La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Mi madre nos citó a la solana al atardecer, y en esta familia una cita en la solana significa una sola cosa, siempre la misma: que por fin va a hablar de lo que lleva callado.

Lo prometió hace dos años, la misma noche que nacieron los trillizos, con Aila todavía sudorosa y los tres cachorros berreando a coro.

Cuando tus hijos duerman sus primeras lunas , dijo entonces, subidme al monte, que las cosas grandes de esta casa se hablan al aire libre, no entre cuatro paredes.

Se le quedó pendiente entre una guerra y otra, como se le quedan a esta familia las cosas grandes, esperando a que la sangre deje de correr por fuera para poder contar la que corre por dentro.

Esta tarde, por fin, con Cathal Mordha bajo la marca negra que le dejó un rayo y con Muireall otra vez en pie por su propio pie, no queda sangre que corra por ningún sitio.

Solo la que llevamos todos dentro, la vieja, esperando su historia desde hace cuarenta años.

Sé que es importante por cómo camina delante de nosotros monte arriba, despacio, recta, sin apoyarse en nadie a pesar de los años que le pesan.

Mi madre no sube a la solana por gusto. Sube cuando lo que tiene que decir no cabe entre cuatro paredes, cuando es tan grande que necesita cielo abierto para soltarlo sin ahogarse.

Nos ha traído aquí, al mismo sitio donde de niños nos contaba los cuentos antes de dormir, porque lo que va a contarnos esta tarde es el cuento de verdad, el que estaba debajo de todos los otros cuentos.

La miro subir, y por primera vez en mi vida no veo a la señora del torreón.

Veo a la cría del norte que voló una noche mientras ardía todo lo que era, y que lleva cuarenta años sin perdonárselo.

Subimos al monte todos juntos. Cael y Aila con los tres cachorros, que se persiguen entre el brezo aullándole a un sol que se pone.

Bríde con Ciaran, la mano puesta en el vientre que ya le redondea bajo la saya.

Mi padre, callado, con las manos a la espalda.

Muireall, apoyada en mi brazo más de lo que jamás admitiría en voz alta, todavía flaca de la convalecencia.

Arriba del todo, recortada contra el cielo naranja del ocaso, mi madre, con cuarenta años de silencio a punto de soltarse de golpe como se suelta una presa vieja.

—Vais a oír de dónde venís —empieza, sin un solo rodeo, que para rodeos ya ha tenido cuatro décadas—. Y de dónde viene ella, que es exactamente la misma historia, aunque durante cuarenta años me haya callado incluso a mí misma que lo fuera.

Nos lo cuenta entero, sin ahorrarse nada.

El norte de verdad, el de más allá de donde los mapas se rinden y dejan el pergamino en blanco, donde hace mucho, muchísimo tiempo, vivió un solo pueblo de sangre vieja, las dos ramas del mismo árbol bajo un mismo techo de piedra: los que tomaban forma de bestia cuando querían, y los que doblaban el mundo con las manos desnudas.

Cambiantes y brujas, puerta con puerta. Lobos, halcones, ciervos, osos…

y tormentas, y sanadoras, y mujeres que hablaban con la tierra.

Una sola familia grande, la raíz y todas sus ramas, viviendo a plena luz sin esconderse de nadie, porque no había de quién esconderse todavía.

—Imaginaos eso un momento —dice, y se le suaviza la voz al imaginarlo ella misma—.

Un valle entero donde un crío podía cambiar a lobezno en mitad de la plaza y nadie corría a por las horcas.

Donde una vieja curaba con las manos a la vista de todos y la llamaban sabia, no bruja.

Donde a la mujer que traía la lluvia para las cosechas la vitoreaba el pueblo entero en vez de atarla a un poste.

Así se vivía antes, hijos. La sangre vieja no era una maldición que hubiera que esconder debajo de tres capas de miedo.

Era el don que sostenía a un pueblo entero.

Hasta que a unos cuantos les dio por decidir que su Dios prefería el mundo más pequeño y más pobre.

—Hasta que llegó la escoba a barrer. —La voz se le endurece de golpe, se le hace piedra—.

Cathal Mordha y los suyos, los de las manos limpias.

Nos llamaron abominación, engendro, peste, y nos segaron como se siega un campo, sin distinguir la flor de la mala hierba porque para ellos todo era mala hierba.

Y la sangre vieja, para no morir del todo, para no apagarse entera de un tajo, hizo lo único que sabe hacer la sangre cuando la persiguen: se rompió en dos y se escondió por separado.

La rama de la forma huyó por un lado del mundo.

La raíz del poder, por el otro. Cada mitad se llevó su secreto lejos de la otra, para que un solo golpe no pudiera acabar con las dos a la vez.

Mira a Muireall al decir lo que sigue, y hay una ternura vieja en esa mirada.

—Los tuyos guardaron la raíz allá en el norte, niña, apellidándose Ardan, apagándola a conciencia generación tras generación, enseñando a cada hija a esconder lo que era para que el olfato del segador no la encontrara nunca.

Y yo, una cría cambiante de la otra rama, hui al sur volando de noche, me casé con un lancero bueno que tuvo el buen tino de no preguntarme jamás de dónde venía, y enterré la forma tan hondo dentro de mí que estuve a punto de perderla del todo, de creerme una mujer del sur como cualquier otra.

—Hasta que volvió a brotar —murmura Cael, y en su voz grave de lobo hay un asombro que no le sale casi nunca—. En nosotros.

—En vosotros. —Mi madre asiente despacio—.

Un lobo. Un halcón. Un ciervo. La rama de la forma, despertando otra vez en mis tres hijos después de dos generaciones enteras dormida bajo tierra.

Y cuando Aila parió tres de una sola vez, tres cachorros con el don palpitándoles en la misma camada…

—Se le quiebra algo en la garganta, y traga—.

Ahí comprendí que aquello no era abundancia, ni suerte, ni casualidad.

Era un aviso. La sangre se estaba despertando entera otra vez, las dos ramas a la vez, llamándose la una a la otra de un extremo a otro de Escocia sin que ninguna supiera que llamaba ni que era llamada.

Y donde despierta la sangre vieja, tarde o temprano, por muy lejos que esté, la huele el segador y afila la guadaña.

—Por eso vine yo. —Muireall lo dice muy bajito, entendiéndolo por fin, encajando la última pieza de su propia vida—. La raíz oyó la llamada de la rama sin saber que la oía. Yo no bajé al sur por ningún plan. Solo… un día me pesó el norte de más y bajé. Y encontré un ciervo dormido bajo un manzano.

—Encontraste tu otra mitad, niña. —Morvenna le toma la mano entre las suyas—.

Lo que Mordha rompió en dos hace cuarenta años.

La raíz y la rama, reunidas por primera vez desde entonces, bajo un mismo techo otra vez, como al principio de todo.

—Sonríe, y en esa sonrisa se le deshacen cuarenta años de romero y de culpa—.

Él vino a impedirlo, claro. A segar las dos ramas juntas de un solo tajo limpio, a rematar lo que dejó a medias entonces.

Y en vez de eso, el muy santo, las ha soldado para siempre con su propio hierro.

Qué mal cálculo, para un hombre que se preciaba de no fallar ninguno.

El silencio que sigue lo llena solo el viento del monte, silbando entre el brezo. Después, porque en esta familia lo sagrado dura exactamente lo que dura un suspiro, lo rompe Bríde con su voz de halcón burlón:

—A ver si me he enterado bien de todo. —Ladea la cabeza, con la ceja levantada—.

Que resulta que somos parientes lejanos de mi cuñada.

Que mi hermano el ciervo se ha ido a enamorar de una prima nuestra, como quien no quiere la cosa, del árbol familiar.

—Chasquea la lengua, encantada—. Oisín, teniendo Escocia entera para elegir, con lo grande que es, y vas y buscas dentro de casa.

Qué poca imaginación, hermano. Qué poca.

—Es una rama muy, muy, muy lejana —protesto, mientras el monte entero se echa a reír y Muireall me clava un codo en las costillas con muy poca convalecencia y mucha mala idea.

Es bueno poder reírse aquí arriba, con esto, con lo más grande.

Dos años llevamos sin poder reírnos de las cosas grandes, porque las cosas grandes venían siempre con sangre pegada.

Ahora no. Ahora la historia más grande de nuestra sangre termina con mi hermana tomándome el pelo por haberme ido a enamorar de una prima lejanísima, y con Muireall poniéndose colorada hasta las orejas, y con mi padre soltando por lo bajo una de sus risas de tres sílabas que en él valen por un discurso entero.

Así se cierran las heridas viejas en esta casa: a carcajadas, en un monte, con el ocaso de testigo callado.

—Lo bastante lejana. —Mi madre alza los ojos al cielo que se apaga, y su voz se pone grave otra vez, y nos calla a todos—.

Lo bastante lejana para que vuestra sangre, la de los dos juntos, la de la raíz y la rama en un mismo cauce, sea una cosa que este mundo no ha visto desde antes de que Mordha empuñara la primera guadaña.

—Nos mira a Muireall y a mí, largo, y hay en su cara una cosa que se parece al miedo y a la esperanza a partes iguales—.

La Madre sabrá lo que sale de ahí, hijos míos.

Lo que nazca de juntar otra vez lo que llevaba cuarenta años roto.

Yo, que he visto mucho, no me atrevo ni a imaginarlo.

Miro a Muireall al oír eso, y la encuentro ya mirándome a mí.

No decimos nada. No hace falta decir nada.

Las dos ramas, en un mismo cauce, por primera vez desde antes de Mordha.

Lo que salga de ahí no lo sabe ni mi madre, que lo sabe casi todo bajo el cielo.

Pero por cómo Muireall me aprieta la mano en la penumbra que ya cae sobre el monte, sé que ninguno de los dos le tiene el menor miedo a averiguarlo.

Bajamos de la solana cuando ya es noche cerrada, en fila india, con una historia de cuarenta años por fin dicha en voz alta al aire, y bajamos todos más ligeros de lo que subimos, con cuarenta años de secreto convertidos por fin en historia, que es lo único que sabe hacer una familia con su dolor cuando por fin deja de sangrar: contarlo.