La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 19. Pablo lo sabe.
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Capítulo 19. Pablo lo sabe.

Última semana antes de Navidad, el bufete con esa energía específica del final de año: los casos urgentes que nadie quiere que pasen a enero, las reuniones que se acumulan, los clientes que llaman con más frecuencia de lo habitual como si el calendario fuera a cerrar también sus problemas si no los resolvían antes del treinta y uno.

Yo tenía el Ferreira en su recta final.

Llevaba tres días preparando el argumentario para la vista de enero con esa concentración limpia que consigo cuando un caso me importa de verdad, cuando deja de ser un expediente y se convierte en algo que quiero ganar no solo por el cliente sino porque el argumento es bueno y los buenos argumentos merecen ganarse.

A las seis terminé.

Guardé. Cerré. Me quedé un momento con el despacho en silencio y el orden satisfactorio de quien ha dejado algo mejor de lo que estaba.

Luego cogí el abrigo.

Lo encontré en el pasillo.

No fue buscado —aunque ya nada en esta historia parecía del todo casual—. Salí de mi despacho y él salía del suyo al mismo tiempo. Los dos con el abrigo puesto, los dos con el maletín en la mano, los dos con la cara cansada de un jueves que se había hecho demasiado largo.

Nos miramos.

Un segundo.

Ese segundo que con Pablo siempre tenía más peso, más densidad, como si el aire entre nosotros se volviera más espeso.

—Armando —dijo él, con esa voz grave y tranquila que parecía ocupar más espacio del necesario.

—Pablo.

Caminamos hacia el ascensor en paralelo. No había otra forma de hacerlo. El pasillo era ancho, pero de pronto parecía estrecho. Nuestros pasos resonaban al mismo ritmo, casi sincronizados.

Sentí su presencia al lado como algo físico.

Más alto que yo. Más ancho de hombros. Esa seguridad en la forma de caminar que no necesitaba demostrar nada porque ya lo tenía todo.

El hombre que se había follado a mi mujer.

El hombre que la había hecho correrse varias veces.

El hombre al que ella había abierto la boca y las piernas sin dudar.

Noté cómo se me tensaba la mandíbula.

Pablo pulsó el botón del ascensor y se metió las manos en los bolsillos del abrigo. Me miró de reojo, sin prisa.

—¿Todo bien? —preguntó. Un tono neutro, casi amable. Pero debajo había algo más. Como si supiera exactamente qué imagen estaba pasando por mi cabeza.

—Sí —respondí—. Un día largo.

Él asintió, como si eso fuera suficiente.

El ascensor llegó. Entramos. Las puertas se cerraron. Estábamos solos.

El silencio dentro era peor que el del pasillo. Podía oler su colonia, la misma que Rebeca había traído en la piel aquella noche. Miré los números que bajaban. Sentía su mirada de vez en cuando sobre mí, tranquila, evaluadora.

En mi cabeza se repetían las frases que Rebeca me había susurrado:

«Me sujetó del pelo…»

«Me dijo que este coño ya no era solo tuyo…»

«Me corrí cuando él se corrió dentro…»

Y yo, aquí, a medio metro del hombre que las había pronunciado, con el corazón latiendo fuerte y la polla medio dura dentro del pantalón por la humillación.

Pablo habló sin mirarme, con la vista al frente:

—Rebeca está haciendo un gran trabajo con el caso Leira.

Lo dijo con naturalidad. Pero ambos sabíamos que no era solo una frase sobre trabajo.

Tragué saliva.

—Lo sé —contesté.

Tenía las manos frías y la boca seca.

Y esa mezcla asquerosa y adictiva otra vez: dolor, rabia, vergüenza… y un calor bajo, persistente, que ya no intentaba negar.

Pablo no solo se había follado a mi mujer.

Se había instalado dentro de nuestro matrimonio.

Y yo estaba empezando a aprender a vivir con él allí.

Pablo habló sin mirarme, los dos hacia adelante, los dos con el ritmo de quien tiene adónde ir y está hablando de camino.

—No era mi intención que ocurriera —dijo.

Lo dijo de una forma que no era disculpa. No tenía el tono de quien pide perdón porque sabe que ha hecho daño y quiere que el otro lo sepa. Era el tono de quien constata un hecho que considera relevante. Como en sala, cuando un abogado establece el contexto antes de llegar al argumento.

Lo escuché.

No dije nada.

—Pero ocurrió —continuó. Una pausa—. Y no voy a decirte que no volvió a ocurrir.

Me detuve.

No lo planeé. Simplemente me detuve.

Él dio dos pasos más y luego se detuvo también.

Se giró hacia mí.

Los dos en la acera, con el flujo de la gente pasando alrededor, con el ruido de la ciudad y el frío y la luz naranja de diciembre entre los dos.

Lo miré.

Él me miró.

Y lo que vi en su cara no era lo que había esperado encontrar durante meses cada vez que imaginaba este momento.

Era atención.

La misma que le conocía de las reuniones, de la sala de juntas, de la cafetería donde nos habíamos sentado los tres un mediodía de hace semanas que parecía de otro año.

Esa atención completa, sin fisuras.

Dirigida a mí.

Cuánto tiempo estuvimos así no lo sé.

Lo suficiente para que el momento tuviera peso propio. Para que dejara de ser el pasillo de un bufete o una acera de Madrid y se convirtiera en simplemente esto: dos hombres mirándose con todo lo que había entre ellos que no se había dicho nunca en palabras directas.

Luego dije:

—¿Qué quieres de mí?

Una pregunta que no había planeado.

La única pregunta honesta que podía hacer.

Pablo la sostuvo un momento. La consideró con la misma seriedad con que habría considerado una pregunta en sala.

—Nada —dijo—. No te estoy pidiendo nada.

—Entonces ¿por qué me lo dices?

—Porque —hizo una pausa— creo que mereces saber con quién estás tratando.

Lo miré.

Esa frase tenía capas.

La primera capa era la más simple: soy alguien que ha estado con tu mujer y que no va a mentirte al respecto.

La segunda capa era más compleja.

Porque con quién estás tratando no era solo una declaración de honestidad. Era también, en el lenguaje preciso que usamos los abogados cuando cada palabra cuenta, una pregunta disfrazada de afirmación.

¿Sabes con quién estás tratando?

¿Sabes lo que esto es?

¿Sabes lo que eres tú en esto?

No respondí a la segunda capa.

Todavía no tenía las palabras para hacerlo.

Solo dije:

—Lo tengo en cuenta.

Pablo asintió.

Ese gesto suyo. El pequeño, el de reconocimiento, el que no es aprobación sino constatación.

Luego dijo, y lo dijo con una voz diferente, más baja, la primera vez en toda la conversación en que algo en él se soltó un milímetro:

—Es extraordinaria.

No era la frase del evento del bufete. Esa había sido para los dos, para el espacio entre los dos, para lo que había entre nosotros. Esta era diferente.

Esta era solo para él.

Un momento de algo que no administraba, que no había calculado, que simplemente salió.

Lo vi.

Y lo que sentí al verlo —al ver ese milímetro en un hombre que no suelta nada— no fue lo que habría esperado.

No fue rabia.

Fue algo más parecido al reconocimiento.

Al de alguien que mira a otro y ve que también él, en su forma y con su vocabulario y desde su sitio completamente distinto al mío, sabe lo que tiene.

Lo que es Rebeca.

Lo que significa.

Nos separamos en la esquina siguiente.

Sin protocolo, sin las formalidades de un final de conversación. Él giró a la derecha, yo seguí recto, como si la conversación hubiera terminado en el momento exacto en que tenía que terminar y no hubiera nada más que añadir.

Caminé tres manzanas hasta el aparcamiento.

Saqué el coche.

Arranqué.

Y conduje a casa con las manos en el volante y la ciudad afuera y la conversación entera reproduciéndose en algún lugar por debajo de los pensamientos conscientes, como se reproducen las cosas que necesitan tiempo para saberse del todo.

Rebeca llegó cuarenta minutos después que yo.

La escuché en el pasillo, el abrigo, el bolso. Sus pasos hacia la cocina donde yo estaba.

Entró.

Me miró.

Esa mirada de evaluación suya, la de quien lee el estado del otro antes de hablar.

—¿Qué ha pasado? —dijo.

No ¿cómo estás? No ¿qué tal el día?

¿Qué ha pasado?

Porque me conoce. Porque después de diez años el estado de la otra persona se lee en cosas pequeñas que ni siquiera son gestos, que son simplemente la forma en que el aire cambia alrededor de alguien.

—Hablé con Pablo —dije.

Silencio.

Rebeca no se movió.

—¿Y? —dijo. La voz cuidadosa. La de quien espera sin empujar.

—Y nada —dije—. Hablamos.

Ella me miró un momento más.

Luego asintió.

Fue a la nevera. Sacó cosas. Empezó a preparar la cena con ese movimiento eficiente de siempre.

Y yo me quedé apoyado en la encimera mirándola y pensando en que nada era verdad y era incompleto al mismo tiempo, como casi todo en las últimas semanas.

Y que lo que había ocurrido en esa acera de Madrid en la luz naranja de diciembre era algo que iba a tardar en saber del todo.

Pero que ya era mío.

Ya estaba dentro.

Ya formaba parte del inventario.

Esa noche no hablamos de la conversación.

No hablamos de Pablo.

Cenamos, recogimos, nos sentamos un rato, nos fuimos a la cama.

En la oscuridad, Rebeca dijo, sin contexto, mirando el techo:

—¿Estás bien?

—Sí —dije.

Una pausa.

—¿De verdad?

Pensé en la acera.

En mereces saber con quién estás tratando.

En es extraordinaria dicho de esa forma.

En lo que había sentido al escucharlo.

—Sí —repetí—. De verdad.

Y era verdad.

Era incompleta, era compleja, era la verdad de alguien que está en medio de un territorio nuevo sin mapas y que ha decidido seguir caminando de todas formas.

Pero era verdad.