5 #2
—¿Prefieres probar ahora sobre la tabla?
—preguntó mi padre y apreté los dientes conforme me inclinaba hacia delante y colocaba mis manos sobre la cabeza del americano.
Tenía el cabello aún mojado, así que sentí las gotas saladas sobre mis dedos conforme presionaba para alzar mis caderas y permitir flexionar una pierna hasta poder ponerla sobre su hombro.
Para ser la primera vez que hacía aquello no parecía quejarse, así que me pregunté cuál debía ser su historia para encontrarse allí, lejos de su país, sin haber practicado antes ese deporte y sin la certeza de que fuese el adecuado para ser mi pareja.
¿Sabría también que aquello solo dudaría como máximo tres meses?
—Coloca tus manos sobre sus tobillos para darle estabilidad —dijo mi padre cerca de nosotros y vi como se preparaba por si caía—. Es importante que mantengas la postura y las rodillas ligeramente flexionadas para permitir el movimiento de la tabla una vez estés en el agua.
—Ok —respondió el americano.
Comencé a elevarme lentamente cuando noté que aferraba sus manos a mis tobillos, pero alzándome perdí ligeramente el equilibrio y noté como también lo hacía él.
Logré aferrarme a su espalda conforme caía antes de separarme y que el brazo de mi padre frenara el impulso que iba a hacerme caer de espaldas a la arena.
—No está mal para una primera toma de contacto —oí su voz a mi lado.
—Puede que tenga fuerza, pero el equilibrio no es precisamente su punto fuerte —arremetí sin importarme que pudiera escucharme.
Sinceramente, no me importaba la opinión que pudiera hacerse de mí y mucho menos pretendía caerle bien. Necesitaba que se marchara y que lo hiciera de inmediato.
—Max, ¿Te importaría esperarme en la camioneta? Tengo que discutir un par de cosas con Océane.
—No pensarás seriamente que puede ser factible como mi pareja…
—Ni siquiera lo pregunté, tampoco lo dije en voz baja, precisamente la idea era que el tipo me escuchara—.
¡Es al menos seis centímetros más alto que Reef y su complexión más musculosa!
¡Por no mencionar su falta de equilibrio y que no ha practicado en su vida con una pareja!
—Quedamos en que sería yo quien eligiera a tu compañero y desde luego no estoy buscando un reemplazo de tu hermano, los dos sabemos que es irremplazable.
Vas a trabajar a con Max. Es un surfista excepcional y ha demostrado que es capaz de sostenerte.
El equilibrio y la coordinación es algo que se puede adquirir con entrenamiento y eso tú lo sabes mejor que nadie.
—Hizo una pausa y se giró hacia atrás para comprobar que el americano estaba colocando la tabla de surf en la parte trasera de la camioneta—.
Se quedará en la caseta del jardín mientras entrenáis juntos.
—¿Qué?, ¡Ni siquiera sabes quien es para meterle en nuestra casa! —exclamé observando como se dejaba caer sobre el lateral del vehículo y miraba de brazos cruzados en nuestra dirección.
—Sé lo suficiente y, de todos modos, vas a conocerle. Pasaréis muchas horas entrenando juntos.
Solté un bufido y me mordí el labio mientras apartaba la vista en dirección al oleaje que aumentaba conforme el viento se alzaba.
Sentía ganas de gritar hasta el punto de que me ardía la garganta por las palabras que atenazaban con salir ante la idea de volver a subirme a una tabla con alguien que no fuese Reef.
No quería reemplazar viejos recuerdos por nuevos. No quería volver a sentir la adrenalina recorriendo mis venas mientras surcaba una ola y la felicidad que ese recuerdo me embargaba. No. No quería eso porque entonces el dolor de su ausencia se disiparía y me recordaría que habría pasado página.
Y yo no quería pasar página. No estaba preparada para hacerlo y probablemente jamás lo estaría.
Pensé en mis posibilidades y el hecho de que yo misma me había metido en ese problema solo porque no podía confrontar a mi padre o más bien, porque no quería que él sintiera que podía perder a otra hija también.
Quizá estaba enfocando mal aquello. Tal vez no tenía de lo que preocuparme… mostraría al americano que aquello no era lo suyo y que solo estaba perdiendo su tiempo.
—Estupendo —refunfuñé como si hubiera aceptado la decisión a pesar de que estaba muy lejos de hacerlo y recogí la camiseta que había tirado al suelo para volver a ponérmela junto a las zapatillas de correr.
—Me alegro de que lo aceptes. Acompáñalo a casa para que se instale, mañana comenzaréis el entrenamiento juntos.
—No —me negué—. Acepté volver a entrenar, aunque eso implique trabajar con él, pero no me convierte en su niñera.
No esperé a que volviera a llamarme la atención sino que emprendí camino rumbo opuesto a casa. Tal vez necesitara correr otra hora más para quitarme esa sensación de presión en el pecho que me impedía respirar con normalidad.
En cuanto regresé a casa pude escuchar las risas que provenían de la cocina antes siquiera de entrar.
La escena era cuanto menos rocambolesca puesto que mi madre parecía estar preparando la comida, mientras mi padre servía el vino y mister musculitos que evidentemente se había duchado y cambiado, permanecía sentado en el taburete que siempre ocupaba mi hermano conforme hablaba despreocupado.
—¡Océane!, ¡Justo a tiempo! —En cuanto mi madre dijo mi nombre noté como él se giraba hacia mí con la misma sonrisa de quien es sabedor de tener a cualquier mujer que se proponga.
«Está claro que de petulancia este va sobradísimo»
—Parece que voy a durar más de cinco minutos —dijo como si hubiera salido victorioso en una disputa y necesitaba restregármelo en la cara.
—Lo cierto es que hace tiempo que no se usa la caseta del jardín, con un poco de suerte tal vez haya una araña de embudo por ahí escondida…
—me acerqué hasta la isla de la cocina donde mi madre había servido el aperitivo con una tabla de quesos, aceitunas y varios tipos de embutidos, así que cogí una oliva y me la metí en la boca sintiendo que él no apartaba la vista.
—¿Araña de embudo? —exclamó sin parecer realmente asustado.
—Es letal —sonreí forzosamente mientras me giraba hacia él.
¡Joder! Podía soportar que tuviera ese físico de infarto, pero es que encima era endiabladamente guapo y aunque eso no me importara en absoluto, me fastidiaba el hecho de no poder considerarlo repugnante.
—Dudo que lo sea más que olor que desprendes ahora mismo… —soltó provocando que le mirase con cierto odio.
¡Será cretino!
—Mi padre pretende que entrenemos bastantes horas juntos, tal vez deberías marcharte ahora si consideras que no podrás soportar el olor —contesté alzando el mentón y sintiéndome superior por el hecho de estar de pie y él no.
Craso error, porque en ese momento él se levantó y me sacaba más de una cabeza, literalmente le llegaba a los hombros.
—Correré el riesgo —respondió inclinándose sobre mí y obligándome a echarme hacia atrás hasta el punto de que me rozó la mejilla con la suya sin saber qué demonios estaba haciendo.
Cuando volvió a erguirse vi como se llevaba un trozo de queso a la boca sin apartar la vista, satisfecho de sí mismo y enviando mi plan de desquiciarlo a la mierda.
Me giré hacia mi padre esperando que él dijera algo o en todo caso, que lo hiciera mi madre, pero para mi propio estupor, ambos parecían complacidos de la situación.
Y eso hizo que mi frustración aumentara, como si cada momento que avanzaba queriendo ir en una dirección, se torciera logrando que perdiera el control de la situación.
Muy bien. ¿Quería guerra?, ¡Pues tendríamos guerra!
—Será mejor que no te acomodes demasiado. Dudo que estés a la altura de las circunstancias —mencioné cogiendo otra aceituna y dando un paso hacia atrás—. Tengo planes, así que pasaré el resto del día fuera —dije alzando la voz conforme salía de la cocina dándoles la espalda a todos.