La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Descubro que la venganza, cuando por fin se cobra entera, no llena el hueco que dejó al abrirse. Solo deja, por fin, de sangrar.

Es rarísimo, después de dos inviernos enteros, despertarme por las mañanas sin un nombre entre los dientes.

Cathal Mordha está bajo tierra, o bajo la marca negra que le dejó mi último rayo en el llano, y con él se ha ido también el peso que me curvaba la espalda desde la noche del poste de mi madre.

No siento el triunfo que imaginé tantas veces.

Siento espacio, sitio, aire. Un hueco donde antes ardía una hoguera que me calentaba y me consumía a la vez, y en ese hueco vacío, muy poco a poco, día a día, empiezan a caber otras cosas que llevaban dos años sin sitio.

Duermo distinto, para empezar por lo pequeño.

Dos años dormí con un ojo abierto y la venganza por almohada, despertándome de madrugada con el corazón desbocado y un nombre entre los dientes.

Ahora duermo del tirón, pegada al costado tibio del ciervo, y me despierto sin sobresalto, y lo primero que pienso al abrir los ojos ya no es «hoy estoy un día más cerca de Mordha», sino cosas pequeñas y tontas: que hay que subir grano al norte antes de las nieves, que a Èimhir le aprieta el zapato izquierdo, que Beitris anda otra vez peleada con Morvenna por el punto de la sal.

Cosas de viva. Cosas de gente que tiene un mañana por delante.

Me costó dos inviernos enteros entender que esas tonterías son, precisamente, la victoria.

Mordha creía que ganaba quien segaba más cabezas.

Se equivocó hasta en eso, el muy santo. Gana quien consigue que sus mañanas se llenen de tonterías: de zapatos que aprietan, de sal mal echada, de críos que trepan a los árboles a los que no deben.

La paz no es una gran cosa gloriosa como la pintan las canciones de los bardos.

La paz es aburrida, menuda, doméstica, repetida.

Es poder preocuparte por naderías porque ya no queda nada grande que temer.

Dos años soñé con la paz imaginándomela épica, y ha resultado ser esto: subir grano, remendar zapatos, y dormir del tirón. No la cambio por ninguna epopeya.

Los míos, para empezar. Los pocos de Ardan que quedan vivos —Èimhir, que ya no tose ni de noche y corre detrás de los cachorros de Cael como una loba más de la manada, y el puñado de supervivientes que sacamos de la jaula de Corrie Dubh, y Beitris tiranizando cocinas ajenas con mano de hierro— tienen ahora una decisión que tomar, y se la pongo delante una mañana clara, en el patio, sin adornarla.

—Podéis quedaros aquí, en Strathos —les digo—.

Morvenna os quiere en su casa, lo ha dicho mil veces.

Aquí sobra techo y sobra pan para todos.

O… —Trago saliva, porque la otra mitad de la frase me cuesta más de decir—.

O subimos y reconstruimos Ardan. El norte ya no es de Mordha, ni de sus santos.

Las colinas donde los mapas se callan vuelven a ser nuestras, de la sangre vieja.

Podemos subir, levantar otra vez los tejados caídos, encender otra vez las fraguas, y que la sangre vieja vuelva a respirar allá arriba a plena luz, por primera vez en cuarenta años, sin esconderse de nadie.

Se hace un silencio en el patio, de los buenos, mientras lo piensan.

Èimhir, que ya no es la niña enferma sino una cría fuerte y colorada de mejillas, es la primera en decidirse: «¡yo quiero volver a casa!

», grita, y con esas cuatro palabras lo decide todo, porque a un niño que quiere volver a su casa no se le lleva la contraria sin romperle algo dentro.

Los demás asienten, uno a uno, con los ojos brillándoles de una cosa que no veía en las caras de mi gente desde hacía dos inviernos: futuro.

Ardan renace. Lo decidimos ahí mismo, en un patio prestado, un puñado de supervivientes de once tejados que van a volver a ser once, y luego doce, y luego los que la Madre tenga a bien darnos.

—¿Y tú? —pregunta Beitris, entrecerrando sus ojos casi ciegos, que ven más que los de nadie—. ¿Dónde respiras tú, niña? Que te conozco, y te noto repartida.

Miro sin querer hacia el adarve, donde un ciervo grande finge con muy poco arte que no me vigila mientras me vigila con todo el descaro del mundo.

—Yo me reparto —contesto, y me sale una sonrisa que hacía años que no me salía sola—.

Un pie en cada sitio. Como se reparten los halcones de esta casa, que tienen un norte y tienen un sur y no renuncian a ninguno.

Ardan renace, y yo subo cada verano a que renazca y a que la raíz eche tejados nuevos.

Y bajo a Strathos cada otoño, porque aquí se me ha quedado una cuenta pendiente muy seria con cierto pasmarote que me tiró la vida entera por la ventana cuando yo la tenía bien tapiada.

Beitris me estudia con esos ojos casi ciegos que ven lo que nadie más ve, y asiente despacio, satisfecha con la respuesta.

—Bien —gruñe—. Repartida está bien. Tu madre no supo repartirse nunca: lo tuvo todo en un solo sitio, y en un solo sitio lo perdió todo de golpe.

—Se apoya en el bastón para levantarse con un crujido—.

Yo subo contigo al norte, faltaría más, no te vayas a creer.

Alguien tiene que enseñarles a los de Ardan a hacer el caldo como Dios manda, que la última vez que probé el de Morvenna casi lo escupo en la mesa.

—Se va refunfuñando, feliz, con una guerra nueva de cocinas ya planeada en la cabeza, que es su manera de anunciar que le queda vida para rato largo.

Lo de Artair me cuesta más de cerrar, y tarda más en llegar.

La noticia me alcanza semanas después, por boca de un buhonero que sube mercancía al norte: lo vieron embarcarse rumbo a Irlanda, solo, sin nombre ni escudo, huyendo de una tierra que ya no le guarda ni un palmo de sitio.

No siento la satisfacción fría que creía que iba a sentir cuando llegara este día.

Siento un cansancio viejo, hondo, el de la sangre que se derrama sola sin que nadie salga ganando.

Le deseo, desde muy lejos, sin rencor ya, que aprenda a vivir con lo que hizo, cargándolo cada mañana, que es la única condena que de verdad le eché el día del parlamento.

Cierro esa puerta despacio, sin echarle la llave, porque he aprendido que las puertas que se cierran con llave se acaban abriendo a patadas tarde o temprano, y las que se dejan simplemente entornadas, sin drama, esas no vuelve a cruzarlas nadie.

Pienso en él a veces, en Artair, cuando subo al norte y paso cerca de lo que fue Ardan.

No con odio, que el odio se me gastó entero contra Mordha y no me quedó para más.

Con una tristeza serena, la de lo que pudo ser de otra manera y se torció.

Éramos dos críos jugando en el mismo barro, con la misma hambre, y el miedo nos separó por caminos distintos: a mí el miedo me hizo tormenta; a él lo hizo traidor.

La misma raíz, dos ramas torcidas. No sé cuál de los dos tuvo al final más suerte, la verdad.

Yo cargo cada día con todo lo que perdí.

Él carga cada día con todo lo que hizo. Los dos cargamos lo nuestro, cada uno cruzando su propio mar.

Esa tarde subo al adarve, que es adonde huyo yo también cuando el pecho me pide aire, y me planto delante del ciervo, que me recibe con esa media sonrisa perezosa que llevo queriendo desde mucho antes de saber que la quería.

—Tengo que decirte una cosa, y no sé decirla bonito, así que la digo a mi manera —le suelto de golpe, porque las cosas grandes las digo yo primero, que para eso soy la que avanza en esta historia—.

He pasado dos años enteros con la vida prestada, sin hacer un solo plan más allá de una venganza que me iba a matar al cumplirla.

Y ahora, de pronto, tengo un después, ciervo.

Por primera vez en mi vida adulta. Un norte que reconstruir con mis manos y un sur al que volver cada otoño.

—Le agarro la lana del pecho con el puño, igual que aquel primer beso robado en un patizuelo—.

Y en todos los planes que hago para ese después, sales tú.

En todos, sin excepción. He intentado hacer alguno sin ti, por probar, por no deberte nada, y no hay manera. No sé quitarte. Estás en todos.

Me sale del alma, y me tiembla la voz al decirlo, a mí, que no me tembló ni delante de un ejército entero.

Porque esto da más miedo que Mordha, resulta.

Reclamar a alguien es enseñarle la garganta, es decirle «puedes hacerme daño ahora si quieres, te doy el sitio exacto donde clavarlo».

Dos inviernos me tapié entera para que nadie tuviera nunca ese sitio.

Aquí estoy, en un adarve, enseñándole la garganta a un ciervo bobo por mi propia voluntad, temblando como una cría, porque he aprendido por fin que el que no enseña la garganta tampoco recibe jamás un beso en ella.

—Muireall. —Se le corta la voz a media palabra—. ¿Me estás… lo que creo que me estás…?

—Te estoy reclamando, sí, no te hagas el tonto que no te pega —alzo la barbilla, sosteniéndole la mirada—.

Como reclamé mi deuda bajo el manzano el primer día.

Y te aviso desde ya, para que luego no digas: conmigo no hay medias tintas ninguna.

Si te tengo, te tengo entero. Norte y sur, verano e invierno, tormenta incluida y sin descuento.

Así que decídete rápido, ciervo, que me estoy poniendo tierna delante de todo el adarve y lo detesto con toda mi alma.

Él se ríe, con los ojos brillándole de una manera que me calienta más que cualquier hoguera, y hace por fin lo único que le he visto hacer de maravilla desde el principio cuando por una vez deja de calcular y de medir:

Avanza él. Por una vez en toda nuestra historia, avanza él primero. Me toma la cara con las dos manos y me besa antes de que yo llegue a besarlo, robándome el turno, robándome el paso que siempre di yo, y contra mi boca, con esa voz ronca suya, murmura lo único que necesito oír:

—Reclamado. Entero. Norte y sur y tormenta y todo. Y sin devolución posible, que quede bien claro delante de estos testigos, mujerzuela.

Abajo, en el patio, alguien nos ve besarnos en lo alto del adarve y suelta un grito, y a los pocos segundos medio Strathos lo sabe y lo celebra, porque en esta casa no hay secreto que dure vivo más de un padrenuestro.

Beitris llora. Morvenna sonríe con esa cara de quien lo veía venir desde el primer día que crucé el portón.

Yo, por primera vez en dos inviernos, no calculo cuál es la salida más próxima, no mido por dónde huir si esto sale mal.

Me quedo. En un adarve, con un ciervo, delante de una casa entera que grita mi nombre y el suyo.

Me quedo, que es lo más difícil y lo más valiente que he hecho en la vida, más que soltar una tormenta contra un ejército.