Capítulo 15. Pablo en persona.
El evento del bufete era en diciembre.
Una cena anual, formal sin ser rígida, en un restaurante del centro que los socios fundadores elegían cada año con la coherencia de quien elige siempre el mismo tipo de sitio: buena carta, buena luz, el tipo de ambiente que comunica solidez sin ostentación.
Llevaba cuatro años yendo. Conocía el formato. Conocía a casi todo el mundo.
Este año era diferente.
Este año Rebeca venía como parte del bufete, no como acompañante.
Esa distinción, pequeña en apariencia, lo cambiaba todo.
Nos vestimos juntos.
Ella eligió el vestido negro que conozco bien.
Lo tiene desde hace dos años y solo se lo pone para las ocasiones que merecen atención sin querer parecer que la merecen.
Sencillo, exacto, de los que no gritan pero se quedan.
Se lo subió por las caderas frente al espejo y lo ajustó con movimientos precisos, naturales.
El tejido se pegó a su cuerpo de una forma que me resultó casi dolorosa.
Yo me puse a su lado, anudándome la corbata. Nuestras miradas se cruzaron en el reflejo.
—¿Bien? —pregunté.
Me miró en el espejo durante un segundo de más.
—Bien —dijo.
No era una respuesta sobre la corbata.
O era también sobre la corbata.
El aire entre nosotros se volvió espeso. Ella se giró ligeramente para verse de perfil y se pasó las manos por las caderas, alisando el vestido. Yo terminé el nudo de la corbata, pero no me moví. Me quedé allí, observándola.
Estaba guapa. Demasiado guapa.
Ese vestido siempre le había sentado bien, pero esta noche tenía algo distinto. Una especie de brillo contenido. Como si supiera exactamente el efecto que causaría. Como si ya lo hubiera probado antes.
—¿Vas a ponerte los tacones negros? —pregunté, solo por decir algo.
—Sí.
Se inclinó para cogerlos y, al hacerlo, el vestido se subió ligeramente por sus muslos. Aparté la mirada un segundo, pero volví. No pude evitarlo.
Mientras se abrochaba los tacones, sentada en el borde de la cama, sentí esa familiar mezcla de orgullo y malestar. Orgullo porque era mi mujer. Malestar porque sabía que otros hombres —que Pablo— la verían así esta noche.
Terminó de vestirse y se levantó. Se miró una última vez en el espejo, se colocó un mechón de pelo y luego me miró a mí directamente, sin reflejo de por medio.
—¿Tú estás bien? —preguntó.
La pregunta colgaba entre nosotros, cargada.
Asentí.
—Estoy bien.
Mentira.
Estaba duro bajo los pantalones solo de verla vestida así. Y al mismo tiempo sentía un nudo en el estómago al imaginarla entrando en la sala, con ese vestido, y Pablo mirándola como si ya tuviera derecho a hacerlo.
Ella se acercó, me arregló el nudo de la corbata aunque no lo necesitaba y me dio un beso suave en los labios. Un beso que sabía a pintalabios y a algo más que no supe identificar.
—Vamos —dijo en voz baja.
Salimos del dormitorio.
Y mientras caminábamos hacia la puerta, no pude evitar pensar que, aunque íbamos juntos, ya no íbamos del todo al mismo sitio.
Llegamos a las nueve.
El restaurante ya estaba lleno a medias.
Ese ruido específico de las cenas de empresa: conversaciones paralelas, el cristal de las copas, la música de fondo que nadie ha elegido pero que nadie querría quitar.
Saludé a los que conocía. Rebeca saludó a los de su planta, a los asociados con los que había trabajado las últimas semanas, a Jiménez que estaba cerca de la barra con una copa en la mano.
Nos separamos de forma natural, como se separan en estas cosas las parejas que no necesitan estar pegadas para sentirse seguras. Yo hacia el lado derecho, ella hacia el izquierdo, con la tácita comprensión de que esto era también trabajo y que el trabajo requería moverse.
Me serví una copa.
Hablé con dos colegas del área civil sobre un cambio de jurisprudencia reciente. Hablé con la directora de recursos humanos sobre nada en particular. Comí algo pequeño de una bandeja que pasó cerca.
Busqué a Rebeca con la mirada cada cierto tiempo.
La vi a las nueve y media.
Estaba en el otro extremo de la sala, de pie, con una copa en la mano, hablando con dos asociados que conozco de vista. Reía de algo. Una de esas risas breves que tiene, las genuinas, las que no se administran.
Estaba bien.
Estaba en su elemento —eso también lo conozco, esa versión de Rebeca en un entorno profesional donde ya se ha acomodado, donde ya sabe quién es y qué lugar ocupa. Segura sin ser rígida. Presente sin ser performativa.
La observé un momento sin que ella lo supiera.
Y entonces vi que Pablo también la miraba.
Estaba al otro lado de la sala, con los socios fundadores, con una copa en la mano y la postura de siempre: atenta, sin tensión visible, la de alguien que está en cualquier sitio como si ese sitio fuera exactamente donde tenía previsto estar.
Miraba a Rebeca.
Era una mirada intermitente. La mirada de alguien cuya atención vuelve a un punto de forma natural, sin esfuerzo, porque ese punto tiene un peso específico para él que los otros puntos de la sala no tienen.
Lo vi.
Y lo que no esperaba —lo que me encontré en lugar de lo que habría esperado encontrar— fue lo que sentí mientras lo veía.
No era solo lo que había sentido antes.
Era algo más complejo.
Algo que tenía capas.
Me serví otra copa.
Me moví hacia el centro de la sala, ese territorio neutro donde uno puede estar sin pertenecer a ningún grupo concreto. Desde ahí los tenía a los dos en el campo de visión sin tener que elegir adónde mirar.
Rebeca seguía con los asociados. Sonreía con esa elegancia profesional que domina tan bien, copa en la mano, ligeramente inclinada hacia delante mientras escuchaba. El vestido negro se ajustaba a su cuerpo con una precisión cruel. Cada vez que se movía, la tela susurraba contra su piel.
Pablo seguía con los socios. Escuchaba, asentía, hablaba poco. Pero su mirada… su mirada se escapaba. No era descarada. Era peor: era precisa. Cada cierto tiempo, sus ojos encontraban a Rebeca al otro lado de la sala. Solo un segundo. Dos como máximo. Suficiente.
No se habían acercado el uno al otro en toda la noche.
No hacía falta.
Lo que había entre ellos no necesitaba proximidad para existir.
Era visible desde la distancia, para quien supiera leerlo.
Una corriente. Una complicidad silenciosa.
La forma en que ella levantaba ligeramente la barbilla cuando sabía que él la estaba mirando.
La forma en que él sostenía la copa, con el pulgar rozando el borde, como si estuviera acariciando algo más.
Lo leí.
Y me quedé con esa lectura un momento sin hacer nada con ella.
Bebí un sorbo largo. El whisky quemaba agradable en la garganta, pero no conseguía bajar el nudo que tenía en el estómago. Sentía calor en la cara. Sentía calor en la polla. Sentía vergüenza y rabia y una excitación enfermiza que ya empezaba a resultarme familiar.
Pensé en acercarme a ella. Pensé en tocarla delante de todos, ponerle la mano en la cintura, marcar territorio. Pero no lo hice. Sabía que ese gesto habría sido patético. Peor aún: inútil.
Porque lo que había entre ellos ya no se podía tocar. Ya no estaba en la superficie. Estaba debajo. En las miradas. En los silencios. En los “sí, mañana hablamos” a medianoche.
Rebeca giró la cabeza en ese momento y nuestras miradas se cruzaron. Me sonrió. Fue una sonrisa cálida, casi tierna. La sonrisa de siempre.
Y sin embargo, por primera vez en diez años, no supe si esa sonrisa era para mí… o si era el residuo de otra que había dedicado antes.
Levanté mi copa ligeramente hacia ella en un brindis silencioso.
Ella hizo lo mismo.
Y en ese gesto tan sencillo, tan inocente para cualquiera que nos mirara, sentí que los tres estábamos brindando por algo que nadie más en la sala podía ver.
Pablo, Rebeca y yo.
Cada uno en su sitio.
Cada uno sabiendo exactamente dónde estaba el otro.
A las diez nos sentaron a cenar.
Mesa larga, orden protocolar, los socios en un extremo y los asociados distribuidos. Yo quedé a cinco sillas de Rebeca, con dos colegas entre nosotros. Pablo quedó en el extremo opuesto, entre los socios fundadores y la directora de operaciones.
La cena fue lo que son estas cenas: buena comida sin suficiente atención, conversaciones que empiezan en el trabajo y terminan en algún otro sitio, el vino que va circulando con la puntualidad de los restaurantes que saben lo que hacen.
Hablé. Escuché. Respondí preguntas, hice preguntas, me reí de cosas que tenían gracia y de alguna que no la tenía pero que la situación requería. Todo con la naturalidad entrenada de quien lleva años en esto.
Miré a Rebeca tres veces durante la cena.
Las tres veces estaba hablando con alguien.
Las tres veces parecía estar bien.
La primera vez hablaba con el socio mayoritario, gesticulando con esa precisión que tiene cuando explica un argumento.
Sonreía. La segunda vez charlaba con una asociada joven, riendo por algo que yo no llegué a oír.
La tercera vez… la tercera vez estaba mirando hacia el extremo de la mesa. Hacia Pablo.
No fue mucho. Solo un segundo y medio, quizá dos.
Una mirada cruzada, un gesto casi imperceptible de la cabeza, como respondiendo a algo que él había dicho desde lejos.
Pablo levantó ligeramente su copa en su dirección y ella bajó la mirada un instante, con esa media sonrisa que yo conozco demasiado bien.
Volví a mi plato. Corté un trozo de lubina que ya estaba frío. El sabor apenas llegaba.
El vino seguía circulando. Alguien contó un chiste. Me reí en el momento justo.
Pero mi mente ya no estaba en la mesa. Estaba calculando la distancia entre ellos. Cinco sillas entre Rebeca y yo. Toda la longitud de la mesa entre ella y Pablo. Y, sin embargo, parecía que había un hilo invisible conectándolos. Una corriente que yo no podía tocar.
Me serví más vino.
Pensé en la llamada de anoche. En su voz cansada diciendo “Pablo se quedó abajo”. Pensé en la almohada de casa todavía oliendo a ella. Pensé en cómo me había masturbado como un enfermo imaginándolos juntos.