La Teoría de las Olas Cruzadas 2
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Aprender a caer sin romperse

Max

Tiré la tabla de malos modos a pesar de que era un modelo único fabricado a mano por uno de los mejores artesanos de toda la costa Noroeste.

La adrenalina, el furor y una rabia contenida me cegaban en aquel momento.

Necesitaba romper algo. Quería romper algo y lancé un puñetazo con el brazo izquierdo contra la pared de una de las casetas de madera provocando que los tablones cedieran al mismo tiempo que mi piel también lo hacía resquebrajándose y dejando brotar la sangre fresca.

No me importaba el dolor, la furia era mucho más apremiante. Conocía las consecuencias, los límites y los entresijos de aquellas normas estrictamente comedidas, pero nada de eso me había importado, aunque ahora fuera muy consciente de lo que significaba.

«Partirle la cara a otro competidor suponía la expulsión»

—Si es lo que querías, ya lo has conseguido —afirmó una voz que conocía muy bien detrás de mí.

—¡Ese imbécil casi me tira de la tabla! —grité a pesar de saber que este hecho no cambiaba las circunstancias.

—¡Y le restarán puntos por eso!, ¡Pero tu comportamiento antideportivo lo ha echado todo a perder!, ¡Estás fuera, Max! Tu acción ha provocado que seas descalificado. No podrás competir este año y el comité ha presentado una penalización que exija tu prohibición a competir en los próximos tres años.

—¿Qué? —exclamé sintiendo que toda esa furia se acumulaba en mi garganta y las palabras parecían salir como verdadero fuego por mi boca.

—Has enviado a un chico al hospital, Max.

¿En qué cojones estabas pensando?, ¿De verdad creías que ibas a salir de rositas de esta?

Te lo he advertido cientos de veces, para competir se necesita disciplina sobre la tabla y una mente fría que no se deje influir por nada.

Eres excelente en lo primero, pero nefasto en lo segundo y aquí tienes el resultado.

¿Crees que ese chaval no sabía lo que hacía?

Te ha provocado y tú has respondido como un completo idiota. Ahora él sigue dentro y tú estás fuera.

Ser consciente de este hecho no cambiaba la satisfacción de haberle partido la nariz y varios dientes a mi contrincante, pero enfrentarme a la idea de no poder volver a competir en años era un precio demasiado alto que no podía permitirme pagar.

—Te pago para que soluciones esos problemas. ¡Haz algo! —bufé apretando los puños y sintiendo la tirantez en la piel de ambos.

—Yo no obro milagros, Max —refutó con más calma de la que parecía aparentar—.

Tu arrogancia los últimos meses advirtiendo que ganarías este campeonato solo ha dejado una estela de animosidad en todos los concursantes.

Ninguno va a abogar por tu parte y el comité deseará dar ejemplo con tu expulsión al resto de competidores.

Te lo advertí chico. Mantener un perfil bajo era tu mejor baza y tu has enviado a la mierda toda tu carrera.

Di una patada al banco externo provocando que las patas cedieran y pasara a ser un amasijo de tablones desechos.

—¡Joder! —grité comenzando a sentir esa sensación de furia que lograba sesgar cada sentido de mi coherencia.

El surf era mi modo de vida. Llevaba toda mi vida preparándome para ese momento, para convertirme en el mejor del mundo y no podía simplemente perderlo.

—Vete a casa. Cúrate las heridas y no des ni una sola entrevista a la prensa. Ninguna. ¿Queda claro? Al menos hasta que establezcamos una estrategia. Hablaré con tu representante y tu asistente de competición para ver la gravedad de la situación.

Hasta ahora, Patric había sido el entrenador y preparador físico que más tiempo había durado a mi lado, quería rebatir su advertencia, dar mi propia versión de los hechos, pero por una vez, decidí hacerle caso y recogí la tabla antes de dirigirme hacia la camioneta.

La idea de no volver a competir, de no poder subirme al podio y proclamarme vencedor provocaba un vacío destructor en mi interior.

Cada una de las decisiones en mi vida había sido estudiada y meditada a conciencia para estar en el punto donde estaba ahora.

En la cima. En la cúspide. Y aunque fuese arrogante reconocerlo, era muy consciente de que soy el mejor competidor.

Quedar fuera del campeonato y, además, prohibirme competir durante los próximos tres años, significaba una mancha en mi expediente que no podía permitirme.

Y menos aún en mis circunstancias. Mi principal patrocinador me había proporcionado un conductor propio, pero prefería conducir por mí mismo, era la mejor manera de conocer el lugar así que arranqué el motor de la camioneta y recorrí la distancia hasta el hotel, aunque en realidad fuera un complejo de bungalows.

Me había instalado en Hawái un mes antes del campeonato para prepararme en el mismo lugar donde tendría lugar el evento, así que conocía suficiente la costa norte de Oahu para circular sin necesidad de utilizar el navegador del coche.

Aparqué en la puerta cuando entró la primera llamada. Era mi madre y suponía que las noticias debían volar lo suficiente rápido hasta California para que me llamara sabiendo que debía estar inmerso en el campeonato.

—¿Ha sido Patric o Hector? —exclamé refiriéndome a mi entrenador o a mi representante.

—No importa —contestó mi madre con cierto pesar—. Hablamos de esto Maximiliano. —Mi madre era la única persona que me llamaba por mi nombre completo, para mis amigos y el mundo entero yo era solo Max.

—Lo sé… —contesté como si solo ahora me diera cuenta de la estupidez que había cometido—.

Estoy seguro de que se arreglará. —Al menos es lo que había sucedido siempre.

Un poco de mala prensa acrecentaba el furor de los fans y una vez pasado el revuelo, obtenía patrocinadores dispuestos a pagar aún más por mi imagen.

Pero no solo mi vida y futuro dependía del surf y de esos patrocinadores que pagaban todo, sino también las tasas médicas de mi hermana menor, Harmony.

Puede que mi madre nunca deseara que ese peso recayera sobre mis hombros, pero el dinero venía muy bien para cubrir los gastos médicos de su enfermedad, ya que desde que Charlie murió los ingresos se redujeron considerablemente y sin un seguro médico, el tratamiento se volvía inalcanzable.

Harmony sufría diabetes tipo uno y a pesar de que acababa de cumplir ocho años, había estado más tiempo hospitalizada que yo a lo largo de mis veintiséis.

Mi madre me tuvo con apenas diecisiete años, su relación con el snob de mi progenitor ni siquiera duró hasta el final de su embarazo.

Él tenía demasiados proyectos y planes en los que no encajábamos, así que se limitó a pasar una pensión alimenticia hasta que cumplí los dieciocho sin ninguna intención de mantener contacto.

El único hombre al que me había permitido llamar padre, fue Charlie.

Él me enseñó a surfear, me llevó a mis primeras competiciones, compartió conmigo todo lo que conocía sobre el surf y el día que murió me recordó que la persistencia me llevaría lejos y que había sido un orgullo para él ser mi padre.

Probablemente si estuviera hoy aquí, me habría dado un par de collejas y después habríamos reído tomando una cerveza juntos.

Echaba de menos a Charlie, pero sobre todo, que Harmony no hubiera llegado a conocer al que fue su padre, ya que ella apenas tenía tres años cuando murió y no tenía recuerdos nítidos de él.

—Enviar a otro competidor a un hospital en ambulancia no es algo que se pueda arreglar fácilmente, Maximiliano. Habrá consecuencias. Hay protocolos. Charlie siempre…

—¡Charlie no está! —bramé y me llevé una mano hacia el pelo que aún estaba mojado echándolo hacia atrás y sintiendo como el roce con las magulladuras del puño producían escozor.

Tenía que curar las heridas, pero en ese momento solo deseaba meterme bajo la ducha y no pensar en nada. Oí la respiración de mi madre al otro lado, guardaba silencio, probablemente analizando qué decir o cómo decirlo.

—Sé perfectamente lo que tengo que hacer. Preocúpate de Harmony, ella es la que te necesita.

Colgué porque realmente no quería o más bien no deseaba reconocer que había perdido los estribos. No había pensado en las circunstancias, ni en las repercusiones y menos aún, en como podría afectar realmente a mi carrera.

Pasé al menos veinte minutos bajo el agua fresca de la ducha antes de que Patric volviera a llamarme para confirmar lo que ya sospechaba.

La liga de surf profesional había suspendido temporalmente mi participación y quedaba fuera del campeonato.

Esa misma tarde, iban a reunirse para deliberar sobre cual sería la penalización por agredir a otro surfista durante la exhibición y tenía una citación a primera hora de la mañana para compadecer ante el tribunal y recibir el resultado de esa deliberación.

La prensa se había concentrado en la sede de la organización a la mañana siguiente.

Y en cuanto me bajé del vehículo vi como me rodeaban acercando teléfonos que grababan, cámaras y algunos micrófonos.

Todo el mundo se había hecho eco de la noticia, había salido en la prensa, televisión y era tendencia en redes sociales.

Mi nombre había sido etiquetado en miles de publicaciones donde el vídeo en el que lanzaba un puño al otro competidor en la orilla de la playa se hacía viral.

Tenía defensores y detractores, pero todo el mundo esperaba una pronunciación de los hechos por mi parte.

Mi representante me había avisado esa misma mañana que tenía ofertas de varios medios de comunicación para algunas entrevistas, así que mantener silencio era mi mejor baza en aquellos momentos, pero con aquella exposición era muy consciente de que los patrocinadores que me financiaban no iban a marcharse, así que cuando las cámaras me enfocaron, sonreí con superioridad como si me sintiera intocable.

Puede que la federación lo considerase una falta grave, pero la repercusión social de los hechos me convertía en un reclamo social, así que mi preocupación por los gastos médicos de Harmony eran infundados.

—Mantén un perfil bajo, muestra arrepentimiento y pide disculpas, tal vez sirva de poco porque ya habrán tomado una decisión, pero la federación se toma muy en serio la imagen que proyecta —mencionó Patric mientras aguardábamos en la sala de espera a ser convocados—.

Esto va en serio, Max. Te juegas tu carrera.

Escuché mi nombre antes de que pudiera responder y cuando Patric se levantó, la advertencia de que debía entrar solo provocó que mi entrenador frunciera el ceño.

Probablemente era una técnica de intimidación, pero no le di mayor importancia, simplemente me dirigí hacia la puerta que me indicaban y al entrar, contemplé que se trataba de una sala de reuniones en las que ocho personas se hallaban sentadas en una mesa ovalada dejando una silla en el extremo opuesto vacía.

—Maximilian Kingsley, puede tomar asiento —dijo uno de ellos sin que me diera tiempo a averiguar cual había sido.

Hice un repaso rápido, eran dos mujeres y seis hombres de edades variadas, pero el más joven tendría la edad de mi propia madre.

Noté mientras caminaba que todas las miradas se cernían sobre mí, estaba acostumbrado a que me observaran, el surf es un deporte que no se puede practicar en privado, así que todos mis entrenamientos siempre habían sido minuciosamente cuestionados y juzgados.

—Las normas de la competición y que usted firmó, señor Kingsley son claras.

Una confrontación directa entre competidores es expulsión directa.

¿Tiene algo que aportar en su defensa? —preguntó la voz de una de las dos mujeres que constituía el extremo de la mesa y deduje que sería la portavoz de la federación.

—Creo que nada de lo que diga cambiará el hecho de que le partiera la cara a ese tipo —admití encogiéndome de hombros.

—¿Muestra arrepentimiento? —insistió la misma mujer sin mirarme, como si se limitara a leer una serie de preguntas que tenía delante.

Sabía que debía responder afirmativamente, pero no pude expresar una mueca en la que casi podía reírme de la situación.

—Por supuesto —Y noté como alzaba la vista, pero su semblante era completamente serio.

—No lo parece, señor Kingsley.

Era extraño que me llamaran de ese modo, pero suponía que todo se debía a la formalidad de la situación.

—¿Cambia en algo su decisión?

—No —afirmó aquella mujer—. La decisión de la federación ha sido unánime en cuanto a su expulsión, pero no hemos llegado a un acuerdo concluyente en cuanto a las repercusiones de su comportamiento y en como éste afecta a la imagen que deseamos proyectar.

—¿Y eso que significa? —pregunté sin entender una mierda.

—Su expulsión de la competición fue inmediata debido a su comportamiento.

A partir de este momento, queda suspendido de cualquier actividad vinculada a la federación con carácter temporal.

Su readmisión queda sujeta a una evaluación posterior que tendrá lugar dentro de seis meses en la que se decidirá si será readmitido o no, esta evaluación está plenamente condicionada a la reparación de su imagen pública y al cumplimiento de las normas de conducta establecidas.

¿Querían que reparase mi imagen pública?

—Tiene prohibida la aparición en cualquier medio de comunicación para hablar de lo acontecido o cualquier tema relacionado con la federación que afecte en este asunto.

Deberá suspender temporalmente su aparición en redes sociales hasta que deje de ser el centro del foco mediático relacionado con este altercado.

No podrá hablar, ni hacer publico este acuerdo.

Tiene terminantemente prohibida la participación en cualquier competición avalada por la federación.

Podrá entrenar y exhibirse, pero no competir, señor Kingsley.

Deberá firmar todas las cláusulas antes de salir por esa puerta y tener en cuenta que, cualquier incumplimiento de éstas significará su expulsión permanente de la federación.