La Teoría de las Olas Cruzadas 8
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Aprender a sostenerte

Océane

Mi padre nos llevó a una de sus playas favoritas debido a que en esa zona había menos corriente, apenas se dejaban caer surfistas y estaba lo suficientemente alejada del pueblo, para que tampoco la visitaran los bañistas.

Allí era donde solíamos entrenar Reef y yo cuando nos preparábamos para la competición de surf tándem y era la primera vez que volvía a pisar aquella arena desde que él se fue.

—Vais a comenzar entrenando fuera del agua —dijo mi padre llamando sobre todo la atención del americano—, pero también quiero que surfees solo con la tabla para que te acostumbres a ella —mencionó dirigiéndose solo a él—.

Vas a notar que responde de forma más pesada que a la que estas acostumbrado, el giro es lento, necesita líneas más limpias y te obligará a surfear con suavidad.

Eso es lo que buscamos, mantener la velocidad constante, sostener los cambios y evitar rebotes bruscos.

—¿Quieres que salga solo?

—¿Te da vergüenza que veamos como te caes, Max-ibon? —exclamé y después aparté la mirada mientras me quitaba las zapatillas para comenzar a practicar.

—No. Más bien me preocupa que no puedas apartar la vista de mí cuando empiece a lucirme, Océano.

Aparté la vista sin poder evitar reírme de aquel ego grandioso que ni siquiera se molestaba en ocultar.

—Veremos cuanto te dura el optimismo.

—Si quieres te regalo un poco, ya que vas de amargada por la vida.

Era la segunda vez que me definía con aquel adjetivo y por alguna razón me molestaba. No porque lo dijera él, sino porque eso me recordaba la conversación con Alana y me hacía pensar si la ausencia de Reef había provocado que perdiera mucho más de mí misma de lo que en realidad pensaba.

—Si, saldrás solo —intervino mi padre antes de que pudiera responder—, pero primero aprenderás las posiciones básicas.

Entrenaréis por la mañana aquí, independientemente de si estoy o no presente hasta la hora de comer.

Por la tarde continuaréis practicando lo aprendido en el jardín de casa.

Tenéis dos horas de gimnasio cuatro días a la semana y saldréis a correr juntos seis kilómetros diarios, os dejaré elegir en qué momento preferís hacerlo.

—A primera hora —dije yo.

—Al atardecer —respondió él probablemente por llevarme la contraria.

—Afortunadamente para vosotros tenéis un día libre a la semana de descanso, así y que tres veces lo haréis al amanecer y otras tres al atardecer. ¿Oído? —exclamó mi padre como si fuera un sargento del ejercito y sabía que en esos momentos no era mi padre, sino Jax el entrenador.

—¡Oído! —dijimos sorprendentemente a la vez.

—Muy bien. Ahora posición base. ¡Los dos! —indicó refiriéndose a que me colocara en la tabla a pesar de estar sobre la arena y sentí como a mi espalda se colocaba él también.

Era imposible no sentirlo, aunque ni siquiera me rozara podía notar como llenaba el espacio que existía entre nosotros. Y eso me fastidiaba. Me recordaba una y otra vez lo que eso significaba.

Pasamos toda la mañana ensayando posiciones base, entradas, reparto de peso para mantener el equilibrio y giros antes de pasar a elevaciones muy básicas.

Poco antes de marcharnos para almorzar a casa, me senté en la parte trasera de la camioneta mientras observaba a mi padre darle instrucciones a Max antes de que se alejara mar adentro con la tabla.

Para mi desgracia no se cayó ni una sola vez, pero estaba mucho más rígido de lo que debía, algo más que presumible teniendo en cuenta que era surfista profesional.

—Tiene buena base —oí que decía mi padre cruzándose de brazos a mi lado mientras se dejaba caer para apoyarse en la compuerta abierta de la camioneta.

—Le has elegido precisamente por eso, ¿no? Tampoco es tan sorprendente —admití sin apartar la vista del agua y los movimientos que hacía.

Aunque su rigidez hacía que la tabla no fluyera como debía, el oleaje no era tan fuerte y lograba mantener la estabilidad, aunque fuese a mala pena y eso eran buenas noticias para mí.

—La principal razón es porque probablemente sea el único capaz de sostenerte con firmeza —contestó mi padre—. Al menos cuando aprenda a dominar la tabla —afirmó segundos después.

—¿Seguro?, ¿Hay algo de él que no me estás contando, papá? —inquirí porque seguía pareciéndome ilógico que alguien como Max-ibon hubiera cruzado el planeta con la intención de aprender aquella disciplina.

Sinceramente era algo que no estaba en su estilo y, aún así, parecía realmente comprometido con aprender cada movimiento sin quejarse ni una sola vez.

—Eres la última campeona de surf tándem, si alguien quiere aprender esa disciplina, no hay mejor opción que tú como compañera. No sé que ves de extraño en eso.

—Dijimos que serían tres meses. No lo olvides —le advertí.

Escuché como chasqueaba la lengua y después se llevaba las manos a ambos lados de la boca.

—¡Flexiona las rodillas, Max!, ¡Menos rigidez!, ¡Deja que sea la tabla quien te lleve! —gritó para que él le escuchara y entonces se dirigió hacia mí.

—No lo haré mientras tú cumplas tu parte del acuerdo.

—Estoy aquí ahora mismo, ¿no? —respondí ofuscada—. Eso ya implica que estoy cumpliendo con mi parte.

—¿Y lo de tratarle con condescendencia es necesario? —exclamó mi padre volviendo la vista hacia Max que mantenía una postura mucho más profesional sobre la tabla.

—En el acuerdo no especificaste que trato debía darle a mi pareja. Le has elegido tú, no yo, así que si no me cae bien o no somos compatibles, es tu problema.

Noté la débil sonrisa de mi padre y se llevó ambos dedos en forma de círculo a la boca para emitir un sonido agudo en forma de silbido justo antes de hacer señas con la mano para indicarle a Max que regresara hacia nosotros.

—Tu hermano Reef y tú discutíais constantemente, por lo que que tampoco me parece un impedimento teniendo en cuenta que sobre la tabla sabíais entender el lenguaje de vuestro cuerpo.

Sentí el nudo en la garganta al mencionar a mi hermano y también, lo que debía significar para él el hecho de recordarlo y que ahora era un completo extraño quien asumía su papel.

Noté el instante exacto en que mis ojos se empañaron y salté de la camioneta para alejarme con la excusa de subirme al asiento del copiloto solo para que ninguno de los dos me viera con lágrimas en los ojos.

Me quedé callada durante el resto del trayecto de regreso a casa mientras escuchaba a mi padre y al americano hablando sobre los cambios que había notado en la tabla, así que bajé la ventanilla y me apoyé sobre la puerta dejando que el viento oscilara en mi rostro y secara esas lágrimas que no deseaba derramar.

Tenía el recuerdo demasiado vívido en mi interior, como si aquella acción fuera demasiado cotidiana y por un momento pudiera olvidar que esa no era su voz, que la persona que había atrás no era él y que por un instante ese vacío en mi pecho que se había construido como un agujero negro lleno de aflicción y pesar, dolía un poco menos.

—¿Tu nueva táctica será guardar silencio? —exclamó Max-ibon cuando nos volvimos a subir a la camioneta que conduciría él para ir al gimnasio tras la pausa del almuerzo.

Ni siquiera me había molestado en rechazar la propuesta de ir antes del gimnasio que repasar los movimientos en el jardín porque al menos podría pasar las próximas dos horas lejos de él, aunque estuviéramos en el mismo lugar.

—¿Funciona? —exclamé sin mirarle.

—No —negó con rotundidad conforme metía la llave en el contacto.

—¿Entonces porque parece molestarte? —inquirí con tono despectivo.

—No me molesta, solo pretendo averiguar si tu nuevo plan de ataque consiste en ignorarme.

«Como si pudiera hacerlo» gemí en mis adentros.

—¿Tu ego no te permite ser ignorado? —exclamé cruzándome de brazos mientras escuchaba el sonido del motor al arrancar—.

No tiene ningún sentido que conduzcas tú si ni siquiera sabes a donde tienes que ir —dije pareciéndome absurdo que mi padre le hubiera dado las llaves a él, pero sabía exactamente que el motivo principal sería condicionarme a pasar todo el día pegada al culo de ese estadounidense pedante e insufrible.

—Los dos sabemos que no me has quitado la vista de encima mientras estaba en el agua, Océano. ¿Tan atractivo te resulto? —contestó en tono sugerente con la clara intención de provocarme.

—Esperaba que te resbalaras y te picara una medusa —contesté con fingida indiferencia—, pero lamentablemente no ha habido suerte.

Pude ver por el rabillo del ojo como sonreía y sinceramente no sabía si molestarme en tratar de llevarle la contraria porque parecía disfrutarlo soberanamente.

—Ya que ayer no parecías muy dispuesta a mostrarme el lugar, tu madre ha tenido la amabilidad de darme la dirección del gimnasio en el que sueles entrenar. Y da la casualidad de que suelo orientarme bastante bien en sitios desconocidos.

—¡Oh sí! Lo vi perfectamente ayer cuando le metías la lengua hasta la garganta a Susanne, seguro que te aprendiste todas las calles de Noosa —gemí con desprecio.

La imagen de él besando descaradamente a Susanne regresó a mi mente sin pretenderlo. Me importaba muy poco con quien pudiera o no acostarse, pero… ¿Tenía que ser precisamente ella?

—¿Te refieres a la pelirroja? —exclamó como si ya hubiera olvidado su nombre, aunque sinceramente no me sorprendía puesto que me había hecho una idea muy poco equivocada de él.

—¿Es que besaste a alguien más? —inquirí molesta a pesar de que él parecía bastante tranquilo y relajado, suponía que esa era la razón de que me diera tanto fastidio.

—¿Ahora te interesa saber a quien beso? —volvió a responder en ese tono jocoso que demostrada claramente cuanto estaba disfrutando de la situación.

—Tu historial romántico me atrae entre poco y nada, así que te lo puedes ahorrar. Lo que hagas o dejes de hacer, es problema tuyo.

—Eres tú la que ha mencionado mi lengua y a esa chica.

Emití un gruñido como si fuera misión imposible mantener una conversación humanamente normal con ese tipo y noté que a él parecía causarle diversión mi propio fastidio.