La Teoría de las Olas Cruzadas 7
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Equilibrio inestable

Max

Desde el momento en que Patric me había hablado de aquel plan, supuse que no sería algo simple, pero mis opciones no eran muchas y aquella sin lugar a duda, podía resolver todos mis problemas siendo la más simple.

¿En qué puto momento pude pensar que podía ser simple?

Reconozco que durante todo el trayecto solo había pensado en convencer a Jax de que era el candidato adecuado para su hija. Esas habían sido las instrucciones de Patric y en ningún momento pensé en la chica.

«La belleza australiana»

He tenido la suerte de conocer a muchas muchas mujeres a lo largo de mi vida.

Morenas, rubias, pelirrojas… ni siquiera podía decir que tuviera un gusto determinado.

Me gustan todas, pero desde luego no había imaginado que Océane iba a ser una sirena viviente tan atractiva como peligrosa con aquella lengua afilada.

«¡Joder! Si lo único que había podido pensar al verla es cuánto tiempo tardaría en meterla en mi cama» Hasta que abrió la boca y mostró ese temperamento que, a pesar de hacerla aún más deseable, también me daban ganas de zarandearla.

—¿Miedo de ti? —sugirió con retintín mirándome con aquellos ojos de un azul tan cristalino que podía asemejarse al brillo del sol en el agua un medio día en pleno verano, cuando la luz danza sobre la superficie y todo el horizonte se llena de destellos a los que es imposible dejar de admirar.

—De lo que represento para ti —afirmé decidido.

Puede que no la conociera, tampoco sabía mucho sobre la situación salvo lo que había mencionado Patric de su hermano y suponía que no debía ser fácil la transición después de haber perdido a su compañero en esas circunstancias.

Probablemente esa era la única razón por la que aún seguía en aquella librería… bueno, esa y, por supuesto, Harmony.

—No me conoces. No tienes ni la más mínima idea de quien soy, pero te puedo asegurar que miedo es lo último que siento hacia ti.

—Ni te conozco, ni tengo intención de conocerte más allá de lo que implique técnicamente entrenar juntos. Tú haz lo tuyo, que yo haré lo mío, pero si insistes en oponerte… no te lo pondré nada fácil.

—¿Es una amenaza, Max-ibon? —exclamó como si le divirtiera aquel reto—, porque ya te he dicho que no funcionarán conmigo. Si esperas que me amilane o que cambie de opinión. Spoiler: no lo haré.

—Eso lo veremos —advertí dándome media vuelta y dejándola allí con la certeza de que seguirme sería lo último que haría.

Era probablemente una de las mujeres más guapas que había visto, pero también la más obstinada, orgullosa y cabezota.

«Y eso había convertido aquello en un reto que no pensaba perder»

Llamé a Patric sin pensar que en California sería media noche, aún así contestó al cuarto tono con voz adormilada, probablemente ante la necesidad de saber si su plan habría funcionado

—¿Y bien?

—Mañana empezamos el entrenamiento juntos —contesté con voz seria observando el bullicio de los locales con la impresión de que la ciudad era más animada de lo que me esperaba.

El atractivo de Noosa era principalmente el surf, así que había bastantes turistas surferos y mochileros entre la gente de la zona puesto que en esa parte del planeta se aproximaba la temporada de verano, eso sumado a que compartíamos el mismo idioma, hacía que me sintiera un poco como en casa a pesar de estar a doce mil kilómetros de distancia.

—¡Bien!, ¡Bien! —oí que exclamaba—. Jax será exigente, pero está claro que ha visto tu potencial y aunque no será fácil entrenar con él…

—No me preocupa el padre, sino la hija —admití metiéndome entre la gente que se acumulaba en las terrazas tomando cerveza, café o algunos cócteles de media tarde—. No está siendo precisamente cooperativa.

—¿En qué sentido? —inquirió Patric.

—No te preocupes, lo tengo todo bajo control —advertí a pesar de que ni yo mismo sabía como iba a gestionar aquella situación, lo que sí tenía muy claro es que lo haría.

—Manténme informado en cualquier caso —contestó algo más relajado.

En ese momento vi como una chica pelirroja me observaba mientras sonreía e instintivamente le guiñé un ojo.

—Claro, tengo que dejarte… —afirmé antes de colgar y guardar el teléfono en el bolsillo al mismo tiempo que me acercaba a su mesa, la misma que compartía con otras cuatro amigas.

—¿Eres de por aquí? —inquirí mirándola únicamente a ella.

Mi experiencia me había llevado a conocer lo suficiente a las mujeres para saber que si centrabas toda tu atención en una sola chica mientras formaba parte de un grupo, ella creería que sería la única en tu vida. Craso error, pero no pensaba ser yo quien le dijera la verdad.

—Si —confesó ampliando su sonrisa—. Y es evidente que tú no, o te habría visto con anterioridad.

Cogí una de las sillas y le di la vuelta para sentarme frente a ellas.

—En ese caso tal vez puedas ayudarme a no perderme por aquí. —Sonreí. Eso siempre funcionaba.

Como suponía, me enseñaron las calles principales y los locales de moda, así como las mejores playas para surfear y lo imprescindible a visitar, incluso la pelirroja llamada Susanne se ofreció a ser mi guía particular.

No me negué, tampoco lo acepté abiertamente y a pesar del jet lag, acabé en uno de los bares más conocidos del lugar bebiendo cerveza hasta media noche, cuando la sirena de turno entró acompañada de su amiga.

«Parece que hoy es mi día de suerte»

En cuanto supe que se había percatado de mi presencia, cogí el cuello de la pelirroja con la intención de besarla y comprobé que estaba más que dispuesta.

Mi intención no era darle celos, dudaba que los tuviera, sino más bien fastidiarla haciéndole ver que sabía perfectamente adecuarme a la ciudad e ir por mi cuenta sin necesidad de ella.

Metí mi lengua en la boca de la tal Susanne produciendo un encuentro con la suya y emitió un gemido de complacencia para después aferrarse a mi camiseta.

Por primera vez ni siquiera estaba disfrutando realmente de aquello, sino que mis sentidos estaban más puestos en dicha rubia que en la mujer a la que estaba besando.

«Y eso era algo completamente nuevo para mí»

—Voy a la barra —dije apartándome de ella.

No tenía ninguna intención de acostarme con nadie esa noche, principalmente porque lo único que deseaba era tirarme en aquella cama que me esperaba de la caseta de jardín y no despertar hasta el alba, así que sería mejor alejarme de ella.

Aunque el hecho de que no me acostara con la pelirroja esa noche, no significaba que no lo hiciera a la noche siguiente.

Vi su melena rubia suelta antes de que mis ojos se fijaran en esas piernas desnudas embutidas por unos shorts infinitamente cortos.

«Océane estaba demasiado buena para no admitirlo»

Así que me acerqué empujando al chaval que había a su lado y haciéndome un hueco en la barra.

—¿Estás espiándome, Océano? —Ni siquiera la miré, sino que alcé la vista para llamar la atención del camarero.

—Para hacerlo tendría que importarme algo de ti, y evidentemente no es así —contestó provocando que no pudiera evitar sonreír y vi como le servían un botellín de cerveza que ella cogía y se llevaba a los labios para dar un sorbo.

Estaba comenzando a disfrutar de esa lengua afilada y lograba despertar en mí una sensación de cosquilleo agradable, como si la tensión de la situación que me afectaba a nivel personal quedase relegada por esa emoción vibrante.

Era completamente incapaz de apartar la vista de aquellos labios entreabiertos y ligeramente mojados por la cerveza.

—¡Oh!, ¡Es cierto! Quieres que me largue… bueno, en ese caso le diré a la pelirroja que me acompañe.

—¡No vas a meter a Susanne en mi casa! —bramó sorprendiéndome su reacción—. Bueno, a ninguna mujer ya que estamos. Es la primera norma.

—¿Ahora tenemos normas? —inquirí gozando aquel momento.

—Se llama respeto. Si quieres acostarte con alguien te vas a un hotel —afirmó enfurruñada—. ¿Te ha quedado claro?

—Cristalino —aseguré robándole el botellín y dejándolo sobre la barra. Podría habérmelo llevado a los labios como esa misma tarde al robarle el trozo de tarta, pero no quería correr el riesgo de llevarme una bofetada—. Entonces me acompañarás a casa.

—Tus ganas. Acabo de llegar.

—Mira Océano, tus opciones son acompañarme o que lo haga la pelirroja. Tú eliges.

Observé como parecía retarme con la mirada y estaba furiosa. Más que furiosa, podía ver el fuego en sus ojos. Cogió el botellín para darle un trago largo y después se giró hacia la amiga que la había acompañado, Alana si mal no recordaba y después emprendió camino hacia la salida.

La seguí sin mirar atrás.

—Es la última vez que seré tu canguro —dijo sin darse la vuelta muy segura de que me encontraba tras ella.

Hacía fresco y repentinamente me di cuenta de que iba a tener que acostumbrarme a un lugar en el que no había estado antes.

A pesar de viajar a incontables estados para entrenar, competir o por placer, era la primera vez que visitaba Australia.

—Comenzamos a entrenar en siete horas, así que mañana me das las gracias —advertí metiéndome las manos en los bolsillos y comenzando a caminar a tu lado.

—¿Por hacerme perder mi valioso tiempo? Va a ser que no, aunque a juzgar por lo que he visto ahí dentro, no te hacía del tipo que se va a dormir a la hora de las gallinas.

Exclamé una carcajada en aquel silencio al que nos dirigíamos al rebasar toda la zona de los locales donde podía escucharse aún la música de fondo.

—Lo que significa que no me conoces, pero te aseguro que vas a conocerme, belleza.

—¡Oh, por favor! Prefiero que me llames Océano a belleza, suena demasiado trillado —dijo deteniéndose para girarse hacia mí—. Y no tengo ninguna intención de conocerte, asume que vas a irte pronto. Muy pronto de hecho.

Comenzó a emprender de nuevo la marcha, pero la detuve.

—Si tan segura estás de que no voy a estar a la altura de tus expectativas y las de tu padre, ¿A qué viene esa obstinación en mi contra?

—A ver… déjame pensar —contestó sin apartarse—.

¿A tu prepotencia?, ¿A tu soberbia?, ¿A qué eres un chulo de los que se creen muy seguros de sí mismo?

Solo he necesitado verte para saber perfectamente que clase de tipo eres.

Tú no estás aquí porque te interese el surf tándem, estás aquí por la exposición que te ofrezco.

Se soltó el brazo y comenzó a caminar a paso rápido.

—Así que es eso… la reina no quiere compartir su trono. Suena bastante hipócrita por tu parte cuando eres tú la que ha decidido volver a competir.

La observé guardar silencio, aunque eso era algo inusual en ella a pesar de que la conocía desde hacía escasas doce horas.

—Compartía mi trono con mi anterior pareja —susurró cuando reconocí la casa que me acogería durante las próximas semanas—. Y tú no serías tan bueno como él, aunque te lo propusieras —zanjó abriendo la puerta y rodeando la casa por el jardín sin despedirse o hacer algún tipo de ofrecimiento.

La vi perderse en el interior de la casa antes de dirigirme hacia la pequeña construcción que que formaba parte del jardín.

La madera del exterior estaba algo dañada y necesitaba una mano de lija y pintura, pero debía reconocer que el interior era bastante acogedor.

Un pequeño sofá con una televisión en frente era lo primero que se observaba al entrar en una especie de recibidor que hacía de salón, al fondo a la derecha existía una pequeña habitación con cama de matrimonio y dos mesitas, la construcción terminaba con una puerta central que daba a un pequeño aseo.

No había cocina, pero tenía permiso para acceder a la de la casa principal cuando quisiera.

La esposa de Jax me había mencionado que la construyeron para esos momentos en los que los visitaban familiares, pero acabó siendo el refugio de su hijo Reef donde invitaba a sus amigos para jugar a videojuegos y beber.

Desde entonces nadie la había usado hasta ahora, ni siquiera su hija y, a pesar de que me lo dijo como si ya supiera cuáles eran las circunstancias en las que había desaparecido, lo cierto es que sabía muy poco de aquel asunto.

Quizá por esa razón me tiré sobre la cama aún sin desvestirme y busqué su nombre en el navegador.

Las palabras de Océane aún resonaban en mi mente.

Ella no solo había perdido a un compañero, también a su hermano gemelo.

Y aunque eso no mitigaba que su comportamiento fuera el de una niña engreída y mimada, lo cierto es que no pude evitar sentir cierta conexión al saber que yo mismo estaba allí por mi propia hermana.

Supe que me había quedado dormido cuando el sonido estridente de la alarma perforó mis tímpanos.

El agua de la ducha estaba helada, pero eso hizo que me espabilara del todo, así que cuando crucé el jardín y me adentré en la cocina de la casa, observé a Jax sirviendo el café y vi que no había rastro alguno de su hija.

—Anoche volvisteis tarde, espero que no se convierta en una costumbre.

—No, señor —dije aceptando la taza de café y me lo llevé directamente a los labios.

—¡Vaya! Sólo y sin azúcar, porqué no me sorprende —oí su voz antes de verla, pero se dirigió hacia la nevera y pude ver su trasero perfectamente macado por esos pantalones deportivos que se ajustaban como una segunda piel.

«Joder que buena está» pensé sin poder apartar la vista de aquellas curvas.

—Tienes carnet de conducir, ¿no? —me preguntó Jax.

—Si —dije apartando la vista y gritándome mentalmente que no podía quedarme embobado mirando el culo de aquella rubia y menos aún estando su padre presente.

—Estas son las llaves de la camioneta —anunció con el tintineo de la llave chocando contra el llavero de metal—. A partir de ahora iréis juntos a todas partes.

—¿Qué? —La voz de Océane atrajo la atención de ambos.

Me pregunté si habrían elegido su nombre antes de saber que tendría los ojos azules más impactantes que había visto en mi vida y al percatarme de mi propio pensamiento aparté la vista.

—Vais a ser la sombra del otro durante los próximos tres meses —afirmó Jax—. Dónde tú vayas irá él y eso se aplica también para ti, Max —continúo señalándome.

—¿También incluye la ducha? —exclamé para provocarla y acto seguido sentí como una galleta se estampaba en mi cara—. Vale. Vale. Es broma.

«O no tanto, ya puestos. Porque ver a esa sirena desnuda en el agua debía ser toda una proeza»

—¿De verdad pretendes que pase todo el día al lado de este zoquete sin cerebro? —exclamó Océane.

—Ese zoquete sin cerebro tiene nombre y te recuerdo que es tu pareja.

—En fase de prueba —rebatió con rapidez antes de beberse de un sorbo el café y marcharse de la cocina.

—¡Salimos en cinco minutos! —gritó Jax dejándose caer sobre la encimera de la cocina y dirigiendo su vista hacia mí como si estuviera extremadamente cansado.

—Sé los motivos que te han hecho venir hasta aquí… —dijo en voz baja como si no quisiera que Océane le escuchara—. Así que si quieres recuperar tu vida vas a tener que lograr que ella te acepte.

«Probablemente era más fácil pedirme hacer un salto mortal sobre la tabla con ella encima, que aquello»