Capítulo 18. Rebeca sola.
Reunión a las diez, informe a las doce, un cliente difícil a las cuatro que al final no fue tan difícil. Un martes normal en un bufete normal en diciembre que ya olía a final de año.
Fue a las seis.
Yo tenía que bajar a reprografía a recoger un documento.
Salí del despacho con el justificante en la mano y tomé el pasillo hacia las escaleras. El bufete a esa hora tiene una calidad específica: la mayoría ya ha salido o está a punto, los despachos van apagando sus luces una a una, los pasillos recuperan un silencio que durante el día no tienen.
Pasé por delante de la sala de reuniones pequeña.
La puerta era de cristal esmerilado —transparente en la mitad inferior, difuminado en la superior— y normalmente no me detengo a mirar dentro. No hay razón para hacerlo.
Esa tarde me detuve.
Sin razón.
O con una razón que no era consciente todavía.
Rebeca estaba dentro.
Sola.
No al teléfono, no revisando documentos, no con el ordenador abierto. Simplemente sentada a la mesa con los brazos apoyados en la superficie y la vista en algún punto de la pared del fondo que no era ningún documento ni ninguna ventana sino simplemente el espacio delante de ella.
Pensando.
O no pensando —hay una diferencia, y con Rebeca la conozco.
Cuando piensa tiene una tensión específica en los hombros, una concentración visible.
Esto era otra cosa. Era el gesto de alguien que ha parado.
Que ha dejado el día en algún sitio y se ha sentado con ella misma un momento sin pedir nada al momento.
La observé.
Sin que ella lo supiera.
Tiene una forma de estar quieta que siempre me ha parecido extraordinaria.
No es la quietud de quien descansa —esa es más deshecha, más rendida. La de Rebeca es activa. Contenida. Como si incluso en los momentos de pausa hubiera algo funcionando por debajo, algún proceso silencioso que no necesita movimiento para ocurrir.
La vi así.
El pelo recogido de cualquier manera, algunas cosas sueltas alrededor de la cara. La chaqueta del traje sobre el respaldo de la silla, ella en mangas de camisa, esa versión más descubierta que tiene a final del día cuando el protocolo se relaja.
Las manos sobre la mesa.
La postura ligeramente caída hacia adelante, no de cansancio sino de concentración vuelta hacia adentro.
La luz de la sala en su cara.
La miré como si no la conociera.
Eso es lo que ocurrió. Eso es lo que no había planeado y que ocurrió de todas formas.
La miré como si fuera la primera vez.
Como si la estuviera viendo en una sala de juicios con una carpeta bajo el brazo y una pregunta que nadie más habría formulado.
Como si el tiempo entre ese momento y este no existiera.
Y lo que sentí no era nostalgia —eso habría sido más fácil, más conocido, con sus propias categorías y sus propios protocolos. Era algo más activo. Más del presente.
Era deseo.
Limpio.
Sin la mezcla de las últimas semanas, sin el peso del cajón ni los indicios ni las preguntas sin responder.
Solo eso.
Ella en esa sala.
Yo en el pasillo.
La distancia entre los dos que era una puerta de cristal y también, en este momento, algo mucho más permeable que una puerta.
Entonces ella movió la cabeza.
Un ajuste pequeño, de los que hace cuando algo en su proceso interno ha llegado a algún sitio. Como cuando un argumento encaja y el cuerpo lo sabe antes que la cabeza.
Y sin girar todavía, sin mirar hacia el pasillo, levantó los ojos hacia arriba.
Ese gesto que tiene.
El de antes de moverse.
El de justo antes.
Me alejé.
No corriendo. No con prisa. Con el movimiento natural de alguien que estaba pasando por un pasillo y siguió su camino.
Dos pasos, tres, doblar la esquina hacia las escaleras.
Bajé a reprografía.
Recogí el documento.
Volví.
Al pasar por la sala de reuniones de vuelta, la puerta estaba abierta y la sala vacía.
Rebeca ya no estaba.
La luz apagada, las sillas en su sitio, ninguna señal de que alguien hubiera estado ahí salvo la copa de agua a medias sobre la mesa.
Seguí hacia mi despacho.
Me senté.
Puse el documento sobre la mesa.
No lo abrí.
Lo que estuve pensando durante los siguientes veinte minutos no era complicado.
Era, de hecho, lo más sencillo que había pensado en semanas.
Sin categorías. Sin el lenguaje del derecho. Sin grietas ni aperturas ni hechos probados.
Solo esto:
Llevaba diez años mirando a Rebeca.
Y esta tarde, por primera vez desde que todo esto había empezado, la había mirado de una forma que no tenía que ver con lo que había ocurrido ni con Pablo ni con el cajón lleno ni con ninguna de las cosas que habían estado ocupando el espacio entre nosotros.
La había mirado y había querido acercarme.
Sin razón más que esa.
Sin contexto más que ese.
Ella, quieta, en una sala, ajena a mí por unos minutos.
Y yo, en el pasillo, deseándola de una manera que no reconocía del todo porque era más limpia que las últimas semanas y también más complicada.
Más limpia porque no tenía mezcla.
Más complicada porque tampoco la tenía.
Porque era solo ella.
Sin nada más.
A las siete apareció en la puerta de mi despacho.
Abrigo puesto, bolso en el hombro, esa expresión de final de día que conozco de memoria.
—¿Listo?
—Sí —dije.
Me levanté.
Recogí.
En el pasillo, camino del ascensor, caminamos uno al lado del otro con el espacio de siempre entre nosotros.
Yo pensé en la sala de reuniones.
En su perfil.
En la luz.
En los dos pasos, tres, doblar la esquina.
En que no me había acercado.
Y en que no saber si había hecho bien o mal no me quitaba que había querido hacerlo.
Que había querido entrar.
Quedarme.
Que ella me viera.
En el ascensor Rebeca dijo:
—Esta tarde estuve un rato pensando.
—¿En qué? —pregunté.
Una pausa larga. Las luces frías del ascensor parpadeaban al bajar piso tras piso.
—En nosotros —respondió.
La miré. Ella mantenía la vista fija en las puertas metálicas, como si le costara mirarme a la cara.
—¿Y? —dije, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Las puertas se abrieron con un *ding* discreto. Salimos al garaje subterráneo. El aire era frío, olía a humedad y a escape de coches.
Rebeca caminó unos pasos por delante de mí. Sus tacones resonaban contra el cemento. Sin volverse, con esa voz baja y tranquila que usa cuando ya no hay marcha atrás, dijo:
—Que ya no somos los mismos de antes.
Se detuvo junto al coche. Metió la mano en el bolso buscando las llaves, pero se quedó quieta, sin sacarlas. El silencio entre nosotros se hizo más espeso.
—Y que… no me disgusta —añadió casi en un susurro.
Dos frases. Cortas. Claras.
Que eran verdad.
Y que dolían como una cuchillada limpia.
Sentí el golpe en el pecho: el dolor agudo, familiar, de saber que mi mujer se había entregado a otro hombre.
Que había gemido para él. Que había sentido cosas conmigo que ya no le bastaban.
Pero justo debajo de ese dolor, latiendo más abajo, más oscuro y caliente, estaba la otra parte: la excitación humillante, la vergüenza que se convertía en fuego.
La certeza de que Pablo la había follado mejor.
De que ella lo había deseado. De que ahora llevaba dentro esa experiencia… y que yo lo sabía.
Rebeca se giró por fin. Sus ojos se encontraron con los míos. No había arrepentimiento. Solo una serenidad nueva, casi tierna.
—Sigo aquí —dijo en voz baja—. Sigo siendo tu mujer. Pero ya no soy solo tuya.
Tragué saliva. El nudo en la garganta era tan grande que casi no podía respirar.
—Lo sé —contesté.
Ella dio un paso hacia mí, levantó la mano y me acarició el pecho con las yemas de los dedos, justo sobre el corazón acelerado.
—¿Te duele? —preguntó.
—Sí.
—¿Y te excita? —susurró.
No contesté. No hacía falta. Ella ya lo sabía. Lo veía en mis ojos, en la forma en que mi respiración se había vuelto más pesada.
Rebeca se acercó más, hasta que su cuerpo rozó el mío.
Me besó despacio, con una mezcla de cariño y esa nueva seguridad que ahora tenía.
Yo respondí con hambre, con dolor, con deseo.
Mis manos se aferraron a su cintura como si necesitara comprobar que todavía era mía… aunque ya no lo fuera del todo.
Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
—Quiero que sigamos siendo nosotros —murmuró—. Pero diferente.
Asentí, casi imperceptiblemente.
Subimos al coche. Yo al volante. Ella a mi lado.
Arrancamos en silencio.
El garaje quedó atrás, pero el peso de lo que éramos ahora viajaba con nosotros en el coche: un matrimonio herido, excitado, confundido y, de alguna forma retorcida, más vivo que nunca.
Ninguno de los dos habló durante los primeros minutos.
Pero el silencio ya no era vacío.
Era denso.
Era nuestro.
Y estaba lleno de todo lo que ya no podíamos ignorar.