La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1) Capítulo 1. El primer día.
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La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1)

La tentación de Rebeca (Lo que ella merece nº 1)

Por Stella Black

© inepub.com

Capítulo 1. El primer día.

Rebeca llegó diez minutos antes que yo.

Lo supe porque cuando entré al bufete esa mañana, la recepcionista —Lucía, veintidós años, eficiente hasta la frialdad— ya tenía esa expresión de quien acaba de terminar una primera impresión favorable.

Levantó los ojos hacia mí con una sonrisa que no era para mí.

Era el eco de la sonrisa que le había dedicado a Rebeca.

—Tu mujer ya está arriba —dijo.

Tu mujer. Como si necesitara que me lo recordaran.

Subí por las escaleras en lugar del ascensor.

Un hábito de abogado: los dos minutos de escaleras son los únicos dos minutos del día en que nadie puede localizarte.

Los uso para ordenar. Para catalogar lo que sé, lo que ignoro, lo que necesito averiguar.

Esa mañana usé esos dos minutos para decirme que todo iba a estar bien.

Rebeca llevaba tres semanas esperando este día.

Yo llevaba tres semanas sin decirle que me inquietaba.

Rebeca había conseguido el puesto y yo había brindado con ella y lo había dicho en serio: estoy orgulloso de ti. Lo seguía diciendo en serio. Esas dos cosas podían ser verdad al mismo tiempo.

La encontré en la planta cuarta, delante de la puerta de su nuevo despacho, leyendo la plaquita con su nombre como si estuviera verificando un dato.

DRA. REBECA MOLINA . Asociada Senior

Se volvió antes de que yo dijera nada. Siempre ha tenido esa capacidad —escuchar pasos, identificarlos, anticiparse. En diez años de matrimonio nunca he conseguido sorprenderla.

—¿Qué te parece? —preguntó. Señalaba la plaquita pero me miraba a mí.

—Que suena bien.

Sonrió. Era una sonrisa de las suyas, visiblemente emocionada por lo que había logrado, con orgullo. Me acerqué y la besé en la mejilla y olí su perfume —el de siempre, el que lleva desde que la conozco— y por un momento todo lo demás fue ruido de fondo.

—¿Nerviosa? —le pregunté.

—No —dijo. Y era verdad. Rebeca no se pone nerviosa. Se prepara.

La reunión de bienvenida fue a las diez.

Sala de juntas B, la más grande, la que tiene las ventanas que dan a la Gran Vía.

Éramos doce personas sentadas y tres de pie.

Yo ocupé mi sitio habitual, a la izquierda de la mesa, cerca de la pared.

Rebeca se sentó en el lado opuesto, entre dos asociados que no conozco bien.

Correcta. Discreta. Con esa postura que tiene cuando está evaluando un entorno nuevo: espalda recta, manos sobre la mesa, ojos que se mueven despacio.

Pablo Vidal entró cuando todos ya estábamos sentados.

Así entra siempre. No llega tarde —llega en el momento exacto en que su entrada tiene el mayor efecto. Lo he observado durante cuatro años. Es un hombre que entiende la sala como un abogado entiende un juicio: el tiempo, el espacio, la atención son herramientas.

Tenía cuarenta y un años. Metro ochenta y algo. El tipo de presencia que no necesita volumen. Cuando hablaba, la sala se inclinaba hacia él sin darse cuenta.

No lo soportaba.

Y sin embargo era el mejor abogado del bufete, y yo llevaba cuatro años aprendiendo de él sin querer admitirlo.

Se sentó a la cabecera, revisó la sala con esa mirada de inventario que le conozco, y entonces la vio a ella.

Duró dos segundos.

Puede que menos. Puede que yo lo estiré en mi cabeza, lo rebobiné, lo analicé fotograma a fotograma como se analiza la declaración de un testigo que miente bien. Pero estoy seguro: sus ojos se detuvieron en Rebeca dos segundos más de lo que se detuvieron en cualquier otro.

Ella no lo miraba. Tenía los ojos en el documento que le habían entregado al entrar.

—Bienvenidos al inicio de trimestre —dijo Pablo. Su voz llenó la sala sin esfuerzo—. Tenemos incorporaciones, tenemos casos nuevos, y tenemos trabajo. En ese orden de importancia.

Alguien rió. Siempre hay alguien que ríe.

Me pregunté si Rebeca lo había notado. La mirada. Los dos segundos.

Decidí que no.

Abrí mi propio documento y no leí nada durante los siguientes veinte minutos.

A la hora de comer bajé a buscarla.

Su despacho estaba vacío. La puerta abierta, el ordenador encendido, el bolso colgado en la silla —señal de que no había salido del edificio. Pregunté a uno de los asociados de su planta y me dijo que la había visto entrar al despacho de Vidal hace un rato.

—Le asignó un caso esta mañana —añadió—. El de Constructora Leira. Dicen que es el más complicado del trimestre.

Asentí.

Bajé a la cafetería y pedí un café solo y lo bebí de pie, mirando la calle por el cristal. El caso más complicado del trimestre. El primer día. Podía leerlo como una señal de confianza en la competencia de Rebeca. Como un reconocimiento.

Lo intenté.

El café estaba demasiado caliente. Me quemé la lengua y no lo solté.

Esa tarde, a las siete, la vi salir del despacho de Pablo.

Yo estaba en el pasillo, carpeta en mano, de camino a reprografía. Ella salió primero, con un bloc de notas lleno de anotaciones y una expresión concentrada. Pablo salió detrás, dijo algo en voz baja que yo no escuché, y ella respondió sin volverse: una frase corta, seca, profesional.

Él sonrió.

No era la sonrisa que le dedicaba a los clientes.

Rebeca siguió caminando sin verme. Cuando llegó a la altura del pasillo donde yo estaba, levantó los ojos y se detuvo.

—Ah. ¿Nos vamos?

—Cuando quieras —dije.

Esperé a que Pablo desapareciera por el otro extremo del pasillo antes de moverme. No sé por qué lo esperé.

En el ascensor, Rebeca me habló del caso. Términos legales, estructura del expediente, los puntos débiles de la parte contraria. La escuché. Hice las preguntas correctas. Soy buen abogado: sé escuchar, sé identificar lo que importa, sé cuándo una historia tiene huecos.

Esa noche no encontré ninguno.

Pero el día era el primero.