Capítulo 4. La reunión.
El lunes había junta de seguimiento de casos activos.
Ocurría cada dos semanas, sala de juntas A, la más formal, la de la mesa larga de madera oscura que nadie había elegido pero que todos respetaban como si fuera un tribunal. Asistían los socios y los asociados senior con casos en curso. Yo tenía dos expedientes que presentar. Rebeca tenía el Leira.
Llegué antes que ella.
Me senté en mi sitio habitual —lado derecho, tercera silla desde la cabecera— y revisé mis notas mientras la sala se fue llenando.
Rebeca entró cuatro minutos antes de la hora, saludó con la cabeza a los que conocía, eligió una silla en el lado opuesto de la mesa.
No el lado donde yo estaba. No fue una decisión consciente de su parte, estoy seguro.
Era simplemente el lado donde había más espacio.
Aun así lo noté.
Pablo Vidal entró en el momento exacto en que el reloj de la sala marcó las diez. Sin un segundo de margen. Ese control del tiempo que tiene, esa forma de convertir la puntualidad en una declaración de autoridad, me había irritado durante cuatro años con una consistencia admirable.
Se sentó en la cabecera. Revisó la sala. Sus ojos pasaron por mí sin detenerse y llegaron a Rebeca con la misma pausa de siempre —dos segundos, quizás menos, quizás yo seguía estirándolos— antes de continuar hacia el resto de la mesa.
—Empezamos —dijo.
Las primeras dos presentaciones no eran mías.
Las escuché con la atención suficiente para intervenir si era necesario y con el resto de la mente en otra parte.
Observé. Es algo que hago en estas reuniones desde hace años: mientras los demás hablan, yo miro.
La sala de juntas es un ecosistema. Tiene sus propias corrientes, sus propias tensiones.
Quién mira a quién cuando habla, quién evita mirar, quién asiente demasiado rápido, quién espera antes de reaccionar.
Pablo Vidal miraba al que hablaba. Siempre. Una atención completa, sin fisuras, que podía interpretarse como respeto o como la concentración de alguien que está buscando el punto débil. Probablemente era las dos cosas.
Cuando me tocó a mí presentar, lo miré directamente.
Él también me miró.
Cuatro años en el mismo bufete y seguíamos siendo cordiales con la precisión de dos personas que han decidido no ser otra cosa. No había conflicto declarado entre nosotros. Había algo más incómodo: una valoración mutua que ninguno de los dos había resuelto del todo.
Presenté mis dos casos en ocho minutos. Preguntas técnicas, respuestas técnicas. Correcto.
Me senté.
Rebeca presentó el Leira en último lugar.
Se puso de pie con el bloc de notas y sin ningún material de apoyo —sin diapositivas, sin documentos impresos, de memoria— y expuso el estado del caso con una claridad que hizo que dos personas al otro lado de la mesa tomaran notas.
Lo vi. Lo vi y sentí ese orgullo específico que llevo años sin saber bien dónde archivar, el que mezcla el amor con algo parecido a la admiración y a veces también con algo parecido a la incomodidad, aunque no sepa exactamente por qué lo segundo.
Explicó el problema de la documentación. La estrategia para reconstruirla. El argumento central que pensaba usar en la vista. Habló durante once minutos sin consultar el bloc una sola vez.
Cuando terminó, hubo un silencio de los buenos —de los que significan que la sala está procesando, no de los que significan que nadie sabe qué decir.
—¿Objeciones? —preguntó Pablo.
Nadie habló.
—Bien. —Hizo una pausa—. El argumento de la cláusula es sólido. La reconstrucción documental es el riesgo. Necesito ese material antes del jueves.
—Lo tendrás —dijo Rebeca.
Sin intentaré. Sin haré lo posible. Lo tendrás. Con la misma naturalidad con que Pablo daba instrucciones.
Algo cruzó la cara de Pablo. Rápido. No era sorpresa —era algo más parecido al reconocimiento. Como cuando identificas en alguien un rasgo que valoras porque también lo tienes.
Me gustó muy poco.
La reunión terminó a las doce menos cuarto.
La gente recogió y salió en grupos pequeños, con esa energía del final de reunión que mezcla el alivio con la urgencia de volver al trabajo real. Yo recogí mis papeles despacio. No tenía prisa. O sí la tenía, pero quería ver algo antes de salir.
Lo vi.
Pablo se acercó a Rebeca cuando la mayoría ya había salido.
No fue un movimiento calculado —o si lo fue, era un cálculo tan naturalizado que ya no tenía costuras visibles.
Se acercó con una carpeta en la mano y dijo algo en voz baja.
Ella respondió. Él señaló algo en los papeles. Ella se inclinó levemente para leerlo.
Treinta segundos. Cuarenta como mucho.
Nada.
Absolutamente nada que no pudiera transcribirse sin problema, enviarse por correo a los socios fundadores, leerse en voz alta en cualquier sala del bufete.
Y sin embargo estuve en la puerta más tiempo del necesario, carpeta en mano, mirando sin que ninguno de los dos me mirara a mí.
Lo que me retuvo no fue lo que vi.
Fue lo que sentí mientras lo veía.
No era celos —seguía negándome a llamarlo así. Era algo más parecido a la sensación que tienes cuando estás leyendo un expediente y encuentras una pieza que no encaja y todavía no sabes si es un error de archivo o el centro de todo el caso.
Una pieza suelta.
Todavía sin clasificar.
Comí solo.
No porque Rebeca no estuviera disponible —no lo comprobé— fui directamente a la cafetería del edificio de enfrente, el que usan los del despacho de arquitectura de la tercera planta, donde nadie del bufete come nunca.
Pedí un menú que no elegí con cuidado y lo comí despacio, mirando la calle a través del cristal.
Pensé en lo que había dicho Rebeca en la reunión de ayer.
—Lo tendrás.
Pensé en el reconocimiento en la cara de Pablo. En esa sonrisa breve, satisfecha, casi posesiva. En cómo ella había bajado la mirada un segundo al entregarle los documentos, exactamente igual que el miércoles en el pasillo.
Pensé en diez años de matrimonio y en lo bien que conozco a Rebeca y en lo mucho que eso debería tranquilizarme… y en por qué no lo hacía del todo.
La conocía bien. Eso era verdad. Conocía el sabor exacto de su coño después de un día de trabajo, el ritmo monótono con el que chupaba mi polla, la forma en que su cuerpo se movía debajo del mío sin verdadera urgencia. Conocía cada suspiro, cada gesto, cada pausa.
Pero también era verdad que las personas son sistemas abiertos. Que incorporan variables. Que cambian, despacio o de golpe, y que a veces el que mejor las conoce es el último en verlo precisamente porque lo que tiene delante no coincide con el mapa que lleva años construyendo.
No estaba diciendo que Rebeca estuviera cambiando. Estaba diciendo que yo no tenía forma de saberlo con certeza.
Y que esa incertidumbre, pequeña, sin nombre todavía, había empezado a ocupar un espacio que antes no ocupaba nada.
Mientras pinchaba un trozo frío de tortilla, me vino a la cabeza la imagen de anoche: mi lengua moviéndose entre sus piernas con la misma rutina de siempre, su mano floja sobre mi cabeza, su sabor familiar…
y cómo, incluso dentro de ella, mi mente no dejaba de poner a Pablo en mi lugar.
Imaginando sus manos más grandes, su voz más autoritaria, su polla follándola con una intensidad que yo ya no le daba.
Sentí otra vez esa mezcla enfermiza: celos afilados y un calor humillante en la boca del estómago.
Me excitaba odiarlo. Me excitaba imaginar que él la mirara como algo que ya casi le pertenece.
Me excitaba pensar que Rebeca, mi Rebeca, pudiera algún día abrir las piernas para él con más ganas que para mí.
Terminé el café ya frío y pagué.
Al volver a la oficina pasé por delante de su planta. No subí. No miré. Pero la idea ya estaba ahí, instalada, creciendo en silencio.
Esa noche, cuando nos acostáramos otra vez, volvería a follarla con el mismo ritmo aburrido de siempre. Y mientras tanto, en mi cabeza, Pablo la estaría follando de verdad.
Y lo peor es que una parte de mí ya estaba empezando a desear que eso sucediera.
Volví al bufete a las dos.
Pasé por delante del despacho de Rebeca. La puerta estaba cerrada —señal de trabajo concentrado, no interrumpir. La señal que los dos usamos cuando necesitamos silencio. La respeto siempre.
La respeté.
Seguí de largo hasta mi despacho, abrí el expediente que tenía pendiente, y trabajé hasta las ocho sin parar.