La Teoría de las Olas Cruzadas 11
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Sal y miradas que cortan

Océane

Tenía un acuerdo con Max-ibon. Con el cerdo frívolo que probablemente sería el ser más egocéntrico que había conocido en mi vida.

«Y encima le tenía que dar las gracias por no revelar un secreto que solo conocía él y que condicionaba por completo las circunstancias»

Era consciente de que había accedido en un momento en el que me sentía realmente vulnerable y, aún así, no encontraba una mejor solución a la situación, aunque tuviera que soportar al imbécil de turno pegado a mí todo el día.

Lo detestaba. No soportaba en absoluto sus comentarios fuera de lugar, aunque tuvieran el único objetivo de desquiciarme, cosa que lograba con éxito y eso provocaba que lo detestara aún más, pero si la finalidad era obtener mi objetivo, estaba dispuesta a tolerarle por tiempo definido.

La alarma me despertó a las seis en punto de la mañana y sentí la ligera molestia en mis músculos por el entrenamiento del día anterior. Llevar dos años en modo pausa iba a pasar ligeramente factura a pesar de que hubiera seguido practicando ejercicio de vez en cuando en una forma menos intensa.

Abrí el cajón de la cómoda donde solía tener todos los conjuntos deportivos ordenados por colores y cogí uno al azar. La suerte de haber trabajado con multitud de marcas era que todas te regalaban sus productos, así que aún conservaba una gran variedad de ropa prácticamente sin usar.

El sol estaba despuntando cuando crucé el jardín y golpeé la puerta de la caseta lo suficientemente fuerte como para despertarle. La única razón por la que no decidía utilizar mi propia llave para entrar es porque tenía la impresión de que era de esos tíos que dormían completamente desnudos.

«Y sinceramente no quería recurrir a esa imagen en mi cabeza ni de coña» Suficiente tenía con tener que ver sus abdominales y cuerpo escultural a diario, aunque en el momento que abría la boca tirase por tierra cualquier pensamiento de atracción que ejerciera.

Me mantuve firme sobre las zapatillas de correr cuando escuché algunos pasos acercándose y en el momento que abrió la puerta aún parecía tener los ojos entrecerrados.

—Son las seis y cuarto de la mañana, Océano. Por más que me guste el sexo… no son horas —dijo aún con la voz adormilada, el pelo completamente revuelto y dejado caer sobre la puerta vestido únicamente con unos bóxer ajustados en color blanco que dejaban poca imaginación a lo que había debajo.

—Eres tú quien ha insistido en quedarse, así que me da igual si quieres correr en pelotas, pero tenemos que hacer seis kilómetros antes de las siete. Tienes tres minutos para vestirte.

—¿En serio?

—¡Dos minutos! —grité alejándome de la caseta hacia la entrada de la casa para aprovechar y hacer algunos estiramientos antes de la carrera.

No controlé el tiempo, pero le vi aparecer con un pantalón gris corto y una camiseta de propaganda mientras se acercaba hacia mí con las zapatillas en la mano.

—Correr a estas horas debería ser un delito penal —refunfuñó mientras iniciaba a calzarse apoyándose en la valla que rodeaba la casa.

—Siempre puedes negarte y regresar a California —dije sin pensarlo.

—Vaya Océano… si que pareces interesada en mí. Dime, ¿Que más has averiguado? —exclamó intrigado.

—Nada. A parte de confirmar que eres el cretino que imaginaba —solté alargando la pierna para estirarla completamente.

—¿Soy un cretino por decir lo que pienso?, ¿O más bien porque te molesta no ser inmune a mis encantos?

—Puedes insistir todo lo que quieras, Maxi-bon, pero seguirás sin ser mi tipo. —Me alcé y me lo encontré observándome con detenimiento.

—¡Ah, sí! —afirmó dando un paso hacia mí—. Tu tipo es ese novio inexistente que apenas has mencionado. Empiezo a dudar de su existencia.

Me aparté de él para rodearle e iniciar la carrera imaginando que iba a seguirme de todos modos.

Era consciente de que le molestaría mucho más mi silencio que tratar de increparle por aquel comentario.

No necesitaba demostrar si realmente tenía una relación o no, estaba segura de que Mason vendría esa misma tarde tal como había mencionado por teléfono y esperaba que las cosas se aclararan entre nosotros, sobre todo al comprender la situación y el hecho de que precisamente estaba haciendo aquello por nosotros.

Noté su paso detrás del mío hasta que nos incorporamos a la carretera, a esas horas el tráfico era inexistente incluso en alta temporada, aún así no volvió a hacer ningún comentario, simplemente se colocó a mi lado y mantuvo mi ritmo a pesar de que en varios momentos trató de aumentarlo.

Por algún motivo ilógico no me presionó para forzar la marcha, sino que redujo la suya propia y ni siquiera comprendí si era por no dejarme atrás o porque no conocía la trayectoria que debíamos seguir.

Probablemente era más por la segunda opción, pero agradecí que se entretuviera admirando el paisaje que continuar con aquella conversación.

Por algún motivo no quería hablar con él sobre Mason, quizá porque desde que Alana me había mencionado algunas cosas sobre mi novio, sentía esa necesidad de que nadie más lo juzgara.

Le debía demasiado. No es que mi entorno me abandonara en ese momento de inflexión en el que mi vida entera se había esfumado en un instante.

Reef no era solo mi hermano, era mi otra mitad, habíamos hecho juntos absolutamente todo y en aquel momento ambos estábamos en la cima de nuestra carrera deportiva.

Había pasado de rozar el cielo a sumergirme en el infierno más profundo y era incapaz de hallar consuelo entre las personas que siempre nos habían rodeado.

Mason fue esa tirita que consuela, que retiene, que alivia. Aunque no teníamos nada en común, a pesar de que nuestros círculos fueran muy distintos, él había sabido entender lo que necesitaba en ese momento y brindármelo cuando nadie más podría hacerlo.

El olor a café recién hecho se sentía desde el porche y cuando entramos había tortitas recién hechas, algo de fruta y cereales.

—Tengo que hacer algunos recados por la mañana, así que tendréis que empezar el entrenamiento sin mí —dijo mi padre al vernos entrar.

—En realidad quería iniciar con las acrobacias más básicas —dije acercándome al mueble donde estaban las tazas e instintivamente cogí dos como siempre había hecho por costumbre.

—¿Estás segura? —inquirió mi padre.

—Si. Así comprobaremos si realmente tiene lo que hay que tener —sonreí y volví la vista hacia Maxi-bon que se estaba secando las manos en un paño de cocina.

—Por mi está bien —agregó cogiendo una tortita y bañándola en la confitura de fresas que hacía mi madre cada año.

—Estupendo, solo tardaré un par de horas y sabes perfectamente lo que hay que hacer —dijo dirigiéndose hacia mí y asentí mientras cogía la cafetera.

—Lo he hecho cientos de veces… —admití con voz neutra—. Por cierto, esta tarde vendrá Mason, seguramente se quede un par de días.

—Siempre que cumplas con tus entrenamientos, puede quedarse donde quiera —contestó mi padre apurando la taza de café y acercándose hacia mi para darme un beso en la mejilla—. Nos vemos luego.

Saludó a Max antes de salir y poco después lo hicimos nosotros hacia la misma playa que el día anterior.

—¿Alguien me va a decir quien es el tal Mason o tengo que esperar a que llegue para descubrirlo? —preguntó en cuanto apagó el motor y observamos que la playa estaba de nuevo completamente vacía.

Probablemente no tendríamos esa suerte en cuanto se alzara la temporada y el resto de playas más conocidas comenzasen a estar demasiado concurridas.

—¿Tú has venido a entrenar o a cotillear? —exclamé con una energía renovada.

No sabía si era el hecho de que mi cuerpo comenzaba a habituarse de nuevo al entrenamiento o que por algún motivo mi mente se había relajado al saber que entre el ególatra de turno y yo existía un acuerdo que nos beneficiaba a ambos.

—Realmente me importa muy poco quien sea, pero ya te advertí que si yo no tenía sexo, tú tampoco lo tendrías. ¿Recuerdas? —afirmó alzando la voz para que le escuchara desde el otro lado de la camioneta conforme se acercaba a desabrochar las correas que mantenían firme la tabla.

—Vamos a practicar sin tabla por ahora, así que déjala en la camioneta. —Le dije alejándome hacia la orilla sin responder a su alegato.

No pude evitar morderme el labio al saber cuánto le fastidiaba que no le respondiera y la sensación de victoria que me embargaba era completamente nueva.

Había olvidado completamente esa sensación y, repentinamente observé el agua con el resplandor de las primeras horas de la mañana y me sentí culpable por experimentar algo que no fuera pesadumbre o dolor.

Ahora aquel regocijo me atormentaba y aún así, era incapaz de no sentirlo y de pensar cuántas veces me había sentido del mismo modo junto a mi hermano.

Pero él no era Reef. Nunca lo sería y jamás podría suplir lo que él hacía.

—No está Jax, así que no hace falta ser tan estrictos con el entrenamiento —dijo cuando llegamos casi a la orilla, donde la arena estaba mucho más firme y compacta.

—Está claro que no conoces a mi padre, solo necesitará vernos para saber lo que hemos hecho, así que no voy a correr riesgos.

—¿Y porqué lo haces? —me preguntó sin rodeos.

—¿Por qué hago, qué? —afirmé colocándome frente a él a menos de un paso de distancia.

—Esto. Entrenar. Intentar que yo me fuera para no confrontar a tu padre y decirle que no es lo que quieres.

—¿Y tú que sabes exactamente de lo que yo quiero o no? —En ese momento dirigí mi vista hacia él y comprobé que me estaba observando fijamente.

—Belleza, tal vez no nos conozcamos todavía, pero sé perfectamente lo que quiere una mujer.

Resoplé como si fuera una de esas frases aprendidas que soltaba a todas las chicas en un momento determinado de una cita.

—Hazme un favor. Tú no te metes en mi vida y yo no me meteré en la tuya.

—Me parece bien —contestó encogiéndose de hombros y de paso los relajó en movimientos circulares.

—Vas a tener que acostumbrarte a equilibrar mi peso con comodidad sin perder el eje central de tu cuerpo.

—¿Es una sugerencia? —increpó sin perder la oportunidad—, porque te aseguro que soy un experto en la materia.

Mi mirada lo fulminó y vi que alzaba las manos en señal de paz.

—Te llevará meses hacerlo, pero comenzaremos por lo más fácil con posturas que favorezcan ese equilibrio.

—Tú dime donde pongo las manos —contestó esbozando una sonrisa.

—Tócame más de lo debido y serás hombre muerto —afirmé colocándome delante de él mientras le daba la espalda—.

Cuando surfeemos juntos sobre la tabla, ésta será nuestra posición base, ya lo comprobaste ayer.

Coloca tus manos sobre mi cintura y álzame de un movimiento para colocarme sentada sobre tus hombros.

Subí los brazos a media altura para que pudiera colocar sus manos alrededor de mi piel. Estaban calientes y noté como podía abarcar casi por completo mi vientre y espalda con la largura de sus dedos.

En cuanto sentí que me elevaba del suelo, abrí las piernas para colocarme perfectamente sobre sus hombros. Le costó un poco más de lo normal hacerlo, pero teniendo en cuenta la diferencia de altura entre ambos, era lógico que necesitara habituarse a ello.

—Métete en el agua. Será más fácil que ninguno de los dos se lesione si no logras sostenerme —advertí recordando lo que ocurrió la primera y única vez que había intentado colocarme de pie sobre él.

Conseguí colocarme completamente erguida sobre sus hombros al cuarto intento.

El resto del tiempo hasta que llegó mi padre intentamos practicar un split, pero cada vez que agarraba uno de mis muslos e intentaba alzarme con el brazo izquierdo mi otra pierna para elevarme sobre su cabeza, acabábamos en el agua.

—Esto parecía más fácil cuando lo vi por internet… —murmuró la enésima vez que caímos al agua.

—¿Y qué esperabas?, ¿Qué ibas a llegar aquí y todo te iba a salir a la primera por ser el gran Maximilian Kingsley? —ironicé.

—Casi… —respondió en su habitual discurso de ser superior.

—¿Te recuerdo que ni siquiera estamos sobre la tabla? —dije caminando de nuevo para colocarme delante de él y pareció cambiar su semblante, como si empezara a darse cuenta de que aquello no iba a lograrlo en unas pocas semanas.

Me había elevado tantas veces a lo largo de la mañana que ya debería haberme acostumbrado a sentir sus manos en mi cintura, pero lo cierto es que la sensación era demasiado distinta a como lo recordaba cuando ensayaba con Reef.

El calor. La sensación de ardor. Y el inconfundible estremecimiento eran algo nuevo para mí. ¿Tal vez se debía a todo el tiempo que llevaba sin practicar?, ¿Al hecho de que tuviera que hacerlo como una imposición?

—¡Tal vez deberíamos dejarlo por hoy! —grité a mi padre que nos observaba desde la orilla a poca distancia.

—Ni lo sueñes —dijo tras de mí y reafirmó su agarre apretándome contra él—. No nos vamos de aquí hasta que nos salga esa postura —susurró cerca de mi oído y justo después me elevó sobre sus hombros para que me sentara sobre ellos.

La parte fácil la tenía más que dominada después de hacerlo más de cincuenta veces en lo que iba de mañana, incluso ya no le temblaban las piernas cuando me colocaba completamente erguida sobre sus hombros.

En ese momento noté el agarre en mi muslo derecho con su mano y dejé caer levemente mi peso haciendo equilibrio con mis propias manos en forma de cruz antes de alzar el pie izquierdo para que él me sostuviera.

Ese era el punto crítico en el que él perdía el equilibrio y yo me tiraba al agua de la mejor forma posible para evitar hacerme daño.

Solo que en aquella ocasión no me caí. Ya fuera su tozudez o emperro en que le saliera aquella postura antes de marcharnos logró sostenerme.

Lo hizo.

Aunque solo fueran escasos cuatro segundos, pero logró mantenerme erguida en un split simple antes de que cayéramos de espalda al agua.

Si había tenido dudas sobre el hecho de que mi padre le comprara un billete de regreso a casa, acababa de constatar que no lo haría.