CAPÍTULO 38
En las Highlands, los tratos grandes se firman tocando tierra con los pies desnudos, y no hay trato más grande que el que voy a firmar yo hoy, descalzo sobre la hierba fresca de Strathos, delante de tres clanes enteros y de media Escocia venida a mirar.
Se casan pocos como nos casamos nosotros dos.
En el patio grande, al aire libre, con las tres casas de la sangre juntas por primera vez desde que el mundo es mundo y Mordha lo partió: los MacRath de Strathos, los de la casa de Dargath que bajaron del norte con Ciaran y Bríde, y lo que renace de Ardan, con Beitris al frente vestida de fiesta con sus mejores lanas y llorando a lágrima viva sin el menor disimulo.
Nunca creí que llegaría a casarme. En Ardan, con once tejados y una guerra siempre a la puerta, las bodas eran un lujo de otro tiempo mejor, de antes.
Yo me veía muriendo joven, sola, gastada hasta la última gota contra Mordha, sin más ceremonia que una hoguera.
En vez de eso estoy aquí, descalza sobre la hierba fresca de Strathos, con un lino blanco tejido por mi suegra prestada, a punto de atarme las manos para siempre con un ciervo bobo delante de tres clanes enteros.
La vida, cuando por fin deja de perseguirte con la guadaña, tiene estas ocurrencias raras: te acaba dando justo lo que ni siquiera te atrevías a soñar despierta, porque soñarlo, en las malas noches, dolía demasiado.
Mi madre inspeccionó las cocinas tres días enteros antes, hasta hacer llorar a dos pinches.
Mi padre, callado como siempre, talló con sus manos un ciervo de madera de roble para ponerlo en lo alto de la mesa de honor, presidiendo.
Los tres cachorros de Cael aúllan a coro, con un entusiasmo tremendo, cada vez que alguien alza una copa, con gran escándalo fingido de Aila y enorme orgullo pésimamente disimulado de su padre el lobo.
Miro a la gente que llena el patio de bote en bote, y se me hace un nudo en la garganta.
Están todos. Los que sobrevivieron a la jaula de Corrie Dubh.
Los que defendieron la brecha con el cuerpo.
Èimhir con un lazo nuevo en el pelo, hecha una señorita.
Los hombres de Ciaran que bajaron del norte a pelear y a sangrar por una casa que ni siquiera era la suya.
Aila con el pequeño Ailean, que ya anda solo y se cae cada dos pasos.
Cael, el lobo duro que no me quería en su portón el primer día que llegué embarrada, y que hoy me entrega en su propio patio como se entrega a una hermana.
Dos inviernos creí que no me quedaba una sola familia en el mundo.
Miro este patio hasta los topes y no doy abasto a contarla.
La cuenta, por una vez en mi vida, sube en lugar de bajar.
Muireall baja al patio descalza, porque los tratos grandes se firman tocando la tierra con la planta del pie, y lleva un lino blanco sencillo que Morvenna tejió para ella con sus propias manos durante la convalecencia, y el pelo negro suelto al viento, igual que el día que la vi por primera vez desde lo alto de un manzano y me tiró una fruta a la cabeza.
Está más hermosa de lo que sabrán contar las canciones, que siempre se quedan cortas con lo que de verdad importa.
La veo cruzar el patio hacia mí, descalza sobre la hierba, con ese pelo negro suelto que le vi por primera vez desde lo alto de un árbol, y por un momento se me va el mundo entero de la cabeza.
Es la misma mujer que me estampó una manzana en la frente y me llamó pasmarote sin saber mi nombre.
La misma que me apagó las velas para meterme el miedo en el cuerpo.
La misma que bajó de un muro con relámpagos vivos en las manos y se metió ella sola contra un hierro que se bebía las vidas.
Viene hacia mí, por su propio pie, a atarse a un ciervo bobo para el resto de sus días.
De todas las cosas imposibles que le he visto hacer a esta mujer, esta, la de elegirme a mí, sigue siendo la que menos me creo.
Cuando llega a mi altura, delante del bardo, delante de los tres clanes en pleno, en el momento más solemne de toda mi vida, hace lo que hace siempre, lo que no se le olvida ni el día de su propia boda:
Me da un cachete en el trasero. Sonoro. Delante de Escocia entera.
—Por si te entraban dudas de última hora, ciervo —anuncia, encantada de sí misma, mientras el patio entero estalla en una carcajada que espanta a los cuervos de las almenas—.
Que te conozco bien. Y por si mirabas de reojo si hay algún árbol cerca al que salir corriendo.
Ya no lo hay. Los he mandado talar todos esta mañana.
—No pensaba correr a ningún sitio. —Le tomo las dos manos entre las mías, y por una vez en la vida soy yo el que no se ruboriza delante de la gente, porque hay cosas que le quitan a un hombre la vergüenza para siempre—.
Llevo corriendo toda la vida, Muireall, leyendo el mundo antes de que llegara para poder esquivarlo a tiempo, para que no me pillara nada desprevenido.
Y un día cualquiera me caíste tú encima de un árbol, sin avisar, y por primera vez en mi vida no quise esquivar lo que venía.
—Le sostengo la mirada delante de todos, sin una máscara puesta—.
Toda la vida vi venir el mundo entero de lejos.
A ti no te vi llegar, mujerzuela. Y ha resultado ser la mejor cosa que no supe prever nunca.
Se hace un silencio en el patio al oírlo, uno de esos silencios que solo caben en las Highlands, donde la gente dura sabe reconocer una verdad desnuda cuando la oye dicha en voz alta.
Hasta los tres cachorros de Cael se callan un momento, notando que pasa algo.
Muireall, que tiene respuesta afilada para todo bajo el sol, no la tiene para esto, y se le llenan los ojos hasta el borde, y por una vez en su vida no dice nada, solo me aprieta las manos tan fuerte que casi me hace daño, que es su manera de contestar cuando las palabras le fallan.
La mujer que siempre avanza, callada, dejándome a mí el último paso por una vez.
Voy a guardar este silencio suyo como el mayor de todos los tesoros que me ha dado.
El bardo nos ata las manos con la cinta de lana trenzada, atando dos casas y dos ramas en un solo nudo.
Muireall me mira con los ojos húmedos hasta el borde y la sonrisa descarada intacta, las dos cosas a la vez, porque así es ella y así la quiero, y delante de tres clanes y de mi familia entera y de una anciana que llora en primera fila como una fuente, la beso yo primero, porque hoy, por una vez, me toca a mí dar el paso, y ella me lo deja, porque hasta la que siempre avanza sabe reconocer cuándo hay que dejar que avance el otro.
La beso despacio, con toda la calma del mundo, porque hoy no hay prisa, hoy no hay guerra, hoy no hay absolutamente nada que no sea esto: su boca, la mía, y una cinta de lana trenzada atándonos las manos delante de todos los que quedamos vivos para verlo.
Dos años de correr, de leer el mundo antes de que llegara, de esquivar cada cosa que venía de frente.
Todo, cada paso, cada cálculo, cada huida cobarde, me trajo aquí, a este patio, a esta hierba mojada, a esta mujer descalza.
Si lo hubiera sabido de joven, habría corrido muchísimo menos y esperado bastante más. A ella. Solo a ella.
—Mujerzuela mía —le murmuro contra los labios, y en mi boca, hoy, esa palabra ya no es el escudo que fue: es lo más parecido a un te quiero que sabe decir en voz alta un ciervo tan cobarde como yo.
—Cobarde con muy buena percha —me devuelve ella, riéndose y llorando a la vez, sin decidirse por ninguna de las dos—. Mío también. Entero. Y sin devolución.
El patio de Strathos, que hace apenas unas semanas olía a guerra, a sangre y a hierro quemado, se llena de música de gaita y de hidromiel derramada y de tres clanes brindando a voz en grito por una raíz y una rama que Cathal Mordha quiso segar juntas de un tajo y no consiguió más que soldar para toda la eternidad.
Levanto la copa con ellos, con las tres casas juntas, y brindo por dentro por los que no llegaron a ver este día.
Por Fionnghal, la madre de Muireall, que soñó un sitio así toda su vida y murió atada a un poste sin encontrarlo.
Por mi abuela del norte, la que Morvenna tuvo que dejar arder para salvarse.
Por los once tejados de Ardan, por los mozos que cayeron en la brecha, por todos los solos que Mordha segó en cuarenta años creyéndose la escoba limpia de Dios.
Brindo por ellos en silencio, mientras Muireall me mira y lo entiende sin que se lo diga, porque ella brinda por los mismos ausentes.
No están hoy aquí. Pero esta boda es también suya, entera.
La sangre que celebramos hoy a la luz es justo la que ellos no pudieron celebrar nunca sin miedo.
Que se rían las canciones cuando lo cuenten.
Que lo cuenten mal, que las canciones siempre cuentan mal la felicidad, porque la felicidad no tiene batallas ni tragedias con que rellenar los versos.
Yo me quedo con la verdad, que es más pequeña que cualquier canción y pesa muchísimo más: que un hombre que se pasó la vida entera viendo venir el mundo de lejos encontró un día la única tormenta que no supo ver llegar, y en lugar de esquivarla como esquivó todo lo demás, se casó con ella descalzo sobre la hierba mojada, delante de todos, y no cambiaría ese chaparrón por todo el buen tiempo del mundo.
Esa noche, cuando la fiesta por fin se apaga y las tres casas se van a dormir bajo un mismo techo por primera vez desde que el mundo es mundo, subo con ella al adarve, al nuestro, el de los besos robados del principio, y miramos juntos el norte a oscuras, allá donde pronto habrá tejados de Ardan encendidos otra vez.
«Mañana empezamos el después», me dice, con la cabeza apoyada en mi hombro.
«El de verdad, el largo, el que no se acaba en una venganza.
» Le tomo la mano, y no la suelto, que ya se me da de maravilla eso de no soltar.