La Teoría de las Olas Cruzadas 14
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A dos tablas de distancia

Max

Joder.

La entereza con la que había soltado aquello me mostraba que solo era una coraza que necesitaba mantener firme para no romperse.

Y me pregunté si se había permitido hacerlo en algún momento o más bien su meta era huir hacia delante sin mirar atrás para no dejar que el dolor la atrapara sin poder encontrar una salida.

Quizá no podía saber lo que significaba perder a alguien en el modo en que ella lo había hecho, pero sí lo que significaba esa lealtad silenciosa hacia los tuyos. Yo estaba allí por Harmony. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera para protegerla.

Incluso si eso significaba tener que poner al límite y jugar con los sentimientos de aquella chica rubia.

—No —dije caminando hacia la orilla y sintiendo que el agua fresca devorase mis pies.

Estaba acostumbrado a surfear en todo tipo de climas y estaciones, pero agradecí la temperatura del agua, lo último que necesitaba ese momento es que aquella belleza australiana se diera cuenta de que no era inmune a sus atributos.

—¿No, qué? —exclamó confusa.

—Que no me acosté con ninguna de tus amigas —respondí sin darle demasiada importancia—. Por ahora —añadí sabiendo cuánto le fastidiaba.

—¡Eres insufrible! —gritó acercándose a mí con la intención de darme un empujón, pero fui lo bastante rápido para cogerla de la cintura y lanzarla al agua.

Aquello la hizo enfurecerse más y saltó sobre mi como un pulpo que se agarra con sus tentáculos para envolver a su presa.

Era fuerte. De eso no había duda. Y sentir sus uñas clavándose en mi piel solo provocaba que mi excitación creciera.

Era un instinto carnal primitivo. Una respuesta innata de mi propio cuerpo y del que no ejercía ningún control

—¿Hemos venido a entrenar o a que te restriegues contra mí? —exclamé sintiendo como rodeaba su brazo en mi cuello y estiraba hacia atrás para doblegarme y ceder.

—No pienso caer en tu juego absurdo —murmuró cerca de mi oído y supe que iba a ceder cuando mis rodillas se clavaron en la arena y ella termino colocada y victoriosa a horcajadas sobre mí.

Si así es como se perdía contra Océane Sinclair estaba dispuesto a ser un perdedor de por vida solo por esas vistas.

—Me pregunto que opinaría la prensa y tu querido pintamonas si nos vieran ahora mismo… —sonreí complacido.

—¿Tanto te cuesta admitir la derrota? —exclamó mientras daba un salto y se metía en el agua para limpiarse la arena embarrada que nos cubría a ambos.

No. En realidad no me importaba, pero por alguna razón contra ella mi instinto me incitaba a actuar de forma imprevisible, como si no tuviera el control, como si tampoco quisiera tenerlo y, sobre todo, como si no deseara ser invisible para Océane.

Puede que me convenciera de que era por el simple hecho de que la necesitaba para un fin, de que si aquello no salía como esperaba mis alternativas eran limitadas, pero mientras mis ojos devoraban las gotas de agua bajar por su espalda me preguntaba si realmente ella me era tan indiferente como deseaba.

Es otra mujer deseable. Como las incontables con las que había compartido mi cama. ¿Porqué iba a ser ella diferente?

Quizá la respuesta estaba en el modo que me molestaba el gesto de posesión de aquel tipo sobre ella. El que sus dedos descansaran en su cintura como si tuviera derecho a reclamarla y eso me incomodara de manera irracional, densa, amarga.

Y aquello no se parecía solo al deseo.

El deseo era fuga, una chispa que arde en un instante y desparece a la misma velocidad. Eso en cambio, era más peligroso, más parecido a ver a alguien sosteniendo algo que no debería tocar.

O quizá era porque se había convertido en un reto personal en el que quería demostrar que no era tan inmune a mí como intentaba aparentar.

En cualquier caso, no pensaba dejar que aquello disuadiera mi verdadero cometido allí.

Que nuestra foto entrenando juntos en la playa se hubiera filtrado a la prensa había sido un golpe de fortuna.

Pensaba que tardaría al menos un par de semanas en que lo hicieran, pero que hubiera sucedido en apenas tres días significaba que su regreso era más esperado de lo que el propio Patric preveía.

Me adentré en el agua hasta el muslo como el día anterior y decidí fijarme en la trenza que caía sobre su hombro en lugar de perseguir cada curva por la que aquel minúsculo bikini apenas cubría.

Lo estaba haciendo a propósito, ¿Por qué sino ponerse ese atuendo para un día de entrenamiento a solas conmigo?

Sabía reconocer perfectamente las señales en una mujer cuando coquetea, se insinúa o su cuerpo muestra que le gusto sin siquiera expresarlo con palabras o incluso mucho antes de percatarse ella misma de ello.

El problema es que esas señales en Océane no estaban o cuando creía que veía un atisbo de ellas acababan confundiéndome.

Aprender a sostener su peso no era lo difícil, sino lograr el equilibrio mientras lo hacía. Se notaba su agilidad, su experiencia, la seguridad en el modo de contornearse a pesar de llevar tiempo sin práctica.

—No mires al suelo. Mira al frente —dijo conforme se inclinaba para dejar caer el peso de su cuerpo sobre mi brazo derecho—. Tu cuerpo sigue la trayectoria de tu vista, si te inclinas vas a perder el equilibrio y, en consecuencia, caeré.

Apreté la mandíbula y corregí la postura mientras la corriente intentaba manipularme. Apenas había conseguido durar en aquella postura un segundo y sinceramente, veía casi imposible poder hacerlo sobre una tabla.

—Espalda recta. Mantén el centro de tu equilibrio. Busca un punto fijo que mirar y concéntrate en el. Aunque eso signifique demasiado para tu minúsculo cerebro.

Era fácil más fácil decirlo que hacerlo, pero si había algo que me caracterizaba es que no era capaz de desistir hasta conseguirlo.

—Que consejo más útil. ¿También me vas a pedir que respire? —exclamé aunque en realidad me esforcé en buscar un punto fijo en las rocas salientes que había a varios metros de distancia.

—Te pediría que dejaras de ser tan inútil, pero sé que eso es imposible. Así que solo evito que mi culo acabe en el agua.

La tiré a posta.

—Bien. Ahora que tu culo ha terminado en el agua y que probablemente lo hará unas cuantas veces más. ¿Puedes dejar tus diferencias conmigo a un lado? Al menos mientras entrenamos.

La vi alzarse y apartarse el agua de la cara

—¿Y por qué debería ignorar tu inutilidad? Que tengamos un acuerdo y acepte que seas mi compañero no impide que recalque el hecho de que eres un desastre.

—Y aún así sigo siendo mejor que todos los candidatos que optarían a entrenar contigo.

—¿Ves? —exclamó—. Es esa arrogancia es lo que te pierde.

Ni siquiera eres capaz de aceptar un consejo.

Ese derroche de superioridad, autoestima inflada y admiración propia como si nadie pudiera estar por encima de ti demuestra que no quieres escuchar y aún menos, aceptar que realmente eres mediocre.

Esbocé una sonrisa ladeada.

—Que interesante diagnóstico viniendo de alguien que no es capaz de volver a subirse a una tabla.

Supe de inmediato por su rostro la incomodidad que mostraba por mis palabras. Era un golpe bajo y no sentí la satisfacción que pensé que sentiría.

—Una demostración implacable de que eres un capullo.

Hizo ademán de alejarse, como si quisiera poner distancia entre nosotros.

—¡Vale! He sido un capullo —admití y noté que se detenía—. No tenía derecho a utilizar ese argumento.

Se giró como si pareciera sorprendida.

—No —negó y entonces comenzó a caminar hacia mí—. Tú usarías cualquier golpe bajo si es en tu beneficio. Así que no me lo trago —continuó y se acercó lo suficiente para que entre nosotros solo hubiera un palmo de distancia.

—¿Por qué necesitas que esté de tu lado? —inquirió y se colocó ambos brazos en jarra esperando una respuesta.

—Si quisiera que estuvieras de mi lado, te seduciría ¿No crees? —sonreí.

—Y lo has intentado, pero te ha salido el tiro por la culata y te has dado cuenta de que no iba a funcionar —decretó—.

Necesitas que yo admita que eres mi nueva pareja de surf tándem, por eso utilizaste tu mejor baza para presionarme.

Y no creo que sea solo porque te echaron del campeonato.

Nadie deja todo atrás e inicia desde cero si no existe una motivación fuerte.

—Tal vez no tenga una motivación tan fuerte como crees. Simplemente quería ponerme a prueba y demostrar que era capaz de hacerlo.

—¿Tú? Por favor, no me tomes por idiota.

—Te tomo por muchas cosas, aunque por idiota precisamente no, belleza. Aunque teniendo en cuenta ese pintamonas que te has buscado como novio, me haces dudar…

—Deja a Mason fuera de esta cuestión. Él solo quiere lo mejor para mí.

—¡Oh sí! Siempre y cuando sea lo que también quiere él.

Me había bastado una ridícula conversación de tres minutos para entender que clase de tipo era el tal Mason.

De los que buscan a una mujer sumisa, obediente y que no les plante cara a sus decisiones.

El modo en que la aferraba para marcar su territorio, la orden directa que ella ejecutó sin oponerse y la forma de dirigir su vida sin siquiera preguntarle antes lo demostraba.

La cuestión es que Océane no parecía ser precisamente el tipo de mujer que se adaptaría a un inútil como él.

—¿Otra vez intentando cambiar de tema, Kingsley?

—Touché —afirmé. A pesar de que me interesaba saber porqué alguien como ella estaba con un payaso como ese tío, era también un modo para esquivarla—. Supongo que se me acaban las excusas.

—Desembucha —dijo como si la situación le exasperara.

—Cuando me expulsaron de la competición me quedé sin patrocinadores. —Noté como inspiraba con lentitud y no parecía demasiado sorprendida por ello.

—Supongo que era lógico esperar que todo fuese una cuestión económica. ¿Mi padre te ha prometido alguna clase de compensación? —inquirió sin mostrar un ápice de entusiasmo.

—No, aunque conoce mis circunstancias.

—Y por eso te dejó la caseta del jardín. ¿Como esperabas sacar dinero de mí, Kingsley?

No me dio tiempo a responder, la voz de Jax hizo que ambos nos girásemos hacia él.

—¿Se puede saber qué demonios hacéis?, ¡Venid aquí, tengo algo importante que deciros!