La Teoría de las Olas Cruzadas 13
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Sal y miradas que cortan

Océane

No había visto a Kingsley por ninguna parte cuando nos fuimos y tampoco era algo que pensaba preguntarle a Mason.

Si decidía encerrarse en la caseta del jardín o salir, no era de mi incumbencia.

Al menos era lo que trataba de decirme constantemente mientras nos alejábamos de casa por una carretera secundaria.

—No has contestado a mis llamadas —afirmó rompiendo el silencio en el interior del coche.

—No he tenido tiempo —mentí—. Y no me apetecía volver a discutir, prefería hablar sobre este tema en persona.

—Muy bien. Pues ya estoy aquí. Y ese tipo no me gusta. No me gusta nada, Océane —recalcó dos veces con énfasis como si fuera necesario hacerlo.

—A mí tampoco me gusta, pero es bueno surfeando y eso es lo único que a mi padre le importa.

Oí como chasqueaba la lengua.

—Pues dile claramente a tu padre que se largue. Además, ¿Por qué tienes que volver a surfear? Creí que ya habíamos dejado claro que eso no era para ti, que no pensabas retomarlo y desde luego no entraba en nuestros planes que lo hicieras.

Ciertamente en nuestras conversaciones había mostrado la clara intencionalidad de abandonar por completo mi carrera como surfista, así que tampoco me sorprendían sus palabras.

—Ya te lo dije. Estoy haciendo esto por nosotros.

Le prometí a mi padre que entrenaría durante tres meses y si pasado ese tiempo aún quería marcharme contigo a Brisbane, lo aceptaría.

Tú mismo me dijiste que te parecía bien siempre y cuando pasado ese tiempo estuviéramos juntos —dije tratando de mantenerme lo más calmada posible.

Necesitaba que Mason estuviera de mi lado, que comprendiera la situación y me apoyara.

—Mencionaste que entrenarías durante todo el verano, creí que lo harías sola, no con ese tipo —rebatió con firmeza—.

No necesitas demostrarle nada a tu padre.

Si él no quiere respetar tus decisiones, tampoco deberías respetar las suyas.

Vente conmigo a Brisbane mañana y deja todo esto atrás de una maldita vez.

En aquel momento la idea de largarme sin mirar atrás era demasiado tentadora, pero por más que me apeteciera, sabía que el arrepentimiento iba a llegar como una pesada losa en cuanto lo hiciera.

—Sabes perfectamente porqué hago esto —afirmé en un murmullo—. Solo te pido que confíes en mí. Me iré contigo a Brisbane en cuanto acabe el verano tal como te prometí.

No necesitaba escuchar sus palabras para saber que mi decisión no le agradaba y, aún así, apartó una mano del volante para entrelazarla con la mía y llevársela a los labios.

—Por supuesto que confío en ti, cariño. Es de él de quien no me fío.

—Tengo muy claro como es —dije sin pensar demasiado en mis palabras—. Y lo más probable es que se largue en un par de semanas cuando se de cuenta de que las cosas no van a ser tan fáciles como imaginaba.

Noté como Mason asentía y por suerte no volvimos a hablar de ello, estuvo contándome todo lo que había hecho durante su congreso y la posibilidad de que le dieran un ascenso dentro de la empresa.

Eso significaba mayores prestaciones, mayor sueldo y mayor responsabilidad.

Estaba claro que su carrera profesional solo estaba despegando y quería llegar a lo más alto.

—Quiero romper el récord y convertirme en el socio más joven —afirmó con entusiasmo.

Nunca me había interesado realmente las funciones de Mason como analista financiero, ni tampoco que edad era la más adecuada para convertirse en socio, pero siempre fingía interés para complacerlo.

—¿Se supone que hay una edad? —pregunté ignorando por completo que existiera una edad como requisito.

—Normalmente no es algo que suceda antes de los cuarenta, pero Marcus lo ha logrado a los treinta y cinco. Yo pretendo hacerlo antes de cumplir los treinta.

—Tienes veintiocho —sonreí.

—Si. Y hablando de eso… —dijo cogiendo su servilleta para limpiarse las comisuras y la dejó a un lado mientras alcanzaba su copa—, según tengo entendido no suelen proclamar a ningún socio que no esté formalmente comprometido.

No es que se considere un requisito, por supuesto, pero la idea de estabilidad y consolidación familiar por así decirlo es algo que tienen muy en cuenta.

—¿Qué quieres decir con eso? —exclamé sin saber si realmente comprendía a lo que se estaba refiriendo.

—Que tendríamos que casarnos en cuanto me asciendan.

Lo mejor sería que te dedicaras a organizar la boda y quedarte embarazada antes de pensar en buscar trabajo.

Podríamos celebrarlo en Noosa si lo prefieres, aunque en Brisbane sería más cómodo para ambos viviendo allí y así nos aseguramos de que vengan todos los socios de la empresa.

—Espera un momento. ¿Quieres que nos casemos y tengamos un hijo solo para convertirte en socio? —pregunté como si no fuera capaz de razonar aquella propuesta que estaba muy lejos de ser idílica.

—Nos habríamos casado y formado una familia igualmente. ¿Que importa si lo hacemos ahora o dentro de cinco años?

No es que me disgustara la idea de ser madre joven. Mis propios padres lo habían sido y me resultaba algo maravilloso, pero hacerlo cuando aún no tenía claro que hacer con mi vida no me parecía el mejor momento.

—Supongo que no —murmuré alcanzando mi copa de vino al sentir que tenía un nudo en la garganta que me impedía decir algo contraproducente.

¿Tal vez era porque no soportaba la idea de perder a Mason?

, ¿Porque no era capaz de imaginar mi vida sin él?

Desde luego sí había pensado en nuestro futuro, en que él sería el hombre con el que me casaría y formaría una familia.

¿Tal vez tenía razón al pensar que no importaba hacerlo ahora o dentro de unos años?

Esa noche Mason se quedó a dormir en casa.

No era la primera vez que lo hacía, pero sí algo inusual ya que a pesar de que no lo dijera en voz alta, se notaba que aquella situación le generaba incomodidad, sobre todo porque la habitación de mis padres estaba justo al lado y mi cama no era especialmente grande.

No pregunté por Kingsley a pesar de que la camioneta no estaba en la puerta. Era evidente que había salido e imaginaba cuál iba a ser la finalidad de aquella escapada.

Y me molestaba.

Y no sabía porqué.

Me encerré en el baño para desmaquillarme y dejar que el agua arrastrara no solo los restos, sino también aquella sensación inquietante.

¿Igual es porque tenía la necesidad de arruinarle sus planes y de que no encontrara nada agradable en este lugar? Puede que hubiera aceptado que fuera mi compañero, pero eso no significaba que le aceptase a él como tal. Me irritaba. Me enfurecía. Me exasperaba.

Y solo había existido una persona en el mundo que hubiera conseguido alterarme de ese modo.

«Reef»

Y le odiaba aún más por ello.

***

El sonido de la alarma me hizo saltar de la cama y alargar el brazo para apagarlo. Noté como Mason se giraba y seguía durmiendo mientras me deslizaba por el colchón con la intención de no despertarlo.

Saqué la ropa del cajón y el primer bikini que encontré a tientas para no encender la luz y salí a hurtadillas para cambiarme en el baño.

Maldije mi suerte cuando vi que había elegido uno de los bikinis más pequeños y menos prácticos para entrenar, pero como iba a ponerme el conjunto deportivo no me importó, así que me fui hacia la cocina y conforme avanzaba escuché la voz de mi madre y era extraño que estuviera despierta a esas horas.

—¡Buenos días, cariño!

Mi padre tenía la vista puesta en su iPad junto al café. Mi madre no dejaba de ir y venir de un lado a otro como si estuviera nerviosa por algo y Kingsley se limitó a poner la vista sobre mí y después la apartó hacia su propio desayuno.

—¿Pasa algo? —pregunté como si sintiera la situación extraña.

Todos parecieron guardar silencio repentinamente y paseé mi mirada por los tres, fue mi padre el que alzó el iPad y me mostró la imagen de Kingsley y yo en la playa la mañana anterior.

—Alguien del pueblo ha debido de seguiros y filtrar la foto a la prensa, no parece hecha con una cámara profesional.

«La campeona de surf-tándem regresa de su duelo a la competición tras la trágica pérdida de su último compañero»

—¿Has sido tú? —exclamé dirigiéndome a Kingsley y su reacción fue como si esperase que lo culpara de ello.

—Océane. Cálmate —dijo mi padre con suavidad—. Esto era algo que ocurriría en algún momento.

No aparté la vista de Kingsley, estaba demasiado silencioso y eso le delataba como culpable.

—¿No te cuestionas los motivos por los que ha podido venir hasta la otra parte del mundo sin ninguna garantía?

—Lo único que cuestiono es su rendimiento y hasta ahora ha demostrado estar a la altura de lo que se espera como tu pareja. ¿Puedo decir lo mismo de ti cuando ayer desapareciste con Mason?

—Creo que esta conversación no me incumbe. Te espero en la camioneta, Océano.

Ni siquiera se molestó en llamarme por mi nombre una sola vez, aunque fuera frente a mis padres.

—¡Ni siquiera me llama por mi nombre! —bramé conforme le vi salir.

—¿Y tú lo has hecho? —respondió mi padre encarándome—.

A mi no me importa lo que hagáis fuera de los entrenamientos.

Ni si te cae bien, mal o te resulta un cretino —mencionó mi padre—.

Tiene una motivación para estar aquí y dar todo de sí mismo para que esto funcione.

¿Tengo que recordarte que fuiste tú la que se comprometió a esto?

—No —negué cruzándome de brazos como si me molestase que tuviera razón y al mismo tiempo deseaba que no la tuviera.

Me sentía atrapada y lo único cierto es que yo misma había construido la red en la que ahora me hallaba.

—Sé que esto no es fácil para ti. No lo es para ninguno de nosotros —afirmó mi padre—, pero él habría querido que lo intentaras.

Reef no era de los que se detenía ante nada, de hecho, ese había sido su talón de Aquiles y el motivo por el que en ese momento no se encontraba entre nosotros, porque a pesar de las advertencias, había decidido hacerle frente a las inclemencias del tiempo y sobrepasar sus propios límites.