La Teoría de las Olas Cruzadas 13 #2
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El problema no era que mi hermano hubiera querido que siguiera adelante, sino el hecho de que yo no sabía hacerlo sin él.

Me tomé el café de un trago sin molestarme en echarle azúcar como si necesitara que el amargor terminara de espabilarme, cogí unas cuantas galletas para comerlas de camino.

Mi apetito se había ido al infierno al leer aquel titular en primera plana, por lo que cuando me subí a la camioneta que ya estaba ocupada por Kingsley no me corté en dar un sonoro portazo.

—Parece que ni la gran noche de sexo brutal ha calmado esa furia —dijo en modo sarcástico y me dieron ganas de lanzarle las galletas que llevaba en la mano, solo que después me daría hambre y me arrepentiría de ello.

—Has sido tú, ¿Verdad? —exclamé haciendo oídos sordos a su palabrería.

—Si —afirmó arrancando el motor—. Tengo el increíble poder de clonarme y hacerme una foto contigo encima.

¿Tu crees que podría sacarle rentabilidad?

—dio marcha atrás y se puso en camino hacia la misma playa donde nos habían hecho la foto el día anterior, pero bajo ningún concepto pensaba volver al mismo lugar y arriesgarnos a que alguien nos viera de nuevo.

—Sigue recto en lugar de coger el primer desvío. Hoy iremos a un sitio diferente.

—¿Y lo sabe tu padre? —preguntó incrédulo.

—Lo sabrá cuando no vea la camioneta aquí.

Continúo sin hacer comentarios y de forma instintiva me descalcé y coloqué los pies sobre el salpicadero.

—Anoche me preguntaron por ti tus amigas. Ahora que las conozco a todas puedo afirmar sin duda que eres la antipática del grupo —soltó sin más provocando que me girase hacia él.

—¿Qué?

—Fueron muy amables, incluso me senté junto a ellas gran parte de la noche.

—Dime que no te has tirado a ninguna de mis amigas —dije sin saber si quería o no saber la respuesta.

—Pues no te lo digo.

Era una provocación. Lo sabía. Es como si quisiera verme exaltada todo el tiempo y disfrutara con ello, pero lo peor es que yo le había mostrado esa vulnerabilidad y se aprovechaba a cada momento.

—Está bien —contesté como si supiera que le molestaría más mi indiferencia.

Pero el cajón de la mesita de noche lleno de condones no dejaba de martillear en mi mente ante la idea de que fuera cierto.

¿Me importaba? No. Por mí podía acostarse con quien le diera la gana ¿Me incomodaba? Demasiado.

Aunque no dejaba de repetirme que solo era la necesidad de proteger a mis amigas de un tipo como él.

Le indiqué que cogiera el siguiente desvío y bordeamos la montaña por una carretera de tierra hasta llegar a la siguiente playa. Había que bajar a pie por las rocas, pero no era necesario llevar en aquel momento la tabla, practicaríamos al igual que el día anterior, dentro del agua.

—¿Por qué entrenamos en la playa? —preguntó mientras bajábamos las rocas—. ¿No sería más fácil en un espacio de seguridad rodeado de colchonetas?

—¡Que buena idea!, ¿Cómo no se me habrá podido ocurrir en estos quince años que llevo practicando? —bufé dando un salto desde la última roca para aterrizar en la arena.

Tal vez en patinaje artístico, danza o gimnasia acrobática era adecuado, pero no en surf tándem.

—A diferencia del resto de parejas acrobáticas de otras categorías, no trabajamos sobre un apoyo firme.

Nosotros vamos sobre el agua, donde nada es estable.

Creo que eso lo sabes bastante bien. Así que debemos soportar la inestabilidad, reaccionar cuando el equilibrio cambia sin aviso con la corriente y el movimiento de las olas.

—Vale. Admito que era una pregunta estúpida —dijo sorprendiéndome de que hiciera una afirmación hacia sí mismo de ese tipo.

—En realidad no lo era. Podríamos entrenar en un espacio protegido, el principal problema es que nos llevaría el doble de tiempo en adquirir equilibrio sobre la tabla.

—Pensaba que perder el tiempo era tu mayor aliado —increpó alzando una ceja.

—El mío si. El de mi padre no —sonreí conforme empecé a desvestirme para meternos en el agua.

Noté que él apartó la mirada hacia el horizonte donde ya había salido completamente el sol y la claridad nos cegaba.

—¿Por qué no quieres contarle la verdad?

—preguntó sin mirarme y terminé de quitarme la parte superior para quedarme solo en bikini.

Me parecía ridículo sentir que quedaba expuesta o más bien, que él iba a tocarme indudablemente por todo el cuerpo porque formaba parte de aquel entrenamiento y la idea me hacía sentir vulnerable, pero automáticamente deseché ese pensamiento.

Jamás me había ocurrido con Reef y no tenía porque pasarme con Kingsley. Era un capullo integral que me caía mal, así que no iba a permitir que me afectara nada de lo que hiciera. Ni siquiera sus manos tocando mi piel desnuda.

—Ya te advertí ayer que no eres mi confidente. Limítemos los argumentos de conversación a todo lo que tenga que ver con el entrenamiento, el resto está vetado.

—¿Ya has cambiado de opinión y no quieres saber si me acosté con alguna de tus amigas? —volvió la mirada hacia mí.

—¿Acaso vas a decírmelo? —inquirí con su típico tono burlón.

—Si tú respondes a mi pregunta, haré lo mismo con la tuya.

—Puedo averiguar perfectamente si lo hiciste sin que me respondas.

—Es posible —argumentó mientras alzó los brazos y se sacó la camiseta estirando de los hombros para después lanzarla sobre la arena junto a las prendas que yo había dejado—, pero eso significaría que te importo y parecerías la amiga celosa que no soporta que ninguna chica se acerque a mí —esbozó una sonrisa de complacencia—.

Y te aseguro que no importará que tengas a ese pintamonas de novio.

¿Pintamonas?, ¿De que cojones iba ese tío?

—Mason no es ningún pintamonas.

Sea lo que sea que signifique eso.

—Por supuesto que lo es, pero no cambies de tema. ¿Respondes a mi pregunta?

Lo miré fijamente con la intención de insistir en aquel asunto, pero realmente lo último que pensaba hacer es hablar de Mason con él.

—Responde tú primero.

—¡Ah no, belleza! Esto no funciona así… —dio un paso hacia mí—. Yo no necesito tu respuesta, es simple curiosidad. En cambio, a ti te carcome por dentro la necesidad de conocer la mía.

Y aunque no quisiera reconocerlo, era así.

Como si la idea de que Kingsley acaparase cada vez más parte de mi mundo no fuera solo una intromisión, sino que convertía aquello en algo cada vez más difícil de ignorar.

Aunque aquel titular en la prensa ya convertía aquel maldito acuerdo en algo casi oficial.

—Está bien —afirmé inspirando hondo y solté rápidamente el aire.

No había hablado de esto con nadie, ni siquiera con Alana y pensar que la persona que más detestaba en este momento era la única que conocía mi mayor secreto y por ende, debilidad, resultaba irónico—.

El día que mi hermano desapareció mi padre y él habían discutido poco antes.

El motivo era lo de menos, Reef era bastante impulsivo y mi padre demasiado exigente, así que no era algo sin precedentes, pero ese día no le acompañó.

Y eso es algo con lo que tendrá que cargar el resto de su vida.

No estoy dispuesta a añadir mi propia carga a su mochila.