La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 7. El viaje anunciado.
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Capítulo 7. El viaje anunciado.

Reunión de equipo, sala pequeña, los cuatro asociados que trabajaban en el Leira más Pablo y una asistente tomando notas.

Yo no estaba en esa reunión. Me lo contó Rebeca esa misma tarde, en el coche, de camino a casa, con la misma naturalidad con que me habría contado que habían cambiado el proveedor del café de la cuarta planta.

—Pablo dijo que hay que ir a Barcelona.

Miré la carretera.

—¿Cuándo?

—La semana que viene. Miércoles y jueves. La empresa tiene sede allí y hay documentación que no pueden enviarnos, hay que revisarla in situ.

—¿Todo el equipo?

Una pausa.

—Los asociados se quedan. Hay trabajo aquí que no puede pararse. —Otra pausa, más corta—. Vamos Pablo y yo.

La carretera. El semáforo en rojo. El ruido del motor al ralentí.

—Bien —dije.

—Son dos días.

—Lo sé.

—Si hay algún problema—

—Rebeca. —La miré un momento, el tiempo que permite un semáforo—. No hay ningún problema.

El semáforo se puso verde.

Ella no dijo nada más.

Yo tampoco.

El resto del trayecto fue en silencio. Un silencio cómodo por fuera, espeso por dentro. Conducía con las dos manos en el volante, la mirada fija al frente, mientras en mi cabeza se repetía la misma frase: “Pablo y yo”.

Pablo y yo. Dos noches. Dos desayunos. Dos cenas. Dos habitaciones de hotel… o quizá una.

Imaginé el avión. Los asientos juntos. Imaginé el trayecto en taxi hasta el hotel.

Imaginé a Pablo quitándose la corbata en el ascensor mientras la miraba de esa forma que ya le conozco.

Imaginé a Rebeca con el vestido negro que se lleva para las reuniones importantes, el que le marca la cintura y el culo.

Imaginé cómo se lo quitaría esa noche, después de una cena de trabajo que se alarga demasiado.

Sentí náuseas. Y al mismo tiempo, debajo de esa náusea, un calor bajo y traicionero.

Esa noche, cuando nos acostamos, todo fue igual que siempre. Le comí el coño con movimientos lentos y conocidos, saboreando su sabor familiar. Ella me la chupó con esa dedicación tibia y mecánica. Luego la follé con el ritmo monótono de siempre, dentro y fuera, sin prisa, sin fuego.

Y mientras lo hacía, no dejaba de pensar en Barcelona.

En Pablo follándosela en una habitación de hotel con vistas a la ciudad.

En él siendo más brusco, más dominante, más hombre de lo que yo soy ahora.

En Rebeca gimiendo más alto de lo que gime conmigo.

En ella abriendo las piernas para su jefe con una excitación que ya casi no siente cuando estoy yo encima.

Me corrí en silencio, como siempre.

Después, con Rebeca dormida a mi lado, me quedé mirando el techo otra vez.

Dos días. Solo dos días.

Me repetía que no era nada. Que era trabajo. Que confiaba en ella.

Pero ya no era solo duda lo que sentía. Era algo más denso. Más viscoso. Una mezcla de celos profundos y una excitación enfermiza que ya no podía ignorar.

Pablo y yo.

Esas tres palabras se habían quedado clavadas en algún lugar de mi cabeza, latiendo suavemente, como un segundo corazón.

Y por primera vez, una parte de mí —la parte más oscura y humillada— empezó a preguntarse cómo sonaría la voz de Rebeca al contármelo todo cuando volviera.

Esa noche no dormí bien.

No fue una noche de insomnio declarado —de esas en que te quedas mirando el techo con la cabeza encendida y la certeza de que no vas a dormir. Fue peor: una noche de sueño interrumpido, de superficies, de despertar cada hora sin saber por qué y volver a dormirme sin llegar a ningún sitio profundo.

A las seis me levanté.

Me hice café. Me senté en la cocina con las luces apagadas y la ciudad todavía oscura al otro lado de la ventana. Bebí despacio.

No pensé en nada concreto.

O me negué a pensar en nada concreto, que no es lo mismo pero a las seis de la mañana la diferencia importa menos.

Rebeca preparaba el viaje con la eficiencia de siempre —documentación, agenda, los correos con Pablo sobre la logística— y yo lo veía desde la distancia justa que había decidido mantener sin haber tomado esa decisión conscientemente.

El viernes por la noche abrí una botella de vino bueno.

Sin ocasión especial. O con una ocasión que no nombré.

Cenamos tarde, hablamos de cosas que no eran el bufete, y en algún momento Rebeca apoyó la cabeza en mi hombro en el sofá y yo puse la mano en su pelo y estuvimos así un rato largo sin que ninguno de los dos dijera nada.

Fue una de esas noches en que el matrimonio pesa bien.

En que su peso es exactamente el que quieres cargar.

Me aferré a eso.

El lunes, Pablo paró en la puerta de mi despacho.

No era habitual. En cuatro años habíamos tenido las conversaciones necesarias —profesionales, correctas, sin frialdad declarada pero sin calor tampoco— y pocas más. No era enemistad. Era la distancia natural entre dos personas que se valoran con reservas y ambas lo saben.

Llamó en el marco de la puerta con los nudillos. Entró sin esperar respuesta, que era su forma de entrar a cualquier sitio.

—Armando. ¿Tienes un momento?

—Sí.

Se sentó al otro lado de mi mesa. Dejó una carpeta sobre la superficie pero no la abrió. Me miró con esa atención específica que le conozco, la de alguien que está midiendo algo antes de hablar.

—El caso Ferreira —dijo—. Vi que llevas la parte de contratos. Hay un antecedente del año pasado que podría afectarte. ¿Lo tienes?

Lo tenía. Se lo dije. Hablamos cuatro minutos de derecho mercantil con la precisión de dos abogados que se respetan profesionalmente aunque no se elijan personalmente.

Se levantó.

—Bien. —Recogió la carpeta—. La semana que viene estoy fuera dos días, si necesitas algo habla con Jiménez.

Lo dijo sin énfasis. Como un dato logístico.

—Lo sé —dije.

Me miró un momento.

—Rebeca me dijo que te lo había comentado.

—Sí.

Asintió. Otro momento de silencio que tenía textura propia, que no era incómodo exactamente pero tampoco era vacío.

—Es un caso importante —dijo—. Merece la pena el viaje.

—Estoy seguro.

Salió.

Me quedé mirando la puerta cerrada.

Había venido a hablarme del caso Ferreira.

Eso era todo lo que había ocurrido.

Me lo repetí dos veces y las dos veces fue verdad.

El martes por la noche Rebeca hizo la maleta.

Yo estaba en la cama con un libro cuando ella entró al dormitorio con la maleta pequeña —la de cabina, la de los viajes cortos— y empezó a doblar ropa sobre la cama con esa meticulosidad suya que convierte el equipaje en algo parecido a un argumento bien estructurado.

La observé sin decir nada.

Dobló dos blusas. Un pantalón. Eligió entre dos jerseys, descartó uno, guardó el otro. Se fue al baño a por el neceser.

—¿A qué hora salis? —pregunté cuando volvió.

—Tren de las ocho. Llegamos a las diez, directos a la empresa.

—¿Dónde os quedáis?

—Hotel Alma. En el Eixample.

Lo dijo sin énfasis. Un dato logístico, como el de Pablo el día anterior. Un hotel en Barcelona. Una dirección. Información que no requería nada de mi parte salvo recibirla.

—Bien —dije.

Ella cerró la maleta. La dejó junto a la puerta para no tener que buscarla por la mañana. Se metió en el baño a lavarse los dientes.

Yo volví al libro.

No leí ninguna de las páginas que pasé.

A las once apagamos la luz.

Rebeca se giró hacia mí en la oscuridad. No fue un gesto calculado —nunca lo es con ella—. Puso la mano en mi pecho y yo la rodé hacia mí y la besé despacio, sin prisa, con la oscuridad y el silencio de la habitación como único contexto.

Le quité la camiseta del pijama con lentitud.

Mis manos recorrieron su piel tibia, familiar, deteniéndose en sus pechos.

Los acaricié, los besé, lamí sus pezones hasta que se endurecieron bajo mi lengua.

Ella suspiró y enredó los dedos en mi pelo, no con fuerza, pero con más presencia que otras noches.

Bajé por su cuerpo. Le quité los pantalones cortos y las bragas y me acomodé entre sus piernas abiertas.

El olor de su sexo, cálido y ligeramente almizclado, me llenó la nariz.

Empecé a lamerla con dedicación más intensa de lo habitual.

Mi lengua recorría sus labios hinchados, entraba en ella, subía hasta su clítoris y lo succionaba suavemente, una y otra vez, con ritmo constante pero más profundo.

Sentía cómo se humedecía más, cómo su sabor se volvía más pronunciado, más salado.

Rebeca levantó ligeramente las caderas y soltó un gemido bajo, casi ronco, que no le había oído en semanas.

—Así… —murmuró.

Eso me encendió. Lamí con más hambre, introduciendo dos dedos en su interior mientras mi boca se centraba en su clítoris. El sonido húmedo de mi lengua y mis dedos llenaba la habitación. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara, más presente, más viva.

Después de varios minutos se incorporó, me empujó suavemente hacia atrás y se colocó entre mis piernas.

Su boca estaba caliente y ansiosa. Se metió mi polla hasta el fondo en un solo movimiento, algo que casi nunca hacía.

La chupó con fuerza, con la lengua presionando la parte inferior, subiendo y bajando con un ritmo más rápido y húmedo.

La saliva resbalaba por mis huevos. Sentía el calor apretado de su garganta cada vez que bajaba. Era bueno. Demasiado bueno.

—Joder, Rebeca… —susurré.

Volvió a subir y se tumbó de espaldas, abriendo las piernas para mí.

—Ven.

Entré en ella de un empujón más firme de lo normal.

Estaba empapada. Caliente. Apretada. Empecé a follarla con embestidas largas y profundas, controladas pero intensas.

El colchón crujía con fuerza. Sus tetas se movían al ritmo de mis embestidas.

Rebeca me rodeó la cintura con las piernas y clavó los talones en mi culo, tirando de mí hacia adentro.

Era nuestro. Era intenso. Era real.

Y entonces llegó la punzada.

Mientras la follaba con fuerza, mirándola a los ojos en la penumbra, la imagen apareció sin permiso: Pablo encima de ella en una habitación de hotel en Barcelona.

Pablo follándosela con más fuerza, con más autoridad.

Pablo escuchando esos mismos gemidos, pero más altos, más desesperados.

Pablo haciéndola correrse como yo ya casi no conseguía.

La rabia y los celos me atravesaron el pecho como un hierro caliente. Y, sin embargo, me pusieron más duro. Embestí más fuerte, más rápido. Rebeca gimió más alto, sorprendida por el cambio de intensidad.

—Más… —pidió con voz entrecortada.

La follé con todo lo que tenía, intentando borrar esa imagen a base de polla, pero solo conseguía que se volviera más nítida. Imaginé a Pablo corriéndose dentro de ella. Imaginé a Rebeca arañándole la espalda. Imaginé su cara de placer cuando él la llenara.

Me corrí con un gruñido ronco, profundo, casi doloroso. Me vacié dentro de ella con varios espasmos fuertes, más de los que recordaba en mucho tiempo. Rebeca se corrió poco después, apretándome con sus paredes internas, temblando debajo de mí.

Nos quedamos abrazados, sudados y jadeando.

Con su cabeza en mi hombro y su respiración enfriándose hacia el sueño, me quedé despierto.

No pensé en Pablo.

Me negué a pensar en Pablo.

Pensé en Rebeca. En su peso contra mi costado. En diez años de noches así. En todo lo que conocía de ella y en la certeza, sólida como un expediente bien construido, de que lo que acababa de ocurrir entre nosotros era real. Era mío. Era de los dos.

Me lo creí.

Me lo creí del todo.

Durante un rato.

Pero la punzada seguía ahí, latiendo suavemente entre mis costillas, recordándome que, aunque esta noche había sido más intensa, dentro de unos días ella se iría a Barcelona con él.

Y que una parte de mí, la más oscura, ya estaba imaginando cómo sería la noche en que volviera.

A las dos de la madrugada me desperté sin saber por qué.

La habitación estaba en silencio. Rebeca dormía. La maleta seguía junto a la puerta, su silueta oscura en la penumbra.

Me quedé mirándola.

Dos días.

Cuarenta y ocho horas.

Un hotel en el Eixample.

Cerré los ojos.

Los abrí.

Volví a cerrarlos.

En algún momento, mucho más tarde, el sueño vino a buscarme otra vez.

Esta vez lo dejé.