Capítulo 9. Noche número dos.
Me levanté a las siete. Café, ducha, el traje del jueves que es el gris oscuro, el que Rebeca eligió hace tres años en una tienda de la calle Serrano y que desde entonces ha pasado a ser simplemente el traje del jueves sin que nadie lo haya decidido conscientemente.
Esos pequeños órdenes que construye el matrimonio sin que nadie los decrete.
Me até los zapatos sentado en el borde de la cama.
Su lado estaba igual que lo había dejado ella: la almohada en su sitio, la manta doblada hacia atrás en ese ángulo específico que tiene cuando se levanta con prisa. No lo había tocado. No había ninguna razón para tocarlo.
Fui al bufete.
Trabajé.
Eso es lo que hice durante ocho horas con la consistencia y la concentración de alguien que ha decidido que el trabajo es el único territorio donde todo tiene sentido claro. Los expedientes no mienten. Los contratos dicen lo que dicen.
Me gusta el derecho por ese motivo. Siempre me ha gustado por eso.
Revisé tres contratos. Preparé un escrito. Tuve una llamada con un cliente que duró cuarenta minutos y que resolví bien. Comí en mi despacho, un sándwich que pedí sin pensar y comí sin sabor, los ojos en el expediente.
A las seis terminé el escrito.
Lo revisé dos veces.
Estaba bien.
A las seis y media miré el teléfono por primera vez en horas.
Sin mensajes.
Lo esperaba. O no lo esperaba —no había establecido ninguna expectativa consciente. Rebeca no era de los mensajes durante el día de trabajo. Yo tampoco. Los dos funcionamos así: el trabajo es el trabajo y el teléfono personal no existe hasta que existe.
Lo guardé.
Seguí trabajando.
A las ocho recogí.
En el ascensor hacia el aparcamiento me crucé con Jiménez, el asociado al que Pablo había delegado su cobertura durante el viaje. Un hombre eficiente y sin aristas, de esos que en un bufete son indispensables precisamente porque no destacan en ninguna dirección.
—¿Sabes si mañana vuelve Vidal? —me preguntó mientras esperábamos el ascensor.
—Hoy, creo. Esta tarde.
—Ah. —Asintió—. Bien, porque hay un tema del Montoya que necesita su firma.
Entré al ascensor.
—Llámale al móvil —dije.
Jiménez asintió. Las puertas se cerraron.
Esta tarde.
El tren de las seis, había dicho Rebeca. Llegarían a Madrid sobre las ocho. Puede que ya estuvieran en el tren. Puede que ya estuvieran llegando.
Salí al aparcamiento.
Conduje a casa.
En casa hice lo que hago cuando espero algo sin querer reconocer que espero: moví el cuerpo. Ordené la cocina que ya estaba ordenada. Hice la cama aunque ya la había hecho por la mañana. Abrí el correo, respondí dos mensajes que podían haber esperado hasta el día siguiente.
A las nueve menos cuarto me senté en el sofá.
Teléfono en la mesa.
Pantalla hacia arriba.
Las nueve.
Las nueve y cuarto.
A las nueve y veinte le escribí: ¿Todo bien?
Dos palabras. El mensaje más pequeño posible. El que no compromete nada, el que puede leerse como cotidiano, como rutinario, como la clase de mensaje que se manda sin pensar entre personas que comparten una vida.
Enviar.
Leído a las nueve y veintitrés.
Esperé.
El check azul quedó ahí, solo, durante catorce minutos.
Lo sé porque miré el teléfono cada dos o tres minutos con la regularidad involuntaria de alguien que sabe que está mirando demasiado y no puede parar. Catorce minutos de pantalla en negro y luego encendida y luego negra otra vez.
A las nueve y treinta y siete llegó la respuesta.
Sí. Mañana hablamos.
Cuatro palabras.
Las leí una vez. Las leí otra vez. Las leí una tercera con la concentración con que leo un contrato cuando busco la cláusula que cambia todo.
Sí.
Confirmación. Sin desarrollo.
Mañana hablamos.
No ahora no puedo, estoy en el tren. No llegamos tarde, estoy cansada.
Mañana hablamos.
Una frase que cierra. Que aplaza. Que pone una distancia entre este momento y el siguiente con una precisión que podía ser cansancio, podía ser el final de un día largo, podía ser cualquier cosa.
Podía ser cualquier cosa.
Dejé el teléfono boca abajo.
Me levanté.
Fui a la cocina y me serví agua y me la bebí de pie frente a la ventana mirando la calle. Un taxi. Una pareja con un perro. Un hombre con auriculares que caminaba rápido hacia ningún sitio en particular.
Mañana hablamos.
¿De qué hablaríamos mañana que no pudiera decirse esta noche en cuatro líneas de texto? ¿Qué había en mañana que no había en ahora?
Me respondí: el cansancio. Dos días de trabajo intenso, documentación difícil, viaje, hotel. El cansancio hace que todo parezca mejor de dejar para mañana.
Era una respuesta razonable.
En la cama, en la oscuridad, con el silencio del piso sin ella, estuve un rato con los ojos abiertos.
Pensé en los catorce minutos.
Pensé en que catorce minutos no significan nada. En que la gente no responde los mensajes inmediatamente. En que un mensaje de dos palabras no merece un análisis de catorce minutos de silencio.
Lo pensé.
No me sirvió de mucho.
Porque lo que no podía dejar de pensar —lo que seguía ahí, quieto y frío como una pieza de un expediente que no encaja— era en qué había estado haciendo Rebeca durante esos catorce minutos.
No en el tren.
Eso lo sabía. El tren de las seis llegaba a Atocha a las ocho y pico, y a las nueve y veinte, cuando le escribí, ya tendría que haber llegado. Ya tendría que estar en casa, o en camino, o en algún sitio desde el que pudiera responder inmediatamente.
O no.
O había llegado tarde.
O el tren se había retrasado.
O había cualquier otra explicación completamente razonable…
…o había estado follando con Pablo antes de subir al tren.
Cerré los ojos.
Los abrí.
Mi polla ya estaba dura. Dolorosamente dura.
Me bajé los bóxers con rabia y la cogí con la mano derecha. Empecé a masturbarme despacio, casi con odio, apretando fuerte. La habitación estaba completamente oscura, solo se oía mi respiración cada vez más pesada y el sonido húmedo y obsceno de mi mano subiendo y bajando por el eje.
Imaginé a Rebeca en la habitación del hotel, justo antes de salir hacia la estación.
Imaginé a Pablo llamando a su puerta. Imaginé que ella abría todavía con el vestido puesto, y que él entraba sin decir nada.
Que la empujaba contra la pared, le subía el vestido hasta la cintura y le arrancaba las bragas de un tirón.
Gemí bajito y aceleré el movimiento de mi mano.
Pensé en Pablo follándosela de pie, con fuerza, sin preliminares. En Rebeca intentando no gritar, mordiéndose el labio, con las manos apoyadas en la pared mientras él la embestía por detrás. Pensé en cómo gemiría su nombre. En cómo le diría “más fuerte” con esa voz que casi nunca usa conmigo.
La culpa me quemaba el pecho, pero no paré. Al contrario. Aprieto más fuerte, masturbándome con furia, casi castigándome.
Imaginé que se corría dentro de ella. Imaginé que Rebeca se arrodillaba después para limpiarle la polla con la boca, mirándolo con esa cara de puta satisfecha que nunca me ha puesto a mí.
Imaginé que salía del hotel con su semen todavía chorreándole por los muslos, subía al tren, y solo entonces leía mi mensaje…
y decidía responder con un frío “Sí. Mañana hablamos.”
Jadeaba. Sudaba. Mi mano volaba sobre mi polla, resbaladiza por el precum.
—Joder… Rebeca… —susurré entre dientes, lleno de asco hacia mí mismo.
La humillación era total. Me excitaba imaginarla usada, marcada, follada por su jefe. Me excitaba pensar que ella volviera a casa con el coño aún hinchado y lleno de él. Me excitaba saber que yo era el segundo. El marido que espera en casa mientras otro se la folla.
Me corrí con un gruñido ahogado, casi doloroso. Chorros fuertes y calientes que me salpicaron el pecho, el cuello y hasta la barbilla. Me seguí tocando durante los últimos espasmos, exprimiendo hasta la última gota, como si quisiera castigarme más.
Cuando terminó, me quedé allí, respirando agitado, con el semen enfriándose sobre mi piel y una oleada de culpa tan grande que me revolvió el estómago.
¿Qué coño me está pasando?
Me limpié con torpeza con la sábana. Me subí los bóxers y me giré hacia su lado vacío de la cama, hundiendo la cara en su almohada.
Olía a ella.
Y yo acababa de correrme como un enfermo imaginando cómo otro hombre la había usado.
Catorce minutos.
Seguían sin importar nada.
Y al mismo tiempo lo significaban todo.
A las dos de la madrugada escuché la llave en la cerradura.
Me senté en la cama antes de darme cuenta de que lo estaba haciendo.
Ruido del pasillo. El bolso en el perchero. Sus pasos —los reconozco, siempre los he reconocido— hacia el dormitorio. La puerta abriéndose despacio, con cuidado, como quien no quiere despertar a nadie.
Demasiado tarde.
—Estás despierto —dijo. No era pregunta.
—Sí.
Encendió la lamparita de su lado. Luz suave, de las que no cortan. La vi entera por primera vez en dos días: cansada, sí, con ese cansancio real que se instala en los hombros y en los ojos y que no se finge. El pelo recogido de cualquier manera. La ropa del viaje arrugada.
Real.
Completamente real.
—Son las dos —dije.
—El tren se retrasó. —Se quitó el abrigo—. Hubo un problema técnico en Zaragoza. Estuvimos parados casi dos horas.
Lo dijo con la naturalidad de un dato logístico. Con el cansancio de alguien que ha vivido ese retraso y todavía lo tiene encima.
—¿Por qué no me avisaste?
Una pausa pequeña.
—El móvil se quedó sin batería. —Se giró hacia el armario—. Lo puse a cargar en cuanto llegué a la estación.
Asentí.
Era una explicación completamente coherente. Tren retrasado. Móvil sin batería. Las dos horas de diferencia entre las ocho y pico y las dos de la madrugada perfectamente explicadas.
Se metió en el baño.
Escuché el grifo, el ruido familiar del neceser, sus pasos sobre el suelo de azulejo. Todo igual que siempre. Todo con la textura exacta de una noche normal al final de un viaje de trabajo.
Volvió en diez minutos. Se metió en la cama. Se giró hacia mí.
—Estás enfadado —dijo.
—No estoy enfadado.
Me miró un momento en la penumbra.
—Armando.
—No estoy enfadado —repetí—. Estaba despierto. Es distinto.
Ella no dijo nada.
Yo tampoco.
En algún momento apagó la lamparita.
La oscuridad otra vez.
Su respiración a mi lado, real, presente, la de siempre.
Tardé mucho en dormirme.
Y en todo ese tiempo no le pregunté nada.
No porque no tuviera preguntas.
Sino porque estaba empezando a entender que algunas preguntas, una vez formuladas, no pueden desformularse.
Y que esta noche todavía no estaba listo para eso.