Capítulo 13. ¿Quieres saber?
Rebeca y yo coincidimos a mediodía en la cocina del bufete. Café, dos minutos, una pregunta sobre un contrato que yo había revisado la semana anterior. Profesional. Correcto.
Por la tarde no nos vimos.
A las ocho recogí y fui a casa.
Ella llegó a las ocho y media.
Lo escuché desde el estudio: la llave, el bolso, sus pasos. El ruido familiar del final del día. Me levanté, fui al pasillo, la vi dejando el abrigo en el perchero con ese movimiento de quien llega y quiere soltar el peso del día junto con el abrigo.
—Hola —dije.
—Hola. —Me miró—. ¿Cenamos pronto? Estoy agotada.
—Cuando quieras.
Fui a la cocina. Puse agua. Saqué cosas de la nevera sin un plan concreto, el tipo de cena que se construye sobre la marcha. Escuché a Rebeca en el dormitorio, el armario, el grifo.
Volvió en diez minutos.
Se sentó a la mesa de la cocina mientras yo terminaba.
Cenamos.
Poco. Los dos cansados, los dos con el día todavía encima, esa clase de cena que es más un trámite necesario que un placer. Hablamos de poco. Ella mencionó una vista que tenía el viernes. Yo mencioné el Ferreira. Cosas del bufete dichas con el tono plano del final del día.
Recogimos juntos.
Ella lavó. Yo sequé.
El ritual de siempre.
Y entonces.
No sé qué lo provocó. No hubo un detonante visible, no hubo nada que pudiera señalarse como el momento en que el aire cambió. Fue algo más gradual y más súbito al mismo tiempo, que es como ocurren las cosas cuando llevan tiempo acumulándose: despacio y luego de golpe.
Rebeca estaba de espaldas, con las manos en el agua, fregando el último vaso.
Y dijo:
—Armando.
Su voz era diferente.
No diferente en volumen ni en tono. Diferente en textura. La textura de alguien que ha decidido algo antes de hablar, que lleva días o semanas decidiendo y que ahora lo ha decidido del todo.
—Dime —dije.
No me moví. El trapo de secar en la mano, el plato en la otra. Sin moverme.
Ella no se giró.
Siguió de espaldas, con las manos en el agua, mirando el grifo o mirando más allá del grifo, hacia algún punto que no estaba en la cocina.
Y dijo:
—¿Quieres saber?
Tres palabras.
Tres palabras que no necesitaban contexto porque llevaban semanas construyéndolo.
Que no necesitaban sujeto porque el sujeto estaba en todo lo que no se había dicho desde que ella había llegado al bufete.
Desde el viaje a Barcelona. Desde las once y cuarenta y siete.
Desde los catorce minutos. Desde la voz de fondo en la llamada.
Tres palabras que eran, también, una pregunta con dos respuestas posibles.
Y que eran, también, algo más que una pregunta.
Eran una declaración.
Eran ella diciéndome: sé que sabes. Yo también sé que sabes. Y ahora te estoy dando la opción de hacer algo con eso.
El trapo en la mano.
El plato en la otra.
Rebeca de espaldas, quieta, esperando.
Pensé muy rápido y muy despacio al mismo tiempo, que es como piensa la cabeza cuando algo importa de verdad: todos los argumentos a la vez, sin orden, sin jerarquía, y debajo de todos ellos algo más pequeño y más honesto que no era un argumento sino una certeza.
Pensé en lo que significaba decir que sí.
El relato. Los detalles. Las fechas. La confirmación de todo lo que llevaba semanas construyendo en el cajón con piezas sueltas. El antes y el después de saberlo con certeza.
Pensé en lo que significaba decir que no.
Seguir en el espacio entre saber y decir. Que siguiera siendo indicios y no hechos probados. La posibilidad, todavía abierta, de que el cajón contuviera menos de lo que parecía.
Y debajo de los dos.
Debajo de sí y de no.
Esa cosa sin nombre que había empezado a crecer en las últimas semanas. Esa parte de mí que a las doce de la madrugada, con Rebeca dormida y el techo encima, no estaba segura de querer que parara.
Que no estaba segura de querer hacer la pregunta porque no estaba segura de querer que desapareciera lo que la pregunta tenía debajo.
Escuché mi propia voz desde algún lugar que no era del todo este cuarto, esta cocina, este miércoles por la noche.
—No.
Una sola sílaba.
Rebeca no se movió.
Cinco segundos. Seis.
Luego cerró el grifo.
Se secó las manos con el trapo que colgaba del tirador del horno, despacio, cada dedo, con esa meticulosidad suya que no es nerviosismo sino control.
No se giró.
Colgó el trapo.
Puso la mano un momento en el borde del fregadero, los nudillos blancos contra el acero, y luego la soltó.
Y siguió.
Salió de la cocina.
Me quedé solo.
El plato en la mano.
El trapo en la otra.
El grifo cerrado y el silencio de la cocina y el ruido de mis propios pasos cuando finalmente me moví para dejar el plato en el armario.
Un movimiento mecánico.
El plato en su sitio.
El trapo doblado.
La luz de la cocina encendida y yo debajo de ella, de pie, sin saber muy bien qué hacer con los siguientes treinta segundos.
Ella había preguntado.
Yo había respondido.
Fin.
Pero no era fin. Era lo contrario de fin. Era el principio de algo que no tenía nombre todavía pero que había adquirido una forma definitiva en el tiempo que había tardado en pronunciar esa sílaba.
Porque no no era ignorancia.
No era una elección.
Y las elecciones tienen consecuencias que se despliegan despacio, que no se ven todas al mismo tiempo, que van llegando en el orden que deciden llegar y no en el que uno querría.
Yo había elegido no saber.
Y al elegir no saber había elegido también todo lo que venía con eso.
No sabía todavía qué era todo eso.
Pero lo había elegido.
Con los ojos abiertos.
Fui al dormitorio.
Rebeca estaba en la cama, con el libro en la mano, la lamparita encendida.
No levantó los ojos cuando entré. No porque me ignorara —lo habría sentido, lo habría tenido esa textura específica del ignorar consciente.
Sino porque estaba leyendo de verdad, o haciendo de leer de verdad, que a veces son la misma cosa.
Me metí en la cama.
No dije nada.
Ella no dijo nada.
A los veinte minutos apagó la lamparita.
La oscuridad.
Yo estaba tumbado de lado, dándole la espalda, con los ojos cerrados y la respiración fingidamente profunda y regular. Hacía rato que había notado que ella tampoco dormía. Su respiración no tenía esa cadencia lenta y pesada de siempre.
Entonces lo escuché.
Un movimiento muy sutil bajo las sábanas. Apenas perceptible. El roce casi inaudible de piel contra piel. Una ligera tensión en el colchón.
Rebeca se estaba tocando.
Estaba a menos de medio metro de mí, en nuestra cama, y se estaba tocando.
Mantuve la respiración exactamente igual, fingiendo un sueño profundo. Mi corazón, en cambio, empezó a latir con fuerza.
Escuché el sonido húmedo, muy suave, casi imperceptible: sus dedos moviéndose lentamente entre sus piernas. Un roce lento, deliberado, cuidadoso para no hacer ruido. De vez en cuando, un suspiro muy bajito, casi tragado.
No se movía mucho. Solo su mano derecha, imagino, deslizándose entre sus muslos. Tal vez con dos dedos rodeando su clítoris, tal vez metiéndose dentro de sí misma. Estaba mojada. Lo notaba en el sonido. Ese sonido húmedo y resbaladizo que conocía tan bien.
Y lo estaba haciendo en silencio. A escondidas. Mientras yo “dormía” a su lado.
La polla se me puso dura al instante.
Me quedé completamente quieto, escuchando cada pequeño movimiento.
Cada vez que sus dedos aceleraban un poco, mi estómago se apretaba.
Imaginé su cara: labios entreabiertos, cejas ligeramente fruncidas, esa expresión de placer concentrado que pone cuando se toca pensando en algo que la excita de verdad.
¿Estaba pensando en mí?
Sabía la respuesta.
Estaba pensando en Pablo.
En Barcelona.
En lo que había pasado (o en lo que no había pasado) en esa habitación de hotel.
Su respiración se volvió un poco más agitada, aunque intentaba controlarla. Un gemido muy pequeño se le escapó, casi un suspiro ahogado. Sus caderas se movieron apenas, una vez, buscando más presión contra su mano.
Yo estaba rígido, con la polla palpitando y el pecho ardiendo de celos y excitación. Quería girarme. Quería apartar las sábanas y ver cómo se tocaba pensando en otro hombre. Quería preguntarle si la folló mejor que yo. Y al mismo tiempo, quería seguir fingiendo que dormía para que ella siguiera.
Rebeca aceleró un poco el movimiento. El sonido húmedo se volvió más claro. Su respiración también. Estaba cerca.
Entonces contuvo el aire unos segundos… y se corrió.
Fue silencioso, contenido, casi doloroso de tan reprimido. Un temblor suave en el colchón, un suspiro largo y entrecortado que intentó disimular girando ligeramente la cara hacia la almohada.
Después, silencio.
Solo su respiración volviendo poco a poco a la normalidad.
Yo me quedé quieto, con el corazón latiéndome en los oídos y la polla tan dura que me dolía. No me moví. No dije nada. Dejé que creyera que había dormido todo el tiempo.
El pacto seguía intacto.
Pero ahora sabía, con absoluta certeza, que ella también estaba viviendo dentro de esa misma tensión oscura y adictiva.
Y que los dos habíamos decidido, en silencio, seguir alimentándola.