La Teoría de las Olas Cruzadas 3
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Todo lo que no controlamos

Océane

Encontré a mi padre en el cobertizo donde fabricaba y preparaba cuidadosamente las tablas de surf.

Durante algunos años habíamos vivido exclusivamente de lo que ganaba por esas tablas y, con el tiempo había perfeccionado la técnica hasta convertirse en uno de los mejores artesanos locales.

Últimamente pasaba demasiado tiempo en ese cobertizo como si no tuviera nada mejor que hacer, o más bien, porque era lo único con lo que se sentía útil ahora que no estaba entrenando a mi hermano o a ambos.

Observé como se acumulaban varias tablas al fondo esperando ser barnizadas y pintadas mientras trabajaba en una nueva y el ruido de la lija manual me atrajo hasta su mesa de trabajo.

Aparté varias herramientas de una mesa auxiliar y me senté sobre ella guardando un silencio incómodo ya que mi padre ni siquiera había alzado la vista a pesar de saber que me encontraba allí.

—No puedes enfadarte solo porque haya decidido tomar una decisión que afecta únicamente a mi vida y que no entra en tus planes —dije finalmente intentando no mostrarme a la defensiva o enfadada, sino entablar una conversación.

Escuché como suspiró y soltó el aire contenido mientras detenía la lija.

—¿Crees que estoy enfadado solo porque decides irte sin consultármelo? Eres adulta, puedes hacer lo que te plazca, pero no es el hecho de que te marches lo que me preocupa, sino el motivo.

—Si crees que me voy solo por Mason, no es así.

En Brisbane tengo más posibilidades de encontrar un trabajo decente, iniciar a construir un futuro estable, tú mismo deberías saber que el surf no lo es todo, tuviste que pasar años fabricando tablas para llegar a fin de mes.

Además, Brisbane tampoco está tan lejos de Noosa.

—¡Maldita sea Océane!, ¡Preferiría que te fueras a vivir a la otra parte del mundo si con ello sé que lo haces por devoción y porque es lo que quieres de verdad!

Lo único que hay en Brisbane es ese novio tuyo que está encantado con la idea de que no vuelvas a surfear y, si supiera que es tu verdadero deseo lo aceptaría, pero llevas dos años sin subirte a una tabla y huir no hará que ese miedo desaparezca.

—¿Eso lo piensa mi padre o mi entrenador? —pregunté en un tono de voz un poco más irritante.

—¿Cambia en algo tu respuesta? —exclamó soltando por completo la lija y mirándome por primera vez desde que entré en el cobertizo.

—No estoy huyendo. Quiero irme. ¿Tan complicado es de entender que quiera una vida distinta a la que tenías idealizada? Puede que en este año me haya dado cuenta de que deseo explorar otras posibilidades y descubrir que es lo que quiero.

Por un momento arrugó la frente y se dejó caer hacia la pared de atrás cruzándose de brazos.

—Demuéstramelo entonces —dijo con tranquilidad—.

Hay una nueva convocatoria de campeonato para surf tándem.

Entrena durante este verano para competir y si después sigues queriendo marcharte a Brisbane, te llevaré yo mismo, pero no me pidas que me quede cruzado de brazos viendo como cometes el mayor error de tu vida.

Ya he perdido a un hijo, no pienso permitir que la única hija que me queda destroce su vida por miedo a vivirla como realmente le gustaría.

Agaché la mirada intentando que la vista no se me emborronara para no mostrar que, en realidad, una parte de mi estaba completamente aterrada ante esa posibilidad.

Había optado por la seguridad y el convencimiento muy por encima de la felicidad incierta.

Mis mejores momentos y recuerdos se encontraban encima de una tabla, pero, también podía ser igualmente feliz en otro contexto, ¿no?

Mason me aportaba mucho más que cualquier otro chico con el que había salido hasta ahora y eso debía significar algo.

Construir un futuro lejos de allí no quería decir que no me sintiera realizada, simplemente no era lo que siempre había imaginado para mí, pero las cosas cambian, tal como habían cambiado en el giro de unas pocas horas tras la desaparición de Reef.

—He entrenado con Reef desde que tengo uso de razón, no tendría esa conexión con ningún otro surfista y lo sabes. Intentarlo solo es una pérdida de tiempo para los dos.

—Puede que tengas razón, pero si tan convencida estás de que no funcionara, entonces no tendrás ningún problema en intentarlo, ¿no? Soy tu entrenador y soy tu padre, así que encontrar a la persona adecuada es asunto mío.

Ni siquiera estaba convencida que lograse encontrar a alguien que encajase en sus exigencias, probablemente no tenía nada que temer.

—Tres meses —afirmé convencida de este punto. Mi padre era lo suficiente inflexible para que, en el caso de encontrar a alguien, no fuera capaz de soportarlo dos días seguidos de entrenamiento—. Y cuando compruebes que no funciona me iré.

—Si pasado ese tiempo aún quieres marcharte, te llevaré yo mismo.

Me baje del asiento improvisado y me acerqué hasta él inspeccionando con detenimiento la tabla en la que estaba trabajando. Al igual que era un entrenador exigente, lo era también con las tablas que creaba, imaginaba que por eso podía venderlas a precios elevados, sobre todo para la gente de fuera.

—Quiero que me lo prometas, papá.

—Si te comprometes durante estos tres meses, te prometo que no volveré a objetar tu decisión.

Podía renunciar, negarme y marcharme de igual modo, aunque él no estuviera de acuerdo en ello, pero una parte de mí era incapaz de hacerlo, de que volviera a sentir el vacío de otra ausencia, a pesar de que eso significara enfrentarme de nuevo a algo que me aterraba.

La idea de salir al mar sin Reef o pensar en otra persona como su reemplazo solo me producía rechazo.

No quería que mi vida continuara sin él, no cuando era muy consciente que para mi hermano la suya se había detenido y nunca más volvería a sentir esa sensación refrescante y llena de excitación al cabalgar una ola.

—Eso también incluye aceptar a Mason —afirmé pasando la mano por la tabla y comprobando la porosidad de la madera—, sé que no te cae bien.

Oí como respiraba con agitación, como si la mención de mi novio le molestara profundamente.

—No es que me caiga mal, simplemente pienso que es un snob de ciudad que no tiene mayor interés que el dinero y su carrera profesional, pero reconozco que ha estado a tu lado todo este tiempo y que ha sido un apoyo para ti. Si te hace feliz, haré el esfuerzo por llevarme mejor con él.

Sonreí y me lancé hacia mi padre en un abrazo.

—Tenemos un acuerdo —susurré sin pensar en que dicho acuerdo implicaba volver a salir al mar con una tabla.

Tal vez sería algo de lo que me preocuparía llegado el momento.

Cuando regresé a casa, el deportivo de Mason estaba en la puerta, se suponía que no vendría hasta la próxima semana, así que corrí hacia el interior y le encontré sentado en el sofá mientras hablaba apaciblemente con mi madre.

—¡Mason! —exclamé captando su atención que se volvió rápidamente hacia mí y me dedicó una sonrisa que mostraba todos sus dientes.

—Quería darte una sorpresa. Le estaba comentando a tu madre que he hecho una reserva para pasar el fin de semana en un hotel de lujo no muy lejos de aquí —dijo acercándose hasta mí.

—Deberías haberme avisado, tenía intención de ayudar a Alana este fin de semana, con la navidad encima y la temporada tan cerca tienen bastantes reservas —contesté con cierta nostalgia.

—Seguro que a tu amiga no le importa y te vendrá bien alejarte de aquí un par de días, ¿Verdad, Margot?

—Bueno, creo que eso es algo que debe decidir Océane —respondió mi madre.

—Sería una lástima desperdiciar una reserva así, Alana lo entenderá. Es tu mejor amiga, ¿no? —insistió Mason.

Ciertamente Alana no se ofendería por un cambio de última hora, aunque no me gustaba dar mi palabra para después dejarla colgada, pero Mason tenía razón, ella lo entendería.

—Si —afirmé con una sonrisa—. Le enviaré un mensaje.

—Prepara tu maleta y no te olvides de llevar ropa elegante, saldremos en media hora.

Asentí mientras me alejaba hacia mi habitación pensando que la ropa elegante no solía formar gran parte de mi guardarropa antes de Mason.

Casi todo mi armario consistía en shorts vaqueros, biquinis y camisetas de algodón que eran mi atuendo diario, pero sabía que a Mason no le gustaba ese estilo, él era mucho más formal a la hora de vestir y eso incluía los lugares a los que asistía, por eso cuando salíamos juntos, solía pedirme ir más arreglada si no quería llamar la atención en cuanto a mi vestimenta.

Que apareciera por sorpresa sin avisar no era algo nuevo, tampoco que hubiera hecho planes sin consultarme.

Me había acostumbrado durante los últimos dos años a los restaurantes de vanguardia con platos de degustación, hoteles de mínimo cuatro estrellas y locales de moda con cócteles imposibles de pronunciar.

Durante todo el tiempo que había pasado con Mason, él se había esforzado por hacerme feliz, por llevarme a los mejores restaurantes, locales o escapadas de ensueño para hacerme salir del pozo oscuro en el que se había convertido mi vida y sin pedirme nada a cambio, sino manteniéndose a mi lado.

—¿Le has dicho a tus padres que vas a mudarte a Brisbane? —dio en cuanto arrancó el deportivo y puso rumbo hacia la carretera principal donde el navegador del coche le indicaba que debía ir.

—Lo saben —afirmé descalzándome los pies para ir más cómoda y los coloqué en el salpicadero con la intención de pintarme las uñas durante el trayecto.

—Querida, el hotel al que vamos tiene un departamento con esteticista, te podrás hacer la pedicura allí, no en mi coche.

—Prefiero ahorrar ese tiempo y ahora no tengo nada mejor que hacer —rebatí con la intención de abrir el frasco con la pintura.

—Podrías manchar el salpicadero, o peor aún, el asiento de cuero. Y hazme el favor de no colocar los pies ahí, dejan manchas.

Pese a que no lo decía en un tono autoritario, dejaba clara cuál era su postura sin posibilidad de rebatir.

—¿Y si te prometo que no mancharé nada? —exclamé justo antes de sentir como me arrancaba el frasco de laca de uñas y lo tiraba a la carretera.

—Te pagaré una pedicura profesional cuando lleguemos —atajó como disculpa y con un movimiento rápido me hizo bajar el pie del salpicadero, acto seguido me cogió la mano para llevársela a los labios y me dió un beso en el dorso—. Me alegra saber que finalmente te vendrás conmigo a Brisbane.

Giré la cabeza hacia mi lado de la ventanilla con una sensación de malestar inexplicable.

Había prometido recompensarme por ello, Mason siempre lo hacía y precisamente era una de las cosas que más valoraba de él, esa forma de querer agradarme y agasajarme constantemente, quizá porque a lo largo de todos estos meses lo había necesitado realmente y me aferré a él para sentirme de algún modo querida, así que me dije que no tenía motivos para estar enfadada, era normal que no quisiera correr el riesgo de que pudiera manchar la tapicería de su coche, por lo que volví la vista de nuevo a él y forcé una sonrisa.

—He llegado a un acuerdo con mi padre y podré marcharme en tres meses.

—¿Tres meses?, ¿Por qué tanto? —inquirió con cierta molestia.

—Quiere volver a entrenarme durante este verano, asegurarse de que el surf ya no es algo para mi.

—Claro que no es algo para ti. Tu lugar está en Brisbane, conmigo y no sobre una tabla de surf haciendo piruetas.

Suponía que su respuesta solo era una consideración a sus sentimientos por mí y al hecho de que quería que estuviéramos juntos.

Teniendo en cuenta que ya nada me ataba a Noosa, era lógico que me transfiriera a Brisbane junto a él.

Y también era algo que yo deseaba, ¿no? Al menos sabía que no me quería quedar allí y Mason me brindaba la oportunidad de seguridad y confort que tanto deseaba, donde todos los recuerdos que implicaban dolor no existían.

—Aún así le he prometido que entrenaré estos tres meses, así se convencerá que el surf ha acabado para mí.

—No necesitas hacerlo. Eres mayor de edad, puedes dejar todo atrás y mudarte a mi apartamento sin su permiso, Océane.

—Ya hemos hablado de esto varias veces, Mason. Son mi padres y no quiero que mi traslado signifique otra pérdida para ellos. No después de lo de Reef. Si mi padre quiere convencerse de este modo, lo haré.

Noté como Mason guardaba silencio durante un par de minutos y me limité a observar el océano que quedaba a la vista hacia un lado de la carretera.

Habíamos cogido algo de altura y el panorama era espectacular, sin duda no me imaginaba estar en un lugar donde no tendría aquello, pero había sido capaz de meter esos pensamientos en el lugar más recóndito de mi cerebro ante el convencimiento de que lo que me aguardaba lejos de allí sería una etapa nueva en mi vida a la que me adaptaría y terminaría por gustarme de igual modo.

—Tenía planes para nosotros durante este verano —dijo rompiendo el silencio—, pero si después de estos tres meses serás solo mía, lo aceptaré.

Sentí como me apretaba la mano y acto seguido pulsó el botón para que su deportivo se hiciera descapotable notando como mi melena comenzaba a oscilar con el viento.

Tal vez no supiera que me deparaba el futuro, que éste fuera muy diferente a todo cuanto había idealizado desde que tenía conciencia, pero si estaba segura de una cosa; en tres meses mi vida cambiaría.