CAPÍTULO 34
Al quinto día, la mano que llevo cinco días enteros sosteniendo me aprieta de vuelta.
Es tan poco, tan levísimo, que al principio creo que me lo estoy inventando, que es el sueño de un hombre que lleva cinco días sin comer y sin dormir de verdad, la clase de espejismo que ve el que ya no distingue la vigilia del delirio.
Un temblor levísimo. Un roce apenas. La sombra de una presión mínima sobre mis dedos entumecidos.
Levanto la cabeza del borde del jergón, donde la tenía apoyada, con el corazón subiéndoseme de golpe a la garganta, y le miro la cara con miedo a esperanzarme.
Cinco días llevo estudiando esa mano como se estudia un mapa, buscándole cualquier señal, cualquier cambio mínimo, un color, una temperatura, un temblor.
Cinco días de nada, de una mano fría e inerte que sostengo por no soltarla.
Me he vuelto un experto en su mano: conozco cada línea de su palma, la cicatriz vieja del pulgar, la forma exacta de sus uñas.
Por eso, precisamente por eso, cuando esa presión mínima me recorre los dedos, la reconozco al instante, como se reconoce una voz querida entre mil, y el corazón me da un vuelco que me sube hasta la boca.
Tiene color. Un rastro de color en las mejillas, ahí donde llevaba cinco días la palidez amarilla de la cera de las velas. Bajo los párpados cerrados, algo se mueve, algo va y viene, como quien busca a tientas la salida de un sueño muy largo.
No me atrevo a respirar. Llevo cinco días pidiéndole a una Madre en la que no creo que me la devuelva, y ahora que algo por fin se mueve tengo un pánico nuevo: el de que sea el último coletazo, el destello que dan a veces las velas justo antes de apagarse del todo.
Le vigilo la cara como no he vigilado nada en mi vida, midiéndole cada temblor de los párpados, cada latido que le veo palpitar en el cuello, sin atreverme ni a parpadear yo, por miedo a perderme el instante.
—¿Muireall? —La voz se me quiebra entera en las tres sílabas de su nombre—.
¿Muireall? Estoy aquí. Aquí mismo. No me he movido, ¿lo ves?
Ni un paso en cinco días. —Le aprieto la mano con un cuidado infinito, con miedo de apretar demasiado y hacerle daño, con más miedo todavía de soltar y que se me escape—.
Vuelve. Un poco más. Solo un poco más, mujerzuela, que ya casi estás.
Que te tengo la mano bien cogida y no la suelto, ¿me oyes? No la suelto.
Sus párpados tiemblan. Luchan. Se abren al fin, despacio, con un esfuerzo que le cuesta el mundo entero, como se abre una puerta pesada que llevaba dos inviernos tapiada a cal y canto.
Aparecen sus ojos. Esos ojos negros que le vi por primera vez desde lo alto de un manzano, cuando me tiró una manzana y me llamó pasmarote sin saber mi nombre.
Están cansados, hundidos, cercados de sombras, y aun así, por debajo de todo eso, llenos hasta el borde de la única cosa que temí no volver a ver en ellos: vida. Vida terca, cabezona, viva.
Me busca con la mirada, tantea, me encuentra. En su cara, débil como está, apenas capaz de sostener los ojos abiertos, se le dibuja lo primero que le sale del fondo, que en ella nunca ha sido ni la duda ni el miedo, sino el descaro:
—Estás… —le cuesta cada palabra, le tiembla el aire al salir, y aun así lo dice, faltaría más— hecho un asco, ciervo.
De todas las primeras palabras que le imaginé en cinco días de vela —mi nombre, un «dónde estoy», un «me muero»—, no se me ocurrió ni una sola vez que lo primero que fuera a decirme al volver de la muerte sería un insulto cariñoso a mi aspecto.
Es tan ella, tan absolutamente ella, que ahí, en esa pulla dicha con el último aliento, sé sin ninguna duda que ha vuelto de verdad, entera, con su descaro intacto.
La muerte no le ha quitado ni un gramo de lo que la hace ella.
Los muertos no se burlan. Los que se burlan están vivos.
Se me escapa una carcajada que es medio sollozo, medio grito de puro alivio, y me sale a borbotones sin que pueda pararla, y me pongo a llamar a voces por Morvenna, por Bríde, por Beitris, por quien sea, «¡ha vuelto, está despierta, ha abierto los ojos, ha vuelto!
», y el salón entero, que llevaba cinco días conteniendo el aliento, estalla de golpe en un revuelo de pasos corriendo y de llantos y de risas.
Pero antes de que llegue nadie, antes de que la familia entera caiga sobre nosotros a abrazarla, Muireall hace lo que lleva haciendo desde el primer día que la conozco, lo que hace siempre, lo que ni siquiera al borde mismo de la muerte se le olvida hacer.
Avanza ella.
Con la poquísima fuerza que le queda en el cuerpo, que no es casi ninguna, me tira de la mano que le sostengo y me acerca hacia ella, y me sube la otra mano a la nuca con un temblor de recién nacida, con los dedos fríos, y me besa.
Es un beso débil, tembloroso, sin apenas aliento detrás, un beso que es más intención que fuerza.
Pero es ella la que me besa a mí, desde el mismísimo filo de la muerte, de vuelta del otro mundo, porque en esta historia nuestra, desde el principio, desde un árbol, siempre ha sido ella la que da el paso, la que avanza, la que no tiene miedo de querer en voz alta.
La sostengo con las dos manos mientras me besa, con un cuidado infinito de no romperla, porque pesa menos que nunca y tiembla entera del esfuerzo, y por dentro se me deshace la última resistencia que me quedaba, la que llevaba levantada desde el río donde perdí a mi hermano y decidí, con doce años, que querer a alguien era la manera más segura de que te lo arrancaran.
Dos inviernos me ha costado a mí lo que a ella un solo instante.
Ella nunca tuvo esa cobardía. Ella quiso desde el primer día, en voz alta, sin escudo, me lo dijo a la cara, y esperó con una paciencia infinita a que yo dejara de ser un cobarde.
Por una vez, por primera y por última vez, no me aparto. No busco la distancia de siempre. No suelto el «no quería» que llevo toda la vida usando de escudo contra ella y contra mí.
La beso de vuelta. La beso con cinco días de miedo cerval y con una vida entera de rendición aplazada, y le hablo contra la boca, muy bajito, para que lo oiga solo ella y no el salón que se nos echa encima:
—Sí quería. Siempre quise, desde el primer día.
Desde el manzano. Desde antes del manzano, si me apuras, desde el río donde perdí a mi hermano y me quedé creyendo que no volvería a querer a nadie.
Desde antes de saber que existías en el mundo.
—Le apoyo la frente en la suya, con cuidado, y ya no me da ninguna vergüenza que me tiemble la voz, ni que me caiga por la cara lo que me cae—.
No vuelvas a irte así nunca más, ¿me oyes?
Nunca más. No sé estar quieto, Muireall, lo sabes de sobra.
Y estos cinco días no me he movido de esta silla ni para comer, porque sin ti en el mundo no sabía adónde ir ni para qué moverme.
Se lo suelto todo de golpe, dos inviernos —no, una vida entera— de cosas calladas, ahora que por fin sé lo que cuesta callarlas hasta que es demasiado tarde.
Se lo digo mal, atropellado, con la voz rota y la cara mojada, sin una pizca del hombre elegante que finjo ser ante el mundo.
Da igual. Por una vez en mi vida no calculo cómo decir algo para que suene bien, ni mido el efecto, ni me guardo la mitad por prudencia.
Lo digo como me sale del fondo, feo y verdadero, sin una máscara puesta, que es exactamente como ella me enseñó, a fuerza de manzanazos y de descaro, que se dicen las cosas que de verdad importan.
Toda la vida presumiendo de leer a los demás, y ha tenido que venir una mujer del norte a enseñarme a leerme a mí mismo y a decir en voz alta lo que leo.
Llega la familia entonces, en tromba, y nos rodea, y hay manos por todas partes, y Bríde llora sin disimulo, y Beitris aparta a todos a codazos para llegar a tocarle la cara a su niña, y Cael, el lobo duro, se da media vuelta un momento para que no le vean los ojos.
Yo no la suelto. En medio de todo el revuelo, del llanto y de la risa, sigo con su mano bien cogida en la mía, porque cinco días agarrado a ella me han enseñado que soltar es lo único que no pienso hacer nunca más en la vida.
Morvenna se abre paso entre todos, le pone a Muireall las dos manos en la cara, cierra los ojos un momento, y cuando los abre asiente despacio, para sí, con una lágrima rodándole por las arrugas.
«Está entera», dice, y su voz de señora del torreón se le quiebra por primera vez desde que la conozco.
«Ha vuelto una sola. No dos, no partida.
Entera.» En esa palabra, entera, entiendo todo lo que me callaron con delicadeza esos cinco días: que del filo no siempre se vuelve del todo, que a veces se regresa a medias, con un pedazo perdido al otro lado.
Muireall ha vuelto completa. Es un milagro, y en esta casa hemos aprendido a no despreciar los milagros cuando la Madre los reparte.
Ella sonríe contra mi boca, agotada y feliz, las dos cosas a la vez, y me devuelve, en el último hilo de voz que le queda, la única frase que podía cerrar del todo, por fin, el círculo que empezamos los dos bajo un árbol hace una vida:
—Ya te lo dije yo el primer día, amiguito. El no querer se te da fatal.
Detrás de nosotros, apoyada en el quicio de la puerta con los ojos viejos brillándole de agua, Morvenna murmura algo que no íbamos a oír, que decía para sí misma y para la Madre, y que oímos igual en el silencio del salón:
—Ha vuelto una sola. Gracias, Madre, gracias por escucharme esta vez. Ha vuelto entera, y ha vuelto para quedarse, que es más de lo que yo me atreví a pedir en cuarenta años de rezos a nadie.