La Teoría de las Olas Cruzadas 16
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Más allá de la marea

Océane

Me había quedado toda la noche esperando a Mason dormitando entre horas, pero él no regresó a casa de mis padres y tampoco vi su coche en los alrededores.

Conociéndole era más que probable que la noche de hotel que tenía planeada para nosotros no la hubiera cancelado a pesar de modificar sus planes.

No sabía si mi dolor de cabeza se debía a la falta de sueño y cansancio o por la resaca.

Me marché del club tras mi conversación con Kingsley, ni siquiera me había despedido de mis amigas y recibí varios mensajes de Alana preocupada, pero no quería dar explicaciones a nadie de lo sucedido, sentía que era incapaz de mentirles si las miraba directamente a los ojos, así que solo contesté que estaba demasiado cansada y no quería molestarlas.

Mi padre se había marchado a comprar materiales para sus tablas, mi madre tenía turno en el hospital y Kingsley estaría indudablemente durmiendo la mona, así que me di una ducha para despejar la mente, me tomé una aspirina y ya iba por mi tercer café cuando Mason apareció.

Salí por la entrada principal y bajé las escaleras para dirigirme hacia el aparcamiento donde él se había quedado recostado sobre su coche.

Mostraba una actitud relajada, pero en el momento que me acerqué a él comprobé que no había debido pasar una buena noche, tenía claras señales de cansancio en el rostro como seguramente las tenía yo.

—No volviste —dije rompiendo el silencio entre ambos.

—Tenía demasiado en lo que pensar y prefería hacerlo en un espacio donde la tentación de ir hasta ti no existiera.

—Mason… lo que dijiste anoche…

—Estuvo mal. Me extralimité —dijo atropelladamente antes de que pudiera añadir algo más—.

Simplemente estaba cegado, como si necesitara que tú me demostraras que de verdad estás a mi lado y ese tío no tiene ninguna oportunidad conmigo.

Estaba furioso, irritado y fuera de control, por eso dije cosas que realmente no pienso —afirmó y sentí como si aquella presión en mi pecho se calmara—.

Quiero que sepas que voy completamente en serio con nuestra relación.

Que no quiero a otra mujer en mi vida que no seas tú y para demostrártelo quiero darte esto —abrió la mano y vi que era un juego de llaves donde colgaba un llavero turístico de Noosa—.

Me he detenido antes de venir para hacer una copia de las llaves de mi casa.

Quiero que también la consideres tuya, que tengas la libertad de venir cuando quieras.

No voy a presionarte con que lo hagas ahora, o mañana, aunque es lo que me gustaría que hicieras.

Sonreí mientras cogía el manojo con cuatro llaves que él me entregaba. Había estado muy pocas veces en Brisbane, pero sabía que una pertenecía al parking, otra a la entrada del residencial, una tercera para el edificio de apartamentos de Mason y la última de la puerta de entrada a su lujoso piso.

Ese era el Mason que conocía, del que me había enamorado, el que no había dudado en estar a mi lado cada momento de flaqueza.

Le abracé.

Pasamos el resto del día juntos sin mencionar nada de lo sucedido, ni mis entrenamientos con Kingsley, ni su inminente ascenso en el trabajo que implicaba llevar acabo unos planes para los que aún no me sentía capacitada de aceptar, pero tampoco de negarme.

—¿No esperamos a Kingsley para cenar? —pregunté al ver que mis padres se sentaban en la mesa y había servicio para cuatro.

—Tu padre me dijo que tenía planes antes de colocar la mesa. Al parecer se ha integrado muy bien en el pueblo para los pocos días que lleva aquí, ¿No te parece? —preguntó mi madre dirigiéndose a mí y yo me encogí de hombros.

—Demasiado bien diría yo —contesté apática.

—Hay que reconocer que el chico es muy guapo además de agradable.

Lo último que necesitaba en aquel momento era a mi madre halagando a Kingsley más de lo que mis propias amigas habían hecho la noche anterior hasta el punto de rodearle como abejas atraídas por la miel.

—¿Habéis hablado sobre la propuesta? —preguntó mi padre cambiando de argumento y lo agradecí.

—Si —afirmé—. Hemos pensado en valorarla, pero Kingsley aún no está preparado para una exhibición, así que tendremos en cuenta solo colaboraciones con marcas de imagen.

—Me parece un buen inicio.

No era capaz de evitar que mi vista se fuera al hueco que tenía frente a mí con aquel plato vacío y preguntarme donde demonios estaba a pesar de que no debía importarme en absoluto lo que hiciera con su vida.

¿Quizá era porque no sabía casi nada de él?

, ¿Por qué a pesar de buscar información en internet sobre Maximilian Kingsley no había logrado saciar mi curiosidad?

, ¿Qué sabía exactamente de mi compañero?

Aparte de los datos que arrojaban su pasaporte, solo sabía que había pegado a un tío en una competición y fue expulsado.

Nada más.

Bueno. Si. Estaba ese mensaje de una chica que parecía esperarle en alguna parte del mundo y de la que evidentemente él no parecía tener en la misma estima.

Había pensado demasiadas veces en la noche anterior y en lo que me había dicho antes de que me marchara. ¿Me molestaban más que lo hubiera dicho él o el hecho de que existía cierta verdad en sus palabras, aunque no lo quisiera reconocer?

No le di más vueltas, el dolor de cabeza regresó en cuanto el efecto de la pastilla dejó de funcionar, así que me fui a dormir más temprano de lo habitual.

Aquella mañana de lunes no me despertó la alarma del teléfono, sino los golpes en la puerta. Me levanté aún adormilada y la abrí. Allí estaba Kingsley dejado caer en el marco con una expresión indescifrable.

—¿Qué quieres? Ni siquiera ha sonado la alarma —dije con los ojos medio cerrados.

Sentía todo mi cuerpo aletargado por la cantidad de horas que había dormido profundamente y aún parecía resistirse a ponerse en marcha.

—Hay más probabilidad de que nadie nos vea al amanecer que al atardecer, así que espabila. Te espero en la camioneta.

Estuve a punto de enviarle al infierno y meterme de nuevo en la cama, pero acabé poniéndome un bañador de una sola pieza, no pensaba correr el mismo riesgo del último día. Metí en una bolsa unos pantalones deportivos y me calcé las zapatillas a modo chancleta conforme salía de mi habitación.

Aún no había café preparado, ni una suculenta variedad de tortitas, fruta o cereales, por lo que cogí una barrita energética para tener algo en el estómago y salí por la puerta de atrás.

Kingsley había colocado la tabla y aguardaba en el asiento del conductor cuando me subí con cierta reticencia.

—El agua estará helada —refunfuñé mientras abría el paquete de la barrita y le daba un bocado.

—Si me das un bocado, no permitiré que te caigas —dijo volviendo la cabeza hacia mí y yo le observé con incredulidad.

Sabía que si no se lo daba, me acabaría robando el envase y zampándose más de la mitad, así que partí un trozo con las manos y se lo entregué, solo que no pensé que se inclinaría para comerlo él mismo de mis manos.

En el momento que sentí sus labios rozando mis dedos el escalofrío fue real, intenso, espontáneo. Sentí como un torbellino nacía en mi estómago al que no quería, ni deseaba poner nombre, pero era tan ferviente que resultaba imposible de ignorar.

Me quedé paralizada mientras observaba como aquellos ojos oscuros me miraban con una intensidad arrolladora y, cuando aquella sensación se intensificó, él apartó la vista para arrancar el motor de la camioneta y yo tuve que girar el rostro hacia la ventanilla porque estaba convencida de que el calor de mis mejillas iba a delatarme.

«Es una respuesta natural» me dije una y otra vez durante todo el trayecto. Solo que jamás había sentido una experiencia similar con Mason. Ni siquiera un ápice de lo que un simple roce de los labios de Kingsley me había provocado.