La Teoría de las Olas Cruzadas 8 #2
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—¡Para tu información, Noosa no es tan grande! Será un pueblo turístico, pero aquí nos conocemos todos los locales. Así que antes de volver a meter tu lengua en otra cavidad, ¡Mejor te informas de a quien pertenece!

—Preséntame a tu grupo de amigas y no tendremos ese problema…

—Eres idiota.

—Y tú demasiado obstinada para admitir que en realidad me adoras.

Iba a responder, pero sabía que cualquier cosa que dijera solo sería una provocación para la que él tendría una respuesta que buscaría mi obstinación.

—Lo único que voy a adorar de ti es cuando vea tu culo dentro del avión que te llevará de vuelta a donde quiera que sea tu casa.

—¡Auch! —exclamó llevándose una mano al pecho—. Eso ha dolido, ¡eh! Pero sé que solo lo dices para esconder la atracción que sientes hacia mí.

No pensaba caer en su juego, fuera el que fuera, así que me mantuve en silencio hasta que llegamos al aparcamiento y abrí la puerta antes de que apagara el motor de la camioneta.

—Puede que tengamos que estar aquí dos horas —dije desde la ventanilla abierta—, pero no pienses ni por un instante que pienso estar cerca de ti.

Ni esperé a que se bajara, puse rumbo a la entrada del gimnasio donde encontré a Camila que me saludó como era habitual y me abrió la compuerta sin necesidad de sacar la tarjeta para pasar.

Debido al horario había poca afluencia, así que reconocí a la mayoría de los que estaban en la sala de máquinas y pesas.

Me dirigí hacia el vestuario femenino para dejar la pequeña bolsa y saqué la funda de los auriculares inalámbricos justo antes de alzar la vista y ver a Susanne saliendo de las duchas.

¡Mierda! Había olvidado que ella solía ir precisamente a esa hora porque utilizaba la pausa de almuerzo en su trabajo.

—¡Océane! —exclamó y me giré hacia ella con una sonrisa forzada.

—¡Susanne! Cuanto tiempo. ¿Qué tal todo? —pregunté aun con los auriculares en la mano y cerrando la taquilla.

—Como siempre. Llevaba sin verte bastante tiempo por aquí, que casualidad que justo te viera anoche en el bar de Jame´s y ahora coincidamos aquí, ¿No te parece?

—Noosa no es tan grande, pero no te entretengo, tendrás que volver al trabajo y…

—¿Ya no estás con Mason? —inquirió abruptamente.

—Creo que mi vida personal no es asunto tuyo, ¿no te parece? —exclamé sin importarme guardar o no las apariencias.

Había tratado por todos los medios de tener una relación cordial con Susanne, pero ella y ser cordial no eran cosas que pudieran ir de la mano.

—Quizá a él le interese saber que su novia parece tener una relación abierta —dijo como si disfrutara de tener información privilegiada—. Te vi anoche marcharte con ese chico.

Genial, no solo tenía que soportar al idiota de turno, sino que encima iban a pensar que me lo había tirado.

—Puedes decirle a Mason lo que creas conveniente, entre él y yo no hay secretos —dije antes de salir del vestuario y poner la música en el teléfono a todo volumen.

No vi a Max-ibon por ninguna parte, pero el cabreo que tenía encima tenía que sacarlo, así que me dirigí hacia la zona de boxeo y descargué toda aquella tensión contra uno de los sacos concentrándome en aquella tarea y despejando la mente de todo lo demás.

Estaba tan focalizada que en el momento que sentí una mano sobre el hombro me giré abruptamente, como si mi propio subconsciente creyera que se trataría de Susanne o él y sinceramente no sabía por cuál de los dos sentía más irritación en ese instante.

—¡Joder! —grité cuando reconocí el rostro de Alana y cerré los ojos con alivio.

—Ey… tranqui. ¿Que te pasa? —mencionó algo preocupada.

Me di cuenta de que tenía la respiración algo entrecortada por el aliento y saqué el teléfono del bolsillo que incluía la malla deportiva para parar la música, llevaba casi media hora dando golpes al saco y no me había dado cuenta.

—Estoy bien —afirmé robándole la botella de agua que llevaba en la mano y al alzar la vista para beber, me di cuenta de que mi pareja auto-impuesta por mi padre estaba en la sala de pesas justo al lado.

—Ya veo. Me he imaginado que él también estaría aquí y pensé que quizá te vendría bien algo de compañía.

Ni siquiera le pregunté como sabía que estaba allí, Alana y yo siempre teníamos nuestras ubicaciones conectadas y sabíamos donde estaba la otra en todo momento.

—Por favor, dime que no has venido por él, ya tengo suficiente con que mi padre me obligue a pasar todo el día pegada a su culo para encima tener que soportar que mi mejor amiga le engorde ese ego monumental del que no tiene ningún problema en restregarme por la cara.

Noté la sonrisa de Alana.

—A ver… si es o no un capullo integral no lo voy a discutir, pero míralo bien, por el amor De Dios, Océane.

Ese hombre está más fuerte que una pared de cemento.

¿Has visto esos brazos? Si parece que la camiseta le pide auxilio, está más apretao que un nudo de marinero.

Y encima tiene esa cara de estatua griega cincelada…

Es que ese tío te agarra de la cintura y lo único que te sale es rezar para que te dé como a un cajón que no cierra.

—Y también está prohibido —sonreí forzadamente—. Con un enorme cartel en la frente que dice “Voy a destrozar tu estabilidad emocional y encima voy a hacerte creer que fue idea tuya” , lo último que necesito es que te cuelgues de él para que te utilice en mi contra.

—Eres una aguafiestas… —susurró Alana sin evitar volver la vista hacia él de nuevo con la misma expresión de quien está viendo un suculento manjar y lleva una semana entera sin probar bocado—, aunque mirándolo bien, quizá estaría dispuesta a perder un poco de mi estabilidad emocional…

La cogí del brazo y me la llevé hasta la otra punta del gimnasio, como si el hecho de no poder verle devolviera el sentido común a mi mejor amiga.

—¿Te recuerdo con quien se estaba liando anoche? —exclamé y pareció reaccionar al fin.

—Susanne se ha tirado a la mitad de surfistas que pasan por aquí, tampoco es de extrañarse.

—Me ha montado un numerito antes en el vestuario, cree que anoche pasó algo entre el Max-ibon y yo.

—Eso es porque la privaste de un polvazo con el que habría visto hasta estrellas fugaces.

Resoplé como si relacionar al americano y el sexo me pareciera un absoluto incordio.

—La cuestión es que ella no puede enterarse de que él es mi nueva pareja —dije en voz baja e incluso miré a nuestro alrededor para comprobar que no había nadie cerca.

—¿Y eso lo sabe él?

—No. No tiene ni idea de quien es.