La Teoría de las Olas Cruzadas 9
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Orgullo salado

Océane

Susanne y yo nunca habíamos sido grandes amigas, probablemente porque nos convertimos en rivales a temprana edad, pero siempre nos mantuvimos en nuestro lugar.

Iniciamos al mismo tiempo en los campeonatos individuales y, más tarde, cuando Reef y yo comenzamos a exhibirnos y dar a conocer nuestros nombres a través del surf tándem, ella hizo lo mismo.

A diferencia de nosotros, pasó por varias parejas que no terminaban de encajar, incluso intentó más de una vez que mi hermano entrenase con ella, nunca supe si lo hacía porque deseaba tener al mejor o es que realmente le gustaba Reef.

Me constaba que este año se había clasificado en el campeonato individual de tabla corta a nivel regional e iría al campeonato nacional.

Un lugar que probablemente ocuparía yo misma si Reef aún siguiera aquí y no me hubiera retirado del mundo del surf al completo, pero aquello formaba parte de una Océane que ya había dejado de existir y que en mi mente tenía otras prioridades, como la de pasar aquellos tres meses que le había prometido a mi padre lo más oculta posible del foco mediático.

—¿Y has pensado ya como vas a convencer a Max-ibon para que mantenga lo vuestro oculto?

—exclamó Alana con la vista fija tras de mí y supe instantáneamente que él debía venir hacia nosotras—.

No tengo que convencerle de nada, sino echarle de aquí —admití antes de darme la vuelta y ver como le guiñaba un ojo a mi amiga, pero sin llegar a acercarse a nosotras—.

Y para eso voy a necesitar encontrar sus trapos sucios.

Volví a colocarme los cascos y me dirigí hacia la sala de pesas ahora que sabía que él había terminado y no volvería a cruzármelo, por lo que mi mente se volvió un completo bullicio.

Estaba claro que Max-ibon no iba a largarse por las buenas, tampoco por las malas, así que mi única carta era encontrar información por la que amenazarle o que mi propio padre le pusiera de patitas en la calle.

Me sorprendió que, tras dos horas dentro del gimnasio, el americano hubiera cumplido a rajatabla mi decisión de no acercarnos.

Le busqué con la mirada por toda la sala, la afluencia había incrementado considerablemente, pero su complexión y altura le hacían ser alguien destacable, así que no necesité demasiado tiempo para darme cuenta de que se había marchado.

«Si me hace volver andando a casa, le meto una araña de embudo bajo la almohada»

Recogí mis cosas de la taquilla y salí con premura del gimnasio solo para ver si estaba la camioneta. No solo estaba, sino que el muy capullo estaba dejado caer sobre ella mientras charlaba amigablemente con dos chicas que no dejaban de reír sus absurdas gracias.

—No perdáis vuestro tiempo chicas —dije llamando la atención de ambas. Las conocía de frecuentar el gimnasio, tenían algunos años más que yo, aunque en ese momento me costaba recordar sus nombres—. No juega en esa… liga —añadí encogiéndome de hombros y tirando la bolsa al interior de la camioneta.

Noté como él no parecía quejarse, algo que me sorprendió, pero alzó la vista hacia mí con una expresión que no le había notado hasta ahora.

¿Era molestia?, ¿Quizá incomodidad o irritación?

En cualquier caso rompí la conversación al punto de que ambas se marcharon sin entender realmente si mi afirmación era una broma o no.

No podía importarme menos, por culpa de ese imbécil iba a tener que tener una conversación larga y extendida con Mason.

—Creía que solo te molestaba que me acercase a tu amiga, ¿Ahora también te molesta que hable con todo el género femenino?

—Solo les estoy haciendo un favor evitándoles perder el tiempo contigo.

Él soltó una risa seca, incrédula, y se incorporó de la camioneta sin dejar de observarme como si estuviera retándome con la mirada. Dio un paso en mi dirección y me mantuve firme, no pensaba dejar que ese tío me intimidara a pesar de que su simple presencia fuera imponente.

—Qué considerada, ¿no?

—Lo soy cuando quiero —alcé el mentón.

—Esto tampoco va a funcionar, Océano. Más vale que vayas aceptando que he venido para quedarme.

—Lo veremos… —jadeé sintiendo que se acercaba demasiado.

—Como quieras, pero ten clara una cosa. Si yo no puedo acostarme con nadie, tú tampoco vas a hacerlo.

Fruncí el ceño y observé la sonrisa de su rostro claramente complacido por haber descolocado completamente mis pensamientos. Se dio la vuelta para rodear la camioneta y subirse al asiento del conductor conforme yo maldecía por volver a dejar que él tuviera la última palabra.

Llevaba el tercer café en la mano cuando salí al jardín y comprobé que mi inoportuno huésped no estaba.

Me senté en la escalera que había entre el césped y el porche que rodeaba la casa fijándome en la estructura de madera que decoraba el jardín.

¿Cuánto tiempo hacía que no entraba allí?

Ni siquiera me había hecho esa pregunta hasta ahora que la caseta estaba ocupada.

Di el cuarto sorbo a la bebida sintiendo que a pesar de ser el tercero del día, era el primero que podía degustar con algo más de tranquilidad, si su táctica era la de hacerme esperar no podía estar más conforme con ello.

Media hora después y con la taza vacía, aquello era algo extraño, así que me acerqué a la caseta y llamé a la puerta sin obtener respuesta.

Solía estar cerrada con llave porque era completamente externa a la casa y cualquiera podría acceder a nuestro jardín, así que esperé encontrar la cerradura bloqueada cuando giré el pomo, pero estaba abierta.

—¿Hola? —dije sin poner un pie dentro, pero el silencio me dio a entender que Max no estaba.

¿Donde diantres estaba? La camioneta seguía en la entrada, de hecho, no había escuchado ningún ruido de motor y estaba claro que por la casa principal él no estaba.

Conforme me adentraba en la caseta reconociendo cada detalle de la decoración que yo misma había atribuido a ese lugar, no sabía si premiaba más la idea de encontrar algún macabro secreto que pudiera sacar a ese tío de mi casa o el hecho de que finalmente se hubiera largado sin decir nada.

Comprobé en menos de un minuto que no estaba allí, salvo por el pantalón gris de chándal junto a la bolsa del gimnasio que había al lado de la puerta de la habitación, estaba todo bastante ordenado y eso me sorprendió.

Me imaginé que sería alguien caótico y desordenado, pero aquello no correspondía demasiado, incluso la cama estaba hecha con las almohadas abullonadas.

El sonido de un aviso por notificación me hizo girar la vista directamente hacia la mesita de noche donde parecía tener el teléfono cargando y di dos pasos para comprobar que era un mensaje.

«Yo también te hecho de menos» proveniente de Love H.

—Será hipócrita… —susurré pensando en cuanto echaría de menos a esa pobre chica mientras le metía la lengua hasta la garganta a Susanne.

Abrí el primer cajón de la mesita de noche y las envolturas de colores chillones de un sin fin de condones me dieron la certeza que necesitaba del tipo de tío que era.

Lo cerré con firmeza y abrí el segundo. Aparte de unas llaves y un tarjetero, estaba el pasaporte.

Instintivamente lo abrí por la primera página como si aquel giro fortuito de los acontecimientos fuera una señal del destino: Maximilian Kingsley, nacido el catorce de Marzo del 2000.

Sexo masculino. Nacionalidad estadounidense. Nacido en Los Ángeles, California.

Kingsley. ¿De qué me sonaba a mí ese apellido?

El ruido exterior me hizo meter el pasaporte de nuevo en el cajón y cerrarlo con rapidez antes de acelerar el paso hacia la entrada y me lo encontré bloqueándola como si ya supiera que yo estaba dentro cotilleando entre sus cosas.

En ese momento me sentí fatal por la intrusión, pero deseché rápidamente ese pensamiento. Solo había hurgado para hallar información sobre ese tío que, a todas luces, no era trigo limpio. En realidad, solo nos estaba haciendo un favor a mi familia, a mí y a todo el género femenino de Australia.

—¿Ahora has decidido esperarme en la cama, Océano? —No parecía molesto o nervioso de que hubiera invadido su espacio, así que deduje que no tendría nada que ocultar entre sus pertenencias.

—Más bien quería comprobar si te habías dejado los sesos al salir de la ducha —refunfuñé—. Te he estado esperando media hora.

—Y has sido incapaz de resistir un minuto más sin mí… —Su cuerpo obstaculizaba la única salida de aquel habitáculo, así que me sentí realmente atrapada—. ¡Ay, Océano!, ¿Tantas ganas tienes de meterte en mi cama que no encuentras otra excusa?

—¡Imbécil! —exclamé avanzando hacia él y le empujé para que se apartara, aunque solo conseguí que lo hiciera mínimamente para poder colarme por un pequeño espacio y salir rozando mi cuerpo con el suyo.

Me irritaba. Me enervaba. Me consumía las entrañas aquel modo de hostigarme por más que yo misma lo hubiera provocado. No lo soportaba.

—¿Donde vas?, ¡Se supone que tenemos que repasar todos los movimientos de esta mañana! —Alzó la voz mientras me alejaba, pero no me di la vuelta, levanté una mano con el dedo medio hacia arriba mientras me alejaba en dirección a la playa.

Por mi podía irse al infierno y no volver.

Mientras hundía mis pies con cada pisada en la arena, llegué hasta el límite donde el mar la bañaba. Cerré los ojos. Escuché el sonido de las olas rompiendo, alguna gaviota que sobrevolaba y el aroma salado perforando mis sentidos.

Y en ese momento me di cuenta de que era la primera vez que no corría hasta allí con la intención de llenar mis pulmones ante la presión en el pecho que me impedía respirar con calma, sino por un sentimiento mucho más fácil de soportar.

Noté el teléfono vibrando en mi bolsillo y vi el nombre de Mason en la pantalla.

—Hola —dije quitándome las chanclas y dando varios pasos hasta que el agua bañó por completo mis pies.

La sensación de frescor fue tan agradable que me hizo desear adentrarme en un poco más.