5
Olas que chocan
Océane
Siempre había preferido entrenar a primera hora de la mañana, quizá porque era cuando a Reef más le fastidiaba hacerlo o simplemente porque necesitaba sentir el frescor de la mañana en la cara antes de enfrentarme a los diez kilómetros de carrera que me aguardaban.
Durante todo ese tiempo había hecho ejercicio de forma pasiva, pero regresar a un entrenamiento intenso había traído consigo recuerdos agridulces y, sobre todo, unas agujetas muy reales a las que no estaba acostumbrada.
Me senté sobre la arena de la playa esperando que mi respiración se calmara.
A esa hora apenas había gente, salvo algunos surfistas que aprovechaban el oleaje y la poca gente.
Por norma general solía identificar quienes eran, así que me fui fijando de uno en uno hasta que me llamó la atención un tipo con una camiseta amarilla flúor.
Desde aquella distancia era imposible definir bien sus rasgos, pero eran oscuros y por su llamativo físico musculado no era capaz de averiguar de quien se trataba.
Continué con la mirada fija en él mientras comprobé como fue decidido hacia la ola con brazadas profundas y limpias, clara señal de que sabía lo que hacía.
Justo en el momento exacto, se alzó con fluidez, sin apenas esfuerzo e inclinó el cuerpo a la par que lo hizo ligeramente con sus hombros para que la tabla respondiera al instante, dibujando una línea precisa sobre la pared de agua.
Cada giro estaba lleno de intención, cambiando el peso de un pie a otro con sutileza que, desde aquella distancia era imperceptible, pero para alguien como yo que conocía a la perfección los movimientos era capaz de anticipar, cortó la ola con una seguridad absoluta, sin apresurarse, ralentizando en el tiempo justo, subiendo y bajando por la cara de la ola como si trazara una coreografía conforme seguía el ritmo.
En el momento que la ola empezó a cerrarse se ajustó a la trayectoria, saliendo con la misma naturalidad con la que entró.
Era evidente que se trataba de un surfista profesional, la pregunta más bien era, ¿Qué estaba haciendo un tipo así en Noosa? Y más aún, ¿En esa playa?
—¿Te parece bueno? —La voz de mi padre me hizo dar un respingo, puesto que al estar tan concentrada en aquel chico no había percibido los movimientos que había a mi alrededor.
—¿Quien es?
—Más bien quien podría ser —objetó mi padre y eso hizo que apartara la vista del surfista para concentrarla en él.
—¿No has tenido suficiente con los dos últimos? —pregunté haciendo referencia a los dos chicos que me había presentado como futuros candidatos, pero que a la hora de la verdad no habían sido capaces de levantarme sin que le temblasen las piernas en suelo firme, ni qué pensar sobre la tabla.
—No esperaba encontrar a la persona adecuada a la primera, como tampoco creo que lo pensaras tú, sería una decepción si hubiera sido así. Ese chico viene recomendado por un viejo amigo, es uno de los mejores surfistas de Estados Unidos.
—¿Y por qué iba a querer hacer surf tándem si es tan bueno como solista? —inquirí.
Tendría más sentido un novato que quisiera darse a conocer como lo habían sido los dos anteriores, pero no alguien que parecía tener cierta trayectoria.
—Eso no te incumbe, sino el hecho de que está aquí y disponible. Le he pedido que cogiera algunas olas para ver su destreza sobre la tabla, tiene un estilo muy personal, tal como lo tenía Reef.
—Y con toda probabilidad es lo único que tendrán en común.
—Lo comprobaremos… —Vi como mi padre hacía una señal y el surfista americano pareció verlo instantes después puesto que se lanzó al agua y comenzó a nadar hacia la orilla con destreza.
Me crucé de brazos al sentir cierta incomodidad por la posibilidad que suponía su presencia.
Pese a convencerme de que no significaba nada, el hecho de que aquel tipo hubiera venido desde tan lejos para una simple prueba me generaba nerviosismo.
Una cosa era esos dos tipos anteriores que solo eran novatos iniciando su carrera, pero este tío era distinto, se notaba a leguas que era profesional y no entendía que hacía alguien como él allí.
En el momento que se alzó y se giró para recuperar la tabla pude comprobar su verdadera complexión atlética.
Alto, seguramente superaba con algún centímetro el metro noventa.
Cabello oscuro, tez bronceada, barba incipiente, musculoso pero sin llegar a ser exagerado.
Saltaba a la vista su entrenamiento y desde luego podría parecer la reencarnación del propio Poseidón en persona.
En el momento que fijó la vista en mí, mostró una sonrisa de autosuficiencia que me hizo comprobar una exagerada arrogancia.
«Definitivamente se ha creído que es irresistible»
Clavó la tabla corta en la arena conforme el agua discurría por todo su cuerpo sin dejar de mirarme, por algún motivo me mantuve firme sin apartar la mirada comprobando la profundidad de sus ojos oscuros tan diferentes de los míos o los de Reef.
—Max, te presento a mi hija Océane.
—Bonito nombre —contestó con una sonrisa aún más amplia—. Le hace justicia a su dueña.
Que coqueteara abiertamente delante de mi padre era cuanto menos inoportuno, pero si prefería cavar su tumba él solito, no pensaba reprochárselo.
—No hace falta que lo recuerdes, tu permanencia aquí solo durará cinco minutos —atajé sin importarme que impresión causaba.
El tal Max no pareció cambiar de expresión, sino que más bien parecía divertirle la situación.
—Entonces haré que sean los mejores cinco minutos de tu vida —contestó agravando la voz y yo rodé los ojos para mirar a mi padre, que parecía observar curioso la situación.
—Océane, prepárate —indicó mi padre haciendo una señal para que me metiera en el agua a pesar de no estar realmente preparada.
Emití una maldición mientras me quitaba las zapatillas y lanzaba la camiseta a la arena para quedarme solo con las mallas deportivas y el sujetador a juego.
—Patric ya me dijo que no tienes nociones de surf tándem, así que practicaremos algunas posturas fuera del agua para saber si puedes tener estabilidad. Es el punto fundamental para saber si tienes o no posibilidades con ella.
—¿Y porqué se está metiendo en el agua? —oí que preguntó.
—Es un deporte de agua, ¿Esperas que alguno de los dos esté seco? —inquirió mi padre y no pude evitar reírme. No tenía pensado mojarme el pelo, pero quité la goma de la coleta y me zambullí sintiendo como el agua estaba aún bastante fría, sobre todo a esa hora de la mañana.
Tener el pelo mojado significaba que sus manos se escurriesen con mayor facilidad por el agua y desde luego, no pensaba ponérselo fácil al americano. Me acerqué de nuevo hasta él, pero en esta ocasión con la vista fija en mi propio padre.
—Empezaremos por algo sencillo. Un salto asistido —dijo mi padre.
—¿Que se supone que tengo que hacer? —preguntó el americano.
Max. Se llamaba Max, pero me negaba a pronunciar mentalmente su nombre como si tuviera alguna posibilidad, así como la idea de que físicamente estuviera condenadamente bueno.
—Colócate detrás de ella —indicó mi padre—. Y pon ambas manos a los lados de su cintura. Afianza la postura, debes repartir tu peso entre ambos pies para mantener estabilidad.
Esperé hasta que sentí el calor de aquellas manos en mi cintura desnuda y maldije haberme quitado la camiseta.
Por extraño que pareciera no me había sentido igual de incómoda con los dos chicos anteriores que habían hecho la misma prueba, ¿Tal vez era el físico impresionante de este tipo lo que me hacía estar así?
—¿Estás incómoda, Océano? —susurró demasiado cerca.
—Más quisieras, Max-ibon —dije sin siquiera girarme para que me escuchara bien.
—¡Bien! —irrumpió mi padre mientras oía su carcajada—, ahora elévala en vertical y álzala sobre tu cabeza. Océane, impúlsate para acompañarle en el movimiento.
Ni siquiera me dio tiempo a impulsarme cuando el tipo me alzó en volandas y me colocó sobre él como si hubiera levantado una pelota de goma que no pesa más de diez gramos. Cerré los ojos con fuerza sabiendo lo que eso significaba.
¡Mierda!, ¡Estaba realmente jodida!
—¡Eso es! —exclamó mi padre—. Mantén la postura con los brazos firmes y flexiona ligeramente las rodillas sin perder la base. ¡Océane, arquéate!
Extendí ligeramente los brazos y llevé la cabeza hacia atrás mientras flexionaba una rodilla y dejaba caer ligeramente la otra. Noté como sus manos aún seguían firmes aunque comenzaba a sentir que sus dedos se escurrían poco a poco.
—¡Ahora bájala con suavidad!
Percibí como sus brazos se flexionaban ligeramente y su nariz recorría mi columna vertebral hasta dejarme sobre la arena terriblemente cerca de él, me aparté en cuanto noté la estabilidad de mis pies como si huyera de cualquier roce.
—Eso es. Probemos ahora de frente. Sigue con las rodillas flexionadas. ¡Océane, acércate! —indicó mientras observaba como el americano mantenía una sonrisa de medio lado como si aquello le resultara gracioso—. Dale las manos y escala sobre él para colocarte sentada sobre sus hombros.
Le ofrecí solo una mano que él sostuvo con firmeza y sin esperar a que mi padre me diera la orden coloqué el pie sobre su muslo impulsándome con fuerza, esperando que mínimamente se moviera.
Lo hizo, pero no lo suficiente para derribarle por desgracia para mi, así que puse mi mano libre sobre su hombro y me deslicé con la misma facilidad que solía emplear cuando realizaba ese movimiento con Reef.
Puede que estuviera a falta de entrenamiento, pero mi cuerpo y mi mente aún eran capaces de recordar los movimientos.
—Prueba a ponerte de pie, veamos si es capaz de mantener la postura.
—¿Estás seguro, papá? —inquirí porque al menos en el agua podía caer sin hacerme daño, pero sobre la arena corría el riesgo de sufrir una lesión.