La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 12. El WhatsApp.
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Capítulo 12. El WhatsApp.

El temido lunes. Un día que casi nadie espera y que al final te pasas todo el finde semana deseando que no llegue. Tuve un día cargado.

Reunión a las nueve con un cliente que llegó tarde y se fue temprano y en el espacio intermedio consiguió complicar un caso que hasta ese momento era sencillo.

Llamada a las once con el abogado de la parte contraria en el Ferreira, que tiene esa forma de hablar que parece razonable y no lo es.

Almuerzo en el despacho, otra vez. Informe por la tarde que se resistió durante dos horas y luego se escribió solo en cuarenta minutos, que es como funciona a veces.

Rebeca y yo nos cruzamos tres veces.

En el pasillo a las diez, camino de la impresora. En la cafetería a las dos, ella cogiendo un café para llevar, yo esperando el ascensor. En el pasillo otra vez a las seis, los dos con abrigo, los dos saliendo.

Tres veces. Normal. Un lunes normal en un bufete donde los dos trabajamos.

No hablamos del sábado.

No hablamos de la conversación que no había ocurrido ni del silencio que la había reemplazado.

El martes por la noche fue cuando ocurrió la temida conversación.

Eran las diez y cuarto.

Rebeca estaba en el baño. Yo estaba en el dormitorio, en el borde de la cama, quitándome los zapatos. Su teléfono estaba en la mesilla, en su lado, pantalla hacia arriba.

Lo vi vibrar.

Un movimiento pequeño, casi silencioso. La pantalla se iluminó.

No me moví.

No tenía ninguna razón para moverme —no era mi teléfono, no era mi mesilla, no era mi lado de la cama. Me quedé donde estaba, con un zapato en la mano, mirando sin haber decidido mirar.

La pantalla estuvo iluminada cuatro segundos.

Cuatro segundos en que vi, desde donde estaba, sin acercarme, sin inclinarme, sin hacer ningún gesto que pudiera llamarse buscar:

El nombre.

Pablo Vidal.

Y debajo, el principio del mensaje. Las primeras palabras, las que caben en la barra de notificación antes de que el texto se corte.

Mañana antes de la reunión necesito que revises—

La pantalla se apagó.

Me quedé con el zapato en la mano.

No me había movido. No había hecho nada. Solo había estado sentado en el borde de mi cama a las diez y cuarto de un martes y había visto lo que estaba en la pantalla del teléfono de mi mujer sin buscarlo.

Mañana antes de la reunión necesito que revises—

Una instrucción de trabajo. Eso era. Una instrucción de trabajo a las diez y cuarto de la noche, que es la hora a la que los abogados mandan instrucciones de trabajo porque los abogados no tienen horas. Lo hago yo. Lo hace todo el mundo en el bufete.

Era una instrucción de trabajo.

Dejé el zapato en el suelo.

Cogí el otro.

Me lo quité.

Lo dejé junto al primero con una precisión que no era necesaria, colocándolos en paralelo, los dos mirando en la misma dirección, como si el orden de los zapatos pudiera ordenar otras cosas.

Escuché el grifo del baño cerrarse.

Los pasos de Rebeca sobre el suelo de azulejo.

La puerta del baño abriéndose.

Entró al dormitorio con la cara lavada y el pelo recogido y esa versión sin filtro que tiene antes de dormir, la más doméstica, la más mía.

Miró la mesilla.

Vi el momento exacto en que vio que el teléfono tenía una notificación. La pantalla seguía apagada pero había un piloto parpadeando, ese punto de luz que indica mensaje no leído.

Lo cogió.

Lo desbloqueó.

Leyó.

No cambió la expresión. O cambió en un milímetro que solo yo habría medido: una ligera concentración alrededor de los ojos, el tipo que tiene cuando está procesando algo de trabajo.

Escribió una respuesta corta.

Dejó el teléfono boca abajo.

Se metió en la cama.

Todo eso duró cuarenta segundos.

Cuarenta segundos completamente normales en la vida de una abogada que tiene un jefe que le manda instrucciones de trabajo a las diez de la noche.

No dije nada.

Ella no dijo nada.

Apagué la lámpara de mi lado. Ella apagó la suya.

La oscuridad.

Pero lo que no podía dejar de ver, lo que siguió ahí con la luz apagada y el silencio instalado y Rebeca a mi lado empezando a dormirse, no era el mensaje.

Era la respuesta.

Había respondido de inmediato.

Sin dudar. Sin terminar lo que estaba haciendo —que era meterse en la cama, que era terminar el día, que era estar aquí conmigo en este dormitorio. Lo había leído y había respondido en el mismo movimiento, con esa inmediatez que reservamos para las cosas que tienen prioridad.

Cuarenta segundos.

Y en esos cuarenta segundos yo había sido el fondo.

Lo que estaba detrás.

Lo que podía esperar.

No era una prueba de nada.

Me lo dije con toda la precisión de un abogado que sabe lo que es una prueba y lo que no lo es. Un mensaje de trabajo respondido de noche no es una prueba. Una instrucción de trabajo a las diez y cuarto no es una prueba. La inmediatez de la respuesta no es una prueba.

Nada de lo que había visto en las últimas semanas era una prueba.

Era un conjunto de indicios.

Y los indicios, por sí solos, no son suficientes para un veredicto.

Pero son suficientes para abrir una instrucción.

Y la instrucción, una vez abierta, tiene su propia lógica. Su propio peso. Su propia dirección.

Y yo llevaba semanas abriéndola sin querer reconocer que la estaba abriendo.

A las doce Rebeca dormía.

Yo seguía despierto.

Miré el techo durante un rato sin pensar en nada con forma. Luego me giré hacia ella. La miré en la oscuridad, ese perfil que conozco de memoria, esa respiración regular, ese cuerpo que lleva diez años siendo el más familiar que existe para mí.

Pensé en el sábado.

En la conversación que no había ocurrido.

En cómo había cerrado la boca antes de la primera sílaba.

Y pensé que había llegado el momento de decidir si seguía cerrándola o si la abría de verdad.

No esta noche.

Pero pronto.

Esa noche dormimos sin tocarnos.

Pero yo estuve despierto mucho tiempo.

Pensando en que había abierto la boca y la había cerrado.

Pensando en lo que había visto en su cara en esos cinco segundos después del orgasmo: no culpa, no exactamente. Algo más complejo. Algo que tenía que ver con saberlo y con haber decidido, también ella, no nombrarlo todavía.

Los dos aplazando.

Los dos viviendo en ese espacio entre saber y decir que es el más incómodo y a veces el más necesario.

Me dormí tarde.

Sin haber decidido nada.

O habiendo decidido una sola cosa, pequeña, que no era todavía una decisión sino el principio de una:

Que no podía seguir viviendo en el espacio entre saber y decir indefinidamente.

Que ese espacio tiene un límite.

Que yo estaba acercándome a él.

Y que cuando llegara, iba a tener que elegir.

No lo que preguntaba.

Sino si preguntaba.

Y lo que estaba empezando a sospechar —con esa claridad incómoda de las verdades que llegan de madrugada— es que una parte de mí, pequeña todavía, sin nombre todavía, no estaba segura de querer hacerlo.

No estaba segura de querer que parara.

Lo pensé.

Lo dejé estar.

Cerré los ojos.

La respiración de Rebeca era lenta y profunda a mi lado. Su cuerpo irradiaba un calor familiar que yo conocía de memoria. Y sin embargo, esa noche ese calor me parecía distinto. Como si ya llevara algo de Barcelona dentro. Como si ya no fuera del todo mío.

Me imaginé preguntándole mañana. Me imaginé su cara al contestar. Me imaginé las palabras concretas saliendo de su boca: lo que había hecho, lo que no había hecho, cómo se había sentido. Y por primera vez, la idea de escuchar la verdad me provocó tanto terror como excitación.

Porque si ella había cruzado la línea…

Si Pablo la había tocado, follado, poseído…

Entonces todo esto —esta tensión, estos celos enfermizos, esta excitación humillante que me había hecho correrme como un animal— dejaría de ser una fantasía privada para convertirse en algo real.

Y una parte oscura de mí ya no quería que fuera solo fantasía.

Cerré los ojos con más fuerza.

El silencio de la habitación era absoluto.

Dentro de mi cabeza, en cambio, todo seguía gritando.