La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 15. Pablo en persona. #2
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Capítulo 15. Pablo en persona. #2

Ahora los tenía a los dos en la misma sala, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo vino. Y yo estaba aquí, a cinco sillas de distancia, fingiendo que todo era normal.

Rebeca levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron un segundo. Me sonrió. Fue una sonrisa cálida, de esposa. La de siempre. Pero duró poco. Alguien le habló desde su izquierda y ella se giró.

Pablo, en el otro extremo, hablaba con calma, dominando la conversación sin esfuerzo. De vez en cuando sus ojos recorrían la mesa. Pasaban por mí sin detenerse. Pasaban por Rebeca… y ahí se detenían un instante más.

O quizá solo lo imaginé.

Terminé el vino de mi copa y pedí que me la rellenaran. El camarero lo hizo con eficiencia silenciosa.

La cena seguía. Las conversaciones fluían. La risa de Rebeca llegó hasta mí un par de veces, clara y ligera.

Y yo me quedé allí, sonriendo cuando tocaba, respondiendo cuando me preguntaban, mientras algo dentro de mí se tensaba cada vez más. No era solo celos. Era algo más viscoso, más profundo. Una mezcla de rabia, deseo y una humillación lenta que ya empezaba a resultarme adictiva.

Cinco sillas de distancia.

Y, de alguna forma, ella parecía más cerca de él que de mí.

Fue al final de la cena, en el momento en que las mesas se deshacen y la gente se mueve y los grupos se reorganizan con esa fluidez del final de noche, cuando ocurrió.

Yo estaba de pie cerca de la barra, con la copa casi vacía, hablando con un colega sobre algo que ya no recuerdo.

Escuché la voz de Pablo detrás de mí.

—Armando.

Me giré.

Estaba solo. Sin copa en la mano, lo cual en él era una señal de que no había venido a quedarse. Había venido a decir algo concreto.

—Pablo —dije.

Mi colega leyó el momento con la discreción de los abogados bien entrenados y desapareció hacia otro grupo.

Nos quedamos los dos.

Silencio de dos segundos.

De los que tienen estructura.

Pablo me miró con esa atención específica que le conozco, la de alguien que mide antes de hablar, que no desperdicia palabras.

—Tienes una mujer extraordinaria —dijo.

Lo dijo sin énfasis especial. Sin el tono de cumplido social que habría tenido en boca de cualquier otro. Sin la precaución exagerada de alguien que sabe que está en terreno delicado y lo disimula demasiado.

Lo dijo como se dice una constatación.

Un hecho.

Lo que es.

Me escuché responder antes de haber decidido responder.

—Lo sé.

Dos palabras.

Las mismas que las suyas en cuanto a peso. Las mismas en cuanto a lo que decían y lo que no decían y lo que quedaba en el espacio entre las dos frases.

Pablo asintió.

Un gesto pequeño. No de aprobación —eso habría sido condescendiente y él lo sabía. Un gesto de reconocimiento. De quien acaba de tener una conversación que no ha usado ninguna de las palabras de la conversación.

Se alejó.

Me quedé con la copa en la mano.

La sala seguía. El ruido, las conversaciones, el cristal, la música de fondo.

Rebeca estaba al otro lado de la sala, riendo de algo con la directora de recursos humanos.

Pablo había vuelto al grupo de los socios.

Y yo estaba de pie en el centro del restaurante procesando lo que acababa de ocurrir con la misma concentración con que proceso un argumento difícil: despacio, desde el principio, sin saltarme ningún paso.

Tienes una mujer extraordinaria.

No era un cumplido.

No era una amenaza.

No era ninguna de las cosas que esa frase podría haber sido en otro contexto, en otra boca, con otro tono.

Era un reconocimiento.

Era Pablo diciéndome: sé que sabes. Y sé que has elegido saber de esta forma. Y yo también sé lo que es lo que tienes.

Era, también, algo más.

Era la primera vez que Pablo Vidal y yo habíamos hablado de verdad.

Sin que ninguna de las palabras que habíamos usado fuera la verdadera.

Cogí a Rebeca a las once y media.

Estaba con un grupo, animada, con esa energía del final de noche cuando la tensión profesional se ha soltado y queda solo la persona.

Me vio acercarme y algo en su cara se acomodó de una forma que no era alivio sino reconocimiento.

La misma forma en que siempre me ve llegar cuando llevamos un rato separados en un sitio lleno de gente.

—¿Nos vamos? —dije.

—Sí.

Se despidió del grupo. Cogió su bolso. Me dio el abrigo que yo había dejado colgado cerca.

En el taxi de vuelta, con la ciudad pasando afuera y la calefacción encendida y el silencio cómodo del trayecto nocturno, Rebeca apoyó la cabeza en mi hombro.

No dije nada.

Ella tampoco.

Pero en algún momento, sin volverse, dijo:

—¿Hablaste con Pablo?

—Un momento —dije.

Silencio.

—¿Y?

—Nada —dije—. Un momento.

Ella asintió.

Siguió con la cabeza en mi hombro.

Yo seguí mirando la ciudad.

Y pensé en que nada era verdad y no era toda la verdad.

Igual que casi todo lo demás en las últimas semanas.

En casa nos acostamos sin encender muchas luces.

Solo la lamparita de la mesita de Rebeca quedó encendida un minuto, la suficiente para quitarnos la ropa y meternos bajo las sábanas. Luego la apagó. La habitación quedó casi a oscuras, solo con el resplandor naranja lejano de una farola que se filtraba por las cortinas.

Rebeca se giró hacia mí. Yo la recibí.

Fue de los nuestros. Fue real.

La besé despacio, con esa familiaridad de diez años.

Mis manos recorrieron su cuerpo sin prisa: la curva de su cintura, la suavidad de sus pechos, la forma en que sus pezones respondían a mis dedos.

Bajé entre sus piernas y la lamí con calma, saboreando su gusto tibio y conocido, ese sabor ligeramente salado que siempre me hacía sentir en casa.

Mi lengua se movía en círculos lentos sobre su clítoris, como tantas veces, y ella suspiró, abriendo un poco más los muslos.

Estaba húmeda, pero no empapada. Cómoda. Nuestra.

Después se incorporó y me devolvió el favor. Su boca se cerró alrededor de mi polla con esa calidez suave y mecánica que tanto me gusta. Chupó sin prisa, con la lengua recorriendo la parte de abajo, subiendo y bajando con ritmo conocido. La saliva tibia resbalaba. Era bueno. Era nuestro.

Me coloqué encima. Entré en ella despacio, sintiendo cómo su calor me envolvía.

Empecé a moverme con el vaivén de siempre: profundo, constante, sin acelerones.

Rebeca rodeó mi cintura con las piernas y movía las caderas hacia arriba, acompañándome.

Nuestras respiraciones se mezclaban. El colchón crujía suavemente. Todo era lento, íntimo, real.

Y entonces, en algún momento, con los ojos cerrados y el silencio de la habitación alrededor, pensé en Pablo.

No en lo que hacía.

No en el viaje, no en los mensajes, no en ninguna de las piezas del cajón.

Pensé en su voz.

«Tienes una mujer extraordinaria.»

Lo había dicho esa misma noche, al final de la cena, cuando se acercó a despedirse de mí mientras Rebeca estaba en el baño. Cuatro palabras. Dichas con esa seguridad tranquila, casi paternal. Y yo había sonreído y le había dado las gracias como un idiota.

Ahora, mientras follaba a mi mujer, esa frase volvía. Y con ella, la sensación que me había producido al escucharla: no era solo dolor. Era también, mezclado con el dolor, algo que se parecía a otra cosa. Algo que no tenía todavía la valentía de nombrar.

Algo que estaba ahí.

Creciendo despacio.

Con raíces.

Empujé más profundo dentro de Rebeca. Ella soltó un gemido bajo y me apretó contra sí.

Seguí moviéndome con el mismo ritmo monótono, pero ahora cada embestida llevaba dentro esa frase.

Cada vez que entraba en ella imaginaba a Pablo diciendo esas palabras.

Imaginaba que él también sabía lo extraordinaria que era.

Que él también la deseaba. Que quizá ya la había probado.

El placer y la humillación se mezclaron hasta volverse indistinguibles. Me corrí con un gruñido ahogado, vaciándome dentro de ella con espasmos más fuertes de lo habitual. Rebeca me abrazó con fuerza un momento, pero no se corrió. Nunca lo hacía en estas noches tranquilas.

Me aparté despacio y me tumbé a su lado. Ella se acomodó contra mi pecho, como siempre, y en pocos minutos su respiración se volvió profunda y regular.

Yo me quedé despierto, mirando la oscuridad.

«Tienes una mujer extraordinaria.»

La frase latía dentro de mí como un segundo pulso. Y debajo del dolor, debajo de los celos, esa otra cosa seguía creciendo. Silenciosa. Profunda. Con raíces cada vez más fuertes.

Ya no podía seguir fingiendo que solo era miedo.

Era algo más.

Y empezaba a gustarme.