La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 8. Noche uno (desde Madrid) #2
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Capítulo 8. Noche uno (desde Madrid) #2

Y estar solo en la cama es distinto de estar en la cama cuando el otro duerme a tu lado aunque no os toquéis.

Solo es la cama entera disponible, el silencio sin respiración ajena y la almohada de Rebeca con su perfume que dura más que una noche.

No la busqué, pero la encontré de todas formas.

Hundí la cara en ella un segundo y aspiré.

Ese olor familiar me golpeó más fuerte de lo que esperaba.

La ciudad seguía afuera. Los ruidos de siempre: un coche lejano, alguien arrastrando una silla en el piso de arriba, el ascensor del edificio. Ruidos normales. Ruidos vacíos.

Pensé en ellos.

Pensé en que ya habían llegado al hotel.

Pensé en el restaurante que el hotel recomendaba.

Pensé en los dos sentados allí, con el cansancio del día todavía encima, hablando de la documentación, de la estrategia, de la vista.

Rebeca con ese filo inteligente y concentrado que tiene cuando está metida de lleno en un caso.

Pablo mirándola con esa atención específica, profunda, que yo ya le conozco.

Inclinándose ligeramente hacia ella al hablar.

Escuchándola como si fuera la única persona en la sala.

Una cena de trabajo. Eso era lo que era. Me lo dije.

Me lo repetí.

Pero la imagen no se iba. La imaginé riendo por algo que él dijo. La imaginé cruzando las piernas bajo la mesa. La imaginé aceptando una segunda copa de vino porque “mañana no empezamos tan temprano”. La imaginé mirándolo a los ojos un segundo más de lo necesario.

Mi mano bajó por mi estómago sin que yo se lo ordenara del todo.

Me toqué por encima del bóxer, todavía blando, y cerré los ojos.

Intenté pensar en Rebeca de anoche, en cómo me había follado con más ganas de lo habitual.

Pero la imagen se distorsionó rápido: ahora era Pablo quien estaba entre sus piernas en esa habitación de hotel.

Era su mano la que subía por el muslo de mi mujer.

Me puse duro casi al instante. Me bajé el bóxer con rabia y cogí mi polla. Empecé a masturbarme con movimientos lentos, culpables.

«Esto no está bien», pensé. Y sin embargo no paré.

Imaginé a Pablo pagando la cuenta. Imaginé el ascensor del hotel.

Imaginé que las puertas se cerraban y que él la miraba de esa forma.

Imaginé a Rebeca mordiéndose el labio inferior, ese gesto tan suyo cuando está nerviosa y excitada al mismo tiempo.

Imaginé que no decían nada. Que solo se miraban.

Que cuando llegaban a la habitación de ella, Pablo entraba sin preguntar.

Mi mano se movía más rápido. La vergüenza me quemaba la cara y el pecho, pero el placer era más fuerte. Sentía asco de mí mismo y eso, paradójicamente, me ponía más cachondo.

Pensé en Rebeca dejando que él la besara.

Pensé en ella gimiendo bajito contra su boca.

Pensé en cómo se arrodillaría para él, más entregada de lo que se arrodilla para mí.

Pensé en Pablo follándosela contra la pared nada más cerrar la puerta, subiéndole la falda, apartando las bragas sin quitárselas siquiera.

Gemí en voz baja, apretando los dientes. Mi mano subía y bajaba con furia. La almohada de Rebeca seguía junto a mi cara, oliendo a ella.

Me corrí con un espasmo violento, casi doloroso. El semen cayó caliente sobre mi estómago y mi pecho. Me quedé allí, jadeando, con la mano pegajosa y el corazón latiendo demasiado fuerte.

La culpa llegó inmediatamente después, como una ola fría.

¿Qué coño estoy haciendo? ¿Desde cuándo me corro imaginando que otro hombre se folla a mi mujer?

Me limpié con rabia con un pañuelo de papel. Me subí el bóxer y me quedé mirando el techo, respirando agitado.

Rebeca estaba en Barcelona. Probablemente ya en su habitación. Probablemente sola.

O no.

Y yo acababa de correrme como un enfermo pensando en que no lo estuviera.

Cerré los ojos, asqueado conmigo mismo… y extrañamente vivo.

La almohada de Rebeca seguía oliendo a ella.

A las once y cuarenta y tres volvió a sonar el teléfono.

Estaba todavía despierto, con los ojos abiertos en la oscuridad y la culpa pegada al estómago como una mancha. El semen ya seco tiraba de la piel de mi abdomen. No me había limpiado bien. No quería moverme.

Era Rebeca.

Dudé dos tonos antes de contestar.

—Hola —dije, intentando que mi voz sonara normal.

—Hola, cariño… —Su voz sonaba más baja, más íntima. Casi susurrada—. ¿Estabas dormido?

—No. Todavía no.

Hubo un pequeño silencio. Escuché el ruido de sábanas al moverse.

—Acabo de salir de la ducha —dijo—. Estoy agotada.

La imagen me golpeó de inmediato: Rebeca en la habitación del hotel, con el pelo mojado, solo con una toalla o con el pijama de seda que se llevó. Descalza. Con la piel todavía caliente y húmeda.

—¿Qué tal la cena? —pregunté.

—Larga. Productiva, pero larga. Pablo quería repasar toda la estrategia para mañana. Pedimos una botella de vino para hacerla más llevadera.

Otra vez ese nombre, dicho con tanta naturalidad. Pablo. Como si fuera cualquiera. Como si no fuera el hombre que yo imaginaba poniéndole la mano en la espalda al entrar al restaurante.

—¿Y cómo estás tú? —preguntó ella.

—Bien. En la cama ya. La casa está muy vacía sin ti.

Sonó sincero. Y lo era. Pero también era una verdad a medias. No le dije que acababa de masturbarme imaginando cómo su jefe la follaba contra la pared de su habitación.

Rebeca soltó un suspiro suave, de esos que salen cuando uno se estira en la cama.

—Ojalá estuvieras aquí —murmuró.

Y ahí estaba. Esa frase tan simple que, en su boca, sonaba peligrosa. Porque mi mente la retorció al instante: ¿lo decía porque realmente me echaba de menos? ¿O porque se sentía culpable por algo que ya había pasado? ¿O porque estaba sola en la habitación y necesitaba llenar el silencio?

—¿Estás en tu habitación? —pregunté, intentando sonar casual.

—Sí. Me acabo de tumbar. Pablo se fue a la suya hace un rato.

«Hace un rato». ¿Cuánto era “un rato”? ¿Diez minutos? ¿Una hora? ¿O acababa de irse ahora, después de estar con ella en la habitación?

Mi polla dio un leve latido bajo las sábanas, traicionera.

Hablamos unos minutos más. Cosas banales. El clima en Barcelona. Lo temprano que empezaban mañana. Que el colchón del hotel era mejor que el nuestro. Su voz era cariñosa, cansada, la de siempre. Pero cada pausa, cada pequeño ruido de fondo, se convertía en combustible para mi imaginación.

Cuando íbamos a colgar, ella bajó aún más la voz:

—Te quiero. Descansa, ¿vale?

—Yo también te quiero.

Colgué.

El teléfono se apagó y la habitación volvió a quedar en silencio absoluto.

Me quedé mirando el techo, con el corazón latiendo fuerte y la polla otra vez medio dura.

Acababa de hablar con mi mujer mientras ella estaba recién duchada en una habitación de hotel, a cientos de kilómetros, después de haber cenado con su jefe.

Y yo no había sido capaz de preguntarle nada directo.

Solo había escuchado. Solo había imaginado.

La culpa seguía ahí.

Pero también la excitación. Más fuerte ahora.

Sabía que si metía la mano bajo las sábanas otra vez, volvería a correrme pensando en él. Pensando en que quizás Pablo no se había ido a su habitación. Pensando en que quizás en ese preciso momento, mientras yo estaba aquí solo con su almohada, él estaba llamando suavemente a la puerta de Rebeca.

Cerré los ojos con fuerza.

La segunda noche en Barcelona acababa de empezar.

Y yo ya estaba perdiendo la cabeza.