La tempestad del ciervo (Los hijos de Morvenna 3) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Toda mi vida me preparé para la cara que pone la gente cuando descubre lo que soy. Nunca, ni una sola vez, me preparé para esta.

Tardo una semana larga en tenerme en pie sin que me tiemblen las rodillas, y otra más en cruzar el patio de lado a lado sin apoyarme en el brazo de nadie, y durante todo ese tiempo espero el momento.

El de siempre. El que conozco desde que tengo memoria, desde antes de saber andar: el instante exacto en que la gente que me ha visto hacer lo que hago empieza a mirarme de reojo, a apartar disimuladamente a sus hijos de mi paso, a santiguarse cuando cree que no los estoy mirando.

La cara con la que miraron a mi madre los suyos antes de atarla al poste.

La estoy esperando, tensa, con la vieja armadura de dos inviernos bien puesta, lista para cuando llegue.

Es una costumbre muy vieja, esta de esperar el rechazo antes de que asome.

Me la enseñó la vida a golpes: si esperas lo peor de la gente, no te pilla desprevenida cuando lo hace.

Dos inviernos he vivido con esa armadura puesta día y noche, leyendo cada cara que se cruzaba conmigo en busca del primer gesto de asco, del primer paso atrás, del primer dedo levantado para señalar a la bruja.

Es agotador vivir así, esperando siempre el hachazo.

Lo peor no es el hachazo, además. Lo peor es la espera, que dura toda la vida y no se acaba nunca, porque el hachazo, cuando por fin llega, al menos termina.

No llega.

No llega ni ese día, ni al siguiente, ni al otro. Espero una semana entera el rechazo, tensa, con la armadura puesta, y la armadura se me va quedando grande de tanto no hacer ninguna falta.

Lo primero que noto son los niños. En Ardan, los pocos críos que quedaban me tenían un respeto que por debajo era medio miedo, el que se le tiene a la hija del laird que hace cosas raras con el cielo.

Aquí, los tres cachorros de Cael me persiguen por el patio a gritos, reclamándome «¡tomenta, tomenta!

» como quien pide un dulce, y Conall, el mayor, el que salvó mi ciervo con su cuerpo, me trae cada mañana una nube nueva dibujada con carbón en una tablilla de madera y me la enseña con un orgullo feroz, plantado, como si yo fuera la cosa más maravillosa y suya que ha visto en sus dos años de vida.

No aparto la tablilla con desgana, como haría cualquiera con un garabato de crío.

La cojo. La guardo. Las guardo todas, una por una, en un arca, como se guardan los tesoros.

Cada tablilla es una nube distinta, cada vez más elaborada, porque el crío se toma su encargo muy en serio.

Al principio eran garabatos sin forma; ahora tienen rayos, unos palotes amarillos saliendo de la nube, y una figurita debajo con el pelo largo que se supone que soy yo.

«Tomenta guapa», me dice, señalando la figura con su dedo gordo.

A mí, que he visto arder ejércitos enteros y no me tembló la mano, se me hace un nudo en la garganta con un garabato de carbón de un niño de dos años.

Nadie me había dibujado nunca en la vida.

En Ardan yo era el miedo con faldas. Aquí soy la tomenta guapa de un crío, y no cambiaría ese título por ninguna corona del mundo.

Después noto a la gente grande. Los hombres de Strathos, los del norte de Ciaran, las mujeres de la fragua y de las cocinas, toda la gente que me vio bajar de un muro con relámpagos vivos enredados en las manos y los ojos llenos de cielo negro.

No se santiguan a mi paso. Se inclinan. No se inclinan con el miedo con que uno se dobla ante lo que le puede hacer daño, encogiendo la cabeza; se inclinan con el respeto sereno con que se saluda a quien te ha salvado la vida y la de los tuyos.

Una mujer mayor, madre de uno de los mozos que cayeron defendiendo la brecha, me detiene un día en mitad del patio y me toma las dos manos entre las suyas, esas manos mías que soltaron una tormenta capaz de deshacer un ejército, y me las besa, una y otra, y me dice con la voz firme que su hijo murió siendo libre porque yo no dejé caer Strathos, y se marcha deprisa, antes de que yo consiga encontrar en la garganta nada que contestarle.

Me quedo con las manos vacías donde ella me las besó, sin saber qué hacer con ellas ni con lo que acaba de decirme.

Toda mi vida he entendido de sobra lo que significa que la gente te tema.

No tenía ni idea de lo que significa que la gente te agradezca, y resulta que es mucho más difícil de cargar.

El miedo lo llevaba puesto como una coraza, casi cómodo de tan conocido.

La gratitud me deja desnuda, sin saber dónde poner las manos, porque nunca aprendí a recibirla.

Tendré que aprender ahora, tarde, algo que debería haber aprendido de cría: a dejar que me quieran sin buscarle la trampa por detrás.

Luego está Beitris.

La vieja sobrevivió, rescatada de Corrie Dubh en aquella incursión, y ahora manda en las cocinas de Morvenna con la misma tiranía cariñosa con que mandaba en las nuestras allá en el norte, las dos ancianas de sangre vieja peleándose a diario por la sal y por el punto del caldo, felices como dos generales retirados que por fin encuentran una guerra digna de sus últimos años.

Me busca una tarde tibia, mientras tomo el sol sentada en la piedra del umbral, recuperando fuerzas, y se deja caer a mi lado con un crujido largo de huesos viejos.

—Te dije que no lo hicieras —gruñe, sin mirarme, con la vista puesta en el patio—. Lo de gastarte entera hasta el fondo. Te lo dije mil veces, desde que eras así de alta. No me hiciste caso, como siempre.

—Y tenías razón, vieja. Como siempre. —Le sonrío de lado—. Casi no vuelvo a contarlo.

—Casi. —Me da un golpecito seco en la rodilla con su mano nudosa, de reproche y de cariño a la vez—.

Los jóvenes sois todos iguales. Os creéis inmortales hasta que casi dejáis de serlo.

Tu madre igual, exactamente igual: se plantó ella sola delante de aquellos hombres, la muy tonta, la muy valiente, cuando podía haber volado como voló Morvenna.

Cortadas por el mismo patrón, madre e hija: incapaces de guardaros nada para vosotras.

—Suspira largo—. Menos mal que esta vez había alguien al otro lado del filo tirando de ti.

Tu madre no lo tuvo, y esa es toda la diferencia entre las dos, niña.

No la fuerza. La compañía. Pero volviste.

Y esta vez volviste a un sitio donde no tienes que esconder lo que eres para que no te aten.

—Levanta despacio la cara hacia mí, y sus ojos lechosos, casi ciegos, brillan igual—.

Tu madre soñó con esto toda su vida, niña, cada día.

Un sitio donde la sangre vieja pudiera respirar a plena luz, sin miedo, sin poste.

No lo encontró nunca. Murió buscándolo, con el sueño en la boca.

Y tú lo has encontrado, y encima lo has encontrado peleando por él, que es la única manera de verdad en que se encuentran las cosas que valen la pena.

—Se le quiebra la voz, a la vieja dura que no se quiebra por nada—.

Fionnghal estaría… bueno. Ya sabes tú lo que estaría.

No hace falta que lo ande diciendo con la boca una vieja fea como yo.

Se me llenan los ojos hasta el borde. Le aprieto la mano nudosa entre las mías, y las dos nos quedamos así un buen rato, calladas, sin necesidad de más palabras, mirando el patio dorado de sol donde los tres cachorros de lobo le aúllan felices a una nube que no existe, que se han inventado ellos solos para tener a qué aullarle.

Pienso en mi madre mientras los miro aullar felices.

En que soñó con esto exacto en las peores noches de Ardan, cuando escondíamos lo que éramos debajo de tres capas de miedo y de silencio.

Un sitio donde un crío pudiera aullarle a una nube inventada sin que nadie corriera a taparle la boca, sin que nadie pensara en cuerdas ni en postes ni en hogueras.

No llegó a verlo. Murió con el sueño a medio soñar, con él en la boca.

Yo estoy sentada dentro de ese sueño suyo, tomando el sol, con la vieja que la ayudó a parirme al lado y unos lobeznos aullándole al cielo limpio.

Se lo debo. Se lo debo entero, y voy a pasarme la vida pagándolo de la única manera que se paga: viviendo a plena luz lo que ella tuvo que vivir escondida en la sombra.

Esa noche, ya en la cama, con Oisín dormido a mi lado y su costado por fin cerrado y tibio bajo la palma de mi mano, me quedo despierta un rato largo, mirando el techo, pensando en la niña que fui.

En la cría que pescaba en ríos que matan hombres, que contaba tejados cada mañana con el estómago apretado por si faltaba alguno, que aprendió antes incluso que a andar la lección más triste de todas: que lo que ella era había que esconderlo bien hondo, o esconderlo mal y morir por ello.

Esa niña no bajó nunca la guardia. Ni una sola noche.

Dormía con un ojo puesto en la puerta, comía midiendo cada ración por si faltaba, quería a la gente a medias y con reservas, con la mano ya puesta en la despedida por si acaso.

Vivió doce, quince, veinte años en guerra abierta contra un mundo que le había enseñado desde la cuna que era un monstruo.

Lo peor de todo es que se lo creyó. Se creyó monstruo tanto tiempo, con tanta constancia, que casi no supo reconocer, cuando por fin llegó, que un hombre la mirara entera y viera, en vez de un monstruo al que atar, a una mujer a la que quedarse.

Ojalá pudiera bajar al filo un momento, uno solo, cruzar al otro lado y sentarme al lado de esa niña asustada, y decirle al oído lo que sé ahora y ella no podía ni soñar.

Decirle que un día, aunque no se lo crea, dejará de esconderse.

Que un día, muy lejos de sus inviernos, alguien la va a mirar entera, con tormenta y todo, sin apartar los ojos, y en lugar de echar a correr o de ir a por las cuerdas, se va a quedar. Se va a quedar a su lado cuando ella ya esté a salvo, que es lo más difícil de todo.

Que ese día, por fin, después de toda una vida entera, dejará de tener frío.