La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 11. La conversación que no ocurre.
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Capítulo 11. La conversación que no ocurre.

El sábado llovió todo el día.

Una lluvia constante, sin drama, de las que no tienen intención de parar. Me desperté con ese sonido en la ventana y supe antes de abrir los ojos que iba a ser un día de interior.

Rebeca dormía.

Me levanté sin hacer ruido, hice café, me senté en la cocina con la taza y la lluvia y el silencio del sábado por la mañana que es el silencio más generoso que conozco. Sin agenda. Sin expedientes. Sin el ruido de fondo del bufete que a veces no escucho pero que siempre está.

Estuve así media hora.

Solo el café y la lluvia.

Por primera vez en dos semanas, la cabeza en blanco.

Rebeca apareció a las diez.

Descalza, con el pelo suelto y el jersey viejo que usa los fines de semana y que tiene un agujero pequeño en el codo izquierdo que ninguno de los dos ha reparado porque a estas alturas forma parte del jersey. Me miró, miró la cafetera, sirvió sin preguntar.

Se sentó frente a mí.

Bebimos en silencio.

Era el silencio de dos personas que llevan diez años compartiendo las mañanas del sábado y que ya saben que no hace falta llenarlo. Uno de los mejores silencios que existen, en realidad. De los que solo se construyen con tiempo.

En algún momento ella miró la ventana.

—Hoy no salimos —dijo.

—No.

—Bien. —Bebió—. Necesitaba un día así.

No pregunté qué tipo de día era así. Tenía mis ideas. Las guardé.

Pasamos la mañana en casa sin plan.

Ella leyó en el sofá, el libro que había empezado en el tren, con las piernas estiradas y los pies descalzos cruzados sobre el cojín.

Yo trabajé un rato —no por necesidad real, sino porque hay una clase de trabajo de sábado que es casi un placer, sin urgencia, sin cliente esperando, solo el orden de las ideas— y luego también cogí un libro que llevaba semanas sin abrir.

A la una hice el almuerzo.

Pasta, que es lo que hago cuando no quiero pensar en hacer nada: agua, sal, el tiempo justo, la salsa que tenemos siempre en la despensa. Rebeca puso la mesa. Los dos moviéndonos por la cocina en ese lenguaje sin palabras de siempre.

Comimos.

Hablamos de la película que habíamos visto a medias la semana anterior y que ninguno recordaba del todo. De si el domingo iríamos al mercado. Del libro de ella, del que me contó el argumento con esa manera suya de contar —precisa, sin relleno, directa al centro de lo que importa.

Fue una buena comida.

Un buen sábado.

Fue después, con los platos recogidos y la tarde instalándose afuera con su lluvia constante, cuando ocurrió.

Estábamos los dos en el sofá. Ella con el libro, yo sin nada en las manos, mirando la ventana y los tejados mojados y el gris uniforme del cielo. Un rato en que la tarde no pedía nada.

Y entonces lo sentí.

Esa presión que lleva semanas construyéndose, despacio, sin prisa, añadiendo capas.

El peso de todo lo que estaba en el cajón.

El mensaje de las once y cuarenta y siete.

Los catorce minutos. La voz de fondo en la llamada del miércoles.

La ligereza nueva en su forma de moverse.

La conversación de veinte minutos en el pasillo de Pablo que no pude escuchar.

Todo eso junto, ahí, en el sofá de un sábado lluvioso.

Abrí la boca.

Llegué hasta el principio de la primera palabra.

Una sílaba. Ni siquiera eso. El gesto previo a la sílaba, la apertura de la boca, la entrada de aire.

Y entonces Rebeca levantó los ojos del libro.

Me miró.

No era una mirada de sorpresa. Era una mirada de quien esperaba esto. De quien lleva días sabiendo que este momento iba a llegar y ha estado viviendo con esa certeza callada, sin nombrarla, igual que yo he estado viviendo con las mías.

Nos miramos.

Cuánto duró no lo sé.

Lo suficiente para que los dos entendiéramos que el otro sabía.

Que no era necesario construir el argumento desde el principio, presentar las pruebas, formular la pregunta con precisión legal.

Que la conversación, en cierta forma, ya había ocurrido en ese silencio de cinco segundos sin que ninguno dijera nada.

Cerré la boca.

Rebeca volvió al libro.

Yo volví a la ventana.

Nadie habló durante veinte minutos. Era un silencio con estructura, con peso, con los dos lados perfectamente conscientes de lo que acababa de no decirse.

Un silencio que en un juicio se llamaría pausa significativa y que en un expediente dejaría una nota al margen: el testigo conocía la pregunta antes de que se formulara.

A las seis Rebeca cerró el libro.

—Voy a ducharme —dijo.

—Vale.

Se levantó. Fue hacia el dormitorio. En la puerta se detuvo, sin volverse.

—Armando.

—Dime.

Una pausa.

—Nada —dijo.

Y siguió.

Escuché el ruido de la ducha.

Me quedé en el sofá con los codos en las rodillas y la cara en las manos un momento. No mucho. Solo el tiempo necesario para respirar de una forma que no fuera la de alguien que acaba de retener el aire durante semanas.

Luego me levanté.

Fui a la cocina.

Puse agua a hervir para el té que ninguno de los dos había pedido pero que sabía que querríamos.

Cenamos tarde.

Poco. Cosas sencillas, de las que no requieren mesa puesta ni conversación sostenida. Ella con el libro otra vez —o con el libro como objeto, como excusa para tener los ojos en algún sitio que no fuera yo. Yo con el teléfono, revisando correos que no necesitaban respuesta esa noche.

La televisión de fondo.

La lluvia de fondo.

Los dos en el mismo sofá, con el espacio de siempre entre nosotros, que no era mucho y que esa noche parecía exactamente el suficiente.

En la cama, a las once, con la luz apagada, Rebeca estuvo callada un rato.

Luego dijo:

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿De verdad?

Lo pensé.

—Sí —repetí. Y era verdad y no era toda la verdad y los dos lo sabíamos.

Silencio.

—Yo también —dijo.

Era una respuesta a una pregunta que yo no había formulado. O era la respuesta a la misma pregunta que yo había respondido: la real, no la de las palabras.

¿Estás bien?

Sí. Y no del todo. Y no sé todavía qué hacer con lo que no del todo.

Los dos, aparentemente, en el mismo sitio.

Esa noche dormimos sin tocarnos.

No fue una decisión. Fue simplemente cómo quedamos después de recoger los restos de la cena y limpiar a medias la mesa de la cocina: cada uno en su lado, con el espacio entre nosotros ni más grande ni más pequeño que otras noches.

Pero yo estuve despierto mucho tiempo.

El sudor del sexo se había secado sobre mi piel, y todavía podía olerla en mí: su coño, su perfume, el leve aroma a pizza y a pecado reciente. Tenía su sabor todavía en la boca y su semen mezclado con el mío secándose entre mis muslos. Y sin embargo, había una distancia.

Pensando en que había abierto la boca y la había cerrado.

Pensando en lo que había visto en su cara en esos cinco segundos después de corrernos, cuando todavía estaba dentro de ella sobre la mesa: no culpa, no exactamente. Algo más complejo. Algo que tenía que ver con saberlo y con haber decidido, también ella, no nombrarlo todavía.

Los dos aplazando.

Los dos viviendo en ese espacio entre saber y decir que es el más incómodo y a veces el más necesario.

¿Hasta cuándo?

No lo sabía.

Lo que sí sabía —con esa claridad fría que a veces llega de madrugada cuando el resto de los ruidos se callan— es que esa conversación iba a ocurrir.

No hoy.

No mañana, probablemente.

Pero iba a ocurrir.

Y cuando ocurriera, nada de lo que dijéramos iba a poder desdecirse.

Ni lo que ella había hecho en Barcelona.

Ni lo que yo había imaginado mientras ella estaba allí.

Ni lo que ambos habíamos sentido al follar con esa desesperación salvaje en la cocina, como si quisiéramos borrar o confirmar algo al mismo tiempo.

Eso me daba miedo.

Y no me daba miedo.

Las dos cosas al mismo tiempo, con la misma intensidad, sin que ninguna ganara.

Cerré los ojos.

La lluvia había parado.

El silencio afuera era completo.

Dentro, todo seguía en movimiento.

Podía sentirla respirando a mi lado, profunda y regular. Su cuerpo estaba ahí, tan cerca que podría tocarla con solo estirar la mano… pero no lo hice. Y ella tampoco se acercó.

Me pregunté si también ella estaba despierta, mirando la oscuridad, repasando los mismos segundos que yo.

Si estaba recordando cómo me había corrido dentro de ella con una fuerza casi violenta.

Si estaba comparando esa fuerza con la de Pablo.

Si estaba decidiendo qué versión de la verdad quería contarme…

o si prefería seguir guardando silencio y dejar que esta tensión siguiera creciendo entre nosotros como algo vivo.

Mi polla dio un leve latido bajo las sábanas, medio dura otra vez solo de pensarlo.

Y en esa oscuridad, con el cuerpo de mi mujer a unos centímetros y la mente llena de imágenes que no podía ni quería borrar, entendí que ya no había vuelta atrás.

No importaba si había pasado algo en Barcelona o no.

El hecho de que yo lo imaginara con tanta fuerza, con tanta suciedad y tanto deseo, ya lo había hecho real.

Cerré los ojos con más fuerza.

El silencio era total.

Y dentro de mí, la tormenta seguía creciendo.