Capítulo 6. Prueba circunstancial.
El jueves Rebeca llegó tarde.
Tarde de forma cotidiana: las nueve y cuarto en lugar de las ocho y media, el abrigo todavía húmedo de la calle, el pelo con ese orden ligeramente imperfecto de quien ha salido de casa con prisa. Me lo dijo por mensaje a las nueve menos cinco: Reunión con cliente se adelantó, llego en veinte.
Lo leí en mi despacho con el café en la mano y no respondí nada porque no había nada que responder.
Llegó a las nueve y doce.
La vi pasar por delante de mi puerta —abierta, siempre la tengo abierta por las mañanas— con paso rápido, sin mirar hacia dentro. No porque me evitara. Porque iba con la cabeza en otra parte, en el cliente, en la reunión, en el día que ya había empezado antes de llegar al bufete.
La conocía bien.
Seguí con mi café.
A media mañana bajé a buscar un documento a archivo.
El archivo del bufete está en el sótano: un laberinto de estanterías metálicas y cajas ordenadas por año y expediente que huele a papel viejo y a aire que no circula bien. Voy pocas veces. Cuando voy, tardo más de lo necesario porque algo en ese silencio subterráneo me resulta útil para pensar.
Ese día no necesitaba pensar en nada concreto.
O eso me dije.
Encontré el documento en diez minutos. Me quedé otros cinco de pie entre las estanterías, con el papel en la mano, sin leerlo.
Mirando las cajas. Los años impresos en los lomos.
Todo ese peso muerto de casos cerrados, de argumentos que ya no importaban, de verdades que habían sido relevantes en un momento preciso y después habían dejado de serlo.
Subí.
A la una y media fui a buscar a Rebeca para comer.
Su despacho estaba vacío. Puerta abierta, ordenador en modo reposo, bolso colgado en la silla. Todavía dentro del edificio.
Pregunté a Marta, la asistente de la planta.
—Creo que está con Vidal —dijo, sin levantar los ojos de la pantalla—. Llevan un rato.
Asentí. No pregunté nada más.
Bajé a la cafetería y comí solo por segunda vez en la semana. No era la primera vez que ocurría —en un bufete las comidas se interrumpen, se cancelan, se retrasan con una frecuencia que cualquiera que no trabaje en uno encontraría inadmisible. Era normal. Era el trabajo.
Comí despacio.
Mientras pinchaba la comida sin ganas, no podía dejar de imaginarlos.
A los dos solos en el despacho de Vidal.
La puerta cerrada. Esa voz grave y autoritaria de él explicándole algo, acercándose demasiado.
Rebeca de pie junto a su mesa, inclinada ligeramente sobre los documentos, con esa falda lápiz que le marca el culo de forma tan perfecta.
La misma pausa del miércoles, pero más larga. Mucho más larga.
Me la imaginaba sonriendo de esa manera tímida que solo usa cuando se siente halagada. Me la imaginaba recibiendo un cumplido que no era del todo profesional. Me la imaginaba excitándose con el poder que él tiene sobre ella. Y lo peor: me la imaginaba mojándose por él.
Sentí otra vez esa mezcla asquerosa y adictiva: celos que apretaban el pecho y un calor humillante que me llegaba hasta la polla.
Aquí estaba yo, comiendo solo un menú mediocre, mientras mi mujer llevaba más de una hora encerrada con su jefe.
Y yo no hacía nada. Solo rumiaba. Solo me ponía duro pensando en ello.
Volví a las tres.
Rebeca ya estaba en su despacho. Tecleaba con normalidad, como si nada. Levantó la vista cuando entré y me sonrió con cariño, pero con esa ligera distracción de quien todavía tiene la cabeza en otra cosa.
—Perdona, cariño. Se alargó la reunión con Vidal. El caso nuevo es complicado.
—No pasa nada —respondí, intentando que mi voz sonara normal.
Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Olía a su perfume de siempre… y, muy sutilmente, a algo más. ¿Su aftershave? ¿Solo mi imaginación? No lo sabía. Y esa duda ya era suficiente.
No pregunté nada más. Solo sonreí, le dije que nos veríamos en casa y salí de su despacho.
La incertidumbre ya no era pequeña. Se estaba haciendo más grande. Y yo no sabía si quería que dejara de crecer.
Esa tarde trabajé hasta las ocho.
Rebeca salió antes —me lo dijo por mensaje a las siete: Voy tirando, tengo que llamar a mi madre. Te veo en casa. Lo leí, respondí con un vale, seguí trabajando.
A las ocho recogí, apagué el ordenador, cogí el abrigo.
Salí al pasillo.
Y entonces lo noté.
Pasé por delante del despacho de Pablo Vidal —cerrado, luz apagada, él ya se había ido— y algo en el aire del pasillo me detuvo un momento.
Me detuve.
Aspiré despacio.
Era un perfume.
No el de Rebeca —el suyo lo conozco de memoria, lo reconocería en cualquier sitio, con los ojos cerrados, a años de distancia. Era otro. Era el de Pablo: madera, algo cítrico, discreto pero presente. Lo había identificado sin querer en semanas de reuniones compartidas.
Estaba en el pasillo.
Frente al despacho de Pablo.
Eso no significaba nada. Los perfumes se quedan en los espacios. Cualquiera había pasado por ahí en algún momento del día. El pasillo era de todos.
Seguí caminando.
Bajé por las escaleras.
En casa, Rebeca estaba en la cocina cuando llegué. Al teléfono con su madre, como había dicho. Me saludó con un gesto de la mano —ya casi termino— y yo dejé el maletín, me quité el abrigo, me serví agua del grifo y me apoyé en la encimera a esperarla.
La escuché hablar.
Su madre, la casa de su madre, algo sobre una gotera que llevaba semanas sin arreglarse. La voz de Rebeca en ese registro familiar, más suelta, más doméstica, sin el filo profesional de las horas del bufete. Una voz que conozco desde antes que cualquier otra versión de ella.
Colgó a los cinco minutos.
—¿Cenamos? —dijo.
—Sí.
Preparamos la cena juntos en ese silencio coordinado de siempre. Ella la pasta, yo la ensalada, los dos moviéndonos por la cocina sin chocarnos, sin tener que decir apártate ni pásame eso porque después de diez años los cuerpos también aprenden la geografía del otro.
Cenamos.
Hablamos de la gotera de su madre. De un colega mío que llevaba semanas con un caso imposible. De si el fin de semana podríamos ir al mercado de los sábados que llevábamos meses sin pisar.
En ningún momento habló del Leira.
En ningún momento habló de Pablo.
Eso era normal. Había días así —días en que el trabajo se quedaba en el trabajo y la casa era otra cosa.
Era normal.
Más tarde, mientras recogíamos, Rebeca puso el teléfono sobre la encimera para tener las manos libres. La pantalla quedó hacia arriba.
Yo estaba de espaldas, secando un vaso.
Escuché la vibración.
Me volví sin pensar —un reflejo, nada más— y vi la pantalla iluminada el tiempo exacto antes de que se apagara sola.
El tiempo exacto fue suficiente.
No vi el mensaje. No alcancé a leer nada. Solo vi el nombre del remitente en la barra de notificación, blanco sobre negro, durante los dos segundos que la pantalla tardó en apagarse.
Pablo Vidal.
Las once y cuarenta y siete de la noche.
Rebeca no estaba mirando el teléfono. Estaba de espaldas, guardando algo en el armario. Cuando se giró, la pantalla ya estaba apagada. Lo cogió, lo miró un momento —ese momento— y lo guardó en el bolsillo del pantalón.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Terminamos de recoger la cocina.
En la cama, mucho después, con la habitación en silencio y Rebeca dormida, estuve mirando el techo con esa clase de vigilia que no es insomnio sino otra cosa: un estado de alerta baja, sostenida, sin objeto concreto.
Las once y cuarenta y siete.
Podía ser cualquier cosa. Una duda sobre el caso, una instrucción para el día siguiente, un documento que había recordado tarde. Los abogados escriben a esas horas. Yo lo hago. Lo hemos hecho los dos durante años.
Era una explicación completamente razonable.
Era la explicación que elegí.
La diferencia entre elegir una explicación y creerla es pequeña algunas noches y enorme otras.
Esa noche no supe en cuál estaba.
Lo que sí supe —con la claridad incómoda de las cosas que se saben antes de querer saberlas— es que había algo que ya no podía archivar bajo “dato a confirmar”.
Había algo que ya tenía forma.
Todavía no tenía nombre.
Pero tenía forma.
Y esa forma se llamaba Pablo Vidal.
Me imaginé el mensaje. Me imaginé su nombre en la pantalla de mi mujer a esas horas.
Me imaginé a Rebeca leyendolo en el baño antes de acostarse, mordiéndose ligeramente el labio inferior como hace cuando algo le interesa de verdad.
Me imaginé su respuesta. Breve. Profesional. O quizá no tan profesional.
Y luego, como siempre, mi mente fue más lejos.
Imaginé que no era solo un mensaje. Imaginé que era el tercer o cuarto de la noche.
Imaginé que le escribía cosas que no tenían que ver con el caso.
Imaginé que ella contestaba sabiendo que yo estaba en la misma casa, a unos metros.
Imaginé que se excitaba con él mientras yo secaba los vasos como un marido ejemplar.
Sentí celos. Sentí rabia. Y sentí, también, esa humillación caliente y pegajosa que ya empezaba a resultarme familiar: la polla medio dura bajo las sábanas solo de pensar que mi mujer podía estar recibiendo atención de un hombre que no soy yo.
Un hombre que tiene poder sobre ella. Un hombre que probablemente la follaría mejor de lo que yo la he follado en años.
Rebeca suspiró en sueños y se giró, dándome la espalda. Su culo rozó mi muslo. Ese contacto inocente me provocó otra punzada: celos mezclados con deseo.
Quería preguntarle. Quería saber. Y al mismo tiempo… una parte retorcida de mí no quería saber. Prefería quedarse con la duda, con la imagen de ella abriendo ese mensaje a escondidas, con la posibilidad de que algo estuviera empezando.
Cerré los ojos.
La lluvia había parado, pero dentro de mí seguía cayendo.