Capítulo 17. Grieta o apertura.
Los días siguientes los pasé tomando notas que nadie iba a leer.
No en papel. En la cabeza. Ese proceso que conozco bien, el de ordenar lo que se sabe antes de saber qué hacer con ello. En el trabajo lo llamo preparación. En el trabajo tiene un nombre y un propósito y un resultado esperado.
Esto no tenía ninguna de esas tres cosas.
Solo tenía el proceso.
Lunes.
En el bufete, de camino a la sala de juntas, pasé por delante del despacho de Pablo. Puerta abierta, él dentro con el teléfono en la oreja, de pie frente a la ventana. No me vio. O me vio y no lo expresó, que en él son cosas distintas.
Lo observé un segundo.
Un segundo solamente.
Y lo que busqué en ese segundo no fue lo que había buscado antes: no el indicio, no la prueba circunstancial, no la pieza del cajón.
Busqué otra cosa.
Busqué entender.
No qué había ocurrido. Eso ya lo sabía, en la medida en que había elegido saberlo. Sino por qué tenía el peso que tenía. Por qué ese hombre específico, en ese bufete específico, había sido el que había entrado en la vida de Rebeca de esta forma y no de otra.
No llegué a ninguna conclusión.
Seguí hacia la sala de juntas.
Martes.
Intenté catalogarlo.
Eso es lo que hago cuando no entiendo algo: lo catalogo. Le pongo nombres, lo ordeno en categorías, lo meto en el sistema que llevo años construyendo para que las cosas tengan sentido.
Grieta o apertura.
Esas eran las dos categorías posibles.
Una grieta es algo que se rompe. Que pierde integridad. Que con el tiempo, si no se repara, se hace más grande hasta que la estructura cede. Las grietas tienen dirección: van hacia abajo, hacia el colapso.
Una apertura es otra cosa.
Una apertura es un espacio nuevo. No la ausencia de pared sino una pared con un hueco deliberado. Que deja pasar algo que antes no pasaba.
El problema era que desde dentro no siempre se sabe cuál de las dos es.
Las grietas y las aperturas se parecen mucho al principio.
Miércoles.
Usé el lenguaje del derecho porque es el que tengo.
Hechos probados:
Que Rebeca y Pablo habían tenido algo durante el viaje a Barcelona. Probablemente antes también. Probablemente después. Pero el hecho central estaba ahí, confirmado en voz baja en un dormitorio lluvioso: se había acostado con él. Se había corrido con él. Se había entregado a él.
Que Rebeca me quería. Eso también era un hecho probado.
No por sus palabras —las palabras pueden construirse—, sino por diez años de evidencia acumulada: por la mano que buscaba la mía bajo la mesa, por la forma en que me miraba cuando entraba en una sala llena de gente, por cómo había esperado a que yo le diera permiso explícito antes de cruzar la línea.
Por cómo, incluso ahora, su cuerpo seguía buscando el mío después de confesar.
Que yo había elegido no que parara.
Que había escuchado cada detalle con la polla dura contra su muslo.
Que había follado con más fuerza mientras ella me contaba cómo se había corrido para otro hombre.
Que no había dicho “basta”.
Que no lo había querido decir.
Que lo que había sentido mientras ella hablaba en la oscuridad del jueves no había sido solo dolor. Había sido algo más viscoso, más complejo, más peligroso: una mezcla de humillación, excitación y un placer enfermizo que todavía me recorría la columna vertebral.
Hechos no probados:
Qué significaba todo eso junto.
Adónde llevaba.
Si era sostenible.
Si yo quería que lo fuera.
Si era capaz de seguir siendo su marido mientras otra parte de mí —la más oscura, la que se endurecía al imaginarla de rodillas para Pablo— deseaba que continuara.
Me quedé mirando el techo. Rebeca dormía ahora a mi lado, respirando con esa calma profunda que solo tiene después de desahogarse. Su mano descansaba sobre mi pecho, como siempre. Como si nada hubiera cambiado.
Pero todo había cambiado.
Y yo, que había pasado años construyendo argumentos, defendiendo causas y cerrando acuerdos, no tenía ni la más remota idea de cómo cerrar este caso.
Ni siquiera sabía si quería cerrarlo.
Jueves.
A las tres de la tarde tuve una hora libre entre reuniones.
Me fui a las escaleras —las del bufete, las de los dos minutos— y bajé y subí varias veces sin ningún propósito más que el movimiento. Ese ruido de los pasos en el hormigón, ese silencio entre plantas donde nadie me podía encontrar.
Pensé en Rebeca a los veintiocho años cuando la conocí.
En una sala de juicios, en prácticas, con una carpeta bajo el brazo y esa postura de quien sabe que es la menos experimentada en la sala y ha decidido compensarlo con preparación.
La había visto formular una pregunta al juez que nadie más en la sala habría formulado.
Directa, precisa, sin miedo al silencio que vino después.
Me había enamorado de ese momento.
No de ella todavía —eso vino después. Pero de ese momento sí.
De esa forma de estar en el mundo.
Y pensé en que esa forma no había cambiado.
Que seguía siendo la misma.
Que lo que había ocurrido con Pablo no era una negación de esa forma de estar. Era, en cierto modo, coherente con ella.
Rebeca sabía lo que quería.
Siempre lo había sabido.
Y lo que quería era complicado y no cabía en una sola categoría.
Igual que yo.
Viernes.
Por la mañana, en el despacho, intenté algo diferente.
Dejé el lenguaje del derecho.
Me pregunté, sin categorías ni expedientes ni hechos probados: ¿cómo estoy?
Y la respuesta que llegó no fue ordenada ni limpia ni la que habría esperado tres meses antes.
Estaba confundido. Sí. Eso estaba.
Estaba en un territorio que no había transitado antes y cuyos mapas no existían o existían en géneros que no leo, en conversaciones que no había tenido, en experiencias de otras personas que hasta ahora me habían parecido ajenas.
El viernes por la noche Rebeca llegó a casa antes que yo.
La encontré en la cocina, con una copa de vino ya servida y otra esperando en la encimera. Me la tendió sin decir nada, con ese gesto doméstico que conoce de sobra que no necesita traducción.
La cogí.
Bebí.
Nos quedamos un momento de pie en la cocina, los dos con nuestras copas, sin el bufete entre nosotros.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Era la pregunta de siempre. La del final del día, la de los diez años. Pero esta semana tenía un peso específico que los dos reconocíamos.
—Pensando —dije.
—¿En qué?
Lo consideré.
—En la diferencia entre una grieta y una apertura —dije.
Me miró.
Ese momento en que la veo procesar algo, en que la veo ir de la frase a su significado y de su significado a lo que implica.
—¿Y? —dijo.
—Todavía no lo sé.
Asintió.
No dijo ya lo sabrás. No dijo lo que tú decidas está bien. No dijo ninguna de las frases que habrían sido más fáciles y más falsas.
Solo asintió.
Y eso fue suficiente.
Cenamos.
Hablamos de cosas que no eran esto. Del caso Leira, de la reforma que queríamos hacer en el baño, de la película que habían estrenado el fin de semana. Dos conversaciones paralelas, como siempre: la ligera y cotidiana por arriba, y la otra, pesada, eléctrica y peligrosa, por debajo.
Después del café, Rebeca se levantó a recoger.
Yo me quedé sentado a la mesa, haciendo girar la copa vacía entre los dedos.
Y dije, sin haberlo planeado, mirando el fondo de cristal:
—Cuéntame otra cosa.
Silencio.
Rebeca se detuvo con los platos en la mano.
No se giró.
Pasaron cinco segundos. Podía oír el reloj de la cocina.
—¿Seguro? —preguntó en voz baja.
—No —respondí—. Pero sí.
Otro silencio, más largo.
Dejó los platos en el fregadero con cuidado, se limpió las manos en el trapo y volvió a sentarse frente a mí. Apoyó los antebrazos en la mesa y me miró directamente. Tenía las pupilas ligeramente dilatadas.
Y me contó otra cosa.
—No fue solo en la habitación —empezó, con voz baja y clara—.
Ya en el ascensor… cuando las puertas se cerraron, Pablo se acercó.
No me tocó al principio. Solo me miró. Me dijo en voz muy baja: “Llevo meses queriendo follarte. Y sé que tú también lo quieres”.
Me puse tan húmeda que sentí cómo se me mojaban las bragas.
Rebeca hizo una pausa breve, como si estuviera midiendo mi reacción. Yo no me moví.
—Cuando entramos en la habitación ni siquiera encendió la luz grande.
Solo la del baño, que quedó entreabierta.
Me empujó suavemente contra la pared y me besó.
No fue un beso bonito. Fue un beso de hambre.
Me metió la lengua y me apretó contra él para que notara lo duro que estaba.
Luego me bajó de rodillas. Sin preguntar.
Solo me puso la mano en el hombro y presionó.
Tragué saliva. Mi polla ya estaba completamente dura bajo la mesa.
—Me abrió la bragueta y me la puso en la boca.
Es más gruesa que la tuya. Más pesada. Me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca despacio, pero profundo.
Cada vez más profundo. Yo tenía arcadas y se me llenaban los ojos de lágrimas, pero no quería que parara.
Me sentía… usada. Y me gustó. Me gustó mucho.
Rebeca hablaba con una calma casi clínica, pero su respiración se había acelerado ligeramente.
—En un momento me agarró del pelo con más fuerza y me la metió hasta el fondo.
Me quedé sin aire. Sentí cómo se hinchaba en mi garganta y entonces se corrió.
Me tragué todo. Todo. Y mientras lo hacía me corrí yo también, solo con eso.
Sin tocarme. Solo con su polla en la boca y sus manos sujetándome como si fuera suya.
Hizo otra pausa. Sus mejillas estaban claramente sonrojadas ahora.
—Después me levantó, me quitó el vestido y me tiró sobre la cama.
Me abrió las piernas y me comió entera. Me metió dos dedos y luego tres mientras me chupaba el clítoris.
Me corrí otra vez, casi gritando. Y cuando todavía estaba temblando, me penetró.
De un solo empujón. Me folló fuerte, mirándome a los ojos todo el tiempo.
Me decía cosas… “Este coño ya no es solo tuyo”, “Mírame mientras te follo como él no puede”, “Dime que quieres que te llene”. Y yo se lo decía. Se lo repetía.
Rebeca me miró fijamente.
—Me corrí tres veces esa noche. La última, cuando él se corrió dentro de mí, sentí cómo me llenaba. Caliente. Mucho. Y me sentí… completa. Como si algo que llevaba años vacío por fin estuviera lleno.
Se quedó callada.
El silencio en la cocina era absoluto.
Yo tenía la polla latiendo dolorosamente dentro del pantalón y un nudo en la garganta que no era solo dolor. Era deseo. Era humillación. Era fascinación. Era miedo. Era todo al mismo tiempo.
Rebeca extendió la mano sobre la mesa y rozó la mía con las yemas de los dedos.
—¿Quieres que pare? —preguntó en voz muy baja.
No contesté inmediatamente.
Porque la verdad era que no lo sabía.
Esa noche en la cama, Rebeca dormía y yo no.
Volví a la pregunta.
Grieta o apertura.
Y pensé que quizás la pregunta estaba mal construida.
Que quizás no eran categorías excluyentes.
Que quizás algo podía ser las dos cosas al mismo tiempo: una grieta que también era una apertura, una apertura que también era una grieta, y que la diferencia entre las dos no dependía de lo que fuera en sí mismo sino de lo que uno decidiera hacer con ello.
De si uno se quedaba mirando la grieta esperando que se cerrara sola.
O si uno se asomaba a la apertura para ver qué había al otro lado.
No tomé ninguna decisión esa noche.
Me quedé tumbado de lado, mirando la espalda de Rebeca. Su hombro subía y bajaba despacio. Extendí la mano y posé los dedos en su cintura, justo donde la camiseta se había subido. La piel estaba tibia. Recorrí con el pulgar el borde de sus bragas, una, dos veces, sin prisa.
Cerré los ojos.
Durante un rato solo respiré con ella. Escuché el roce de las sábanas cuando cambió de postura. El golpeteo suave de la lluvia contra el cristal. El latido constante en mis oídos.
Me acerqué un poco más hasta que mi pecho rozó su espalda. Pasé el brazo alrededor de su cuerpo y la abracé desde atrás, con la palma abierta sobre su estómago. Noté cómo su respiración se acomodaba a la mía.
Me quedé así, quieto, sintiendo el calor que desprendía su cuerpo. Mis dedos se movieron apenas, trazando círculos lentos sobre su piel. No para despertarla. Solo para tocarla.
Abrí los ojos un momento. La habitación estaba en penumbra, solo el resplandor gris de la farola entraba por las rendijas. Volví a cerrarlos.
Apreté ligeramente la mano contra su vientre.
Y me quedé allí, respirando contra su nuca, mientras algo dentro se recolocaba despacio, sin ruido, ocupando un nuevo lugar.
Mañana era sábado.
Por ahora, eso bastaba.