12 #2
—¿Tanto me echabas de menos, belleza? —exclamó en cuanto se acercó a la entrada.
A pesar de no mirarle directamente no había nadie más que pudiera escucharle.
—En realidad estaba celebrando tu ausencia, con un poco de suerte te habrías perdido y no tendría que volver a verte.
En lugar de rodear el jardín, dio un salto para agarrarse a la barandilla y escalar con facilidad la altura que había de distancia. Era una persona atlética, así que no suponía un gran esfuerzo para él hacerlo, aun así, me sorprendió la destreza en aquella agilidad.
—¿Y privarte de mi adorable derroche de simpatía?
—exclamó caminando hacia mí y se inclinó acercándose lo suficiente como si pretendiera intimidarme.
Imaginé que lo hacía para provocarme como si supiera que respondería, pero me mantuve firme para dejarle ver que era completamente inmune a sus encantos.
Debí haber visto venir que su acercamiento solo tenía una finalidad y en cuanto me di cuenta, era demasiado tarde. Me había robado el café helado y se lo estaba bebiendo ante mis narices.
—¿Perdona?, ¿Es que nadie te ha enseñado a respetar lo que no es tuyo? —exclamé alzándome con la intención de recuperar mi vaso.
—Ahora somos pareja, ¿Recuerdas? Compartimos todo.
—¡Y una mierda! —grité tratando de alcanzarle mientras alejaba con la mano el brazo y me impedía alcanzarlo con la otra.
Criarme con un hermano gemelo me había hecho recurrir a demasiadas tácticas de supervivencia, así que no lo pensé dos veces cuando alcé la rodilla para darle en la parte más sensible de su anatomía. La exclamación de dolor le hizo encogerse y volví a recuperar el café helado
—¡Joder!, ¿Estás loca? —gimió aún con dolor.
—La próxima vez piénsatelo dos veces y mantendrás intacta tu descendencia —dije antes de dar un sorbo satisfecha con el resultado.
—Bueno… —asintió mientras comenzaba a erguirse y dibujó una sonrisa burlona a pesar de que aun se mantuviera ligeramente encorvado—. Al menos sé que no te disgusta poner tus labios donde antes han estado los míos.
Mi gesto de asco le hizo reír y conforme me alejaba podía escuchar sus carcajadas.
—¡Arg!, ¡Es que no lo aguanto! —clamé entrando en la cocina y tirando el líquido restante con el hielo al fregadero.
Abrí el grifo de la cocina para limpiar aquel desastre y a pesar del ruido aún podía escuchar sus risas acercándose.
—¿Es que para ti todo es un chiste?, ¿Una provocación?, ¿Alguna vez te tomas algo en serio? —solté encarándome a él demasiado irritada, frustrada y con una rabia que nacía en mi propio pecho.
—¿Sabes que frunces la nariz cuando te enfadas? —¿Qué mierda de respuesta es esa?—. Si. Mira… así —continuó haciendo un gesto como si tratara de imitarme.
—Igual te tendría que romper la tuya para que dejes de comportarte como un inmaduro —advertí mirándolo fijamente a los ojos.
—Y también te vuelves adorable… —alargó una mano para coger una manzana del frutero y darle un mordisco.
—Mira Kignsley, no sé a qué clase de juego crees que…
—Max —interrumpió de forma relajada alzando la vista para verme.
—Lo que sea que estás haciendo, no funciona conmigo. Y por si no te has dado cuenta aún, no pienso tener compasión alguna o trato favorable solo porque prácticamente me obligaras a aceptarte como compañero de tabla.
Escuché como tragaba el bocado de manzana y soltó una exhalación suave, casi divertida, como si lo que acabara de escuchar lo esperase.
—No quiero tu compasión. Ni favores especiales —Se incorporó sobre la pequeña isla de la cocina aún con la manzana mordida en la mano, pero sin apartar la vista—, porque eso significaría que no sientes nada por mí.
Alcé una ceja.
—Porqué será que no me sorprende tu derroche de arrogancia —murmuré.
—No es arrogancia —respondió tranquilo apartando la vista y devolviéndola a la manzana como si estuviera pensando si le apetecía seguir comiendo o no. En su lugar, volvió a levantarla en mi dirección—, pero te he hecho sentir más cosas en dos días de lo que has sentido en los últimos dos años.
—Y ninguna de ellas podría calificarse como positiva.
—Mentira.
Le dio otro mordisco a la manzana y esa capacidad de mantener el tono suave y neutro cuando a mi me hacía hervir la sangre, me desesperaba.
—No pienso continuar una conversación con un tarado mental —aseguré mientras alzaba las manos como si me estuviera rindiendo ante aquella partida.
—¿Prefieres marcharte a reconocerlo?
Lo fulminé con la mirada.
—Si esperas que diga algo que alimente ese ego ridículo que no tratas de esconder, puedes seguir soñando. Lo único que me inspiras es rechazo.
Me di la vuelta con la intención de marcharme. Si su propósito era desquiciarme, muy a mi pesar lo estaba consiguiendo.
—Pues el modo en que me miras no demuestra rechazo, sino miedo a desear algo que no deberías.
—Así que todo esto se reduce a que no eres capaz de aceptar que le seas completamente indiferente a una mujer. ¿No? Tu cerebro de unga unga te crea señales inexistentes. Voy a decírtelo muy claro: N-o m-e g-u-s-t-a-s.
Noté como sonreía y comenzó a caminar hacia mi con seguridad, teniendo muy claro que su objetivo era yo.
—Puede que la que esté pecando aquí de petulancia seas tú y ya que lo mencionas tampoco eres exactamente mi tipo, Océano —concretó sin quitarme la vista de encima—. No estaba hablando de mí, sino del surf.
Sentí como mi espalda se tensaba, la rigidez me impedía cambiar de postura y el nudo en mi garganta se volvía plausible ante algo que ni yo misma había considerado.
Los pasos de alguien acercándose me hizo saber que nuestro tiempo a solas se había acabado, al igual que aquella conversación y en el momento que vi la sombra de Mason acercándose corrí hacia él como si fuera el refugio que necesitaba en aquel momento.
Tenía que aferrarme a algo real. A alguien que no causara dolor, que fuese la calma que amainaba la tempestad que laceraba en mi interior.
Sentí los brazos de Mason rodeando mi cintura mientras le estrechaba con firmeza. El aroma tan característico de su perfume impregnó cada matiz de mis sentidos olfativos aferrándome a la certeza de que él era esa ancla que no permitía alejarme y viajar a la deriva.
—Pensé que llegarías más tarde —afirmé separándome ligeramente de él para darle un beso en los labios.
—¿He interrumpido algo? —exclamó alzando la vista y supuse que acababa de ver a Kingsley.
—Por supuesto que no —afirmé separándome ligeramente de él mientras sentía que su mano rodeaba aún mi cintura—. Mason, te presento a Maximilian Kingsley. Se está quedando unos días con nosotros mientras mi padre comprueba si nos compenetramos lo suficiente para formar pareja sobre la tabla.
—¿Estadounidense? —exclamó Mason.
—Si. California —contestó cruzándose de brazos.
Observé como parecían estudiarse mutuamente y no sabía si la tensión era una invención propia o el modo en que parecían contemplarse era una especie de competición interna.
—Extraño viajar a la otra parte del mundo solo para una prueba, ¿no? —inquirió Mason y noté como Kingsley no parecía en absoluto incómodo ante él.
—Estoy acostumbrado a pasar largas temporadas fuera de casa, así que no es un problema —afirmó encogiéndose de hombros.
—Cierto. La mayoría de surfistas tienen un concepto bastante cuestionable de la estabilidad —dijo apretándome contra él.
—Supongo que amamos demasiado la libertad para conformarnos con un único lugar en el que quedarnos atrapados. Aunque reconozco que este sitio tiene demasiado encanto para echar raíces.
—Tal vez no deberías encariñarte demasiado, al fin y al cabo, estás en periodo de prueba, ¿no?
Es mejor no hacerse ilusiones en vano. Tesoro.
¿Por qué no te cambias y salimos? He reservado en un restaurante no muy lejos de aquí —contestó Mason y su mirada se dirigió hacia mí con aquella sonrisa complaciente.
—Claro —afirmé como si la idea de perder de vista a Maxi-bon fuera el mejor plan del mundo.
En cuanto hice ademán de separarme, comprobé como Kingsley me observaba fijamente. En su semblante no había ese rastro de diversión que mantenía siempre, sino que más bien se mostraba neutro.
—¿Que quieres que le diga a Jax cuando me pregunte porqué no estamos repasando el entrenamiento? —exclamó dirigiéndose hacia mí expresamente.
—Le dirás que ha salido con su novio —contestó Mason adelantándose a mi respuesta—. Lógicamente entenderá que su relación es más importante que el entrenamiento.
A pesar de aquella respuesta, sentí que la mirada de Kingsley no se apartaba de la mía, como si esperase que pudiera rebatir lo que Mason acababa de decir.
Solo que no lo hice, simplemente me aparté para hacer lo que mi novio me había pedido como una autómata y veinte minutos después me subí a su deportivo sin saber el rumbo de nuestro destino.