La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 8. Noche uno (desde Madrid)
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Capítulo 8. Noche uno (desde Madrid)

El miércoles me desperté antes que ella.

Rebeca es madrugadora —es de las personas que abren los ojos y ya están en el día, sin transición, sin ese período de frontera en que la mayoría necesitamos unos minutos para recordar quiénes somos.

Yo soy más lento. Necesito el café, las escaleras, los dos minutos de silencio antes de que el día empiece a exigir.

Esa mañana me desperté a las seis y cuarto y ella todavía dormía.

Me quedé un momento mirándola.

Tiene una forma de dormir que no ha cambiado en diez años: de lado, con la mano derecha debajo de la mejilla, el pelo sobre la almohada en ese desorden específico que solo tiene cuando duerme.

La cara relajada, sin el filo profesional de las horas del bufete.

Una versión de Rebeca que no ve nadie más que yo.

Me levanté sin hacer ruido.

Desayunamos juntos a las siete.

Café, tostadas, la luz fría de noviembre entrando por la ventana de la cocina. Rebeca estaba ya en modo viaje —concentrada, eficiente, presente pero con una parte de la cabeza ya en Barcelona. Lo reconozco. Lo tengo yo también cuando salgo por trabajo.

—Llámame cuando llegues —dije.

—Claro.

—Y come algo. Cuando estás con el caso olvidas comer.

Me miró con esa media sonrisa que tiene cuando le digo algo que ya sabe.

—Comeré.

—Lo digo en serio.

—Lo sé. —La sonrisa se hizo entera—. Por eso lo dices.

La acompañé hasta la puerta con la maleta. Le di un beso. Uno de los largos, de los que no tienen prisa.

—Dos días —dijo contra mi boca.

—Dos días —repetí.

La vi bajar por las escaleras sin volverse. Escuché el ruido de la maleta en cada peldaño, haciéndose más pequeño, y después el golpe de la puerta del edificio cerrándose.

Me quedé en el marco de la puerta de casa un momento.

El bufete ese día fue silencioso de una forma que no tenía nada que ver con el ruido real.

El ruido era el de siempre: teléfonos, pasos, conversaciones en los pasillos, el ascensor abriéndose y cerrándose.

Pero había algo diferente en la textura del día, algo que no supe nombrar hasta media mañana: el despacho de Pablo también estaba vacío.

Puerta cerrada, luz apagada, su nombre en la plaquita y detrás nada.

Los dos ausentes al mismo tiempo.

Eso era lógico. Eso era exactamente lo que tenía que ser.

Trabajé bien esa mañana.

Tres horas de concentración limpia, el tipo de trabajo que ocurre cuando la cabeza está despejada y los argumentos se construyen solos. Terminé un informe que llevaba días resistiéndose, revisé dos contratos, respondí correos con una eficiencia que en otro momento me habría parecido satisfactoria.

A la una comí en el bufete, en la cafetería, con dos compañeros que hablaron de un partido de fútbol que yo no había visto y de un cliente difícil que los dos conocíamos. Conversación normal. Comida normal.

Por la tarde tuve una reunión con un cliente nuevo. Dos horas. Tomé notas. Hice las preguntas correctas. Cuando salió por la puerta, tenía el caso suficientemente claro para saber que iba a ganar.

Debería haberme sentido bien.

Me sentí bien.

O me lo dije con suficiente convicción para que funcionara.

A las siete me fui.

En casa hice lo que hago cuando estoy solo: moví los tiempos. Cené antes, más ligero, sin la mesa puesta. Puse música —algo que Rebeca no elegiría, un poco más ruidoso de lo que solemos tener— y limpié la cocina con más calma de la habitual.

A las nueve estaba en el sofá con el teléfono en la mano.

Ella no había llamado.

Lo había dicho: llámame cuando llegues. Y ella había dicho: claro. Pero habían pasado trece horas desde que se había ido y el teléfono seguía sin sonar y yo llevaba veinte minutos mirándolo sin escribir nada.

No quería ser el que llama primero.

No porque me pareciera una cuestión de orgullo.

Sino porque llamar primero significaba admitir que había estado pendiente todo el día.

Que había revisado el teléfono cada vez que vibraba.

Que había imaginado, una y otra vez, a Rebeca y Pablo saliendo del avión, cogiendo un taxi juntos, registrándose en el hotel, yendo a cenar “para revisar documentación”.

Imaginé la cena. Una mesa discreta, vino tinto, luces bajas.

Pablo con la camisa arremangada, mirándola como mira a alguien que ya no es solo una subordinada.

Rebeca con las mejillas ligeramente sonrojadas por el alcohol y la atención.

Esa sonrisa que conozco tan bien, la que reserva para cuando se siente deseada.

Me levanté, fui a la nevera, cogí una cerveza y volví al sofá. La música sonaba más alta de lo normal.

A las nueve y veinte me llamó ella.

Descolgué al segundo tono.

—Hola, cariño —su voz sonaba cansada, pero tranquila—. Perdona que llame tan tarde. Acabamos ahora de cenar. Ha sido un día eterno.

—Hola. ¿Cómo fue?

—Largo. La documentación es peor de lo que esperábamos. Pasamos seis horas en la sala de archivos de la empresa. —Un sonido de fondo que no identifiqué. Pasos, quizás. O una puerta—. Acabamos de llegar al hotel hace un momento.

Acabamos.

Plural.

Lógico. Habían llegado juntos porque venían del mismo sitio. Eso era todo lo que significaba ese plural.

—¿Habéis cenado? —pregunté.

—Ahora. Hay un restaurante aquí cerca que recomendó el hotel. —Una pausa—. ¿Tú estás bien?

—Sí. Bien. Buen día.

—¿El cliente nuevo?

—Bien. Lo tenemos.

—Sabía que lo tendrías.

Lo dijo con esa certeza suya que nunca es halago sino constatación. Eso también lo conozco de memoria. Eso también es de los dos.

—Come algo —dije.

—Ya voy. —Una pausa más corta—. Armando.

—Dime.

—Mañana terminamos pronto. Cogeremos el tren de las seis.

—Bien.

—Bien —repitió.

Silencio de dos segundos. Uno de esos silencios que en una llamada tienen un peso específico porque no hay imagen que los llene, solo el sonido de la respiración del otro y lo que cada uno pone dentro.

—Hasta mañana —dijo.

—Hasta mañana.

Colgó.

Después de colgar, el silencio de la casa se volvió más denso.

Me quedé sentado en el sofá con el teléfono aún en la mano, la pantalla ya oscura. Las nueve y treinta y ocho. Rebeca estaba en Barcelona. Acababa de cenar con Pablo. Ahora estaba en su habitación de hotel. Sola… o no.

No hice nada durante varios minutos. Solo respiré.

Intenté leer el ruido de fondo de la llamada otra vez en mi cabeza: el sonido de una puerta, sus tacones, su voz ligeramente ronca por el cansancio…

o por el vino. ¿Había sonado más suave de lo normal?

¿Había una nota distinta cuando dijo “Pablo se quedó abajo”?

La mente es cruel cuando se le da espacio. Empieza con una duda pequeña y, sin permiso, construye un escenario completo.

La imaginé quitándose los pendientes frente al espejo del hotel.

La blusa desabrochada lo justo para estar cómoda.

El cansancio del día haciendo que sus movimientos fueran más lentos, más sensuales.

¿Estaría pensando en mí? ¿O estaría repasando la cena?

La forma en que Pablo la había mirado al servirle más vino.

La forma en que él había apoyado la mano en el respaldo de su silla al levantarse.

Pequeños gestos. Nada explícito. Todo letal.

Me levanté y empecé a caminar por el salón.

Quería creerla. Quería confiar. Llevábamos diez años juntos. Conocía su olor, su sabor, la forma exacta en que su cuerpo se rendía cuando se corría conmigo. Esa misma noche, antes de que se fuera, habíamos follado con una intensidad que no era habitual. Había sido real. Había sido nuestro.

Pero entonces aparecía la otra voz. La más baja, la más oscura.

¿Y si esa intensidad no fue por mí? ¿Y si ya estaba excitada pensando en el viaje? ¿Y si al besarme, al abrirse para mí, estaba imaginando que eran las manos de Pablo las que la tocaban?

Me detuve frente a la ventana. La calle estaba tranquila. Mi reflejo en el cristal parecía cansado, normal, insignificante.

Sentí una punzada aguda en el pecho: celos puros, clásicos, de los que queman. Pero justo debajo de esa quemazón había otra cosa. Un calor viscoso, vergonzoso, que me subía desde el estómago hasta la entrepierna. Me odiaba por sentirlo. Y cuanto más lo odiaba, más fuerte se volvía.

Me imaginé llamándola otra vez. Imaginé que no contestaba.

Imaginé que estaba en la habitación de Pablo.

Que la puerta se había cerrado con un clic suave y que ahora mismo él la tenía contra la pared, subiéndole la falda mientras ella intentaba no gemir demasiado alto.

Imaginé la polla de Pablo entrando en ella, más gruesa, más dura, más segura que la mía.

Imaginé la cara de Rebeca: sorpresa, placer, culpa… y placer otra vez.

Se me puso dura.

Me senté de nuevo, avergonzado y excitado al mismo tiempo. No me toqué. Solo me quedé ahí, con la erección presionando contra el pantalón, sintiendo cómo la humillación me inundaba.

¿Qué clase de hombre se pone cachondo imaginando que su mujer está siendo follada por otro?

¿Qué clase de marido siente alivio y terror al mismo tiempo cuando ella le dice “te echo de menos” con esa voz cansada?

La tensión era insoportable porque no había nada concreto a lo que agarrarse. No había pruebas. Solo posibilidad. Y la posibilidad era mucho más destructiva que cualquier certeza.

Quería proteger lo nuestro.

Quería que volviera siendo exactamente la misma Rebeca de siempre.

Y al mismo tiempo… una parte retorcida de mí quería que volviera distinta. Con el olor de otro hombre todavía en la piel. Con la mirada un poco más lejana. Con algo que ya nunca pudiera borrar.

Me serví un whisky y me lo bebí de un trago.

Eran las diez y doce.

Todavía quedaban dos noches más en Barcelona.

Y yo ya no sabía si deseaba que pasaran rápido… o si secretamente quería que pasaran exactamente como me aterrorizaba que pasaran.

A las diez y media estaba en la cama. Solo. No recordaba ya la última vez que habíamos dormido separados.