Capítulo 14. La calma.
Me desperté el jueves a las seis y cuarto con esa sensación específica de los días después de algo: no alivio exactamente, no peso exactamente, sino una especie de claridad nueva que no había pedido y que estaba ahí de todas formas.
Como cuando termina un juicio largo y el veredicto ya no importa tanto como el hecho de que ha terminado. De que ya se sabe.
Ya se sabía.
O no se sabía, técnicamente. Yo había dicho que no. El cajón seguía cerrado. Los hechos probados seguían siendo indicios.
Pero el pacto estaba hecho.
Y con el pacto había llegado algo que no esperaba.
Rebeca se despertó a las siete.
Me miró. Yo la miré.
No hubo en esa mirada ninguna de las cosas que había imaginado que habría: no incomodidad, no la tensión de la noche anterior, no el peso de las tres palabras que habían quedado flotando en la cocina.
Había algo más parecido a la calma.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Se levantó. Fue al baño. Volvió. Se vistió. Fue a la cocina.
Yo hice lo mismo, en el mismo orden, con diez minutos de diferencia.
Desayunamos juntos.
Hablamos de cosas pequeñas —el tráfico que había estado horrible toda la semana, la reunión que ella tenía por la tarde, si quedaba café o había que comprar. Las cosas pequeñas que construyen los días normales.
Y era normal.
Eso era lo que no entendía: era completamente normal.
En el bufete la normalidad siguió.
Mi trabajo, sus casos, los pasillos, las reuniones. Me cruzé con Pablo a las once en el ascensor. Lo saludé. Él me saludó. Cuatro palabras entre los dos, el tiempo que dura un piso, y luego las puertas abriéndose y cada uno en su dirección.
Normal.
A la una comí con Rebeca en la cafetería del edificio de enfrente.
Ella pidió el menú del día, yo pedí solo el segundo.
Hablamos del caso Montoya, que era mío, y que ella conocía por encima porque en un bufete pequeño los casos circulan.
Me dio una idea sobre la estrategia de la parte contraria que era buena. Se la dije.
—Lo sé —dijo. Sin énfasis.
Me reí.
Ella también se rió.
Fue una buena comida.
Eso fue lo que no entendí durante días.
Y lo que me torturó sin piedad.
Que fuera mejor.
No igual que antes. Eso lo habría aceptado. Eso habría sido lógico: el pacto funcionando como un anestésico, devolviendo las cosas a su sitio anterior, fingiendo que nada había pasado. Eso lo habría entendido. Lo habría odiado, pero lo habría entendido.
Pero era mejor.
Había algo más ligero en Rebeca. Una suavidad nueva en sus movimientos, una risa más fácil, una forma de mirarme que antes no existía. Como si se hubiera quitado un peso de encima. Como si el secreto —fuera cual fuera— la hubiera liberado.
Y esa liberación me estaba matando.
Cada vez que la veía más relajada, más presente, más viva, una voz dentro de mí susurraba: «¿Por qué ahora?
¿Qué te quitó él que yo no podía quitarte?
». Cada sonrisa tranquila de Rebeca era un puñal.
Cada vez que me besaba con más ganas, me preguntaba si estaba compensando algo.
Cada vez que follábamos —y follábamos más y mejor— me imaginaba que estaba comparándome con él.
La tensión entre nosotros se había vuelto casi insoportable.
Por fuera parecíamos más unidos. Por dentro, todo estaba electrificado.
Nos movíamos con cuidado alrededor del tema, como si el suelo estuviera lleno de cristales.
Una mirada demasiado larga. Un silencio que duraba un segundo de más.
La forma en que ella desviaba los ojos cuando yo mencionaba Barcelona de pasada.
La forma en que yo apretaba la mandíbula cuando ella recibía un mensaje por la noche.
El pacto seguía vigente, pero se estaba pudriendo por dentro.
Yo no podía dejar de pensar en ello. Día y noche.
Me torturaba con detalles que inventaba y que luego no podía borrar.
¿Le había comido el coño mejor que yo? ¿La había hecho correrse más veces?
¿Le había dicho cosas que yo nunca me atreví a decirle?
¿Ahora ella se tocaba pensando en él cuando creía que yo dormía?
Y lo peor: ver que ella estaba mejor. Más ligera. Más húmeda cuando la follaba. Más ruidosa. Como si Barcelona hubiera abierto algo en ella que yo llevaba diez años sin alcanzar.
Una noche, mientras cenábamos, levantó la vista y me miró durante tres segundos de más. No dijo nada. Yo tampoco. Pero en esos tres segundos sentí que los dos sabíamos exactamente lo que estaba pasando.
El peso que habíamos cargado no era solo lo que había ocurrido en Barcelona.
Era la pregunta sin formular.
Y ahora que la pregunta había existido en voz alta durante tres segundos en la cocina de un miércoles por la noche, todo había cambiado.
No se había resuelto.
Solo se había vuelto más doloroso. Más nítido. Más adictivo.
Y yo ya no sabía si quería que la respuesta llegara alguna vez… porque una parte enferma de mí temía que, si la escuchaba, ya nunca podría volver a mirarla sin verla follada por él.
El viernes por la noche abrí una botella de vino.
Bueno, de los que guardo para cuando hay razón. No supe decirme cuál era la razón esa noche. Pero la había. O la sentí.
Rebeca lo miró cuando lo puse en la mesa.
—¿Qué celebramos?
—Nada —dije—. ¿Necesitamos algo?
Me miró un momento.
—No —dijo.
Sirvió los vasos.
Cenamos tarde, sin prisa, con esa cadencia del viernes que tiene su propia generosidad. Hablamos de su madre, del fin de semana, de si el domingo podríamos finalmente ir al mercado que llevábamos semanas aplazando.
En ningún momento hablamos del miércoles.
En ningún momento hablamos de Pablo.
Y sin embargo su presencia estaba en la habitación de una forma diferente a las semanas anteriores.
No como una amenaza. No como una pregunta sin responder.
Sino como una pieza que había encontrado su lugar en el tablero, aunque yo todavía no entendiera del todo cuál era ese lugar ni qué significaba para la partida.
El sábado fuimos al mercado.
Por fin.
Llegamos tarde porque ninguno de los dos es madrugador los fines de semana y para cuando llegamos los mejores puestos ya estaban medio desmantelados, pero compramos queso y fruta y flores que Rebeca eligió con esa atención que le da a las cosas pequeñas cuando tiene tiempo para dársela.
Caminamos de vuelta.
Ella con la bolsa, yo con las flores porque las bolsas siempre acaban pesando más de lo que parecen al principio.
En algún momento me cogió del brazo.
Sin decir nada. Sin contexto. Solo su mano en mi brazo y los dos caminando por una calle de Madrid un sábado por la mañana con el sol de noviembre que no calienta pero ilumina bien.
Me quedé con esa imagen.
La guardé en otro cajón.
Uno sin expedientes.
El domingo fue quieto.
Lectura, café, la tarde lenta. A última hora Rebeca preparó el trabajo de la semana siguiente en la mesa del comedor, con papeles y el ordenador y esa concentración suya que llena el espacio sin agotarlo. Yo leí cerca, en el sofá, con la compañía de su presencia sin necesitar más.
En algún momento levanté los ojos y la miré sin que ella lo supiera.
Pensé en los meses anteriores.
En cómo había llegado al bufete. En la primera reunión, la mirada de Pablo, los dos segundos. En el expediente abierto en mi cabeza desde el principio, las piezas acumulándose, el cajón llenándose.
En el miércoles.
En ¿quieres saber?
En no.
Y pensé en algo que no había pensado antes con esa claridad: que mi no no había sido solo miedo. No había sido solo el instinto de protegerme de algo que dolería.
Había sido también otra cosa.
Algo más pequeño y más honesto.
Algo que tenía que ver con lo que había empezado a crecer en las madrugadas de las últimas semanas. Con esa parte de mí que no estaba segura de querer que parara. Con el hecho de que cuando imaginaba el cajón cerrado, sin abrir, con los indicios guardados pero sin confirmar, no solo sentía alivio.
Sentía también otra cosa.
Algo que no sabía todavía si era capaz de nombrar.
Pero que estaba ahí.
Quieto.
Esperando que yo lo nombrara.
Esa noche, en la cama, Rebeca se giró hacia mí.
La besé.
Ella respondió despacio al principio, con esa calma suya… pero duró poco.
De repente, algo se desató. Rebeca me empujó hacia atrás con fuerza y se subió encima de mí. Me besó con agresividad, mordiéndome el labio inferior hasta casi hacerme sangrar. Bajó por mi cuello, por mi pecho, y siguió bajando sin detenerse, dejando un rastro de mordiscos y arañazos.
Se arrodilló entre mis piernas y me miró desde abajo con una expresión que apenas reconocí. Había hambre, sí… pero también algo más oscuro.
Sin decir una palabra, agarró mi polla con fuerza, casi con rabia, y se la metió entera en la boca de un solo movimiento. No fue suave. No fue cariñoso. Fue brutal.
Empezó a chupármela con saña, subiendo y bajando la cabeza con agresividad, sin delicadeza.
La saliva le chorreaba por la barbilla y caía sobre mis huevos.
Me la metía hasta el fondo, hasta que sentía su garganta cerrándose alrededor de mí, y se quedaba allí unos segundos, ahogándose a propósito, con los ojos llorosos, mientras me miraba fijamente.
—Joder… —gruñí.
Ella sacó mi polla un segundo, escupió con fuerza sobre ella y volvió a tragársela con más violencia. Usaba la mano para masturbarme al mismo tiempo, apretando fuerte, casi dolorosamente, mientras su boca hacía sonidos obscenos y húmedos.
En un momento me agarró del pelo con la mano libre y empujó mi cadera hacia arriba, obligándome a follarle la boca.
Me follaba su cara sin piedad, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas, pero sin parar.
Cada vez que intentaba recuperar el aliento, ella volvía a hundirse, más profundo, más salvaje.
—Así te gusta, ¿verdad? —murmuró con la voz ronca, sacando mi polla un segundo, babeando—. Que te usen la boca como a una puta.
Y volvió a tragársela entera, gimiendo alrededor de mi polla, vibrando. Me estaba humillando. Me estaba usando. Y lo hacía con una entrega que nunca le había visto.
Me corrí sin poder avisar, con un gruñido animal. Rebeca no se apartó. Se quedó allí, tragando todo lo que le daba mientras me miraba a los ojos, sin pestañear, como si estuviera aceptando algo más que mi semen.
Cuando terminé, sacó mi polla lentamente, dejando un hilo espeso de saliva y semen colgando de sus labios. Se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa pequeña, peligrosa.
Después se subió encima de mí, me besó con fuerza (haciendo que probara mi propio sabor) y susurró contra mi boca:
—Ahora fóllame.
Y lo hice.
La follé con la misma brutalidad con la que ella me había chupado. Salvaje. Desesperado. Lleno de amor, celos y esa nueva oscuridad que ya no podíamos ignorar.
Y en algún momento, cerca del final, no pensé en Barcelona ni en los mensajes ni en nada más.
Pensé solo en ella.
En su cuerpo contra el mío.
En diez años.
En que lo que estaba ocurriendo entre nosotros era real y era nuestro.
Aunque hubiera otras verdades también.
Aunque hubiera otras cosas que también eran reales.
Las dos cosas al mismo tiempo.
Sin que ninguna cancelara la otra.
Me dormí antes que ella.
Lo último que recuerdo es su mano en mi pecho.
Quieta.
Como si también ella estuviera guardando algo.
Como si también ella estuviera aprendiendo, despacio, a vivir en este territorio nuevo que ninguno de los dos había elegido exactamente y que sin embargo era donde estábamos.
Los dos.
Con los ojos abiertos.