La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Un bosque dice la verdad de muchas formas distintas, y mi hija me las está enseñando todas, una por una, desde lo más alto de un manzano al que no debería haber trepado.

—¡Papá! —grita Fionna desde la copa, donde no debería estar de ninguna manera y está, porque a esta cría los «no deberías» le entran por una oreja y le salen por la otra sin rozarle nada por el camino, igual que a su madre—. ¡Mírame! ¡Sin manos!

Se parece a ella en todo lo que importa, y en casi todo lo que no.

Tiene su pelo negro como el ala del cuervo, su descaro de nacimiento, su costumbre de decidir que las reglas son cosa de los demás.

Tiene mis silencios, eso sí, cuando calcula algo por dentro antes de hacerlo, y esa cabeza que no para nunca, que ya le veo funcionando a toda máquina detrás de los ojos negros.

Sale a los dos, la cría, en las dos ramas a la vez.

Hay veces que la miro y veo a Muireall cayéndoseme encima de un árbol.

Hay veces que la miro y me veo a mí de crío, escondiéndome de un mundo que todavía no sabía que no tenía por qué esconderme.

Es lo mejor de cada uno de nosotros, revuelto, y va a ser un terremoto con dos ramas.

—Fionna Ardan MacRath, como te caigas de ahí arriba, tu madre nos convierte a los dos en tormenta y nos tiene lloviendo una semana —le contesto, sin levantarme siquiera del tocón donde estoy sentado, porque sé de sobra, con toda la certeza de un padre, que no se va a caer.

No se cae. A los cuatro años recién cumplidos, mi hija trepa como una ardilla y lee el viento en las hojas como un ciervo viejo, y cuando por fin se cansa de hacer equilibrios en las ramas, hace la cosa que ha vuelto a esta familia entera del revés desde el día que nació: cierra los ojos con fuerza, frunce el ceño con una concentración feroz que le arruga toda la cara, y hace brotar del manzano medio seco una flor blanca de invierno en plena primavera, temblando de rocío, imposible, tan viva como el primer día que su madre me enseñó una igual entre la escarcha de un huerto.

Cada vez que la veo hacer eso se me para el corazón un latido, y no de miedo: de puro asombro.

Yo tardé veintitrés años en aceptar que era medio ciervo, y me costó vergüenza y escondites y una vida entera de máscaras.

Muireall tardó dos inviernos de infierno en dejar de esconder su tormenta.

Fionna, en cambio, hace brotar flores de invierno a los cuatro años como quien reparte migas a las gallinas, sin una gota de miedo, sin sospechar siquiera que hubo un tiempo, no tan lejano, en que por esto exacto ataban a la gente a un poste.

Ese es el regalo más grande que le hemos hecho su madre y yo: que no sepa, que no tenga ni que aprender, lo que significa esconderse.

Después baja del árbol de un salto que me para el corazón, se me sube a las rodillas sin pedir permiso, y me enseña la flor con un orgullo que le viene de las dos ramas a la vez.

—¿Ves, papá? —dice, plantándomela en las narices—. La abuela Morvenna dice que yo soy las dos cosas juntas.

—La abuela Morvenna tiene razón, como siempre la tiene, que para eso es la más vieja.

—Le aparto una hoja seca del pelo negro, tan negro como el de su madre—.

Eres las dos cosas, cachorra. La raíz y la rama en el mismo cauce.

La primera en muchísimo tiempo, desde antes de que yo naciera, que las lleva juntas y despiertas.

La que cierto hombre malo quiso que no naciera nunca.

—¿Y por eso a veces me sale pelo de ciervo pequeñito en los brazos, y a veces se me apagan las velas de la mesa yo sin querer? —Me mira con esos ojos negros clavados, esperando la explicación entera, que no se conforma con menos.

—Por eso mismo, sí. —Me río, y la abrazo—.

Vas a ser un desastre precioso e imposible, hija mía, mitad tormenta y mitad venado.

Y no te va a cazar nadie por ello, ¿me oyes bien?

Nunca jamás. Esa es la única cosa que tu madre y yo juramos en voz alta el día que naciste, con las manos sobre ti: que tú creces a la luz del sol, a la vista de todos.

Que en esta familia la sangre vieja ya no se esconde de nadie, ni se apaga, ni se avergüenza. Se lleva a la cara.

No sabe todavía la suerte inmensa que tiene, mi hija.

No sabe que una de sus abuelas voló mientras ardía todo lo que amaba, que la otra ardió atada a un poste, que su madre contó tejados con el estómago apretado durante veinte inviernos seguidos.

No sabe nada de todo eso, y así tiene que ser por ahora.

Le contaremos la historia entera cuando sea mayor, como la abuela Morvenna nos la contó a nosotros en un monte al atardecer, cuando pueda entender el precio exacto que costó su libertad de trepar a los árboles prohibidos.

Por ahora que trepe. Por ahora que se caiga y se levante y haga flores imposibles.

Para eso pagamos lo que pagamos su madre y yo: para que a ella no le toque pagarlo jamás.

Fionna se baja de mis rodillas, satisfecha con la respuesta, y sale corriendo hacia el claro del bosque, donde la esperan sus primos para el juego de siempre: los tres lobos de Cael, que ya aúllan a la luna de verdad las noches claras, y la pequeña Sorcha de Bríde, morena como su padre Ciaran, que todavía no ha volado pero que mira el cielo cada tarde como quien tiene una cita pendiente y sabe que le va a llegar.

Me quedo un momento solo en la loma, con la flor de invierno de mi hija abriéndose despacio en la palma de la mano.

Desde aquí arriba se ve todo, el mundo entero que hemos construido: el patio de Strathos allá abajo, el humo derecho y tranquilo de sus chimeneas, y al fondo, al norte, recortadas contra la luz, las colinas donde antes los mapas se rendían y se callaban, y donde ahora suben tejados nuevos de Ardan, con su propio humo, a plena luz del día.

El norte ya no es el hueco en blanco de los mapas, el sitio del que nadie hablaba.

Es un lugar con nombre y con gente viva, adonde subimos cada verano a que la raíz respire, y del que bajamos cada otoño a Strathos, repartiéndonos entre las dos casas como se reparten desde siempre los halcones de esta familia entre el norte y el sur.

Es una vida rara, la nuestra, partida en dos mitades y entera en cada una de ellas.

Medio año arriba, en el norte que renace, donde Muireall es la señora de Ardan y yo el forastero simpático que baja a las tabernas a contar chistes malos.

Medio año abajo, en Strathos, donde yo soy el hijo pequeño de la casa y ella es la tormenta que salvó el torreón.

Dos hogares, dos nombres, dos cielos distintos sobre la misma cabeza.

Podría parecer que así no somos de ningún sitio, y es justo al revés: somos de los dos a la vez.

Como Fionna, que es raíz y es rama. Como la sangre vieja, que aprendió hace mil años que sobrevivir era, sobre todo, saber estar en dos sitios a la vez sin renunciar a ninguno.

Muireall aparece a mi lado sin que la oiga llegar, que en cuatro años de casados no ha perdido ni un poco esa vieja costumbre suya de encontrarme siempre justo donde me escondo a pensar. Me quita la flor de invierno de la mano, la mira un momento contra la luz, y sonríe con media boca.

—Se le da mejor que a mí a su edad, y con la mitad de esfuerzo —comenta, y hay orgullo y hay vértigo en su voz a partes iguales—. Y eso, ciervo, me da un miedo delicioso que no sabría explicarte.

—A mí me da un orgullo del malo, del que no se puede ni disimular. —La atraigo contra mi costado, el mismo que un día tapó con el cuerpo una poterna reventada y que hoy no guarda más que una cicatriz vieja y blanca bajo la camisa—. ¿Sabes qué estaba pensando, mirando todo esto desde aquí arriba?

—Que eres el hombre más afortunado de toda Escocia —contesta sin dudar—, y que deberías decírmelo bastante más a menudo de lo que lo dices.

—Eso también, y es verdad. —Le beso la sien, donde el pelo ya no huele a tormenta sino a hogar—.

Pero pensaba en el asta del ciervo. En que se le cae cada invierno, entera, y le vuelve a crecer cada primavera, más grande y más ramificada que el año anterior.

Que parece que se pierde del todo, y no se pierde: se renueva.

—Miro a nuestra hija correr y reír con la manada nueva en el claro—.

Como la sangre, Muireall. Como la nuestra.

Las dos creímos que éramos el final de algo.

Tú, la última raíz de tu rama. Yo, el pequeño raro de una camada rara.

Y míranos. Míralos. No éramos el final de nada. Éramos la primavera de todo.

Ella no me contesta con palabras, porque hay cosas que las palabras estropean.

Me toma la cara con las dos manos, exactamente igual que aquella primera noche en el patizuelo del castillo, cuando yo todavía huía de todo, y me besa ella primero, robándome el paso una vez más, porque hay cosas que en esta historia nuestra no van a cambiar jamás mientras vivamos, y esa, la de que siempre avance ella, es la mejor de todas.

Cuatro años casados, y todavía me besa ella primero.

Todavía me encuentra siempre donde me escondo a pensar.

Todavía me llama mujerzuela con más ternura de la que nadie ha puesto nunca en un insulto.

Yo, que me pasé media vida entera huyendo de que me quisieran por miedo cerval a perderlo, ya no huyo de nada.

Aprendí, a fuerza de tormenta y de años, que lo que de verdad da miedo en esta vida no es que te quieran.

Es no dejarse querer. Es morirse con la garganta tapiada por si acaso.

Abajo, en el claro del bosque, mi hija hace crecer flores blancas de invierno en plena primavera para regalárselas a sus primos lobos, y ríen los cuatro con esa risa que no calcula nada, y el bosque de Cairnglen, que un día lejano me tiró el mundo entero encima desde lo alto de un árbol en forma de mujer, guarda ahora, entre sus raíces y sus ramas, la única verdad que aprendí a fuerza de vivirla entera:

que hay quien nace para ver venir el mundo de lejos, y esquivarlo,

y hay una sola tormenta en toda la vida que uno reza, cada día que le queda, por no haber sabido ver llegar jamás.

La guardia continúa. Esta vez, por fin, en las dos ramas a la vez.

FIN