La Teoría de las Olas Cruzadas
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Entre el miedo y la profundida d
Océan e
El tiempo tiene una manera cruel de avanzar sin pedir permiso, como si no le importara a quien deja atrás.
No se detiene. No duda. No mira por encima del hombro para ver si alguien está esperando en el mismo lugar donde todo se rompió.
Simplemente sigue, continua, rebasa y arrastra todo consigo, incluso a los que no estamos listos para movernos.
Hace casi dos años desde que Reef desapareció, y aún hay días en los que siento que solo fue un sueño, una pesadilla, una de sus bromas absurdas, porque aceptarlo es inviable y la vida no tiene sentido si él no está aquí, pero en cambio yo sí.
Al principio contaba los días como si de algún modo al hacerlo pudiera traerlo de regreso a casa.
Después esos días se convirtieron en semanas.
Más tarde en meses y al final dejé de contar, porque el número empezó a parecerse demasiado a una condena y por más que todo el mundo diga que el tiempo lo cura todo, nadie menciona el vacío que deja su ausencia, las preguntas sin respuesta, las conversaciones que nunca tuvieron lugar, la sensación constante de que me han arrancado a mi otra mitad sin permiso y sin consentimiento.
Ser hermanos y además gemelos significaba tener a alguien que te entiende sin necesidad de palabras, que estaba antes incluso de que el mundo comenzase a exigir explicaciones.
Lo compartíamos todo, incluso nuestra pasión por el deporte.
Y ahora, solo queda un silencio al que no puedo poner nombre, un hueco que no se parece a ninguna otra pérdida, un vacío inmenso del que no existe consuelo.
A veces cierro los ojos intentando recordarlo con precisión.
Su voz, su risa, la forma en la me llamaba pequeñaja, aunque solo hubiera nacido ocho minutos después que él.
Incluso cuando me miro al espejo logro ver sus rasgos reflejados en los míos.
Mismo color de pelo rubio, ojos azules o piel bronceada bajo el sol de años practicando surf, pero aferrarme a esos detalles como si fueran pruebas de su existencia no llena el vacío de su ausencia.
Y lo más aterrador no es que un día saliera junto a su tabla a pesar de la amenaza de tormenta y de que mi padre hubiera discutido más de una vez con él por su temeridad precisamente para evitar lo que ocurrió, sino de la posibilidad de que, poco a poco, el tiempo también desdibujara sus recuerdos en mi memoria.
El cielo se había vuelto rojizo. Los días se alargaban conforme se acercaba el solsticio de verano y el final de un nuevo día se convertía en uno más que se añadía a la larga lista desde que Reef ya no estaba con nosotros.
Cerré los ojos dejando que el sonido de las olas produjera ese efecto de serenidad que siempre había causado, pero ahora su matiz era distinto, disperso, como si aquellas olas que se adentraban en mi cuerpo no lograsen arrastrar todos mis pensamientos.
El sosiego ya no formaba parte de mi ser y quizá, esa era la razón principal por la que había decidido aceptar marcharme.
Irme lejos de todo cuanto conocía y a quien quería, tal vez porque el dolor es menos profundo cuando no se siente.
—Deberías probar. Hoy está tranquilo. —La voz de Alana me hizo abrir los ojos. La luz anaranjada brillaba sobre su pelo mucho más oscuro que el mío y arrojaba sombra en su rostro evitando que pudiera ver las pecas que la caracterizaban.
Conocía a Alana desde que tenía seis años.
Nos convertimos en mejores amigas el primer día de iniciar el colegio y desde entonces siempre hemos estado unidas.
Incluso cuando ella decidió continuar con el negocio familiar de sus padres abandonando los estudios, mientras yo hacía malabares para compaginar la universidad con las competiciones.
—Giras demasiado la tabla, debes apoyarte en el rail y dejar que la ola te lleve —contesté obviando su propuesta.
Escuché cómo suspiraba antes de sentarse a mi lado, lo bastante cerca como para sentir el frescor de su piel rozando la mía. Me recordó a esa sensación después de estar sobre la tabla cuando, a pesar del aire frío, el cuerpo aún guarda el calor de la actividad.
Aprendí a surfear casi al mismo tiempo que a andar.
Mi padre, Jax, fue campeón de surf en tabla corta varios años y surfista profesional toda su vida, así que Reef y yo crecimos amando las olas y convirtiendo ese deporte en nuestro modo de vida.
Desde que mi hermano no regresó aquel fatídico día, la idea de subirme de nuevo a una tabla me parecía una atrocidad.
Al principio me dije que solo quería esperarlo, como si de algún modo él pudiera conocer mi intención y eso le hiciera regresar para volver a subirnos juntos.
Pero jamás ocurrió.
Reef simplemente no regresó y aceptar que fue engullido por el mismo lugar que amábamos con pasión era una forma lenta y cruel de seguir perdiéndolo un poco más cada día. Regresar a ese lugar. Volver a cabalgar una ola sin él, solo era aceptar que la vida seguía su curso y que él jamás volvería.
—Deja de hacer eso —murmuró Alana sin alzar demasiado la voz y cogiendo un puñado de arena entre los dedos jugueteando con los granos que se escurrían entre sus nudillos.
—Dejar de hacer, ¿qué? —pregunté girándome hacia ella y apartando la vista del mar por primera vez.
—Fingir que no escuchas cuando alguien te menciona la idea de volver a surfear —dijo sin rodeos—. Eres la mejor surfista de Queensland, Océane.
—Era —respondo hablando en pasado.
Mi hermano y yo competíamos por separado y habíamos logrado ser finalistas e incluso ganar algún campeonato, pero juntos éramos invencibles.
El surf tándem es una mezcla de sincronía, acrobacia y arte sobre una tabla de surf, como el patinaje artístico sobre el agua.
Ganar el último campeonato en esta modalidad supuso un impulso para nuestra carrera.
Las exhibiciones y espectáculos llenaban nuestra agenda, los patrocinadores se acumulaban uno tras otro y pagaban las facturas de universidad o la hipoteca de la casa familiar.
Nuestros nombres eran conocidos en todo el condado y comenzaron a tener fama internacional hasta el punto de impulsar nuestras carreras en solitario, pero Reef quería más.
Él quería ser el mejor y se estaba preparando para competir en el circuito oficial de la liga mundial de surf para olas gigantes cuando desapareció.
—Por mucho que intentes alejarte, es algo que llevas en la sangre Oce. No puedes renunciar a ello —insistió Alana.
Puede que mi mejor amiga fuera la única que no hubiera mencionado lo que todos decían: A Reef no le habría gustado que paralizaras tu vida. Que renunciaras a tus sueños. Que te alejaras de todo lo que amas, pero claramente lo pensaba.
Y no. Mi decisión no tenía nada que ver con abandonar mis sueños, porque estaba convencida de que salir a surfear sin él, significaba convertir lo que más amaba en algo terriblemente doloroso.
—Eso no importará cuando esté en Brisbane —dije alargando los pies conforme dejaba un surco en la arena.
—Y así Mason conseguirá alejarte de aquí, que es lo que ha deseado siempre —afirmó sin sorprenderse demasiado.
Mason era seis años mayor que yo. Comenzamos a salir poco antes de que desapareciera Reef, aunque no les dio tiempo a conocerse bien, dudaba que hubieran tenido una relación de amistad cercana.
Mason era lo opuesto a mi hermano, una persona estable, madura, con proyectos concretos y objetivos marcados.
Se había mantenido a mi lado sosteniendo cada bache, cada lágrima y levantándome cada vez que me derrumbaba.
Puede que su mundo no tuviera nada que ver con el mío, ni siquiera sabía surfear o manear una tabla, lo suyo eran las finanzas, pero me proporcionaba la paz mental que necesitaba.
Su propuesta para mudarme a Brisbane con él y dar un paso más allá en nuestra relación llevaba vigente desde hacía meses y, a pesar de que Mason era una persona impaciente, me había permitido mis espacios, aunque notaba la tensión de mi indecisión, sobre todo cuando ya no quedaba nada que me atase a Noosa, la ciudad que me había visto nacer y crecer.
—Llevamos saliendo dos años, Alana. Tarde o temprano tendría que tomar esa decisión, las dos sabemos que tendré más posibilidades de encontrar trabajo en una gran ciudad.
—Ni siquiera tiene playa —alegó mi mejor amiga.
Si. Uno de los motivos por los que aún no le había dado una respuesta a Mason era precisamente porque Brisbane no tenía costa. También estaba el hecho de alejarme de mis padres que, tras tener que superar la pérdida de un hijo, tendrían que ver como la única que que les quedaba se alejaba.
—Está a dos horas de camino, vendré todos los fines de semana —dije encogiéndome de hombros.
—¿Y ya se lo has dicho a tu padre? —inquirió sabiendo que ese sería el gran inconveniente.
A mi padre no le caía bien Mason, eso era un hecho, pero había comenzado a tolerarlo después de permanecer a mi lado durante estos dos años y afrontar conmigo la ausencia de mi hermano
Desde que Reef no regresó, mi familia no había vuelto a ser la misma.
Mi padre se volvió más ausente y silencioso.
Mi madre ser encerró en sí misma y pasaba la mayor del tiempo trabajando en el hospital como enfermera o pintando encerrada en su estudio.
Y yo… yo simplemente perdí el rumbo. Nada de lo que había hecho hasta ese instante tenía sentido.
Ni el surf. Ni las exhibiciones. Ni siquiera posar como modelo para las marcas que nos patrocinaban, aunque aún siguieran interesadas en mi nombre tras lo sucedido, porque la desaparición de mi hermano fue demasiado mediática.
Lo dejé todo, incluso perdí el semestre al no presentarme a los exámenes. Y Mason estuvo ahí sin reclamar nada. Simplemente acompañándome, probablemente de no ser por él, no habría terminado la carrera universitaria en biología marina y ahora seguiría aún más perdida.