Capítulo 16. La pregunta equivocada.
Pasaron diez días.
Diez días de normalidad que ya no era la normalidad de antes sino la nueva. El bufete, los casos, las mañanas juntos, las noches. El engranaje.
Pablo seguía siendo el jefe de Rebeca.
Rebeca seguía siendo mi mujer.
Yo seguía siendo el que había dicho que no.
Esas tres cosas coexistían en el mismo espacio sin cancelarse, que es algo que antes de este año no habría creído posible y que ahora era simplemente la forma en que estaban las cosas.
El jueves llovió otra vez.
Me quedé despierto hasta tarde.
Rebeca dormía.
Su respiración regular a mi lado.
Su calor.
Su presencia que lleva diez años siendo el perímetro de mis noches.
Y yo despierto, mirando el techo, con la lluvia en el cristal y todas las cosas que sabía y las que no sabía y las que había elegido no saber mezcladas en ese orden específico que tienen a la una de la madrugada.
No lo planeé.
Eso es lo que necesito decir antes de lo que viene después: no lo planeé. Fue algo que ocurrió en ese espacio sin forma de antes del sueño, donde las cosas salen sin haber pedido permiso.
Me giré hacia ella.
Rebeca dormía de lado, de espaldas a mí. El pelo sobre la almohada. El hombro subiéndose y bajándose con cada respiración.
Dije su nombre.
Bajo. Casi sin voz. Lo suficiente para que llegara si estaba cerca del sueño, no lo suficiente para despertar a alguien profundo.
Se movió.
Un ajuste pequeño, una salida del sueño que no era del todo salida.
—¿Mm? —dijo. La voz espesa de quien está entre los dos estados.
No dije nada durante un momento.
La lluvia.
Su respiración.
Y entonces dije, en voz baja, en la oscuridad, sin haberlo decidido:
—¿Cómo fue?
Silencio.
Sentí el cambio en su cuerpo —sutil, una pequeña tensión que recorrió sus hombros y luego se soltó. El movimiento de alguien que acaba de despertar del todo aunque no haya abierto los ojos.
Sabía lo que le estaba preguntando.
No le estaba preguntando por el viaje ni por el caso Leira ni por ninguno de los datos logísticos que podría haber alojado esa pregunta en otro contexto.
Le estaba preguntando lo que le estaba preguntando.
Y los dos lo sabíamos.
Pasaron diez segundos.
O veinte.
O el tiempo que tarda en decidirse algo que no puede desdecirse.
Luego Rebeca se giró despacio.
Se giró hacia mí en la oscuridad y yo la vi aunque no hubiera luz suficiente para verla, que es lo que pasa después de diez años: los aprendes de memoria y los ves también cuando no puedes.
Me miró.
—¿Estás seguro? —dijo. Voz baja. La del estado entre sueño y vigilia, pero ya entera, ya consciente.
—No —dije.
Una pausa.
—¿Quieres que pare? —dijo.
Y en esas cuatro palabras había algo que no era la pregunta del miércoles de la cocina. Era su reverso. Era Rebeca preguntando no si yo quería saber sino si quería que lo que había para saber dejara de existir.
Si quería que terminara.
El techo encima.
La lluvia en el cristal.
Su cara en la oscuridad a veinte centímetros de la mía.
Pensé en la pregunta.
¿Quieres que pare?
Y la respuesta que me encontré no fue la que habría esperado encontrar tres meses antes, cuando Rebeca llegó al bufete y yo vi a Pablo mirarla dos segundos de más en una reunión de lunes por la mañana.
No era sí.
No era un sí limpio, sin fisuras, el de alguien que quiere recuperar el territorio anterior y que esa sea la única verdad.
Era algo más complicado.
Era un sí con una pregunta dentro.
No respondí a lo que me había preguntado.
Respondí a lo que le había preguntado yo.
—Cuéntame algo —dije. Mi voz en la oscuridad, más baja todavía, como si el volumen pudiera controlar el peso de lo que estaba pidiendo—. Una cosa. Lo que quieras.
Silencio.
Largo.
De los que tienen contenido.
Rebeca respiró.
No el ritmo del sueño. El otro, el más consciente, el de alguien que está eligiendo las palabras con cuidado
Y habló.
No voy a transcribir lo que dijo.
No porque no lo recuerde —lo recuerdo con la precisión con que recuerdo los argumentos que cambian un caso, las frases que se quedan, las que no se van nunca del todo.
No lo transcribo porque lo que dijo no era el relato.
No eran los hechos, no eran las fechas, no era la confirmación de los indicios del cajón.
Era cómo.
Era una sola cosa, dicha en voz baja en la oscuridad de un jueves lluvioso.
Una cosa que tenía que ver con cómo se había sentido.
No con él.
Con ella.
—…me gustó —susurró—. No solo el sexo. Me gustó cómo me sentí con él.
La lluvia golpeaba la ventana con insistencia. Yo no me moví. Mi mano seguía apoyada en su cintura, bajo la camiseta del pijama, pero de pronto parecía que la piel de Rebeca quemaba.
—Sentí… poder —continuó, casi sin voz—. Sentí que me miraba y que yo no era solo la asociada eficiente. Era algo más. Era deseada de una forma que hacía tiempo que no sentía. Y me gustó. Me gustó mucho.
Cada palabra caía sobre mí como gotas frías y calientes al mismo tiempo.
No pregunté detalles. No pregunté si la había besado, si la había tocado, si la había follado. No hacía falta. Su tono lo decía todo: era una confesión suave, casi dulce, como quien admite algo que ya no puede seguir ocultando.
Y yo, tumbado a su lado en la penumbra, sentí que el suelo se abría bajo la cama.
Celos.
Rabia.
Y debajo de todo eso, esa cosa oscura y pegajosa que llevaba semanas creciendo: una excitación humillante, enfermiza, que me endureció al instante bajo las sábanas.
Rebeca se quedó callada un momento. Su respiración seguía siendo consciente. Esperaba mi reacción.
Yo no dije nada. Solo apreté ligeramente sus caderas, como si necesitara confirmar que seguía siendo mi mujer, que su cuerpo todavía estaba aquí, conmigo.
—Di algo —pidió en voz baja.
Tragué saliva.
—¿Te corriste? —pregunté. La voz me salió ronca.
Rebeca tardó dos segundos.
—Sí.
Una sola palabra. Sin adornos. Sin culpa aparente.
Cerré los ojos. La imagen me atravesó: Rebeca corriéndose con él. Con Pablo. Con su jefe. Abriendo las piernas para él, gimiendo su nombre, apretando las sábanas de esa habitación de hotel mientras yo estaba en casa masturbándome como un enfermo pensando exactamente en esto.
Y lo peor —o lo mejor— era que no quería que parara de hablar.
—Cuéntame cómo —susurré.
Rebeca respiró hondo otra vez.
Y empezó a hablar.
No con detalles sucios. No con posiciones ni gemidos. Habló de cómo se sintió deseada. De cómo Pablo la miró mientras se desnudaba. De cómo, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió esposa, ni abogada, ni rutina. Solo mujer.
Y yo escuchaba, con la polla latiendo contra su muslo, odiándome, excitándome, cayendo más profundo en esa grieta que ya no tenía vuelta atrás.
La lluvia seguía cayendo.
Y dentro de mí, algo también caía.
Irremediablemente.
Rebeca respiró otra vez, más hondo.
—Fue la segunda noche —dijo, casi en un susurro—. Después de la cena con los clientes. Volvimos tarde al hotel. Habíamos bebido un poco. No mucho, pero suficiente para que todo pareciera… más fácil.
Hizo una pausa. Su mano descansaba sobre mi pecho, inmóvil.
—Subimos en el mismo ascensor. No hablamos. Solo nos miramos. Cuando se abrieron las puertas en nuestra planta, él caminó conmigo hasta mi habitación. Pensé que iba a despedirse. Pero no lo hizo. Se quedó allí, mirándome, y me preguntó si quería que entrara.
Tragué saliva. Mi polla latía contra su muslo, traicionera.
—¿Y tú qué dijiste? —pregunté, con la voz ronca.
—Dije que sí.
El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía tocar.
—Entró. Cerró la puerta. No me besó enseguida. Se quedó a medio metro, mirándome. Me dijo que llevaba semanas queriendo hacer esto. Que yo lo sabía. Y que él sabía que yo también lo sabía.
Rebeca movió ligeramente las caderas contra mí, casi sin darse cuenta. Su voz seguía baja, pero había un matiz distinto ahora. Como si revivirlo la afectara.
—Me desnudó despacio. Sin prisa. Me miró todo el tiempo. No como tú me miras… no con cariño. Con hambre. Con esa seguridad de quien sabe que puede tener lo que quiere. Y yo… me gustó. Me gustó sentirme deseada así. Me sentí guapa. Me sentí poderosa y, al mismo tiempo, completamente entregada.
Cerré los ojos. La imagen era tan nítida que dolía.
—Me tocó. Me besó el cuello, los pechos… bajó. Me comió entera, con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y yo me corrí antes siquiera de que me penetrara. Me corrí en su boca, agarrada a su pelo, intentando no hacer ruido.
Su mano bajó por mi estómago hasta encontrar mi polla. La rodeó con los dedos, sin moverla. Solo sosteniéndola. Noté que estaba completamente dura.
—Cuando entró en mí… fue distinto —continuó—. Más grande. Más fuerte. Me folló sin prisa, pero con mucha más intensidad de la que estamos acostumbrados. Me sujetaba las muñecas contra la cama. Me miraba a los ojos todo el tiempo. Y me decía cosas… cosas que tú nunca me dirías.
—¿Qué cosas? —susurré, casi sin voz.
—Que era suya. Que llevaba demasiado tiempo follándomela solo yo y que ya era hora de que alguien la usara como se merece.
Rebeca empezó a masturbarme muy despacio, casi con ternura, mientras hablaba.
—Me corrí dos veces más. La última vez, mientras él se corría dentro de mí. Sentí cómo se corría, cómo me llenaba… y me sentí completa. No sé cómo explicarlo. No fue solo placer. Fue… liberación.
Se quedó callada un momento. Su mano seguía moviéndose, lenta y constante.
—No quiero hacerte daño —dijo por fin—. Pero tampoco quiero mentirte. Me gustó. Me gustó mucho. Y no sé si quiero que sea solo una vez.
Abrí los ojos y la miré en la penumbra. Su cara estaba muy cerca. No había culpa en sus ojos. Solo una honestidad cruda, casi serena.
Sentí que algo dentro de mí se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.
Celos salvajes.
Amor profundo.
Y esa excitación humillante, oscura y adictiva que ya no podía negar.
Me coloqué encima de ella sin decir nada. Entré en su coño todavía húmedo —húmedo por el recuerdo, por la confesión, quizá todavía por él— y empecé a follarla con un ritmo lento pero profundo.
Mientras la penetraba, solo pude susurrar contra su cuello:
—Cuéntamelo otra vez.
Y Rebeca lo hizo.
Con voz baja, entre gemidos suaves, mientras yo la follaba con más fuerza de la habitual, sabiendo que ya nada volvería a ser como antes.
La lluvia seguía cayendo fuera.
Y dentro, algo crecía. Con raíces. Con nombre propio.
Por fin.