La Teoría de las Olas Cruzadas 1 #2
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—Estoy esperando al momento adecuado, probablemente cuando me respondan de alguna entrevista de trabajo —afirmé sabiendo que no existía dicho instante si hablábamos de mi padre.

Sabía perfectamente que no lo tomaría bien y en el fondo, no quería que sintiera que también me había perdido a mí, aunque su distancia se hubiera hecho plausible desde la ausencia de Reef.

—Sabes que siempre voy a estar de tu parte y si realmente es lo que quieres, te apoyaré. —Sentí como el peso de su brazo rodeaba mis hombros y el frescor de su piel bañada por el agua me refrescaba.

—Es lo que quiero —admití a pesar de que por alguna razón no sintiera reales aquellas palabras.

¿Quizá necesitaba decírmelo demasiadas veces para convencerme de que era lo mejor?

, ¿De que alejarme de Noosa era el único modo de dejar de sentir esa opresión constante en mi pecho?

Necesitaba sentir otra cosa que no fuera dolor, quizá no se trataba realmente de lo que quería, sino de lo que no quería.

Me despedí de Alana cuando la última sombra de la puesta de sol tras nosotras se desdibujó en el horizonte bajo la montaña, sin duda eso sería una de las cosas que echaría de menos cuando me mudara a Brisbane, poder ver el atardecer desde la playa, aunque allí el sol no se perdiera tras el agua.

Mientras caminaba por la calzada hacia las afueras de la ciudad, sentía la calidez de los últimos días de primavera.

La gente ya había decorado sus casas con luces navideñas mientras que en la nuestra lo único que podíamos pensar es que sería la segunda navidad sin tener a la familia completa.

Divisé nuestra casa de madera azul al final de la calle, se hallaba en los límites de la ciudad, con un porche que rodeaba toda la casa y proporcionaba vistas al mar, la principal razón por la que mis padres habían decidido mudarse allí después de haber viajado por medio mundo.

Probablemente habrían continuado así de no haber tenido un embarazo gemelar, pero mi madre consideró que deseaba estabilidad y un lugar donde prosperar y echar raíces.

Se enamoró de Noosa porque era el lugar al que sus padres solían viajar a menudo de vacaciones y siempre quiso criar a sus hijos allí.

Mientras me acercaba no dejaba de pensar en todos los momentos felices que nos había dado ese hogar, pero ahora estaban cubiertos de una neblina oscura que no me permitía acceder a ellos.

Cada vez que veía una foto de Reef, era un recuerdo que venía acompañado de un pensamiento que lo empañaba al ser consciente de que solo me quedaría eso para el resto de mi vida: recuerdos.

Ninguna vivencia más.

Ninguna experiencia más.

Ninguna conversación, abrazo o discusión.

Nada.

Y la nada era demasiado aterradora para confrontarla.

Rodeé la casa para pasar por el jardín y quitarme la arena de la playa, había hecho tantas veces aquello que mi cuerpo actuaba en modo reflejo y mientras lo hacía escuché las voces del interior.

Pensé que sería alguna llamada por parte de la prensa, habían sido muy insistentes en que diéramos una entrevista desde la desaparición de Reef para saber si se sabía algo sobre su desaparición y confirmar o desmentir si me retiraba del mundo del surf, pero cuando oí la voz de mi madre, me sorprendió que la discusión fuera entre mis padres.

Ninguno de los dos se hizo reproches. Tampoco culpas.

Por muy duro de aceptar que fuera, éramos conscientes de que aquel día la decisión de retar al destino fue solamente de mi hermano, pero aun así, todos esperábamos que en un momento determinado abriera la puerta, dijera que se había tratado de una broma y aquella pesadilla concluyera.

Pero no era un sueño del que debía despertar y hacía demasiados meses que esa idea a la que deseé aferrarme, se desvanecía cada vez más.

No hubo una llamada. Ni un cuerpo que devolviera el mar. Ni un velorio, misa o funeral. No había nada que demostrara que él ya no estaba y la incertidumbre acompañada de una certeza incapaz de aceptar era el verdadero infierno.

Entré en casa con los pies aún mojados y me detuve en la pequeña alfombra antes de darme cuenta de que las voces provenían del salón.

—¡Esto no ha sido idea suya!, ¡Por supuesto que no!, ¡Ha sido ese… ese…!

—¿Y qué importa si ha sido él o es una decisión de ella?, ¡No puedes presionarla para hacer lo que te plazca!

—¡Si la presionara ya se habría vuelto a subir a una tabla y estaría compitiendo!

—¡Es su vida, Jax!, ¡No la tuya! Y después de lo que le pasó a Reef, tal vez sea lo mejor para todos.

—No puedo creer que estés de parte del tal Mason, Margot.

—Lleva dos años con tu hija, podrías dirigirte hacia él de un modo más apropiado, ¿no? Si ella ha tomado una decisión, deberías respetarla.

En algún momento ambos se percataron de que acababa de entrar en casa, tal vez fue el sonido que las llaves hicieron en el cenicero de cerámica que había en el pasillo de la casa y que Reef y yo hicimos cuando teníamos cinco años.

Estaba desconchado, había perdido parte de su color original, pero aún formaba parte de nosotros, impregnado de su esencia, como cada rincón de ese lugar.

Mi madre no había cambiado absolutamente nada de la casa en estos dos años, tal vez necesitaba creer que si él volvía, encontraría todo exactamente tal como lo dejó.

Los mismos cuadros, la misma decoración, los mismos cojines, adornos o retratos y eso para alguien que cambiaba todo de forma constante, significaba cuánto le había afectado su pérdida.