La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 2. Jerarquía.
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Capítulo 2. Jerarquía.

El bufete tiene una jerarquía propia.

Hay una jerarquía que no aparece en ningún organigrama pero que todo el mundo conoce y respeta con la misma precisión con que se respeta la jurisprudencia.

Los socios fundadores son ley. Los socios senior son doctrina.

Los asociados senior son práctica habitual.

Los junior somos precedente en construcción.

Pablo Vidal era doctrina.

Y Rebeca acababa de entrar en su jurisdicción.

El miércoles de la segunda semana la llamaron a una reunión de seguimiento del caso Leira. Yo lo supe porque compartimos agenda —un acuerdo de años, práctico, sin romanticismo— y vi el bloque aparecer a las nueve de la mañana: Reunión PV / Caso Leira / 11h.

PV.

No Pablo. No Vidal. PV. Como si ya tuviera sus propias iniciales en el calendario de mi mujer.

No dije nada. No había nada que decir. Era una reunión de trabajo.

Me concentré en mi propio expediente y facturé tres horas antes de mediodía.

A las doce y cuarto Rebeca asomó la cabeza por mi despacho.

—¿Tienes un momento?

—Sí.

Entró, cerró la puerta, se sentó al otro lado de mi mesa. Llevaba el bloc de notas que se había convertido, en pocos días, en una extensión de su mano. Lo abrió por una página llena de su letra —apretada, inclinada hacia la derecha, imposible de leer para cualquiera que no lleve años descifrarla.

—Necesito que me expliques algo del caso Martínez —dijo—. Pablo dice que hay un antecedente de 2019 que invalida el argumento de la parte contraria, pero no encuentro la sentencia.

Pablo dice.

—¿Cuál es el antecedente? —pregunté.

Me dio la referencia. La busqué, la encontré, se la envié por correo. Ella tomó nota, asintió, se levantó.

—Gracias.

—¿Cómo va el Leira? —pregunté antes de que abriera la puerta. No porque necesitara saberlo. Porque quería escuchar cómo lo contaba.

Se volvió. Había algo diferente en su expresión cuando hablaba de ese caso. Una tensión específica, de las que conozco bien: la tensión de alguien al que le han dado un problema difícil y ya está pensando en cómo resolverlo.

—Complicado —dijo—. La documentación es un desastre. La empresa lleva diez años tapando agujeros con contratos mal redactados. Hay que reconstruirlo todo desde el principio.

—¿Y Vidal te da margen para trabajar?

Una pausa. Pequeña. Casi imperceptible.

—Me da instrucciones muy precisas —dijo—. Pero sabe lo que hace.

Asentí.

Ella salió.

Me quedé mirando la puerta cerrada y pensé en esa pausa. Un abogado aprende a medir las pausas: cuánto duran, dónde caen, qué hay dentro de ellas. Esa había durado menos de un segundo. Podía no significar nada.

El jueves hubo un problema con un cliente.

No era mi cliente ni mi caso, pero el socio responsable estaba en juicio y alguien tenía que atender la llamada. Me tocó a mí. Cuarenta minutos al teléfono, documentación sobre la marcha, promesas que técnicamente podía cumplir. Cuando colgué eran las dos de la tarde y me había saltado la comida.

Bajé a la cafetería. Pedí lo que quedaba —un sándwich de algo que prefiero no identificar— y busqué una mesa libre.

No había ninguna.

Había una con dos sillas ocupadas y una vacía: Rebeca y Pablo.

Los vi antes de que ellos me vieran a mí.

Estaban con bandejas, documentos entre los platos, hablando.

No era una conversación de cortesía —esas las reconozco, tienen un ritmo distinto, más pausado, más simétrico.

Esta era una conversación de trabajo real: interrupciones, frases a medias, ella señalando algo en un papel y él inclinándose para leerlo.

Me incliné él.

No ella hacia él. Él hacia ella.

Lo anoté.

Me vieron cuando ya estaba demasiado cerca para cambiar de dirección sin que resultara obvio.

—Armando —dijo Rebeca. Sin sorpresa. Sin incomodidad visible. Solo mi nombre, como saludo.

—Estáis ocupados —dije—. No os interrumpo.

—Siéntate —dijo Pablo.

No era una invitación. Era la frase de alguien que decide qué ocurre en una sala, aunque la sala sea una cafetería. Lo dijo con la misma naturalidad con que habría dicho el juicio se aplaza o eso no es admisible.

Me senté.

Durante veinte minutos comí mi sándwich y escuché hablar de derecho mercantil. Pablo explicaba, Rebeca preguntaba, los dos ignoraban mi sándwich con elegancia. En ningún momento la conversación fue personal. En ningún momento hubo una mirada que no pudiera transcribirse sin problemas.

Sin embargo había algo en cómo Pablo escuchaba a Rebeca cuando ella hablaba.

Una atención que iba más allá de la cortesía profesional.

No era lasciva —eso habría sido más fácil de catalogar, de archivar, de desestimar.

Era el tipo de atención que prestas cuando alguien te interesa de verdad.

Cuando lo que dice te importa no solo por lo que significa para el caso.

—Tiene razón —le dijo Pablo, interrumpiéndola a mitad de una frase.

Rebeca se detuvo.

—En el argumento de la cláusula —continuó él—. Es el ángulo correcto. Yo lo habría planteado distinto, pero el tuyo es mejor.

Silencio de dos segundos.

—Gracias —dijo Rebeca.

No era la clase de gracias que se dice por cortesía. Era la clase de gracias que se dice cuando el reconocimiento viene de alguien cuya opinión pesa.

Me pregunté cuándo había empezado a pesar.

Esa noche, en casa, Rebeca habló del caso durante la cena.

Yo escuché. Hice preguntas técnicas, útiles, de las que ayudan a ordenar el argumento.

Somos buenos así —siempre lo hemos sido.

Dos abogados que se conocen bien pueden hablar de trabajo sin que sea solo trabajo.

Hay complicidad en eso. Una intimidad propia.

Pero en algún momento de la conversación dijo: Pablo cree que si conseguimos la documentación antes del viernes podemos adelantar la vista.

Pablo cree.

No Vidal. No el socio. Pablo.

Seguí comiendo.

—¿Y tú qué crees? —pregunté.

Me miró un momento.

—Que tiene razón —dijo.

Recogimos la mesa juntos, como siempre. Ella fregó, yo sequé. Nuestras manos se cruzaron sobre el mismo vaso y sonreímos por costumbre, sin gracia real.

Más tarde, en la cama, con la luz apagada, nos acomodamos en la posición de siempre. Yo pegado a su espalda, ella de lado. Le subí el camisón hasta la cintura sin decir nada. Mi mano bajó entre sus piernas y empecé a acariciarla con movimientos lentos y repetitivos, los mismos de siempre.

Estaba algo húmeda, pero nada especial. Entré en ella despacio, casi con pereza. El colchón crujió suavemente mientras empezaba el vaivén monótono: dentro, fuera, dentro, fuera. Sin prisa. Sin fuerza. Solo el roce conocido.

Ella movía apenas las caderas hacia atrás, acompañándome por inercia. Ninguno de los dos gemía. Solo se oía nuestra respiración tranquila y el sonido húmedo y regular de nuestros cuerpos.

En mi cabeza, sin embargo, no paraba de dar vueltas lo mismo.

Su jefe. Cómo la miraba en la última reunión. Cómo ella había vuelto a casa hablando de él con ese tono… neutral, pero demasiado detallado. Es muy exigente, había dicho. Y yo no podía dejar de imaginarlo.

—¿En qué piensas? —murmuró ella sin girarse, con voz somnolienta.

—En nada —mentí, y seguí follándola con el mismo ritmo cansino.

Empujaba dentro de ella de forma mecánica, mientras mi mente seguía clavada en él. En que era su jefe. En que tenía poder sobre ella. En que todavía no se había acostado con él… pero que era solo cuestión de tiempo. Esa idea me provocaba un nudo en el estómago y, al mismo tiempo, me ponía más duro.

Ella soltó un suspiro largo, casi aburrido.

—Hoy estaba muy atento conmigo en la oficina… —comentó en voz baja, casi como si hablara del clima.

No respondí. Solo apreté su cadera con más fuerza y seguí moviéndome dentro de ella, constante, predecible. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Mis dedos rozaban su clítoris sin variar el ritmo, como quien cumple una tarea doméstica.

—¿Te molesta? —preguntó, casi con indiferencia.

—Sí —admití en un susurro.

—¿Quieres que deje de contártelo?

—No.

Seguimos follando en silencio varios minutos más. Sin pasión. Sin acelerones. Solo calor familiar y el roce repetitivo. Cuando me corrí fue en silencio, con dos o tres espasmos suaves. Me quedé dentro de ella un rato, respirando contra su nuca.

Ella no se movió para buscar su propio orgasmo. Nunca lo hacía en estas noches.

—Buenas noches —dijo con voz ya medio dormida.

—Buenas noches —respondí.

Me separé, me subí los bóxers y me giré hacia el otro lado. Ella se acomodó el camisón y en menos de cinco minutos ya respiraba profundo.

Yo me quedé despierto, con los celos revolviéndome por dentro, la polla todavía húmeda de ella y la imagen de su jefe ocupando demasiado espacio en mi cabeza.