La Teoría de las Olas Cruzadas 12
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No confundas equilibrio con control

Océane

—Nada mal para un novato en la materia, ¿no? —ironizó de regreso a casa.

—Teniendo en cuenta que me he caído al agua un centenar de veces y casi me lesiono en la mitad, no diría que sea precisamente un logro —afirmé bajándole los humos.

—¿Ahora me vas a decir que con tu hermano nunca te lesionaste?

Lo hice, una decena de veces que recuerde, aunque nunca llegué a fracturarme nada.

—Confiaba plenamente en Reef y sabía que él siempre me protegería, aunque tuviera que poner su vida en riesgo para hacerlo —respondí desviando la mirada.

Hablar de él en pasado provocaba un dolor demasiado amargo con el que no era capaz de lidiar.

—¿Y por eso eres incapaz de subirte a una tabla? —soltó a pesar de mantener la vista fija en la carretera mientras seguíamos el vehículo de mi padre que iba delante de nosotros.

—Soy perfectamente capaz de subirme a una tabla, simplemente no quiero hacerlo.

Sinceramente no era algo que me apeteciera hablar y menos aún con él, un tío al que apenas conocía, del que no me fiaba y que me sacaba de quicio en cada conversación que manteníamos.

—Muy bien. Me queda claro que no quieres hablar de ello.

—Que tengamos que pasar todo el día juntos o que tengas información sobre mí, no te convierte en mi confidente —afirmé para que le quedara bien clara cual sería mi postura.

Noté que se mantenía callado mientras concentraba su vista en la carretera y pensé que aquella conversación se habría dado por terminada.

—Tranquila, no deseo ocupar el puesto. Solo intentaba comprender porqué alguien que mira el mar como tú lo haces, quiere privarse de volver a sentirlo.

No esperaba aquella respuesta y apreté los músculos de la mandíbula como si deseara que no me afectaran.

—¿Y cómo miro el mar según tú?

—Como si lo echaras de menos.

El hecho de que lo dijera con aquella tranquilidad plausible me molestaba aún más que cualquiera de sus comentarios absurdos para sacarme de quicio.

—¿Llevas dos días aquí y ya crees que me conoces y sabes todo de mí?

—exclamé irritada—. ¿Por qué no mejor te preocupas de ti y del modo en que la cagaste en tu último campeonato?

, ¿No es ese el motivo por el que estás aquí?

, ¿Limpiar tu imagen? —inquirí—. No soy idiota…

sé que lo único que te interesa es tener mi nombre asociado al tuyo para que nadie hable de la paliza que le diste a ese tipo.

No hacía falta ser un genio para comprender cuál debía ser su situación tras la penalización por agredir a otro concursante. Que quisiera aprovecharse de mi nombre no me sorprendía, de hecho, encajaba demasiado con la imagen que me había hecho de él desde el primer momento.

Un cerdo frívolo, egoísta y mezquino. Probablemente no ha pensado más que en sí mismo en los últimos veinte años de su vida.

—No somos tan diferentes como crees, Océano. ¿O acaso tú no vas a hacer lo mismo conmigo?

Así que lo reconocía. Ese era el motivo por el que había cruzado todo el planeta y jugársela a una sola carta. ¿Tan desesperado estaba?

—Tú y yo no nos parecemos en nada.

Éramos dos polos opuestos. Tan diferentes que se repelían por completo. Y aún así, no dejaba de preguntarme porque permitía que sacara lo peor de mí misma. ¿Por qué permitía que me afectara?

¿Quizá es que era la única persona que no me trataba con cuidado?

Mi madre medía sus palabras como si pudiera romperme o, tal vez, para no hacerlo ella en mi presencia.

Mi padre se mantenía ausente. Mason hablaba todo el tiempo de sí mismo y de sus proyectos en los que deseaba incluirme y mis amigos evitaban tocar ciertos temas, al menos en mi presencia.

Desde la muerte de Reef, era la primera vez que alguien me decía lo que pensaba sin titubeos. Quizá porque a diferencia del resto de personas que me rodeaban, yo no le importaba nada.

A pesar de esa certeza, la incomodidad me llevaba a desear apartarme de él, así que me encerré en mi habitación el resto de la tarde como si evitarle minimizara esa sensación, aunque solo pudiera hacerlo durante pocas horas hasta que tuviéramos que volver a repasar los movimientos de esa mañana en la parte de atrás del jardín.

Vi la llamada entrante de Alana y lo cogí al primer tono.

No había sido capaz de concentrarme en la lectura.

Ni en ver una película. Así que había acabado en el navegador buscando los secretos más oscuros de mi peor enemigo y mi frustración fue en aumento al no encontrar absolutamente nada sobre su vida, ni sobre la posible mujer que le había enviado ese mensaje diciéndole que también lo echaba de menos.

—Espero que me llames para decirme que has tenido mejor suerte que yo en cuanto a encontrar los trapos sucios de Kingsley.

Le había escrito la noche anterior con los datos de mi hallazgo sobre la poca información personal que tenía de él.

—En realidad te llamaba para asegurarme que no estabas en el gimnasio. He dado un par de vueltas a todas las salas. Tu ubicación del teléfono correspondía con tu casa, pero pensé que igual te habías podido olvidar el movil.

—¿Por qué pensabas que estaba allí? —exclamé confundida.

—Porque Maxi-pibón está aquí, de hecho le he visto hablando con Susanne en lo que puede decirse una conversación mucho más que amigable para una conocida.

¿Qué? Me asomé a la ventana y comprobé que la camioneta no estaba.

—Supongo que no es asunto mío lo que haga con su tiempo libre o a quien decida tirarse —respondí sin dejar que me importara que volviera a acercarse a Susanne a pesar de haberle confesado la hostilidad que existía entre nosotras.

Deducía que aquello era algo que a él le importaba muy poco con tal de echar un polvo.

—En ese caso no te interesará saber que están saliendo juntos del gimnasio —mencionó con pesar—. Nunca pensé que llegaría a decir esto, pero como la envidio en este instante.

Faltaba media hora para que iniciara nuestro entrenamiento de tarde para repasar en suelo firme y afianzar lo que habíamos conseguido por la mañana. Si pensaba llegar tarde sería su problema, no mío.

—En absoluto —afirmé poniendo el manos libres y para poder cambiarme de ropa—. Suficientes problemas tengo ya para pensar en Kingsley y sus devaneos.

—¿Problemas?, ¿Es que ha pasado algo que yo no sepa?

—Mason —admití quitándome la camiseta y lanzándola a la cama—. Me reprochó que no le contara que tenía una nueva pareja de surf, así que vendrá hoy.

—¿Eso significa que sí es tu pareja oficial?, ¿Ya no estás pensando en como lograr que se largue?

—Más o menos… a fin de cuentas solo tengo que aguantar tres meses para poder marcharme a Brisbane, ¿no? Si él se va, mi padre intentará encontrar a otro.

—Vaya, vaya. Creía que entre otras cosas deseabas que se fuera porque no le soportas y no formáis un buen equipo.

—No le soporto y desde luego está a años luz de ser mínimamente aceptable como pareja, pero mi padre no parece opinar lo mismo. Así que me limitaré a hacer lo que me corresponde hasta que pase el tiempo acordado.

No podía confesar a Alana la verdadera razón por la que no quería a Kingsley, esa misma que él había descubierto y por la que me había presionado para aceptar aquel puñetero acuerdo.

¿Tal vez es porque me dolía que las personas que me importaban supieran la verdad?

, ¿Qué sintieran pena o lástima por mí? Por ilógico que pareciera nada de eso me había sucedido en el momento que él se percató de lo que ocurría, así que era razonable pensar que se debía a que no me importaba su juicio, ni sus impresiones sobre mí y desde luego me importaba muy poco la imagen que construyera.

—No me disgusta la idea de tener por aquí a maxi-pibón un tiempo más.

Tengo que dejarte. Va a iniciar la clase.

Y no te rayes por Mason, si te quiere entenderá que esto lo haces por vuestra relación, ¿no?

—Noté como Alana esperaba una respuesta y alcé la vista al espejo para terminar de ajustarme la prenda.

Había cogido uno de esos bikinis que tiene menos zona de tejido para cubrir el pecho y varias tiras alrededor que se cruzaban formando un diseño.

No solía ponérmelo para que no se me quedaran las marcas de sol en la piel, pero decidí dejármelo ante la idea de que el entrenamiento sería breve, si es que Kingsley realmente volvía.

—Claro —afirmé como si hubiera necesitado pensar la respuesta que era más que obvia.

Hacía aquello por mi relación con Mason, porque íbamos a dar el salto y dar un paso más allá como pareja.

«Y porque necesitas cerrar ese capítulo de tu vida que no deja de sangrar y del que aquí, en Noosa, no podrás lograr»

Había una nota de mi madre diciendo que había salido a hacer algo de compra. Intuí que mi padre estaría en su taller, así que me preparé un café cargado de hielo y salí al porche para sentarme en uno de los balancines que tenían vistas al mar.

¿De verdad podría llamar a otro lugar que no fuera este, hogar?

Las palabras de Kingsley llegaron repentinamente avasallando mis pensamientos.

Me había dicho que miraba el mar como si lo echara de menos.

¿Y cómo no hacerlo? Me había dado casi tanto como me había quitado y aún así, me resultaba impensable no dejar de admirar su belleza.

Allí estaba mi infancia, mis primeros recuerdos, los más felices, pero también los terriblemente dolorosos.

Lo realmente increíble es que él hubiera sido capaz de darse cuenta de ello en apenas cuarenta y ocho horas.

Escuché el ruido de la camioneta acercándose mucho antes de poder verla y cuando la sombra azul se adentró en mi campo visual, determiné que debía haber sido bastante rápido en su encuentro con Susanne.

La idea de ellos dos juntos no dejaba de rondar mi cabeza y, al mismo tiempo, la bloqueaba impidiendo que esa imagen me afectara de algún modo.

No me importaba en absoluto. Ella no era mi amiga, es más, siempre intenté tener una relación cordial con ella, pero pronto me di cuenta que la rivalidad entre nosotras no iba a permitir que existiera un mínimo de simpatía.