9 #2
—¡Hola, amor!, ¿Por qué no has respondido a mi mensaje esta mañana? —escuché y recordé que efectivamente tenía un mensaje suyo que fui posponiendo hasta olvidarlo por completo.
¿Como es posible que me hubiera olvidado de contestarle?
—¡Ah, si!, ¡Lo siento! Hoy he comenzado el entrenamiento con la pareja que ha encontrado mi padre y…
—¿Pareja?,¿Cómo que tienes pareja? ¿Cuándo pensabas contármelo? —inquirió antes de que pudiera terminar.
—Tenía la intención de no tener que hacerlo porque se marchara antes de iniciar, pero mi padre parece empeñado en creer que puede funcionar.
—¿Quién es? —preguntó con semblante serio.
—Un americano… un tal Max —admití despreocupada—, pero no creo que tarde mucho en marcharse —mentí descaradamente sin saber exactamente porque no le confiaba a él lo mismo que podía decir abiertamente a Alana.
—Esto no me gusta Océane, me dijiste que ibas a entrenar tres meses, pero no que lo hicieras en pareja. —Noté que estaba molesto.
—Realmente no creía que mi padre pudiera encontrar a alguien válido y menos aún tan pronto, pero ya te digo que no tardará en marcharse.
El silencio al otro lado de la línea me daba a entender que parecía estar pensando la respuesta o meditando lo que acababa de decirle.
—¿Y donde se queda a dormir ese tío? —exclamó y tuve que llevarme una mano al cuello como si repentinamente me sintiera culpable de todo.
—En la caseta de jardín —admití.
—¡Joder Océane!, ¿Has metido a un tío que ni conoces en tu propia casa y ni siquiera me llamas para contármelo?
—En primer lugar, yo no he metido a nadie. Es la casa de mis padres y ellos deciden a quien le dan las llaves. Y, en segundo lugar, no me pareció importante tener que llamarte para decírtelo, sobre todo cuando es un periodo de prueba y con toda probabilidad se irá de aquí en los próximos días.
—Esto no me gusta ¿Entiendes que el hecho de habérmelo ocultado solo me genera desconfianza? Además, no estoy tranquilo con el hecho de que un completo desconocido duerma en tu propia casa. Coge el primer tren hacia Brisbane, yo llegaré mañana por la noche cuando acabe el congreso y lo hablaremos.
Durante un instante pensé en esa posibilidad, en dejarlo todo y simplemente irme. Marcharme de una vez sin mirar atrás. Podía hacerlo, ¿no?
Y si podía hacerlo, ¿Por qué no lo había hecho aún?
—No voy a hacer las cosas apresuradamente. Te dije que tenía un acuerdo con mi padre y es este. Voy a entrenar durante tres meses. Le demostraré que el surf se ha acabado para mí y después me iré a Brisbane como tenía previsto.
Conocía a Mason lo suficiente para saber que esa no era la respuesta que esperaba oír, pero también que era lo suficiente comprensivo para entender las circunstancias y no entrometerse en mi vida familiar.
—Estaré allí mañana.
Escuché como colgaba la llamada abruptamente sin despedirse o dejar que yo misma lo hiciera. ¿Había hecho mal por no informarle? Realmente ni siquiera había pensado en ello. Es más, no tuve ni el más ligero pensamiento de hacerlo porque pensaba solucionar aquel problema yo misma.
Y el problema se había hecho una bola gigantesca.
Con el teléfono aún en la mano abrí el navegador y mis dedos volaron por las teclas para escribir Maximilian Kingsley en el buscador.
Aparecieron fotos de él surfeando en el agua, levantando un trofeo, en campañas publicitarias y bajo algunas fotos, enlaces a páginas de prensa, revistas de deportes, medios de comunicación…
en todos ellos hacía referencia a una fecha reciente, fui bajando hasta encontrar el titular: expulsado por agredir a otro competidor.
Traté de encontrar algo más, declaraciones públicas, otras polémicas, incluso sus redes sociales para saber si lo habían etiquetado en publicaciones relacionadas. Nada. Era como si no existiera en internet salvo por lo que la prensa hablaba de él.
Saber que era lo suficiente conocido para generar esa repercusión, hacía aún menos comprensible que se hubiera trasladado desde California hasta allí para aprender una nueva disciplina en pareja.
Existían otras opciones mucho más factibles para alguien como él.
¿Qué demonios hacía allí exactamente? Y, sobre todo, ¿Por qué aferrarse tanto a la idea de quedarse cuando estaba claro que yo no se lo iba a poner fácil?
«Bueno… igual es de esos a los que les da morbo los retos y lo había enfocado mal desde el principio»
—¿Sabes una cosa, Océano? —Su voz grave tan cerca de mi oído me hizo reaccionar de forma inesperada alejándome de él. ¿Cómo es posible que no lo hubiera escuchado llegar? Y más aún, ¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí?
—¿Qué demonios quieres ahora? —exclamé autoritaria para darle a entender que aun seguía molesta con él.
Llevaba consigo la misma tabla de esa mañana y parecía tener la intención de volver a entrenar con ella.
—Para ser tan buena como dicen o aseguras que eres, no te he visto aún en el agua —contestó mientras veía como sus ojos se enfocaban en lo míos y después bajaba lentamente recorriendo mi cuerpo.
Llevaba unos pantalones cortos a juego de un sujetador deportivo y una camiseta ancha que lo cubría todo.
—Y vas a seguir sin verme hasta que seas capaz de mantenerte a ti mismo sin temblar —afirmé cruzándome de brazos.
—No estoy de acuerdo —dijo dando un paso hacia mí y lo que creí que sería encararme desde su altura para crear algún tipo de incomodidad o imposición, en realidad fue para rodearme con su brazo izquierdo la cintura y alzarme contra él.
—¡Suéltame! —exclamé colocando mis manos sobre su hombro para hacer palanca y alejar mi cuerpo de él, pero ¡Joder!, ¡Ese tío sí que era una pared de cemento!
—No me va a servir de nada estar sobre la tabla solo, si tengo que acostumbrarme a llevar tu peso, así que te vienes conmigo.
¿Qué?, ¡No!, ¡No!, ¡Definitivamente no!
Pero por más que traté de deshacerme de su agarre, sentía como el agua bañaba mis pies, después mis rodillas y finalmente llegaba hasta mis muslos conforme nos adentrábamos en el agua.
Mi camiseta estaba empapada cuando finalmente me soltó sobre la tabla antes de empujarla y comenzar a nadar alejándonos de la orilla.
Ni siquiera me dio tiempo a reaccionar para saltar y alejarme, estaba completamente bloqueada, no sabía si por el hecho en sí de volver a estar sobre una tabla en el agua o era el miedo lo que me tenía paralizada, pero conforme la espuma chocaba contra nosotros y el horizonte se abría frente a mí, comencé a sentir el temblor en cada fibra de mi ser, como si mi propio cuerpo intentara advertirme antes de que mi mente pudiera comprenderlo.
Mi latido acelerado se mezclaba con el rugido de cada ola que impactaba tras nosotros en la orilla y las voces de las pocas personas que transitaban la playa se alejaban con el viento, o tal vez era yo la que dejaba de percibirlas para obcecarse en un silencio inaudito.
Todo quedó pausado y sentí la escalofriante sensación de no poder mirar hacia abajo, de no poder poner mi vista en el agua como si al hacerlo pudiera ver el cuerpo de mi hermano ahí atrapado.
Cerré los ojos con firmeza y me aferré con ambas manos a la tabla, respirando agitadamente, sintiendo que el aire era incapaz de atravesar mi tráquea y abrirse paso hasta los pulmones.
—¡Ey! —oí que decía a mi espalda, pero me resultaba incapaz de moverme y mucho más aún de responder—. ¿Estás bien? —inquirió y a pesar de mi postura rígida noté como se sentaba sobre la tabla dejando ambas piernas colgadas sobre el agua y me empujó de los hombros hacia atrás para girarme hacia él.
En ese momento mi respiración era completamente agitada y descompasada, por mucho que tratara de disimularlo era imposible hacerlo y cerré los ojos con fuerza como si de ese modo él no pudiera darse cuenta.
—Mírame —dijo con firmeza, pero continué sin abrir los ojos—.
Abre los ojos y mírame —insistió y por algún motivo lo hice, quizá porque era mi única opción para salir de aquel tornado oscuro en el que me hallaba inmersa.
Contemplé sus ojos oscuros en los míos, una mirada penetrante y al mismo tiempo pude atisbar la preocupación en ellos—.
Eso es. Ahora respira conmigo. Uno. Dos.
Tres. Cuatro. Cinco. Suelta el aire —comenzó a decir mientras escuchaba su voz contando una y otra vez y luego su exhalación acompasada con la mía.
Poco a poco sentía como mi pulso disminuía, la respiración se tranquilizaba y el temor a estar sobre la tabla dejaba de dominarme, aunque no desaparecía.
La luz anaranjada del atardecer oscilaba entre el agua y casi había olvidado lo que se sentía al verlo desde allí en lugar de estar sentada sobre la arena.
—Eres una caja de sorpresas, Océano… —mencionó con cierto matiz de diversión en su tono de voz.
—Me halagas, pero esto no va a funcionar —dije apartando la mirada.
—Creo que has podido comprobar que no soy alguien que se rinde fácilmente —contestó despreocupado—. No conozco los detalles, pero siento lo que le ocurrió a tu hermano.
—Gracias, pero preferiría no hablar de ello.
Noté que él emitió un chasquido con la lengua y se inclinó sobre la tabla hacia mí provocando que se moviera.
—Tu padre no lo sabe, ¿Verdad? —inquirió demasiado cerca de mí.
—¿El qué exactamente? —respondí volviéndome hacia él.
—Que te da miedo volver a subirte a una tabla.