La Teoría de las Olas Cruzadas 6 #2
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Necesitaba que se largara y cuanto menos cómodo estuviera en aquel lugar, mejor para mí. Puede que él no me hubiera hecho nada en sí, pero su sola presencia suponía un problema para mí.

—Tu padre me ha dicho donde podría encontrarte. Quiere que empecemos mañana a las siete nuestro entrenamiento. Juntos, por si aún no te ha quedado claro. Así que necesito que me enseñes un poco esto y en qué gimnasio entrenaremos.

Forcé la sonrisa y metí de nuevo la cucharada en la tarta con la intención de darle otro bocado sin responderle, pero me cogió el brazo impidiendo que pudiera llevármela a la boca y se inclinó para ser él quien degustase el postre.

¿Qué cojones? Probablemente me quedé con cara de alelada al no esperar aquel gesto por su parte.

—Al menos sé que tienes buen gusto en algo —dijo cuando se tragó el bocado.

—¿A ti te han enseñado modales o algo? —increpé.

—Según parece, del mismo modo que a ti, Océano.

—Me llamo Océane, no Océano.

—Tal vez cuando me caigas bien, te llame por tu nombre, hasta entonces seguirás siendo Océano. Y ahora mueve el culo, que no tengo todo el día.

«Retiro lo de que no me ha hecho nada. Es un capullo integral»

—¿Ves esa farola que hay al cruzar la calle? —exclamé señalando con el brazo y esperando a que él mirase en la dirección. Lo hizo—. Pues quédate iluminándote ahí, porque mi tiempo contigo ya se apagó.

Soltó una risa baja, de esas insoportablemente seguras de sí mismo al mismo tiempo que se pasaba una mano por la cabeza en gesto de negación.

—¿Es siempre así de borde o solo lo hace conmigo?

—exclamó mirando a Alana y vi como mi amiga estaba completamente anonadada, probablemente porque era la primera vez que me veía actuar de un modo tan insolente con una persona que acababa de conocer, pero lo cierto es que ella no entendía hasta que punto yo necesitaba que ese tío desapareciera de mi vida—.

No hace falta que me respondas, por tu cara entiendo que solo es conmigo, lo que significa que debo gustarle lo suficiente para que intente apartarme de ella.

¿Qué?, ¿Hola?, ¿Puede ser más creído el cretino de las narices?

—Para tu información no formas parte de mis gustos. Tengo novio y no se parece en nada ti —solté tratando de ser lo más insolente posible.

—Supongo que ahí radica el problema de porqué estás tan amargada, es obvio que no te complace como debería.

Sentí como la mandíbula se me tensaba.

«Ojalá atropellarle fuese legal»

—Vaya, además de insoportable, ¿También te crees experto en relaciones ajenas?

Él se encogió de hombros con una calma irritante.

—Solo observo comportamientos.

—Pues observa este —di un paso hacia él, clavándole el dedo en el pecho—: fuera de mi vista.

—¿Y prohibirte admirarme? Me temo que no —contestó con evidente sorna como si se estuviera riendo a mi costa.

—No se que es peor, tu arrogancia o que estés tan orgulloso de presumir de ella.

—Deberías acostumbrarte, vamos a pasar mucho tiempo juntos.

—El justo y necesario hasta que mi padre se de cuenta de que tú y yo no nos coordinaremos jamás.

—Para estar tan segura de eso, no dejas de discutir conmigo como si te importara demasiado demostrarlo.

Alcé el mentón.

—No confundas intolerancia con interés.

—Un poco difícil hacerlo cuando me miras como si quisieras estrangularme y besarme al mismo tiempo.

—Pude notar el calor subiendo directamente a mis mejillas y eso hizo que sintiera aún más rabia contenida.

«Qué alguien lo tire por un puente, por favor. A ser posible, lejos de mí»

—Tienes un problema grave de ego.

—Y tú uno de negación —contestó con media sonrisa.

¡El muy capullo estaba disfrutando plenamente de aquello!, ¡Será mezquino!

Rodé los ojos con exageración mientras me levantaba con la simple intención de apartarme de él. Si no pensaba largarse de allí, me iría yo.

—¡Exactamente!, ¡Me niego a perder mi tiempo contigo!

—Eso suena más a huida que a argumento —dijo mientras se alzaba conforme pasaba por su lado para seguirme—, pero si sirve para que hagas lo que te he pedido, me vale. ¡Un placer haberte conocido, preciosa! Nos volveremos a ver…

—Sin duda… —contestó Alana con un tono de diversión y sentí que hasta mi propia amiga me traicionaba en aquella situación.

No me di la vuelta a pesar de que sabía que él me estaba pisando los talones y tampoco tenía intención alguna de ir al gimnasio habitual que frecuentaba en los últimos diez años simplemente para no darle esa satisfacción.

Así que después de callejear un poco para hacerle perder el tiempo, me metí en mi librería de confianza como si tuviera la intención de comprar algunos libros.

Fingía leer la sinopsis en el reverso cuando en realidad solo estaba tratando de atisbar sus movimientos y no sabía que me desesperaba más, si la paciencia que parecía mantener o el hecho de que no era capaz de concentrarme en algo que no fuera ese estorbo viviente.

Coloqué el libro en la estantería con decisión y lo encaré, para mi sorpresa parecía más que relajado observando meticulosamente la estantería que tenía a su lado.

—Aléjate de Alana —afirmé sintiendo que quería alzar la voz más de lo que lo hacía, pero me estaba conteniendo.

—Uy… ¿Ya hemos llegado a la fase de celos, cariño? —siseó aún sin mirarme—. ¿No crees que vas un poco rápido en nuestra relación?

—Vete a la reverenda mierda, capullo —bufé girándome sobre mis talones con la intención de marcharme de nuevo, pero esta vez pensaba perderlo de vista y con un poco de suerte se perdería un buen rato por la ciudad tratando de encontrarme.

En cuanto giré por el pasillo tratando de alcanzar la salida, sin explicarme aún como demonios había logrado hacerlo, vi que me cerraba el paso.

—Mira belleza… —comenzó arrastrando la voz en aquel tono grave que no sabía si era el que empleaba para seducir o es que le salía de modo natural, pero que igualmente lograba estremecer todos mis sentidos—.

No he hecho un viaje de veinte horas para que me vengas con rabietas estúpidas de niña consentida.

Te guste o no, estoy aquí. Y te guste o no, vas a subirte a una tabla conmigo —advirtió avanzando lentamente hacia mí conforme yo retrocedía—.

Así que puedes montar todas las pataletas que te dé la gana, porque esto se hará por las buenas o por las malas. Tú decides.

En ese momento incliné el rostro como si estuviera estudiando sus rasgos y estos pudieran revelarme sus pensamientos. ¿Que motivos tenía alguien como él para viajar hasta allí y empezar de cero en una disciplina nueva? No tenía ningún sentido.

—¿Que ganas tú con esto? —exclamé autoritaria.

—Lo mismo que tú —respondió con firmeza.

Torcí el gesto y me mordí el labio.

—Te he visto surfear y alguien como tú no está dispuesto a perder su tiempo en aprender una nueva disciplina y menos aún cuando no hay competiciones anuales o constantes.

El único motivo es la exposición, así que déjate de amenazas absurdas porque conmigo no van a funcionar —afirmé alzando el mentón.

—Tengo mis… motivos —admitió sin entrar en detalles.

—Esta es una disciplina que requiere compenetración absoluta, confianza plena y coordinación perfecta.

Que mi padre crea que puede conseguir en pocos meses algo para lo que se necesitan años es cosa de él, pero sobre todo sé perfectamente que entre tú y yo esto jamás funcionaría porque eres demasiado pretencioso. Tanto fuera como dentro del agua.

Escuché como dio una risotada.

—¿Pretencioso?, ¿Esa es tu excusa?

—No es una excusa. Es la pura realidad.

Chasqueó la lengua y dio otro paso hacia mí como si tratara de intimidarme y lo cierto es que, al ser bastante más alto que yo lo conseguía desde esa distancia, pero no estaba dispuesta a recular un ápice.

Sentí como se inclinaba y no supe que intenciones llevaba, pero aún así me mantuve firme hasta que se detuvo a menos de un palmo de distancia de mi rostro y aspiró profundamente.

—Belleza puedes mentirte todo lo que quieras, pero la realidad es otra —dijo observándome con aquellos ojos oscuros de los que por algún motivo sentía que eran capaz de traspasarme—. Tienes miedo.