La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 5. El primer roce.
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Capítulo 5. El primer roce.

Uno de esos días de noviembre en que Madrid decide que el otoño ya duró suficiente y empieza a comportarse como otra ciudad, más gris, más cerrada, con los paraguas chocando en las aceras y el ruido de la lluvia contra los cristales del bufete como fondo constante de toda la jornada.

Yo tenía una vista a las doce.

Salí del edificio a las once y cuarto con el maletín y el abrigo y la concentración puesta ya en el juicio, en el orden de los argumentos, en las tres preguntas que el juez probablemente haría y las respuestas que tenía preparadas para cada una.

Así funciona mi cabeza antes de una vista: se estrecha.

Todo lo que no es el caso desaparece o se aplaza.

Volví a las cuatro.

El juez había hecho dos de las tres preguntas que esperaba y una que no, y la que no esperaba la había respondido mejor que las otras porque no tenía respuesta preparada y cuando no tengo respuesta preparada pienso en voz alta y a veces eso es más convincente que cualquier argumento construido en frío.

Subí por las escaleras. Los dos minutos de siempre.

Ese día no los usé para ordenar.

Los vi cuando doblé el pasillo de la cuarta planta.

Me dirigía a mi despacho, maletín en mano, con la cabeza todavía medio en el juzgado. Doblé la esquina y estaban ahí, de pie frente a la puerta del despacho de Rebeca, los dos con papeles en la mano, hablando.

Se estaban riendo.

Rebeca tenía la cabeza levemente inclinada hacia un lado, ese gesto que tiene cuando algo le divierte de verdad.

Pablo tenía los papeles en la mano izquierda y con la derecha había hecho algún gesto que yo no había visto, el gesto que había provocado la risa, y ahora la mano reposaba a su lado y él la miraba con esa atención específica que yo ya había catalogado y que seguía sin gustarme.

Me vieron.

O Rebeca me vio primero —siempre me ve primero, ese radar suyo— y Pablo lo leyó en su cara y giró la cabeza.

La risa de Rebeca tardó un segundo en apagarse.

Ese segundo.

El mismo segundo que tarda cualquier persona en ajustar el tono cuando entra alguien nuevo en una conversación.

Un segundo normal.

Un segundo que no significaba nada.

Un segundo que yo guardé de todas formas.

—Hola —dijo Rebeca.

—Hola. —Miré a Pablo—. Vidal.

—Armando. ¿Cómo fue la vista?

Lo preguntó con naturalidad. Sin énfasis. Como pregunta alguien que sabe que tenías una vista porque lleva semanas en el mismo edificio y la información circula.

—Bien —dije.

—El juez Morales es impredecible —dijo—. Pero si va bien con él, va bien de verdad.

Asentí. Era cierto. No añadí nada.

Hubo un momento —tres segundos, cuatro— en que ninguno de los tres habló. Esos momentos tienen su propia textura. Este tenía la textura de algo que se ha interrumpido y que ninguno de los tres iba a retomar delante de los otros dos.

—Os dejo —dije.

—Ya terminábamos —dijo Rebeca.

—No hay prisa.

Seguí hacia mi despacho. Pasé por delante de los dos sin detenerme. Escuché, sin volverme, cómo Pablo decía algo en voz baja —una frase corta, técnica, de cierre— y cómo Rebeca respondía con un monosílabo.

Entré a mi despacho.

Cerré la puerta.

Dejé el maletín sobre la mesa.

Me quedé de pie un momento en el centro de la habitación, sin moverme, con el abrigo todavía puesto y la lluvia golpeando el cristal y el edificio de enfrente gris y mojado al otro lado de la ventana.

Abrí el maletín.

Saqué el expediente del juicio.

Lo puse sobre la mesa.

No lo abrí.

Lo que me quedé pensando no fue la risa.

La risa podía ser cualquier cosa. Dos compañeros de trabajo que encuentran algo gracioso en un expediente, en una situación, en el absurdo cotidiano de un bufete donde los clientes mienten y los jueces se retrasan y los contratos tienen cláusulas que nadie leyó bien.

Eso ocurre. Lo he vivido yo con compañeros durante años.

La risa compartida no es evidencia de nada.

Lo que me quedé pensando fue el segundo.

El segundo que tardó en apagarse.

Porque una risa se apaga de formas distintas según lo que la interrumpe.

Si te interrumpe algo gracioso, se prolonga.

Si te interrumpe algo neutro, cae de golpe.

Si te interrumpe algo que de alguna manera no debería haber estado ahí —no una culpa, no exactamente, sino una conciencia de contextos que no deben mezclarse— entonces tarda.

Tarda exactamente lo que tardó la de Rebeca.

Un segundo.

A las seis y media llamaron a mi puerta.

—Pasa.

Era Rebeca. Entró con el abrigo puesto y el bolso en el hombro —lista para irse— y se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados y me miró con esa expresión que tiene cuando está evaluando si decir algo o no.

—¿Nos vamos? —dijo.

—Dame cinco minutos.

Se quedó en la puerta mientras yo recogía. No habló. Yo tampoco. Fue un silencio cómodo, de los nuestros.

Cuando tuve el maletín cerrado me levanté y nos fuimos.

En el ascensor estuvimos callados. En la calle, bajo el paraguas compartido —el suyo, yo había olvidado el mío—, caminamos hacia el aparcamiento con los hombros casi tocándose.

En algún momento Rebeca dijo:

—Estábamos revisando una cláusula del Leira. Pablo encontró un error en la redacción original que cambia bastante el enfoque.

Lo dijo sin que yo hubiera preguntado.

—Bien —dije.

—Llevábamos un rato con eso. Por eso estábamos en el pasillo, creo que necesitábamos salir del despacho un momento.

—No tienes que explicarme nada.

Una pausa.

—Lo sé —dijo.

Llegamos al coche. Ella abrió con el mando. Nos sentamos. La lluvia sobre el techo del coche tenía ese sonido que me gusta, ese ruido blanco que llena el espacio sin pedir nada.

Arrancó.

Yo miré la calle mojada por el cristal del pasajero y pensé que tenía razón: no tenía que explicarme nada. Y pensé también que lo había explicado de todas formas. Y pensé que esas dos cosas juntas formaban algo que todavía no tenía nombre pero que ya tenía peso.

Lo guardé donde guardo las cosas que no sé todavía cómo clasificar.

El cajón estaba empezando a llenarse.

En casa no hablamos del bufete.

Comida sencilla, una serie que ninguno de los dos seguía del todo, ella con el teléfono, yo con un libro que leí sin retener casi nada.

A las once apagamos las luces.

En la oscuridad, Rebeca se giró hacia el otro lado —su lado, el de siempre— y en menos de diez minutos su respiración se volvió regular.

Yo estuve despierto otro rato.

No pensé en nada concreto.

O pensé en demasiadas cosas a la vez para que alguna tomara forma.

Nos acostamos como siempre. Follando con la misma rutina tibia y conocida: mi boca entre sus piernas, su boca alrededor de mi polla, y después la penetración monótona de siempre. Todo sin sorpresas. Todo previsible.

Y en algún momento me quedé dormido sin darme cuenta, que es la única forma en que consigo dormirme cuando algo me da vueltas: de golpe, sin transición, como si el sueño se cansara de esperarme y viniera a buscarme él.

Lo último que recuerdo es la lluvia. Todavía contra el cristal. Todavía sin parar.

Soñé con Pablo.

En el sueño no era sutil. Estaba en su despacho, sentado en su sillón de cuero negro, con esa postura de quien sabe que manda.

Rebeca estaba de rodillas frente a él. No llevaba la falda gris que usa en la oficina, sino solo la blusa entreabierta.

Él tenía una mano en su pelo, guiando su cabeza con calma, casi con aburrimiento, mientras ella chupaba su polla con una dedicación que nunca le había visto conmigo.

Se escuchaba el sonido húmedo, más intenso, más obsceno que el que hace ella cuando me la chupa a mí.

Pablo me miró directamente a los ojos, como si supiera que yo estaba ahí, mirándolos. No dijo nada. Solo sonrió con esa media sonrisa de superioridad y empujó un poco más profundo en la boca de mi mujer.

Me desperté agitado, con el corazón latiendo fuerte y la polla medio dura. Rebeca dormía de espaldas a mí, ajena a todo. La lluvia seguía golpeando el cristal, más fuerte ahora.

Me quedé allí, en la oscuridad, escuchando su respiración tranquila y sintiendo cómo los celos se me enredaban en el pecho con algo mucho más sucio y pegajoso: excitación.

Una excitación humillante, enfermiza, que me hacía imaginarla gimiendo el nombre de él, abriéndose para él, dejándose usar de formas que conmigo ya no buscaba.

Diez años de matrimonio. La misma rutina. El mismo cuerpo. El mismo sabor. La misma falta de fuego.

Y ahora esta grieta. Esta variable nueva que no dejaba de crecer.

Cerré los ojos otra vez, intentando volver a dormirme. Pero la imagen de Rebeca de rodillas frente a Pablo no se iba. Al contrario. Se quedaba ahí, latiendo, ocupando cada vez más espacio.

La lluvia seguía cayendo.

Y yo ya no sabía si quería que parase.