La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 20. El expediente abierto.
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Capítulo 20. El expediente abierto.

Era viernes.

El último del año casi. El bufete en esa calma extraña de los días previos a Navidad: los pasillos más vacíos, las puertas más cerradas, la energía colectiva ya medio en otra parte.

Quien podía trabajar desde casa lo hacía.

Quien no podía estaba ahí con ese ánimo específico de quien cumple pero ya tiene la cabeza en otro sitio.

Yo había llegado el primero de mi planta.

Como casi siempre.

Me hice el café en la cocina del bufete, vacía, con la cafetera chisporroteando en el silencio y la vista desde la ventana sobre Madrid todavía oscura a las ocho de la mañana de diciembre.

La ciudad encendida abajo, los edificios con sus luces, el tráfico ya moviéndose aunque todavía con la lentitud del principio del día.

Me quedé un momento con la taza en la mano.

Sin pensar en nada concreto.

O pensando en todo a la vez, que a estas alturas es lo mismo.

Fui a mi despacho.

Encendí el ordenador.

Abrí el documento en blanco que tenía en la carpeta de borradores desde hace semanas. Uno de esos archivos que se crean en un momento y luego se quedan ahí, sin título, sin propósito declarado, esperando.

Lo miré.

El cursor parpadeando.

El silencio del bufete vacío.

Escribí: Rebeca.

Lo miré un momento.

Lo borré.

Escribí: Lo que sé.

Lo miré más tiempo.

Lo borré también.

El cursor parpadeando.

La página en blanco.

Pensé en el primer día.

La plaquita en la puerta de su despacho. Dra. Rebeca Molina. Asociada Senior. Ella verificando su propio nombre como se verifica un dato. La reunión de las diez, Pablo entrando en el momento exacto, la mirada que duró dos segundos de más.

El principio del expediente.

Pensé en todo lo que había venido después.

Los indicios. Las piezas sueltas. El cajón llenándose despacio.

El miércoles de la cocina y las tres palabras y mi no que no era ignorancia sino elección.

El jueves lluvioso y la pregunta equivocada.

La acera de ayer y mereces saber con quién estás tratando y ese milímetro en un hombre que no suelta nada.

Pensé en Rebeca en la sala de reuniones.

Su perfil.

La luz.

Yo en el pasillo mirándola como si fuera la primera vez.

Abrí otro documento.

El del Ferreira. El caso real. El argumento que llevaba semanas construyendo.

Lo leí desde el principio.

Era bueno. Lo sabía. Tenía esa solidez de los argumentos que no dependen de un solo punto fuerte sino de una arquitectura completa: cada pieza sosteniendo a las demás, el conjunto más robusto que cualquiera de las partes por separado.

Lo cerré.

A las diez empezaron a llegar los demás.

Marta con su eficiencia de siempre. Jiménez con el café que siempre trae del bar de abajo. Dos asociados del área civil que hablaban de algo en el pasillo con esa energía de viernes antes de vacaciones.

A las diez y cuarto vi pasar a Pablo.

No se detuvo. No miró hacia mi despacho. Siguió con el maletín y el paso de siempre, el de quien tiene adónde ir y sabe cómo llegar.

Pero en el segundo en que pasó por delante de mi puerta levantó los ojos.

Me miró.

Un segundo.

Yo le devolví la mirada.

El mismo segundo.

Luego siguió.

Fue suficiente.

Rebeca llegó a las once.

Tarde para ella, que normalmente es de las primeras. La vi pasar por el pasillo con el abrigo húmedo de la calle —había empezado a llover otra vez— y el pelo con ese desorden de quien ha caminado rápido bajo la lluvia y no le ha importado demasiado.

Se detuvo en la puerta de mi despacho.

Me miró.

—Llegué tarde —dijo.

—Lo veo.

—El metro. —Un gesto vago con la mano que significaba el metro siendo el metro, no hace falta explicarlo.

Me reí.

Ella también.

Y en ese segundo —ese segundo de risa compartida por el metro de Madrid y el pelo mojado y el viernes antes de Navidad— pensé que llevábamos diez años teniendo exactamente este tipo de momentos. Pequeños, sin peso, construidos de nada.

Y que seguían siendo de los mejores.

Comimos juntos.

La cafetería del edificio de enfrente, la del despacho de arquitectura. La nuestra. La que habíamos hecho nuestra sin haberlo decidido.

Hablamos del fin de año. De sus padres, que venían el veintisiete. De si montaríamos el árbol ese fin de semana o lo dejaríamos para el siguiente. De cosas pequeñas que construyen los días y que a veces, cuando uno está demasiado en el interior de las cosas grandes, se olvida que existen.

A mitad de la comida Rebeca dijo, sin preámbulo:

—El año que viene será diferente.

No lo dijo como advertencia. No lo dijo como amenaza o promesa o ninguna de las cosas que esa frase podría haber sido en otro contexto. Lo dijo como una constatación tranquila. Como alguien que mira desde donde está y ve lo que viene sin dramatizarlo.

La miré.

—Sí —dije.

—¿Bien diferente o mal diferente?

Lo pensé.

—Diferente diferente —dije.

Ella asintió.

Como si eso fuera suficiente.

Y lo era.

Por la tarde trabajé hasta las siete.

A las seis y media escuché a Rebeca hablar en su despacho —una llamada de trabajo, el tono profesional, la voz que tiene cuando está cerrando algo. A las siete menos diez escuché la llamada terminar. Sus pasos. El armario.

A las siete apareció en mi puerta.

—¿Nos vamos?

—Sí.

Recogí. Apagué el ordenador.

El documento en blanco con el cursor parpadeando seguía en los borradores. Sin título. Sin contenido. Igual que lo había encontrado.

No lo borré.

Lo dejé.

En el ascensor Rebeca apoyó la cabeza en mi hombro.

El gesto de siempre. El de los diez años.

Yo puse la mano en su espalda.

Las puertas se abrieron.

Salimos a la calle y la lluvia había parado y Madrid olía a ese olor específico del pavimento mojado en invierno que no tiene nombre pero que todo el mundo reconoce.

Caminamos hacia el aparcamiento.

Hombros casi tocándose.

En el coche, antes de arrancar, Rebeca miró por el parabrisas un momento.

Luego se giró hacia mí.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Siempre.

—¿Estás aquí?

La miré.

Era una pregunta sencilla en sus palabras y no sencilla en nada más. Era la pregunta que llevábamos meses sin formular directamente. La que estaba debajo de ¿estás bien? y de ¿estás seguro? y de todas las versiones más pequeñas que habían ido circulando entre los dos.

¿Estás aquí?

¿Estás en este coche, en este matrimonio, en este territorio nuevo que ninguno de los dos eligió exactamente y que sin embargo es donde estamos?

¿Estás, todavía, con ella?

Pensé en el expediente.

En todos los expedientes.

En el que llevaba meses construyendo en la cabeza con sus piezas y sus cajones y su lenguaje de indicios y hechos probados.

En el del Ferreira, sólido, con su arquitectura completa donde cada pieza sostenía a las demás.

En el documento en blanco que había dejado abierto en los borradores con el cursor parpadeando y el nombre de Rebeca escrito y borrado y lo que sé escrito y borrado y la página en blanco al final.

No hay expediente para esto.

Eso es lo que entendí en ese segundo en el coche con la lluvia reciente en el parabrisas y Madrid afuera y Rebeca mirándome desde el asiento del conductor.

No hay argumento que lo resuelva. No hay veredicto que lo cierre. No hay jurisprudencia que diga cómo se hace.

Solo la elección.

Hecha cada día.

Con los ojos abiertos.

—Sí —dije.

—¿Seguro?

—Seguro.

Ella me sostuvo la mirada un momento más.

Luego se giró hacia adelante.

Arrancó.

Esa noche cenamos tarde, pedimos comida, abrimos vino.

No hablamos de Pablo. No hablamos del año que terminaba ni de lo que había ocurrido en él. Hablamos de sus padres y del árbol de Navidad y de la película que seguíamos sin ver y de si el sábado nevería como decía la previsión o si como siempre la previsión mentía.

A las doce Rebeca bostezó.

—Me voy a la cama.

—Voy enseguida.

Se levantó. Pasó por detrás de mí. Puso la mano en mi hombro, un momento solo, sin detenerse.

Escuché sus pasos hacia el dormitorio.

La puerta entreabierta.

El ruido del grifo.

Me quedé solo en el salón un rato.

El vino casi terminado. La ciudad afuera, quieta ya a estas horas, con esa calma específica de las noches de diciembre en que la gente se ha recogido antes.

Pensé en el documento en blanco.

En el cursor parpadeando.

En Rebeca escrito y borrado.

En lo que sé escrito y borrado.

En que la página en blanco no era un fracaso. No era la incapacidad de poner en palabras lo que había ocurrido este año. Era otra cosa.

Era el reconocimiento de que hay cosas que no caben en un expediente.

Que no necesitan caber.

Que su valor no está en que se archiven sino en que se vivan.

Y que yo, esta noche, en este salón, después de este año, estaba más vivo que al principio de él aunque no supiera todavía qué hacer con eso.

Aunque todavía no tuviera nombre para todo lo que había cambiado.

Aunque el territorio siguiente fuera todavía desconocido.

Me levanté.

Apagué la luz del salón.

Fui al dormitorio.

Rebeca dormía.

Me acosté despacio, sin hacer ruido. La habitación estaba en silencio, solo se oía la ciudad lejana y su respiración regular a mi lado.

La escuché un momento. Ese sonido que llevo diez años aprendiendo a leer.

Seguía siendo el mismo. Y también era diferente.

Las dos cosas al mismo tiempo. Como casi todo lo demás.

No podía dormir.

Me quedé mirando el techo durante casi veinte minutos, con el pulso demasiado rápido y la mente dando vueltas. Finalmente me levanté otra vez, con cuidado, y fui al baño.

Cerré la puerta sin encender la luz grande. Solo el pequeño foco sobre el espejo. Me senté en la tapa del váter, bajé los pantalones del pijama y saqué el móvil.

Abrí el navegador en modo incógnito.

Busqué directamente: “cuckold wife bull”.

Los primeros vídeos aparecieron. Elegí uno. Una mujer morena parecida a Rebeca, de rodillas delante de un hombre mucho más grande. El marido sentado en una silla al fondo, mirando.

Subí el volumen muy bajo, casi al mínimo.

La mujer gemía mientras chupaba. El marido no decía nada, solo miraba. El toro la agarraba del pelo con esa misma seguridad que yo imaginaba en Pablo.

Me escupí en la mano y empecé a masturbarme.

Lento al principio. Luego más rápido.

En la pantalla, el toro puso a la mujer a cuatro patas y entró en ella de un solo empujón. Ella soltó un gemido largo, gutural. El marido seguía sentado, con la polla pequeña y dura en la mano, sin tocarla.

Sentí una oleada de vergüenza tan fuerte que casi paro.

Pero no paré.

Seguí moviendo la mano, más rápido, más apretado. Los ojos fijos en la pantalla. Imaginando a Rebeca en lugar de esa mujer. Imaginando a Pablo follándosela así, sujetándola por las caderas, diciéndole las mismas cosas.

«Este coño ya no es solo tuyo.»

Me corrí con un espasmo silencioso, casi doloroso. El semen cayó sobre mi mano y mi estómago. Me quedé allí, jadeando bajito, con la cabeza apoyada contra la pared.

La vergüenza llegó enseguida, como siempre. Fría. Pesada.

Me limpié con papel higiénico, tiré la bola a la papelera y me lavé las manos en la oscuridad. Me miré un segundo en el espejo iluminado solo por la luz del móvil.

Tenía la cara enrojecida. Los ojos brillantes.

Volví al dormitorio.

Rebeca seguía dormida, respirando tranquila, ajena a todo.

Me acosté a su lado otra vez, con el corazón todavía latiendo fuerte y la polla sensible dentro del pijama.

La miré en la penumbra.

Seguía siendo mi mujer.

Y yo seguía siendo el hombre que acababa de correrse viendo cómo otro la follaba.

Las dos cosas al mismo tiempo.

Cerré los ojos.

Pensé en que mañana era sábado.

En que íbamos a montar el árbol de Navidad.

En que sus padres venían el veintisiete.

En cosas pequeñas, sin peso, construidas de nada.

Las mejores.

El expediente seguía abierto.

No iba a cerrarse esta noche.

Quizás no iba a cerrarse nunca.

Y eso, que tres meses antes me habría parecido insoportable, esta noche me parecía simplemente la verdad.

La verdad, aunque no quepa en un documento, aunque no tenga veredicto, aunque deje más preguntas que respuestas, siempre ha sido lo único con el que he sabido trabajar de verdad.

Me giré hacia Rebeca y la abracé por detrás, pegando mi pecho a su espalda. Ella suspiró en sueños y se acomodó contra mí, como siempre. Su respiración era lenta, profunda, familiar.

Me quedé así, respirando contra su nuca, sintiendo el calor de su cuerpo.

Entonces vibró.

No fue mi teléfono.

Fue el suyo.

Encima de la mesita de noche, boca abajo, el móvil de Rebeca se iluminó un segundo y vibró otra vez. Una sola vibración larga. Luego silencio.

Me quedé completamente quieto.

Rebeca no se despertó.

Estiré el brazo con cuidado, casi sin respirar, y giré el teléfono lo justo para ver la pantalla.

Un mensaje nuevo.

De Pablo.

Solo se veía la notificación:

Pablo Vidal:

Ya está confirmado. Reservé la suite para el fin de semana del 10. Solo nosotros dos. Trae el vestido negro que te gusta. Y no lleves nada debajo.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que pensé que Rebeca lo sentiría.

La pantalla se apagó.

La habitación volvió a quedar a oscuras.

Me quedé allí, abrazando a mi mujer, con la polla otra vez medio dura contra su culo y un nudo en la garganta que era mitad pánico, mitad excitación salvaje.

El expediente no solo seguía abierto.

Acababa de pasar a la siguiente fase.

Y yo ya no sabía si quería cerrarlo… o si quería que se volviera aún más grande.

Fin del Libro 1 — La tentación de Rebeca