La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 3. En casa.
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Capítulo 3. En casa.

Yo llevaba en casa desde las siete. Había comprado comida, había abierto un vino, había puesto algo en el horno sin demasiada convicción.

Una de esas noches en que el gesto importa más que el resultado.

Llevábamos dos semanas en las que la casa era el sitio donde dormíamos y guardábamos la ropa, y quería que fuera otra cosa aunque fuera una noche.

Quería recuperar un poco de esa pasión que hacía tiempo que habíamos perdido, junto con la monotonía del trabajo y del día a día.

Aunque llevabamos bastante tiempo casados, hacía mucho que nuestra relación estaba dominada por el tedio, y los momentos románticos y qué decir de la intimidad, habían disminuido. Esta noche quería sorprenderla.

Escuché la llave en la cerradura sobre las nueve y no me moví de la cocina.

—Huele bien —dijo desde el pasillo.

—Es mentira, pero gracias.

Se rió. Ese sonido que tiene —breve, genuino, sin administrar— y que después de diez años todavía me hace algo que no sé nombrar con precisión.

Apareció en la puerta de la cocina con el abrigo todavía puesto y el bolso en el hombro y ese gesto de cansancio que no es debilidad sino saturación: demasiada información procesada en demasiadas horas. Lo conozco bien. Lo tengo yo también algunos viernes.

—Dame diez minutos —dijo.

—El vino está en la mesa.

Desapareció hacia el dormitorio. Escuché el ruido familiar del armario, del grifo, de sus pasos sobre el parqué. Sirvió los diez minutos exactos que había pedido, ni uno más. Rebeca es así: precisa incluso en las cosas pequeñas.

Volvió con ropa cómoda, el pelo suelto, el cansancio todavía en la cara pero ya más suyo, menos del bufete. Se sentó, cogió el vino, bebió despacio.

—¿Cómo ha ido? —pregunté.

—Largo —dijo—. La documentación del Leira es peor de lo que pensaba. Hay contratos que se contradicen entre sí dentro del mismo ejercicio fiscal. No sé cómo han llegado hasta aquí sin que nadie los haya denunciado.

—Porque nadie miraba con suficiente atención.

—O porque miraban y preferían no ver.

Asentí. Conocía ese mecanismo. En derecho y fuera de él.

Serví la cena. Hablamos del caso un rato más, pero con ese tono diferente del viernes por la noche, más suelto, donde el trabajo es tema de conversación y no obligación.

Hablamos también de su madre, que había llamado esa tarde.

De una película que ninguno de los dos había visto pero que los dos queríamos ver. De cosas sin peso.

Fue una buena cena.

Fue después, con los platos apartados y el vino casi terminado, cuando cambió el tono.

No fue un cambio brusco. Fue como cuando la luz de una tarde de otoño se desplaza un grado y de repente todo tiene sombras donde antes no las tenía. Rebeca tenía los codos sobre la mesa y el vaso entre las manos y miraba un punto fijo a la izquierda de mi cara.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.

—Siempre.

—¿Te molesta que estemos en el mismo bufete?

Lo pregunté con una neutralidad demasiado cuidadosa. No era la primera vez que usaba esa voz —la reconozco, es la que usa cuando ya sabe la respuesta pero necesita escuchar la mía.

—No —dije.

—Armando.

—No me molesta que estés ahí. —Hice una pausa que no fue del todo limpia—. Me molesta no haberlo previsto bien.

—¿Qué es lo que no previste?

Pensé en cómo responder. Soy abogado: sé construir una frase que diga algo sin decir todo. Pero con Rebeca ese mecanismo falla con frecuencia. Ella también es abogada. Conoce los mismos trucos.

—Que trabajarías directamente con Vidal —dije.

Silencio.

—Es mi jefe directo —dijo—. Eso estaba en la descripción del puesto.

—Lo sé.

—¿Y?

—Y nada. —Bebí—. Es un hecho. Lo estoy procesando.

Me miró un momento. Esa mirada que tiene cuando decide si profundizar o dejarlo pasar. Vi la decisión ocurrir en tiempo real, en algún lugar detrás de sus ojos.

Decidió dejarlo pasar.

—Es exigente —dijo, y el tono volvió a ser el neutro, el profesional, el que no tiene filos—. Pero sabe lo que hace. Aprendo cosas.

—¿Qué tipo de cosas?

—Estrategia de sala. Cómo construir un argumento para que el juez lo reciba antes de que termines la frase. —Una pausa—. Tiene una forma de leer a la gente que es casi incómoda.

—¿Incómoda cómo?

—Como que sabe lo que vas a decir antes de que lo digas. —Me miró—. Un poco como tú, en realidad.

No supe si era un cumplido o una comparación que no me favorecía.

—¿Os lleváis bien? —pregunté.

La pregunta era sencilla. La hice con voz sencilla. Pero las dos sabíamos que debajo había otra pregunta, más pequeña y más afilada, que ninguno de los dos iba a formular esa noche.

—Nos llevamos de forma profesional —dijo Rebeca—. Es lo que corresponde.

Asentí.

Recogimos la mesa.

Más tarde estuvimos en el sofá, ella con las piernas sobre las mías, los dos con el teléfono, en ese silencio cómodo que es una de las mejores cosas del matrimonio largo. La televisión encendida con el volumen bajo, algo que ninguno de los dos miraba del todo.

En algún momento Rebeca dejó el teléfono sobre su pecho y cerró los ojos.

Yo seguí leyendo.

O fingí que leía.

En realidad estaba pensando en lo que había dicho: tiene una forma de leer a la gente que es casi incómoda.

Lo estaba dando vueltas despacio, como se da vueltas a una pieza de un expediente que no termina de encajar en ningún lado.

No porque fuera importante. Sino porque era la primera vez en dos semanas que Rebeca había hablado de Pablo Vidal con algo más que neutralidad técnica.

Incómoda no era un adjetivo neutro.

Incómoda era un adjetivo que requería que algo se hubiera sentido.

Lo archivé.

No bajo el epígrafe de prueba. Todavía no.

Bajo el epígrafe de dato a confirmar.

A medianoche apagamos la televisión y fuimos al dormitorio.

En la oscuridad, Rebeca se giró hacia mí. No dijo nada. Puso la mano en mi pecho y yo puse la mía sobre la suya, quedándonos así un rato en silencio. La besé despacio y ella respondió con la misma calma de siempre.

Le quité la camiseta del pijama y los pantalones cortos.

Se tumbó boca arriba y separó las piernas con pereza.

Bajé entre sus muslos y empecé a lamerla.

El olor familiar de su sexo me llenó la nariz, tibio y ligeramente almizclado después de todo el día.

Mi lengua recorrió sus labios exteriores, suaves y un poco hinchados, antes de centrarse en su clítoris.

Lo lamí con movimientos lentos y circulares, sintiendo cómo se humedecía poco a poco bajo mi boca.

Tenía un sabor salado y suave, conocido de memoria.

El calor de su piel contra mi cara era reconfortante más que excitante.

Rebeca soltó un suspiro largo y apoyó una mano floja en mi cabeza, sin presionar. Sus caderas apenas se movían. Solo se oía el sonido húmedo y repetitivo de mi lengua deslizándose una y otra vez sobre su carne tibia y resbaladiza.

Después de varios minutos, se removió ligeramente.

—Ven —murmuró con voz baja y somnolienta.

Me tumbé de espaldas. Rebeca se incorporó sin prisa, se colocó entre mis piernas y se metió mi polla en la boca.

Sentí primero el calor húmedo de su aliento, luego la suavidad de sus labios cerrándose alrededor de mí.

Su lengua rozaba la parte inferior con movimientos lentos y mecánicos, subiendo y bajando la cabeza con un ritmo monótono.

La saliva tibia se acumulaba y resbalaba por mi eje, dejando un rastro frío cuando el aire de la habitación lo tocaba.

Se escuchaba el sonido suave y húmedo de su boca: un leve succionar repetitivo, sin intensidad.

Yo le acariciaba el pelo con la misma falta de urgencia, sintiendo el roce de sus labios y la presión ligera de su lengua. Era cómodo. Familiar. Casi relajante.

Al cabo de un rato se apartó, se limpió los labios con el dorso de la mano y se tumbó de nuevo de espaldas.

—Ven —dijo otra vez, casi como un trámite.

Me coloqué encima de ella y entré despacio. Estaba más húmeda ahora, caliente y resbaladiza por mi saliva y la suya. Empecé a moverme con el ritmo de siempre: dentro, fuera, dentro, fuera. Constante. Predecible. El colchón crujía suavemente cada pocos segundos.

Mientras la penetraba, no podía dejar de pensar en esa pausa del miércoles. En cómo su jefe se había inclinado hacia ella en el pasillo. En esa mirada. En esa fracción de segundo que no me dejaba en paz.

Rebeca rodeó mi cintura con una pierna floja y movía las caderas hacia arriba de forma automática, acompañándome sin pasión.

—¿En qué piensas? —preguntó en voz baja, casi somnolienta.

—En el miércoles… —admití sin dejar de follarla con el mismo ritmo cansino.

Ella tardó unos segundos en contestar.

—Solo fue una conversación de trabajo.

Seguí empujando dentro de ella, lento y profundo, mientras mi mente seguía clavada en él. En su jefe. En lo que podría pasar cualquier día.

Mis movimientos nunca aceleraron. Solo ese vaivén monótono, el roce familiar, el calor conocido. Cuando me corrí fue en silencio, con tres espasmos suaves dentro de ella. Me quedé quieto un momento, respirando contra su cuello.

Rebeca no dijo nada. No buscó su orgasmo. Solo me dio una palmada suave en la espalda.

—Buenas noches —susurró.

Me aparté, me subí los bóxers y me giré hacia mi lado. Ella se acomodó el pijama y en menos de diez minutos ya respiraba profundo y regular.

Yo me quedé despierto, con la polla todavía húmeda de su saliva y de su coño, y esa maldita pausa del miércoles dando vueltas en mi cabeza.

Después, con Rebeca dormida y la habitación quieta, me quedé mirando el techo.

Los sistemas que funcionan no necesitan variables nuevas. Pero los sistemas también cambian. Se ajustan. Incorporan datos que al principio parecen ruido y que con el tiempo se vuelven señal.

Era demasiado pronto para saber qué era esto.

Cerré los ojos. Escuché su respiración lenta y regular, el mismo sonido de siempre. Me aferré a eso.

Sin embargo, mi mente no se detenía. Imaginaba a su jefe llamándola a su despacho.

Imaginaba cómo le daría órdenes con esa voz grave y segura que tiene.

Imaginaba a Rebeca cerrando la puerta, bajando la mirada como lo hizo el miércoles, y dejando que él la tocara.

Que la besara. Que la follara sobre el escritorio o contra la pared.

Sentí una punzada de celos tan fuerte que casi me cortó la respiración… y al mismo tiempo mi polla, ya blanda y pegajosa, dio un leve latido de interés. Me odiaba por ello. Me excitaba. Me avergonzaba.

¿Qué clase de marido se pone duro pensando en que otro hombre —su jefe— pueda tener a su mujer? ¿Qué clase de marido necesita imaginarla gimiendo el nombre de otro mientras yo sigo aquí, follando con el mismo ritmo de siempre?

Rebeca se movió ligeramente en sueños y suspiró. Su culo rozó mi muslo por accidente. Ese contacto inocente me provocó otra oleada: celos mezclados con un deseo enfermo y humillante.

Quería que siguiera siendo solo nuestra rutina aburrida y segura. Y al mismo tiempo… una parte de mí empezaba a desear que esa pausa del miércoles fuera solo el principio.

Me aferré a su respiración. Seguía siendo la misma de siempre.

Por ahora.