Capítulo 10. El regreso.
Rebeca se despertó a las ocho.
La vi abrir los ojos con esa transición inmediata que tiene, de dormida a despierta sin escala, y durante un segundo —antes de que el día empezara a existir para ella— la vi simplemente como lo que es: una mujer que conozco de memoria y que sigue siendo, en ese segundo sin contexto, exactamente la persona de la que me enamoré.
Ese segundo duró lo que duran.
Luego se estiró, miró el techo, se giró hacia mí.
—Buenos días, amor.
—Buenos días.
Me miró con esa atención suya. Evaluando. Midiendo la temperatura del día, que con nosotros a veces es literal y a veces es otra cosa.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien. —Hice una pausa—. ¿Y tú?
—Cansada. —Una pausa más corta—. Pero bien.
Nos quedamos así un momento, los dos mirando el techo, con la luz del viernes y el silencio del piso y la ciudad empezando a moverse afuera.
—No tienes que ir al bufete —dije—. Es viernes. Puedes trabajar desde casa.
—Tengo cosas pendientes.
—Las cosas pendientes estarán ahí el lunes.
Me miró.
—Voy —dijo. Pero lo dijo con una suavidad que no era negativa. Era solo Rebeca siendo Rebeca: la que no para, la que no sabe del todo cómo parar.
Me levanté a hacerle el café.
En el bufete ese día la observé.
Llegó a las diez. Saludó a Marta, dejó el abrigo, encendió el ordenador. Normal.
A las once pasé por delante de su despacho. Puerta entreabierta, ella al teléfono, tono profesional, el bloc de notas abierto. Normal.
A la una nos cruzamos en el pasillo. Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. Normal.
Y algo había cambiado.
Rebeca se movía diferente.
Había algo más suelto en ella.
Algo que no estaba antes del viaje y que ahora estaba.
Una ligereza. Una especie de acomodación, como cuando un cuerpo que ha estado tenso durante mucho tiempo finalmente encuentra la postura que le corresponde y se instala en ella.
Lo vi.
No supe qué hacer con ello.
Lo archivé donde archivaba todo lo demás.
El cajón estaba casi lleno.
A la una y media comimos juntos.
Lo había dicho el miércoles: mañana comemos juntos. Y lo cumplió, que es otra de las cosas que conozco de ella: cuando dice algo lo hace. Sin énfasis, sin ceremonia. Lo dijo y lo hizo.
Bajamos a la cafetería del edificio de enfrente —la del despacho de arquitectura, la que uso cuando quiero estar fuera del ecosistema del bufete. Ella no preguntó por qué ahí en lugar de la cafetería habitual. O lo entendió sin que yo lo dijera, que también ocurre.
Pedimos. Comimos.
Hablamos de su madre y la gotera, que al final había resultado ser un problema de la tubería del piso de arriba y que el vecino había tardado tres días en abrirles la puerta al fontanero. Hablamos de un libro que ella había empezado en el tren de vuelta. De nada del bufete.
Fue una buena comida.
Fue de las nuestras.
A mitad, sin venir a cuento, Rebeca puso la mano sobre la mía en la mesa. Sin decir nada. Sin contexto. Solo la mano ahí, un momento, antes de volver a su sitio.
Yo no dije nada tampoco.
Pero lo guardé. De otra forma. En otro sitio.
Por la tarde Pablo volvió al bufete.
No lo vi llegar. Lo supe porque a las cuatro la puerta de su despacho estaba abierta y su asistente estaba dentro con una carpeta y esa energía de quien está poniendo al día a alguien que ha estado fuera.
Lo escuché hablar —su voz al fondo del pasillo, el tono de siempre, sin énfasis— mientras yo pasaba camino de la impresora.
No miré hacia dentro.
Seguí de largo.
A las cinco escuché a Rebeca pasar por delante de mi puerta.
Pasos normales, ritmo normal. No se detuvo. Siguió hacia el otro extremo del pasillo.
Hacia el despacho de Pablo.
Me quedé quieto en mi silla.
No me levanté. No fui a mirar. No había ninguna razón para levantarme —estaba en mitad de un párrafo, tenía el bolígrafo en la mano, el expediente abierto sobre la mesa.
Seguí escribiendo.
O moví el bolígrafo sobre el papel.
Lo que escribí no lo recuerdo.
Volvió a pasar a los veinte minutos.
Pasos normales. Ritmo normal. Se detuvo en la puerta de mi despacho.
—¿Nos vamos a las siete?
La miré.
Estaba igual que siempre. El pelo, la ropa, la expresión. Nada fuera de su sitio. Nada que señalar.
—A las siete —dije.
Asintió. Desapareció.
Volví al expediente.
Esta vez sí escribí. Tres párrafos seguidos, sin parar, con la concentración afilada de alguien que ha decidido que el trabajo es el único territorio donde todo tiene sentido claro y que va a quedarse en ese territorio el mayor tiempo posible.
A las siete nos fuimos.
En el ascensor, solos, ella apoyó la cabeza en mi hombro un momento —un gesto breve, doméstico, de los que no requieren contexto. Lo recibí. Puse la mano en su espalda.
Las puertas se abrieron.
Salimos a la calle.
El sol de la mañana había desaparecido. Madrid gris otra vez, con ese frío seco de noviembre que se mete por el cuello del abrigo. Caminamos hacia el aparcamiento con los hombros casi tocándose.
—Tengo ganas de que sea fin de semana —dijo.
—Ya lo es.
—Ya lo es —repitió. Y en su voz había algo parecido al alivio.
No pregunté de qué.
En casa esa noche pedimos pizza.
Pizza, que es lo que pedimos cuando ninguno de los dos quiere pensar en cenar. Nos sentamos en el sofá con las cajas abiertas y la televisión encendida en algo que ninguno eligió con cuidado. Estuvimos así un rato largo, en silencio, comiendo.
En algún momento Rebeca se quitó los zapatos y dobló las piernas debajo de ella en el sofá. Apoyó la espalda en mi costado con ese abandono específico que tiene cuando está cómoda de verdad, cuando el cuerpo decide que ya no necesita estar en guardia.
Yo puse el brazo alrededor de sus hombros.
Ella no dijo nada.
Yo tampoco.
La televisión hablaba de algo que no escuché.
De repente, Rebeca giró la cabeza y me besó. No fue un beso suave. Fue hambriento, casi urgente. Su mano se metió directamente bajo mi camiseta, clavándome las uñas en el pecho. Respondí con la misma intensidad, agarrándola del pelo y metiendo la lengua en su boca como si quisiera devorarla.
En menos de un minuto ya estábamos de pie, tropezando con las cajas de pizza.
La empujé hacia la cocina sin dejar de besarla.
Sus manos bajaban frenéticas por mi pantalón, liberándome la polla ya completamente dura.
La mía subió por debajo de su falda, apartando las bragas de un tirón y encontrándola empapada.
—Aquí —gruñó contra mi boca.
La levanté en volandas y la senté bruscamente sobre la mesa de la cocina.
Los vasos y una botella vacía temblaron con el golpe.
Le abrí las piernas con las manos y me arrodillé un segundo para lamerla con furia: lengua profunda, succionando su clítoris hinchado, saboreando ese gusto salado y fuerte que tenía esta noche.
Rebeca agarró mi pelo con las dos manos y empujó mi cara contra su coño, gimiendo alto, sin control.
—Fóllame —ordenó con voz ronca.
Me levanté, la agarré de las caderas y entré en ella de un solo empujón brutal.
La mesa crujió. Rebeca echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo y gutural.
Empecé a follarla con fuerza, profundo, salvaje.
Cada embestida hacía que sus tetas saltaran bajo la camiseta.
El sonido húmedo y carnoso de mi polla entrando y saliendo de ella llenaba toda la cocina.
La agarré del cuello con una mano, no apretando, solo sujetándola mientras la penetraba sin piedad. Con la otra mano le pellizcaba un pezón con fuerza. Rebeca me rodeó la cintura con las piernas y clavó los talones en mi culo, exigiéndome más.
—Más fuerte… joder, más fuerte —jadeó.
La follé como si quisiera romperla. Como si quisiera borrar con mi polla cualquier rastro que Pablo pudiera haber dejado en Barcelona. Cada embestida era rabia, deseo, celos y amor retorcido. La mesa se movía, algo cayó al suelo y se rompió. No nos importó.
Rebeca se corrió primero, temblando violentamente, apretándome el polla con espasmos fuertes mientras gritaba mi nombre. Eso me volvió loco. La embestí unas cuantas veces más y me corrí dentro de ella con un gruñido animal, vaciándome en chorros largos y calientes, tan profundo como podía.
Nos quedamos así un momento, jadeando, sudados, todavía unidos. Su frente apoyada en la mía, nuestras respiraciones mezclándose.
Luego, poco a poco, el silencio volvió.
Solo se escuchaba el zumbido de la nevera y nuestras respiraciones agitadas.
Rebeca me besó suavemente en los labios, casi con ternura, y susurró:
—Te he echado de menos.
Yo no contesté. Solo la abracé más fuerte, todavía dentro de ella, sintiendo cómo mi semen empezaba a salir de su coño y caía sobre la mesa.
Y aunque acababa de follármela con toda la pasión que teníamos guardada, en el fondo de mi cabeza seguía latiendo la misma pregunta:
¿A quién habías echado de menos de verdad estos días, Rebeca?
Más tarde, en la cama, con la luz apagada y el silencio del viernes por la noche. Rebeca estuvo un rato despierta.
Lo supe porque su respiración no tenía el ritmo del sueño. Estaba quieta pero no dormida, mirando algún punto en la oscuridad con ese silencio activo que tiene cuando está pensando en algo que todavía no ha decidido si decir.
No le pregunté qué era.
Esperé.
Su respiración fue cambiando de ritmo, poco a poco, hasta volverse regular, hasta volverse sueño.
Y yo me quedé en ese espacio de antes de dormir que llevaba días siendo el mismo: quieto, con los ojos abiertos, con el techo encima y la ciudad afuera y Rebeca a mi lado y todas las cosas que sabía y todas las cosas que no sabía mezcladas en un orden que todavía no había conseguido descifrar.
Su peso contra mi costado.
Su respiración regular.
La mano que había puesto sobre la mía en la mesa de la cafetería.
El alivio en su voz cuando había dicho ya lo es.
Lo guardé todo.
No en el cajón de las pruebas circunstanciales ni en el de los datos a confirmar.
En otro sitio.
Uno que todavía no tenía nombre pero que estaba ahí, abriéndose despacio, ocupando un espacio que antes no existía.
Cerré los ojos.
Esta vez el sueño vino rápido.