¿Ahora tu temor ha pasado a ser que pueda besarte?, ¿Tal vez sea porque no podrías evitar sentir deseo? Al menos ahora tendrás algo en lo que pensar que no sea tu miedo subirte a la tabla.
Vi como se apartaba bruscamente y se lanzaba al agua dejándome sola sobre la tabla y siendo muy consciente de que mi temor se había evaporado hasta que él lo había mencionado.
Ni siquiera en ese momento era capaz de sentirlo porque realmente nunca había tenido miedo de subirme a la tabla, sino de los recuerdos, momentos y vivencias que hacerlo implicaba.
Y Kingsley había usado su estrategia de focalizar la atención sobre él para que me diera cuenta.
No volvió a subirse a la tabla, sino que nadó para empujarla hasta la orilla y regresamos a casa donde mi padre ya estaba despierto leyendo las noticias y el olor a café se sentía desde la entrada.
No nos preguntó de donde veníamos, a pesar de que el pelo de Kingsley estaba mojado.
Simplemente nos dijo que entrenásemos en casa un par de días para evitar más fotos improvisadas y reforzar algunas acrobacias.
Así aprovechábamos la tarde para salir juntos en la tabla y aprender a equilibrarnos en el oleaje sobre ella.
Después de reforzar algunas posturas y asentarlas, fue como si Kingsley hubiera desbloqueado algún tipo de mecanismo interno.
De repente, los movimientos que antes lograba a duras penas, empezaron a fluir con una naturalidad aplastante.
Lograba sostenerme con firmeza tanto en posiciones de pie como en inversión, ajustando su centro de gravedad con precisión casi instintiva.
Obviamente era mucho más fácil practicar en suelo firme, pero aun así tuve que reconocer que estaba realmente sorprendida.
A medida que ganaba seguridad, mi padre incrementaba complejidad, pero incluso así fue capaz de aguantar el equilibrio de todo mi peso sobre su brazo derecho mientras yo permanecía invertida, es más, corrigió cada mínima oscilación con los hombros y las caderas sin apenas mover los pies.
Es como si se hubiera dado cuenta de que debía adaptarse a mi peso y anticiparse a mi movimiento.
Hice una inversión con estabilidad, mi padre lo guió en pequeños cambios de ángulo para permitir que mi cuerpo describiera arcos suaves alrededor de su eje central mientras Kingsley absorbía cada variación de carga que le provocaban mis movimientos.
Me arqueé, extendí las piernas en líneas largas y fluidas con cada giro e incluso logramos enlazar varias posturas de forma continuada.
Practicamos varias formas de entrada y salida, desde una posición elevada impulsándome con suavidad para que rotara alrededor de su hombro y descendiera hacia un apoyo lateral antes de volver a elevarme, o desde el giro en el que rotaba sobre mi misma en una posición elevada y caía entre sus brazos antes de devolverme a la tabla.
Puede que aún fuera demasiado brusco en algunas transiciones o que no colocara bien las manos en algunas partes de mi cuerpo y eso implicaba mayor esfuerzo para él, pero su exigencia y nivel físico hacían que se adaptase a gran velocidad y aprendiera con rapidez.
—Igual nos equivocamos y debíamos haber comenzado por un entrenamiento en espacio seguro para que cogieras confianza —dijo mi padre con una sonrisa complaciente.
—No creo que convenga adelantarse, no será lo mismo sobre la tabla —dijo Kingsley como si él mismo se estuviera quitando mérito y eso me parecía bastante impropio de él.
Me mantuve en silencio, como si no quisiera aportar nada que perjudicara o beneficiara la situación. Iba a limitarme a hacer mi parte y distanciarme lo máximo posible de él, aunque pasar casi todo el día juntos hiciera aquella tarea casi imposible.